24.2.10

The Full Monty ( Sentido Pesame )

SENTIDO PÉSAME.

La voz de Elina llegó preñada de dolor: — Prima…quiero avisarte que falleció Horacio.
Enmudezco brevemente — ¿Cuándo pasó eso?— ¿Y porque no avisaste que estaba tan enfermo…?
— En febrero…Fue todo muy rápido…Pobrecito, era tan bueno…ni cuenta se dio…No quiero ser cursi pero se fue sin que me diera cuenta...Como dicen algunos, se fue como un pajarito.
Estoy impresionada pero tengo que aguantar la risa: Horacio pesaba más de cien kilos. Imaginar esa mole flotando espectralmente en el espacio me hace acordar al elefante de Disney.
Recupero la seriedad para hacer cálculos: Estamos en mayo…Y Horacio partió en febrero. Seguro que Elina tuvo uno de sus ataques depresivos; cuando enferma, olvida el tiempo. Con las personas mayores hay que ser tolerantes máxime si pertenecen a la familia. Inspiro profundo y soplo el silbato para que mi escurridiza paciencia aparezca.
— ¿Quieres que pase esta tarde?
— Te llamo para eso. Vienen unas amigas…Antes, quiero charlar a solas con tigo…Acordarme de cosas…ven temprano, por favor.
Con la premura del caso aviso a mis hijos y al resto de la familia. Elina es prima lejana. Debido a las distancias físicas, a los piquetes que cortan calles protestando porque nadie les da bola si no gritan (si gritan, igual nadie se inmuta), a los riesgos de ser tomada como rehén por drogados o asaltada por menores de nueve años que merodean eligiendo viejitas endebles con lentes y bastón para arrebatarles la cartera, la única que la visita una vez al año soy yo. Pero cuando a una se le muere el marido y queda sola entre las asperezas del mundo, el llamado a la solidaridad se impone. Rauda y veloz tomo el teléfono creyendo que hasta el más indiferente de los parientes ha de reaccionar.
Mi hijo mayor, al que apodamos correcaminos porque jamás permanece mucho tiempo en un sitio (sobre todo en su casa), me suelta un: —Dale saludos a Elina…creo que la vi una vez cuando era chico... ¿Pero quién carajo era ese Horacio?
No me enojo con él. Créanme, no me enojo. En esta sociedad donde sobrevivo, ninguna mamacita se altera si el hijo mayor es amnésico de fechas o de borrosos parientes lejanos en un tiempo en el que todos corren para subsistir.

Elijo una falda negra, un lindo saquito a rayas que combina y pensándolo mejor, desecho la mantilla de encaje de mi madre. Elina no mencionó una ceremonia religiosa. Habló de reunión de amigas, así que parto para el centro a acompañar el duelo pensando en Horacio y su atónita mirada si alguien reía con alegría, o contaba un chiste que rasguñara su impecable moral. Ellos viven en un piso en pleno centro. En un barrio elegante habitado por pudientes de verdad, no por veteranas como yo, entreveradas dentro de un vecindario conocido, que se saluda, se detiene a charlar y se conmueve si a nuestro perro lo atropella un auto.

Me sorprende que la empleada me haga subir con ella en el ascensor de servicio. Así que pregunto: — ¿La señora está mal?
—No…La hago subir por acá, porque ella dormita en el living…Es coqueta, sabe…No le gusta que la vean con el cabello desarreglado…o mal calzada…
La cocina que aparece ante mis ojos está totalmente renovada. Muebles blancos laqueados, mesa central redonda con patitas de hierro labradas y cuatro sillas metálicas flaquitas y rígidas, aptas para desviar columnas vertebrales. Si se me ocurre apoyar mi importante trasero sobre la pequeña superficie…bueno, estoy segura que desbordo por los cuatro costados. Sobre el mueble de marras se alinea una botellería de bebidas caras y envoltorios de confitería. Me callo, pero calculo que las personas que vendrán a darle el pésame serán muchas. Las conozco a casi todas. Vestidas y adornadas con joyas auténticas porque a esas señoras las transporta su chofer y las acompaña una dama con aires de importancia prestada de su ama, a quien señalan donde se encuentra el siguiente escalón dentro del living, socorren para alcanzarles un pañuelo y las soportan en los caprichos lo mejor que pueden.

— ¡Teresa! —Grita Elina — ¿Llegó mi prima? Hágala pasar aquí, estoy en mi cuarto.
Estrecho con fuerza a la dueña del dolor, quien me responde del mismo modo. Recuerdo que en los últimos años Horacio y ella se llevaban como perro y gato. El que se murió es el perro. Lo notable es que este gato más bien parece tigre; le llamean los ojos divertidos y en el abrazo percibo un olorcito a alcohol brotando de sus fauces. Voy del asombro a la incredulidad. Siempre fueron famosos por criticar a todo borrachín conocido. Llegué preparada para que lloráramos juntas, pero a esta altura del encuentro, no sé que debo hacer con mis lágrimas. Meto violín en bolsa y la sigo calladita hasta el living.

Sorpresa, sorpresa, sorpresa. Este lugar me resulta absolutamente desconocido.
No quedan rastros de los muebles oscuros, pesados pero confortables de antaño. Me desplazo entre mesitas ratonas de vidrio y sillas tapizadas con pana tratando de no tropezar. Mis ojos se dilatan recorriendo las paredes, pintadas a todo color y exhibiendo dos cuadros surrealistas. Si hubo sobre esta tierra un hombre atrapado en modelos victorianos, era el finadito. Esta no es su casa. Todo huele a renovado, a derroche en objetos costosos y de gusto rebuscado. Estoy transportada al corazón de revistas de interiores pensadas para actrices o cantantes de rock.

—Acércate, Rosarito…Acá, toma asiento en el sofá…Luces tan coqueta como siempre. Con cinismo desconocido, agrega: —Yo debo parecer un horror ¿verdad?
Me ubico donde me señala a punto de un infarto. Sonrío como una boba, desubicada dentro de ese marco estrambótico que no combina para nada con la lógica tristeza del momento. A mi querida prima le sobran sonrisas picaronas; está más delgada y viste donairosa una larga túnica de seda con brillos que hacen juego con unos zapatitos de seda traídos de países ignotos. Como dicen mis nietas: Elina está “producida”, lista para aparecer en televisión.
Entreveo una luz roja que me advierte: “No se te ocurra llorar. Parece que no es momento adecuado para lágrimas”.
—Bueno Elina, te veo bien, lo que me alegra mucho…Hablemos de lo que tú quieras…Cuéntame que te llevó a comprar todo nuevo…Hasta las cortinas…
Mi parienta suelta un gran suspiro, acomoda su túnica y me habla de corrido, como discurso pensado de antemano: —Es hora que te enteres de mi realidad, prima. Estar casada durante cuarenta años con Horacio, que en paz descanse… no fue un regalito de Dios, como muchos creían porque teníamos dinero…Mi marido heredó esos horribles muebles de su madre y como adjunto, soporté la pesadez memorable de la vieja que aunque la bañaras en perfume francés siempre olía a alcanfor. Un verdadero quemo, mi suegra… El gran compromiso de Horacio, y esto con mayúscula, era vigilar si la bolsa subía o bajaba. Si convenía invertir en el mercado asiático o meter la plata debajo del colchón. Tarea nada agobiante ya que la llevaba a cabo desde la pantalla de su ordenador. Enrollado en un aburrimiento fenomenal, para matizar su clima interior, engullía un chocolate tras otro.
—Pobre Horacio. — Intento defender al que se fue sin sufrir.— Por eso había engordado tanto…
— Y en los últimos años, los peores, su gran distracción era perder el tiempo escribiendo poemas que solamente él entendía…Los leía en invierno, envuelto en esa bata negra y gris, con una voz cavernosa, que él creía romántica…Yo disolvía el momento con un buen trago, hasta que medio adormecida, la mandíbula me colgaba hasta el pecho…!Ay, prima! No conozco la tortura china, pero seguro no es peor que esta…
Elina cobra bríos a medida avanzan las confesiones. No se detiene para recordar que la vieja que olía a alcanfor era mi tía abuela, y que el pajarito muerto era de mi sangre.
—Al principio peleábamos. Con los años, dejé de discutir, me avivé y empecé una doble vida. Jamás de los jamases dejé de atenderlo, como todos saben…Pero salía con amigas…—ahora susurra y mira para la cocina —y me tiré a varios de esos lindos que se alquilan por hora.

Mientras Elina se confiesa, empiezo a traspirar. El corazón me hace burúm bum bum y mi boca se abre y se cierra haciendo entrechocar mi dentadura postiza. Me quito el saco a rayas medio asfixiada por la avalancha de pecados mortales y veniales de mí — a estas alturas — desconocida parienta lejana. No puedo creer que esta descarada Elina sea la misma de antes. La de los trajecitos Chanel, entendida en literatura de alto vuelo y severa si se murmuraba sobre pecadillos de segunda comparando ésos con los que vierte sin alterarse en mis oídos.

Sin darme tiempo al recupero aparece la mucama acompañada de dos jovencitas parecidas a ella. Dos arrastran bolsas de plástico y la menor empuja una escalera. A la legua sobreentiendo que tienen permiso previo para ejecutar la obra: Cuelgan guirnaldas de colores sobre las ventanas; en todos los rincones, los globos inflados coquetean con el viento; descargan matracas, antifaces, serpentinas y pitos de carnaval y mi prima, encantada, les recuerda que faltan los pomos de agua. La empleada de la casa corre a abrir la puerta de abajo porque llegan las amigas. La menor coloca un C.D. de Fito Paéz y yo…yo estoy más que segura que me equivoqué de velorio. Entro en una risa moderada, que aumenta cuando me acuerdo del velatorio de mi tía Agustina. Una ancianita maravillosa, a la velábamos en una casa mortuoria donde se despedía a otros fallecidos, en otras salas. Nuestra tía era reservada y las escasas amigas que tenía estaban junto a nosotros, los parientes, conversando en voz baja. De pronto irrumpe una señora que se arroja sobre el cajón, llorando a gritos, como hacía la gente de antes. Nos miramos interrogándonos con la vista: ¿”La conocen”? Negamos con la cabeza. Mi marido y su primo se acercan para consolarla: — Señora… ¿Usted era amiga de Agustina?
— ¡Como Agustina!—Y mirando dentro del cajón y ya sin lágrimas— ¡Creí que esta era Isabel…me equivoqué de muerta! Fue una despedida maravillosa para Agustina, mujer de humor maravilloso porque no paramos de reír estando de verdad acongojados.

Saludo a las visitas que llegan y me escondo en el baño. Suelto mi risa, hago pis porque a esta edad los esfínteres se sueltan sin permiso, me lavo la cara, me persigno y reaparezco en una sala donde las amigas sonríen, mastican empanadas salteñas y beben vino sin parar de hablar.
Una señora me llama a su lado. —Siéntate acá— ofrece. Vas a estar bien acomodada para el espectáculo.
— ¿Qué espectáculo? — Mastico con la bilis a punto del derrame.
La señora se llama Amalia, la conozco de una reunión en serio, cuando vivía Horacio. Ahora me mira con atención y suelta: — Para Elina este es un festejo porque Horacio murió hace un año… o una venganza, no se muy bien…
— ¿Hace un año?
— Algo más de un año, creo. Pero prepárate, que viene lo mejor.
En ese momento, se apagan las luces y hace su entrada triunfal una sombra flaca y alta, envuelta en una especie de sudario negro. Pega saltitos, saluda con reverencias circenses, baila alrededor de las mesitas temblonas, silba al compás de la música, ahora de Charly García y se quita con lentitud de corista una prendita, un revoloteo, otra prendita hasta quedar desnudo de la cintura al cuello. Debajo, sosteniendo con holgura su sexo sin orgullo que no abulta mucho, luce un slip violeta.
A las señoras paquetas y ami prima la baba les corre a los costados de la boca. El jovencito se abre de piernas, monta sobre faldas femeninas mustias, vivarachas de golpe y porrazo por el flaco que las toma de las manos, atrayéndolas hacia su pecho imberbe untado con algo perfumado y grasoso. La música suena, la mucama filma el acto del Stripped y yo, desamparada, bebo un whisky de buena marca que solía tomar antes, en tiempos de falsa prosperidad, para certificar que mantengo mi rango de borrachita de buen gusto, aún en medio del desastre. Amén.



















CARMEN ROSA BARRERE.

8.2.10

Música para Eloíse

MÚSICA PARA ELOISE.


Eloise dormita en las escalinatas de la Ópera y vigila sus propiedades: la cajita dentro del corpiño, el carro destartalado, los periódicos viejos, la radio sorda, un abollado jarro de latón y la bolsa con ropa limpia. Casi todas de abrigo, porque ella siempre tiene frío. Asoma el otoño y empapela veredas rotas con hojas muertas. Aterida, Eloise cubre sus hombros y la persistente rigidez de los huesos con lanas encimadas. Para el resquebrajamiento de los hielos interiores nadie inventó cobijas adecuadas. Gélido, el aire eriza sus cabellos y corroe la última esperanza. Si un artista quisiera plasmar “un alma en pena”, Eloise sería una modelo ideal.

La alimentan, higienizan y recambian su calzado viejo por otro menos viejo, las monjitas francesas de un colegio próximo al teatro. Eloise acepta la generosidad tímidamente. La Hermana Cristina consigue que hable una que otra cosa, siempre en francés. Cuando aparece en el comedor para indigentes, extiende el plato sin mirar a la asistente de cocina. Callada, sin prisa, como alguien que come porque todavía no optó por dejarse morir. Elige el sector menos concurrido. Come distraída. Con movimientos delicados seca su boca con un trocito de tela. Ajena al momento y ausente de ella misma.
— Parece muda —.Observa una mujer que arrastra a dos niños boquiabiertos como pájaros hambrientos, mientras sus mentes sueñan con patear una pelota o arrullar un bebé de trapo.
— A mí me parece loca...No es fea, tiene lindas manos. ¡Pero a qué inventar historias aquí, donde cada cual tiene la suya! —. La respuesta viene de Fermín, que está detrás en la cola. Fermín camina con muletas. Las patillas de los anteojos, fuera de sitio. Se adueña del plato y huye despectivo de la turba que huele a sucio y a miseria. Abre un libro ajado y simula leer la vida de Sinhué, el médico de los faraones. No intima con sus compañeros de desgracia. Lloriquean por la familia ausente y despotrican contra el gobierno de mierda, que promete milagros en el fragor de las campañas políticas, para caer amnésicos en cuanto se adueñan de la torta. El vejete es un criticón sin remedio. Fermín y Eloise son dos raros, injertados por la desventura entre el mundillo de los indigentes. Murmuran que el cegatón era un buen médico, que cayó preso por una mala praxis. Que intenta escapar de los cargos de conciencia bebiendo. Junto al vaso vacío, reaparece, fustigándolo, la chica muerta con los ojos abiertos, sobre la camilla. Ojos acusadores, imposibles de olvidar. Fermín se golpea la frente y bebe un vaso tras otro. Odia los noticieros y le dan calambres los diarios. No está enterado que el nuevo Jefe de Gobierno sí intenta hacer algo por los necesitados. Haciendo buena letra, el novel mandatario emplea directores, subdirectores, secretarias, amiguitas y parientes que brotan como hongos. Sus favorecidos rastrillan escondites donde duermen los sin techo. Primero los lugares céntricos, por donde pasean los turistas. (Esos mal intencionados, que enfocan paredes derruidas, criaturas mendigando, linyeras dormidos sobre cartones, envueltos en harapos). La erradicación de mal vivientes se realiza a fondo. Liberan de vergüenza la Catedral, los accesos a los Bancos Internacionales, al puerto, remozado y de moda, con restaurantes lujosos, donde se saborea carne asada con champán francés. Esa parte de la ciudad reluce.

En la Ópera encuentran a Eloise. Sueña con la oreja apoyada en su radio muda, palpando su cajita con mariposas muertas, obsequio de Raúl cuando navegaba. Al advertir que la llevan, grita por sus pertenencias. Ahí se enteran los compañeros que la mujer no es muda. Habla en un idioma que ninguno entiende, pero habla.
Eloise y Fermín son internados en el mismo lugar: en las afueras, cerca del río. Una construcción antigua que fuera convento de una congregación de frailes. Las paredes soportan con estoicismo la degradación del tiempo, que las recubre de cascarones marrones, oxidados. Las ventanas son altas y pequeñas. Los camastros de los dormitorios son de hierro. Crujen en la noche, chillando historias de insomnios de tanto cura desvelado…o revelado, pero sin salida. Son una veintena de parias, alegres porque tienen techo sobre sus cabezas, comida y una enfermera que aletarga con una inyección certera a los revoltosos. Un doctor los reúne una vez por semana y les pide que hablen. Que se “abran”. El primero en saltar al ruedo es Fermín. Desesperado por ser atendido, suelta una andanada donde entrevera hechos que van de atrás para delante, o enlazan al azar otra historia, que nada tiene que ver con el principio.
La audiencia bosteza. El médico observa su reloj. Fermín cae de su nube, mira a los asistentes, se encasqueta la dignidad y pega la retirada del escenario de primer actor.
Eloise embolsa la merienda y camina con el cuerpo desgajado hacia una piedra chata, en la ribera. Estira las piernas delgadas y se acomoda para no perder la visión del río. Un río ancho, que no se parece a su añorado mar. Pero arrastra agua. Al enfrentarlo y mirarlo fijamente, ella misma se convierte en líquido, buceando para hallar a Raúl. Se atomiza y forma parte de cada partícula en movimiento. Un hondo suspiro aliviana su mente, que se deshace en neblinas. Como sombras, las imágenes juegan a las escondidas. Los mejores y peores hechos de su existencia empezaron y están acabando próximos al agua. El agua le trajo a Raúl, hasta que pérfidamente, se prendó de su gallardía marinera y una noche se lo llevó definitivamente a dormir el sueño eterno dentro de su lecho.

Si la corriente viene empujada por el viento, arremete sobre las piedras y se desmelena contra ellas. Eloise percibe tintineos musicales. Reclamos amorosos de peces, moluscos, seres fosforescentes buscándose, en la urgencia del apareamiento. Pequeñas olitas remolinean bailando. Con nitidez sus oídos escuchan que está sonando un vals de Strauss.
El vaivén del agua y los reflejos del sol son fascinantes. A través de su mágico caleidoscopio, divisa a Raúl apoyado sobre la borda del barco. Atento a la labor, pero con el espíritu dentro de la casita que la protege a ella, su amada. Lejano navegante, adherido por el amor a su cama, a su talle y a su risa. A la música, que ella interpreta en el viejo violín que Raúl le compró a un anciano artrítico en el puerto de Barcelona. O mirando a lo lejos, le llega el aliento de la sopa de cebollas que cocinaban juntos, con el invierno apretando desde afuera.

El día que la conoció, Raúl supo que su destino cambiaba. Ella era su puerto y para Eloise, Raúl era el mundo entero. Tres años felices, compartidos mano contra mano. Momentos fugaces, que su memoria saltea en la insidiosa muerte neuronal. Atardece y Eloise sigue su hipnótico jugueteo con el agua que se desliza ajena a la locura de la mujer que mira. Cuando sosiega el último suspiro, la superficie, cansada de saltar, se aquieta para recibir los reflejos anaranjados del ocaso. La joven revisa las nubes en el horizonte. Si se forman ovejitas algodonosas, a los tres días llueve. Como en cámara lenta, apoya y quita la radio, cambiándola de una oreja a otra. Si afina el oído, no se pierde su trozo preferido de la obertura de “Poeta y Aldeano”.
Eloise nació en la campiña francesa, en una aldea sobre la costa del mar. Hija mayor de una mujer simple y crédula, de sexo caliente, que exclama: “Este hombre no miente”, cuando se entusiasma para preñarse a la noche siguiente.
Eloise es la mayor. Cae la tarde cuando escapa hacia la costa. Dos barcos, una canoa tardía. Los pescadores recogen las redes. Otros arrastran barcazas repletas de pescados. Hay desfachatez en los piropos de los fornidos trabajadores cuando la ven pasar. La persigue el insulto de sus mujeres, que conocen a la madre y enseñan las fauces a la hija, por las dudas.

El horizonte, pintado de estrías alargadas, se despide del día. Entonces aparece la magia. Ellos se descubren. Fogonazos directos, como un láser. Un marinero al borde del mar, a la misma hora que esa joven delgada, sostenida como por milagro por sus piernas. Velozmente la compara con una mariposa. Colorida, tenue, inocente, a punto de tomar vuelo al menor soplido. No cree lo que ve. ¿Y si se equivoca? Las miradas se buscan. Ella se ruboriza. Infantilmente, se toca la falda, en un acto fallido de estirar la tela. Se mira las manos y sonríe. ¡Dios nos libre de las ninfas púberes! Gritan las vísceras del viril marinero, para el que la vida sin riesgos es una verdadera caca. El puente se tiende con la inmediatez de la juventud. Sin pedir permiso, la embarca y se la lleva a su país. Otro idioma. Otros hábitos. En el fragor de los reencuentros, olvida que no están casados. Eloise no tiene documentos. Su barco es moderno, él tiene seguro de vida. ¿Qué le puede pasar? Además, Eloise tiene unos ahorritos.

En el otro confín, los agresivos hielos noruegos hieren de muerte a la nave. La neblina espesa es la mortaja que envuelve a los navegantes del naufragio. Ese día, Eloise olvida el poco idioma aprendido y no puede discutir con los parientes angurrientos por sus bienes. Un adolescente con aritos y tatuajes se apropia de su violín y la muchacha, aterrada, se desconecta de la realidad y escapa de sus agresores, apretando la radio, que a nadie interesa porque es vieja.

— Fermín…No critique más a Eloise…Su historia es triste, igual a la suya…Y fíjese, la única lucidez que conserva, es la de creer que su radio suena, y que el agua le traerá de regreso a su amante…Afloje, amigo. Déjela en paz—. El doctor conoce las saetazos malévolos que suelta su paciente contra la mujer. Fermín se calla. Aprieta su libro en alemán, haciéndose el que lee. Fermín es criollo, y de alemán no sabe ni jota, pero ese es su secreto.
Eloise, sentada y ausente, acomoda su ropa y alisa su pelo. Debe estar elegante para cuando empiecen a tocar Madame Butterfly. Acaban de anunciarla.
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CARMEN ROSA BARRERE

15.1.10

El enviado

EL ENVIADO.

Guaraníes desnudos fueron los primitivos pobladores de estas tierras rojas, por las que merodeaba a mis anchas. Debajo de la capa superficial, yacen enmudecidos los cementerios del reciente ayer. Restos de caciques bravíos; plumas y huesos de animales en extinción; residuos fúnebres de un follaje que fuera deslumbrante, incrustados blandamente el uno contra el otro, o desviándose porque el alud tropieza con los afilados perfiles de una pétrea estructura con corazón de brillos casi preciosos. El oxígeno y el hierro impregnan esos restos que descienden hacia lo hondo para que la mutación orgánica cumpla su quehacer silencioso. En la planicie, las estaciones se suceden, los nativos se han vuelto sumisos, los animales huyen asustados y mi fabuloso bosque se entrega indefenso. No me hace bien rememorar el amanecer en el que por primera vez, humanizado, contemplé la dolorosa destrucción del sitio que me fuera confiado.

En el principio de los tiempos, cuando pasé a ser parte del Plan Maestro que hizo de este planeta lo que es, supe que mi mandato era el de vigilar los montes y sus habitantes. Dividí mi sustancia para mantener un coloquio que cubriera a animales peligrosos, aves con trinos diferentes, reptiles de andares sigilosos, árboles esbeltos como estatuas, orquídeas de belleza femenina, matorrales y lianas, todos habitantes de la selva virgen. Los rocé suavemente, para que se enteraran que ya tenían custodia. Una entidad que compartiría sus miedos y necesidades; un amigo, compañero de frondas; un vigía, oteando desde lo alto el arribo del travieso viento, que movía a su antojo las aguas del arroyo y echaba a volar semillas sensuales, dispuestas a reproducirse. Elogié con ellos la gracia de la lluvia veraniega y nos intrigamos juntos ante la histérica presencia del relámpago. Nada igualaba el esplendor de esos amaneceres celestes, con telones de profundo verde, oliendo a savia fresca, o la despedida nostálgica de un sol marchando hacia el ocaso. La tierra era de todos. Compartíamos el cabrilleo del sol sobre las aguas quietas, el revoloteo matinal del ave y el incomparable sentido de la libertad nos otorgaba fuerza de guerreros.
Sentados rodeando la fogata, veíamos la danza de las salamandras, su escurridizo vaivén de sube y baja, escuchando, simultáneamente el jolgorio de la madre pájaro, en festejo por la rotura del huevo que exhibía al hijito implume, con el pico abierto y las plumitas pegoteadas de un recién nacido. Esos acontecimientos eran nuestro teatro, nuestro regocijo. Yo era el guardabosque. La energía alargaba sus manos hacia nosotros, vestida de blanco y con ramitos de yerba mate prendida en las orejas.

Si aguzaba los sentidos, capturaba la estrepitosa caída del agua sobre doseles de piedra. Traviesas gotas nacaradas fuera de cauce, bordaban un festón tintineante y sonoro; lágrimas que irrumpían como niños traviesos para quebrar la solemnidad imponente de las cataratas. Centenares de mariposas y colibríes inquietos agitaban sus alas rozando levemente la superficie, vigilados de cerca por pequeñas haditas nacaradas de ojitos verde—azulados; el arco iris eternizaba su visita de diosa del Olimpo dentro de esa mole, señalando en sus dos extremidades, el mito del tesoro escondido por otro ser sin presencia física, pero legendario. El agua no se resignaba a mitigar su fulgor y la admiración de los que la contemplaban. Asistida por el viento, alejaba a las nubes, negándose a ser capturada por la sombra. En la naturaleza se arman batallas, querellas, discusiones y enredos que como guardián comprendía y trataba de enmendar.

En mi interior sentía el estremecimiento descomunal de pertenecer a un holograma perfecto, con un rol de importancia vital. Si hubiera sido humano, esa conmoción podría compararse al éxtasis de un descomunal orgasmo. Pero dada mi procedencia, mi tarea consistía en abrir el camino hacia la belleza a los indiecitos descalzos, feroces en el aprendizaje de la supervivencia y revisar la convivencia de estos pobladores de índole bien diferenciada.
Algunos libros más jóvenes que yo, dicen que otro dios del Olimpo, llamado Prometeo, desobedeció las órdenes de Zeus y regaló el fuego a los humanos. Desde mi estatura de guardián, creo en la mitología, porque convivo con los elementales día a día. Gnomos o trasgos, salamandras y elfos o haditas irisadas, son los mensajeros que utilizo para mandar noticias dentro de la vastedad de este territorio que todavía no conoce los hilos de la luz ni del teléfono y si se mencionara la palabra computadora, creerían que es algo que se come.

Mis amigos mataban si tenían hambre. Tumbaban a las hembras y les hacían hijos, con la misma rudeza con la que desafiaban a las bestias feroces. Pero llegado el oscurecer, las arracimaban a sus flancos, defendiendo territorio y familia. Sin saberlo, repetían historias grabadas por los viejos saurios, cuando en el mundo el mamífero tenía un cerebro pequeño, pero calculado para desarrollarse en esto de las ciencias, la comunicación, el progreso y la guerra malvada, tal vez como señal de llamado al equilibrio y en el afán de detener el caos.

El contacto directo con la naturaleza, piel a piel, proveía al fondo de esos corazones nativos de la potestad de una inocencia inmaculada. No me temían, ni los asustaba la presencia de otros seres parecidos a mí, con distintas consignas. Los elfos soplaban desde sus bocazas el aire donde bailaban los silfos espantando los fantasmas del agua; las ondinas saltarinas, divertían a los niños dando volteretas en la corriente de los arroyos, llevando de la cola a pececillos de piel escamada; diminutos gnomos laboriosos y previsores recogían comida, porque temían la inclemencia invernal. Pequeñas niñas indígenas eran salvadas del ataque del gato moro, porque un ser alado las elevaba justo a tiempo sobre el aire, depositándolas entre los muslos seguros de sus madres.
Así era el bosque de mi juventud. Parte del territorio que un Creador Indiscutible, le prestó al hombre para que naciera, creciera aprendiendo y muriera con conocimientos y espiritualidad ampliados.

No tengo capacidad para medir el tiempo. Solamente sé que se sucedieron infinidad de lunas con días sosegados, hasta que caí en la cuenta que solapados, los enemigos del equilibrio planetario, elaboraban — embanderados en la palabra progreso — planes de avanzada científica y tecnológica. El argumento para la impunidad, era válido en tanto y en cuanto se soñara que siendo avasallada con voracidad y sin respeto, la naturaleza tendría el potencial de reconstruirse con fuerzas renovadas. Que ellos matarían y el vergel rebrotaría y los animalitos se reproducirían en medio del desorden reconstruyendo la obra perfecta de manera mágica. No se dieron cuenta que el esquema original no venía con copia.

Células, moléculas, átomos, protones, neutrones y electrones se pusieron de pie para rebelarse. Los hielos fluyen hacia los mares, derretidos por el calor. Los mares y el centro de la tierra truenan al unísono, borrando de un solo remezón, torres famosas y ciudades enteras. Velozmente, los abecedarios desbordan de palabras recién estrenadas: Tsunamis. Maremotos. Ciclones. Tornados de diámetro inaudito. Inundaciones. Incendios. Terremotos. El eje de la tierra, conmovido, varió su posición.

Hoy, los bosques agonizan, talados sin piedad y con angurria. La flora y la fauna, urgen la presencia bíblica del milagro en un desaforado grito por salvarse.
Mis amigos aborígenes, que antaño se reunían alrededor de sus fogatas para escuchar mis charlas sobre el primer fuego, producto de la desobediencia de un dios, mantenido en la tribu por una hembra, quien, afanosamente, friccionaba dos piedras para presenciar el parto de las salamandras, que venían para calentar la cría, mientras el macho cazaba o peleaba, ya no alcanzan a entender mi lenguaje. Dejaron de creer en mí y en mis promesas.


El bosque retumba con el estrépito del desmonte. El sollozo de las ramas altas, rodando entre el barro, ya no son percibidas por nadie. Una mescolanza de idiomas, gritos de mando y bocinazos urgentes, han trastocado las consignas comunicantes de la selva para siempre. El viento enlaza una que otra rama en la despedida, pero la savia, que es el llanto del árbol, su modo de decir adiós, se pierde entre terrones duros.
Aterrado, me balanceo sobre la copa de un cocotero para ver partir a mis amigos desgajados hacia los camiones con caras de perros bulldog, que perezosamente, cuesta arriba, los descargarán en el aserradero. Nadie me enseñó a llorar. No conozco las lágrimas. Pero esta tardecita, cuando el agua pelea con la sombra, algo salobre me deja un gusto raro dentro de la boca.

La erguida dignidad del pino, el perfumado palo rosa, el peteribí, el dulce lapacho recamado de flores, el roble vetusto y el joven aliso, no murieron de pié, con orgullo. La sierra clavaba sus engranajes en las cortezas, los obreros acababan la destrucción sin un solo pensamiento salvador, apurados por el jefecito que jamás oyó hablar de respeto y a la dignidad la conoce porque leyó la palabra en el diario.

Tal vez yo esté más viejo de lo que creo. Escuché a alguien decir que si se llega a anciano, los jóvenes nos consideran tontos, con una sola neurona, que de solitaria que está, a veces se retrae y no funciona. Que los vetustos no deben hablar de valores, familia o responsabilidad, porque son idioteces que no dejan renta y sí muchos dolores de cabeza. Que lo bueno, es ponerlos fuera de servicio cuanto antes. Que la responsabilidad ambiental, entorpece la magia alucinante del progreso.

Un viandante de los que pululan por estos andurriales que antes fueran mi gloria, olvidó al pié de un árbol sobreviviente un libro. Se llama “Cien años de soledad”. El que lo escribió es un mortal, que mide el paso del tiempo de su preciosa historia, con un simple calendario inventado mientras se movilizan las estupendas neuronas que conforman su cerebro.

Tiemblo presintiendo los espantosos años de real soledad que esperan escondidas a las nuevas generaciones, con el egoísmo y el desamor como estandartes. A los que piensan que la senectud “está muy lejos”. ¿Pararán las mentes de los locos antes que la tierra se torne yerma para siempre? ¿Volveremos al comienzo? ¿O nos toca desaparecer porque no aprendimos?


Carmen Rosa Barrere.

Manos de pobres

MANOS DE POBRES


Creí que ese era mi día de suerte. Me instalaron en un barrio especial. Elegante. Nada de villas miserias. Ninguna bruja con ruleros y chancleta rezongando porque al perro de la vecina se le ocurrió defecar en su vereda la mismísima mañana que ella usó la escoba y la manguera furiosamente contra el piso. Entre nosotros: escuché por ahí que las que friegan en exceso...lo hacen porque no gastan energías en el sexo.
Cuando se pasa la vida útil en la calle y se tiene buen oído, se escucha de todo, y se ve lo que no se quiere ver. Debo resignarme, así se conforma la famosa experiencia. Cúmulo de realidades que no sirven de nada. Una vez incorporadas a la conciencia, es demasiado tarde. Lo de ayer es vetusto. Inservible para una inmensa mayoría que piensa y siente con egoísmo solamente el hoy.
Reconozco que tengo ciertas ínfulas. Procedo del jugo de la naturaleza mas perseguido por el hombre. Ese que justifica guerras. Invasiones. Locura de poder y hambre insaciable de dinero. El petróleo.
Mis horas en contacto con la madre tierra fueron apacibles. Hasta que un inolvidable día, sorpresivamente, fui extraído brutalmente de mi jugosa oscuridad. Apretado en mis átomos, acabé mezclado con otros hermanos de tinieblas. Me refinaron, amalgamaron, colaron e inyectaron por los cuatro costados dentro de matrices de última serie. Un viejito con máscaras y guantes lijó mis asperezas al emerger desde dentro de aquella cárcel transformadora. Recortó las coladas sobrantes y me alineó en una cinta metálica, codo con codo, por así decirlo, con mis iguales. Me di cuenta que éramos grandes, sólidos y negros como la noche.
Subterráneo en la infancia, cubierto en el presente con una tapa pesada, reconozco la sombra. Me remuevo, empujando partículas. Tarea inservible. Perdí la libertad. Extravié la deliciosa voluptuosidad de cuando era líquido. Aceitoso. Tibio, amigo de piedras, acolchado entre las capas superpuestas de la tierra. No me reconozco, amoldada mi intimidad por esta maquinaria siniestra que me apretujó hasta convertirme en esto que soy. Un sólido tacho de residuos.
Me colocan en una vereda roja detrás de un recortado cerco de ligustros. Recubren mi interior con una bolsa negra, para variar. Confeccionada con un material al que yo llamo mi pariente pobre. Le falta resistencia. Carece de estilo; no es, ni más ni menos, que una fibra barata. Para colmo, con apodo extranjero: nylon.
Desde mi puesto, a lo lejos, escucho la angustiosa sirena de los barcos. En ráfagas, el vientito empuja olor a agua de río, mal oliente. La proximidad de mi nuevo alojamiento con un puerto es evidente.
Amanece y despierta la ciudad. Los diarieros vocean. Los coches estampan la calle con frenadas bruscas. Descubro con atención mi entorno. Un vecindario donde se cocina. Restaurantes elegantes, diseminados en la cuadra. Aprovecho la porosidad de mis paredes y abro mis diminutos agujeros hacia afuera. Mis paredes absorben perfumes deliciosos: canela, quesos, ciboulettes, kummel, verduras frescas, se diluyen dentro de mis átomos. Las volatiliza el aire, como señuelo para distraídos. Aromas que hacen agua dentro de mis fauces. Estoy tan feliz, que si supiera cantar, lo intentaría.
Hay estrépito de cacerolas. Voces de mando. Rezongos en voz baja. Apetitosa emanación de pan recién tostado. Un placer en oleadas que casi puedo paladear.
Al mediar la mañana, sueltan su fragancia las carnes que se asan. Despiden llamaradas fugaces los rones de los postres con manzanas. Expando con fruición mis narices. No quiero perderme nada. Sin tarjeta de entrada, sin mesa reservada, disfruto como invitado de buen paladar la hazaña laboriosa de los cocineros. Me encanta la idea de compartir sin pagar. De puro caradura, me convierto en uno más de los tantos que corretean por la gran ciudad.
Estoy contando los sucesos de mi primer día de trabajo. A la incógnita del primer momento, la sustituye la satisfacción. Me construyeron con un fin. El de servir. Aquí estoy yo. Firme y dispuesto a cumplir mi misión. “Cualquier trabajo es digno si lo haces lo mejor que puedes”. Era la arenga del viejito que me hizo el maquillaje, allá en la fábrica, a la hora de enseñar el oficio a lo novatos.
Escucho el taconeo de señoras descendiendo de los automóviles. Me regalan una fragante emanación de bienestar que no envidio, pero que disfruto. El paso cansado de los hombres. El rodar de un cochecito, portando al bebe heredero de las esperanzas. La corrida adulona de los que abren y cierran puertas y estacionan con bronca los cochazos. Advierto que son máquinas caras por el portazo. Seco. Sólido, bien armado por dentro. Los baratos chirrían con ruido a lata. Creo que me estoy volviendo clarividente. Lo que no veo, casi lo adivino.
Este lugar es caro. Las mujeres hablan en voz baja. Los hombres no escupen la vereda ni sueltan palabrotas. A las palabrotas las conozco bien. Son de uso corriente allá en el sur. Los obreros grasientos, de modales rudos y ojos enrojecidos que me sacaron del fondo de la tierra, blasfemaban contra la empresa. Que robaba riquezas al país para mandarla a guardar en bancos extranjeros. Maldecían a los gobernantes coimeros, atados a estas empresas de mierda, que no dejaban restos a los ciudadanos, sus dueños naturales. Una vez los indígenas de la región armaron una revuelta, reclamando. Los callaron con promesas y los arrinconaron sobre páramos sin agua, donde los únicos sobrevivientes fueron ellos, su soledad y sus desesperanzas.
Afortunadamente los viejos caciques están muertos y a los herederos, con tanta carga de angustia y desolación, les falta resto para la pelea.
Entonces yo era joven y entendía poco. Lo mas afrentoso eran las diferencias entre gringos montados en sus cuatro por cuatro, maletines de Vuittón, y botas hechas sobre medida. Los morochos pobres vivían envasados en viviendas de lata. Cagados de calor en el verano y de frió en invierno. La cerviz agachada, rencorosos. Por analfabeto que uno fuera, estos contrastes eran evidentes hasta para mí, un ignorante. Un recién nacido, por así decirlo.
Atardece el día de mi estreno. Manos ansiosas levantan mi tapa. Estoy vacío. Un portero enojado distingue al pobrerío. Sopla su silbato desde la puerta imponente que accede al restaurante. Los pies descalzos corren a esconderse entre los ligustros.
Al rato un gordo con delantal blanco arroja mi tapa compañera al piso y suelta una bolsa con cáscaras de papas y verduras. Cebollas podridas. Huesos con alguna carne. Otra bolsa deja caer flores con los tallos hediondos, migajas, servilletas de papel, vasos quebrados, papeles ajados escritos con letras que ya nadie se molestará en leer.
Impresionante como vuela el tiempo. Está amaneciendo. El aire se enrarece. La calle y los ruidos cambian. Escucho movimientos sigilosos. Palabras rápidas, órdenes, corridas. Desde los setos donde se escondían se agitan los hambrientos, esperando. Gente que huele a sudor. Como es invierno y ha llovido, la ropa de lana húmeda, barata, exuda a perro muerto. Se mezcla al olor de la miseria que es particular, como lo es el olor de un cuerpo al que lo consume el cáncer.
Aparece el gordo con un joven. Las bolsas vienen repletas. Puchos apagados. Grasa derretida. Huesos. Botellas. Papas con crema y ensalada Waldorf. Olor a vino bueno. Trozos de carne. Pollo. Pescado. Mi contenido es como la vida misma: Una es de pura cal. Otra de arena.
Un repollo podrido me nausea. Sin recuperarme me atacan con pedazos de cortezas de pan. Muchos trozos de carne. Tierra y otros vidrios rotos. Mi parienta pobre, la bolsa negra, se rasga lado a lado. Mi pulido interior se cubre de hediondez. Me humedece un jugo incierto que parece orín. Así, hasta llegarme al tope. Menos mal que no tengo pulmones, sino, estaría asfixiado... Y además callado.
En ese instante comienza el desfile de los que tienen hambre. Como si mi tapa fuera de metal precioso, una mano femenina deformada por la artritis la coloca en el suelo. Elige temblorosamente pero con gusto artesanal una bolsa con carnes y unos huesos. Me cubre y huye apresurada. La otra mano es escuálida, de niño. Torpemente, toma lo peor. Empujado en la cola, escapa en la noche perseguido por el miedo y la tos. Un negrote sin dientes se agacha y rebusca bien al fondo. Es zurdo. Su furia arremete mis paredes. Pretende quebrarlas con sopapos de puño cerrado. Después llega un borracho. Mas tarde son varias las mujeres que pelean como perras por un bife. Después mas chiquilines con mocos y estornudos. Sobre el final, arriban los ancianos.
Los brazos flacos y las uñas negras. Un cansancio feroz y una mirada errática que puedo distinguir desde mi fondo. Palidezco al adivinar sus historias, atrapadas dentro de la cavidad húmeda donde se acurruca el globo del ojo del humano.
Aparte de ese liquido viscoso tropiezo ahí nomás con la vergüenza. El vacío que dejan los hijos que borraron sus nombres. Inviernos superpuestos sin verano en el medio. El viejo sin comida y amor, que siempre tiene frío. Personajes ajados en la fatiga horrenda de la eterna lidia contra la pobreza. Nunca tuvieron el acceso al libro. Su único libro, es el escrito por ellos de su propia vida. Libro ilegible, plagado de lágrimas que borronean la tinta.
Debo admitir que vivo el tiempo nuevo. La era de la globalización. El momento de la familia a medias. La que intenta recuperar algo del pasado, cuando se junta para los festejos o para los velorios. Todos viven “a mil” y muchas parejas jóvenes, entregan la mente de sus hijos de cuatro años a los especialistas “porque no los entienden”.
Con respecto a sus padres padecen de una clase de amnesia que debería ser analizada — y tal vez dimensionada — por sociólogos y estrategas del destino de los pueblos, quienes también son hijos de alguien. ¿O nacieron por casualidad?
Los clientes de estos restaurantes arriban desde casonas misteriosas en los barrios cerrados. Lugares con custodia donde se traman estafas, y se ingieren — porque un estúpido imitador de esnobismos proclamó que era de moda — pizza italiana con champagne francés.
Los viejos de las manos pobres ya no tienen nada. Mi fondo está vacío. Arrastrando los pies, se desbandan. La tristeza firmemente incrustada en el alma se derrama en lágrimas sin pañuelo.
Me arrebujo entre la tierra y los puchos. Filosóficamente pienso: ¡Que suerte tengo de no ser humano!... Si hasta me alegra ser esto que soy: Un maloliente tacho de residuos sin conciencia.

18.12.09

ABUELA ATA.

Nuestra Ata nació en un pueblo de los que rodean a Orense, Capital Provincial española. Poseía un arrogante orgullo de raza y de raíces, que se evidenciaban en los cuentos que con paciencia benedictina desgranaba en los oídos de mis hijos—sus nietos. Algunos, de fuerte contexto realista. Otros, que inventaba y soltaba con natural gracejo. El Puente de los Romanos y la Plaza Principal se convertían en escenarios vivos para su pequeño público, que la escuchaba con la misma atención que ella colocaba en el instante. Lo imperdible en la narración venía cuando, encendidas las mejillas por el recuerdo de la travesura, raptaba la atención infantil hasta los fondos de su casa familiar. El aire se cargaba de suspenso:”En esos fondos — decía— había un pedregal. Con mis hermanos, arrojábamos piedras medianas por un hueco. Esperábamos con el Jesús en la boca. Ni medio segundo pasaba y ya oíamos el chocar de la piedra contra el metal. Monedas de oro, que ocultaron los gitanos cuando la gente del pueblo los echó”. Esto de las monedas era el toque mágico. Causaba estupor y por supuesto instalaba la idea de crecer rápido, viajar a España, hacerse ricos y llevarla a visitar su tierra, extrañada en silencio.
En esa época empecé a darme cuenta del dolor incurable que significa el desarraigo. El coraje que debió tener, para atreverse a la hazaña hacia lo desconocido, siendo apenas una niña de diez y siete años.
Una tarde de invierno, les contó — entre rubores — como se enamoró de un extranjero. ” Lo conocí en las kermeses de la plaza. Era alto, moreno y de mirar altanero. Algo que no combinaba con lo pobre de su vestimenta, haciéndolo doblemente atractivo. Para el domingo siguiente ya lo tuve todo arreglado con mis amigas: Sentarnos en los últimos bancos de la iglesia y escaparnos hacia el Puente mientras nuestras madres bostezaban envueltas en sus pañolones oscuros. Los sermones del cura mataban de puro aburrimiento, por más piedad que se tuviera por todos los males de la tierra.
Allí esperaban nuestros candidatos. Parcos en el hablar. Mas tímidos que nosotras...Pero el machismo heredado se hacía presente dentro de los burdos pantalones cosidos a mano por las madres. Más tímidas unas, más atrevidas otras, a todas nos corrían sudores y salivas tibias corriendo al galope, humedeciendo trapos.
Yo tenía de guardiana a mi hermana mayor, Maria. Éramos diferentes en todo. El agua y el aceite, nos definía nuestra progenitora. María era alta rubia y huesuda. Heredera legítima de los celtas que fueron nuestros antepasados. Y yo...ya me ven. Soy oscura de tez, mi cabello es demasiado rizado. Mi padre le hacía burlas a mi madre, entroncando mis ojos verdes y mi temperamento con el tropezón de quien sabe que abuela contra un moro, que también ellos supieron deambular por mis tierras gallegas.
Esa fue la inolvidable tarde de domingo que me abrazó por primera vez un hombre...Me aferré a él, dejé que me desarmara el cabello sujeto con peinetas, y cuando me besó suavecito, lo supe. Niños, de verdad, lo supe: Ése sería mi marido. No me importaron las críticas de mi hermana, que me censuraba los apurones por escapar de nuestra casa con un desconocido. Un Portuga —, esto despectivamente— que cruzó el Río Miño casi sin ropas, perseguido por la policía, o tal vez peor: Un patán escapado de un hospicio.
Dos meses mas tarde nos casamos y tomamos el barco que nos traería para la Argentina. Las primeras náuseas del embarazo hicieron interminable aquél viaje. Me calmaba en las noches cuando con voz bajita, mi enamorado me cantaba al oído un viejo fado aprendido cuando pequeño, allá, en el Algarves natal...Me abrazaba fuerte, con ternura y desarmaba con besos mi añoranza de madre, hogar y hermanos…
¿Saben niños una cosa? Me dan un poco de pena los jóvenes de hoy en día...Desconocen el romanticismo...Los suspiros no se usan. Las tiernas palabras sentidas por Bécquer en sus hermosas Rimas, no desarman sus corazones, como nos pasaba a los de nuestra generación...Mucha televisión y escaso sentimiento...Algo para tener en cuenta ¿No creen? El sentimiento es como una hermosa planta. Para verlo crecer lozano es menester abonarlo con paciencia. A veces, para que sobreviva, debemos renunciar a cosas que hasta ese momento, parecían irreemplazables”.
La voz se le quebraba en el suspiro. En ese momento, sus nietos eran niños. La inteligencia natural le adelantaba que sembraba buena semilla en tierra fértil. Cuando estos pequeños crecieran, serían buena gente.
Sus hacendosas manos artríticas, continuaban activas, remendando fondillos de pantalones, o en la cocina, friendo cantidades de papas que no alcanzaban a llegar a la mesa. Se dejaba robar por las manos de los nietos, con sonrisa cómplice. Algunas tardes, los hacía cargar un canasto de mimbre donde guardaba una torta casera, una gaseosa y un paquete con piolín y pequeños alfileres. Les enseñaba a armar, con palitos juntados de los árboles los anzuelos de pesca. La cuneta elegida casi no tenía agua y jamás nadó en ese sitio pececillo alguno. Pero la alegría que compartía con sus nietos, la manera de entretenerlos con naderías y ternura, la fueron transformando en la madre supletoria que mis huérfanos precisaban. Yo debía trabajar duramente para intentar mantener en pie aquél hogar, donde cinco pares de ojos niños esperaban el milagro creciendo desde mi trabajo.
A nuestra Ata el tiempo le quedó corto, igual que a mí. Ambas pasamos la rudeza de un golpe certero en medio del corazón. El hachazo que arriba sin preaviso. El que todos los humanos tenemos seguridad que llegará algún día... pero al que le negamos el permiso de entrada. La responsabilidad que se asoma, esconde en su interior al miedo. Miedo a defraudar. Temor de nosotros mismos, puesto que somos ignorantes de la fortaleza que tendremos para enfrentar el desastre. Si seremos lo bastante inteligentes para sobrevivirlo. Qué alcance tendrá nuestro valor para defender el nido y los polluelos en un mundo agresivo, oscuro, defendido por las espaldas amuralladas de nuestros maridos hasta el día de ayer.
Cuando alguien enferma y se lo cuida, y se va y se viene de médico en médico buscando solución a la pérdida de la salud, el grupo familiar, integrado encuentra consuelo en la certeza de estar haciendo hasta lo imposible por la persona querida. El desgarro que sufre el corazón cuando uno se entera de la pérdida a través de un cable telefónico, o por un uniformado que toca a nuestra puerta, es un corte mortal en las arterias. Vagamos con el pensamiento, nos culpamos por palabras no dichas. Por caricias escatimadas, por horas desperdiciadas. El tremendo minuto de dar la mala noticia a nuestros hijos. Los hijos que deseamos juntos. Los herederos de nuestras horas de entrega, cuando el angelito del amor, como un diminuto bailarín con tules y carcaj, festejaba al niño ovillado en el vientre.
¡Cuántos paralelismos en la vida de ambas! En el momento señalado con las palabras que pudimos, tuvimos que explicar que el hombre — árbol— el padre protector jamás regresaría.

El Portuga ignoraba la historia de Alejandro, El Conquistador. Pero al descender del barco, el pecho se le expandió con fuerza. La misma fuerza que traía en los brazos, que le desbordaba del espíritu, que lo hacía presentir que si trabajaba duro, la tierra sería generosa. Podría ofrecer a su mujer y a los hijos que llegaran el techo merecido. Darles educación. Una ley generosa ordenaba que la instrucción primaria fuera gratuita y obligatoria. ¡Tanto escuchó de las posibilidades de prosperar en el Nuevo Continente! Un pariente lejano de otro pariente, le escribió diciendo:”Aquí plantas un palo en la tierra y brota una escoba con sus cinco hilos”. Miró hacia el Río de la Plata, encrespado y marrón y pensó que mas que río, esa corriente se parecía al mar. Abrió los brazos y apretó entre ellos a la mujer deseada y al hijo en gestación, ése que algún día yo encontraría por puro azar en mi camino.
—Todo está aquí, mujer — dijo con voz emocionada —. El trabajo y la felicidad.
Enérgicamente espantó a los que ofrecían empleos:”No vine a América para ser sirviente de nadie. Tenemos buenas manos...Somos inteligentes. No precisamos limosnas.”
Se instalaron en el sur de Buenos Aires. Portuga salía muy temprano, empujando una carretilla de madera hecha con sus manos, a vender tijeras, hilos, cortecitos de tela, puntillas y agujas para tejer a las vecinas, que lo empezaron a llamar afectuosamente,”marchante”.
Cambió un cerdito pequeño por una vieja máquina de coser a lanzadera. Nuestra Ata preparó con ella el ajuar del primer hijo, ingeniándose para cortar y coser pantalones, camisas y fajas de colores, que colocaba cada amanecer dentro de la chirriante carretilla. Cuando nació el segundo niño, eran dueños de un camión destartalado y la tierra era pagada puntualmente. Portuga no exigía recibos, porque era honrado y creía que la palabra era suficiente garantía.
Los sueños se cumplían...sobre una tierra resbaladiza, que nos acecha para hacernos caer. Tentaciones que pendían de los árboles, como las bíblicas manzanas que evidenciaron la debilidad del carácter del hombre.
Portuga se presentó un atardecer con la camisa desgarrada.
— “Me enganché con un clavo del camión—“, explicó bajando los ojos con vergüenza.
Y otra noche de llegar tardío:
—“Me entretuve un rato con un paisano”...Y otra: —”Le pegué unas trompadas a uno que se quiso propasar...”
Pretendió arrancar una sonrisa de la esposa. Ella lo apartó, erizada la piel, cruzados por relámpagos los ojos.
— Los niños te esperan al atardecer, como antes...Cuando dabas vuelta en la esquina y tocabas la corneta...Los dos paraditos en el portón esperándote como pequeños soldados...Algo está cambiando dentro de ti marido...y ese algo no me gusta.
Cenaron en silencio. Los hijos dormían. El torbellino rebullía dentro de la mente de nuestra Ata. El repiqueteo de las advertencias de la hermana:”Mira que dicen que es un camorrero...un vulgar buscador de pleitos.”
Se acomodaron en la cama como para descansar. Portuga se durmió enseguida. Nuestra Ata, desvelada esperó el primer canto del gallo. Lo despidió con un mate, esquivando el beso.
“Esta noche hablaré formalmente con él...Si no se enmienda...pues me tomo a mis hijos y regreso a mi casa con el primer barco que zarpe”.
No hubo enfrentamiento, ni siquiera discusión. El policía que golpeó las manos en el portoncito de entrada era duro en el oficio. Al enfrentarse con esta joven mujer, con dos pequeños aferrados a su falda, titubeó. Pasó un pañuelo secando el sudor, nervioso. Quiso expresarse sin causar dolor. Un imposible.
—Señora...su marido... su marido quiso defenderse con la sevillana… pero el matón tenía un revólver...
Veinte son muy pocos años para enfrentar una situación de esta magnitud sin equivocarse. Los timadores, siempre alertas, se quedaron con la casa, el camión y la tierra. A tientas, como se mueve un ciego, mudó sus pertenencias al centro de Buenos Aires. Los conventillos que rodeaban las inmediaciones de la Plaza de Mayo, estaban repletos de inmigrantes con los sueños rotos. Los varones perseguían porterías de edificios, las mujeres, colocarse de domésticas en las casas de los ricos.
Nuestra Ata se atrevió con la costura y guiada por un anciano sastre bondadoso, se especializó en la confección de pantalones y chalecos sobre medida.
La vida parecía enderezarse. Para aparentar más edad, peinaba su cabello con una severa trenza y salía de la casa solamente para trabajar.
El hijo menor crecía como un artista en potencia: –“Algún día tendré un violín de concierto...Tocaré en los mejores teatros del mundo...” —. Lo decía tan convencido, que seducía y enorgullecía a la madre y al hermano mayor.
Repentinamente, el chiquillo un día enfermó de gravedad. Esa clase de males, que obliga a los doctores a la humillación de reconocer sus límites. No alcanzaron a diagnosticarlo antes de la súbita partida.
Cuando despedimos un ser querido, sentimos vacío en el centro del abdomen. Espacio que llenamos con trabajo o tratando de no pensar. Pero cuando el que nos deja es un hijo, las madres flotamos en un agujero negro como son negros los agujeros del espacio. El español, idiomáticamente es millonario en voces. No posee una sola palabra que identifique la sangre que derrama una madre al perder un hijo.
Cuando me casé con el mayor, nuestra Ata se incorporó a nuestra vida con la suavidad de los buenos sucesos de un hogar. Mi familia creció más rápido de lo que yo esperaba. En la misma medida, ella agrandaba el regazo para la ternura. Jamás discutimos. Nos regíamos con un código de miradas, no necesitábamos palabras para comunicarnos. Esta sociedad de amigas se hizo presente el siniestro día en el que perdí a mi marido. Fumigaba unos campos de algodón en Guatemala. El motor del avión dijo no va más, cayó pesadamente al suelo y para nosotros, el mundo entero se detuvo.
Nuestra Ata se hizo cargo de la desolación de la familia, desestimando su propio dolor. Sus brazos nos rodearon. Se multiplicaba para prestar un pañuelo, o dialogar con los chicos, susurrando sobre la esperanza y el coraje. Hablaba del destino como una pitonisa: Destino que debíamos aceptar, puesto que al nacer, traíamos puesta la consigna ineludible del morir.
Desde mi cuarto, encerrada y hostil, los adivinaba rodeándola, sentados sobre sus piernas, o arrollados y llorosos contra el piso. Y su voz, calmada, contando:”Una vez, cuando pequeña, tuve una fuerte discusión con vuestro bisabuelo…que era un hombre muy alto. Tan alto, que justificaba ante mi madre su haraganería diciendo que no trabajaba la tierra porque le quedaba muy lejos. Insistía, muy seguro, que las mujeres no debían aprender a leer o escribir. Que la lectura abría la cabeza solamente para meternos ideas raras. Cuando viajó a Cuba, contratado para las obras del Canal de Panamá, mis hermanas y yo corríamos con el viento gallego a la escuelita. Aprendimos lo que pudimos. Ustedes, que tienen el conocimiento y las posibilidades del aprender, no deben dejar que el tiempo corra...y el único título que consigan sea el de burros.”
—Y ahora...!a la cocina!...Entre todos haremos algo rico y dulce, que levante el ánimo de vuestra madre.
Desarmada por dentro y por fuera, yo me removía dentro de las sábanas. Señor…!Que insoportable esta soledad preñada de recuerdos! La almohada vacía...Mi bostezo matinal que era reflejado en el espejo de sus ojos, perdido para siempre. La envidia saludable con la que contemplábamos a un par de ancianos, caminando tomados de la mano. “Así nos verán nuestros hijos algún día”. Exclamaba, coqueteando con el futuro…Sus mimos para despertarme, las noches en las que se desvelaba:—“Pequeña marmota — se burlaba — mientras nosotros dormimos, alguien descubrió que el carbono 14 nos contará la edad de cientos, tal vez de miles de materiales del planeta...” Dios mío...Cuanto extraño a este hombretón de ojazos verdes y ternura inacabable.
Me entran ganas de tapar los espejos. Estoy segura que sufre porque me oye llorar. O tal vez, en la nueva dimensión en la que navega su alma, la misericordia divina lo proteja y no nos vea ni oiga. Puede ser que cuando estamos ahí, el olvido se instala para darnos paz. Esta incógnita me será revelada cuando estemos juntos. Esta vez para siempre...
Mi mandato, escrito en letras que no sé leer, pero que adivino, es otro. Debo reaprender a vivir. Con otros códigos. Con otros recursos. Deponer mi egoísmo. Acordarme, todo el tiempo, que nuestra Ata ya pasó por esta arena movediza y pudo salir airosa. En ese territorio están enterrados su marido y ahora sus dos hijos. Es imperioso abandonar la cama. Bañar mi cuerpo. Vestirme con la ropa y los zapatos que él prefería y abrir mis brazos al movimiento incansable de lo cotidiano. Mis hijos esperan mi retorno. Debo dejar de discutir con el destino.
Por más de cincuenta años, nuestra Ata estuvo con nosotros. Pudo cerrar los ojos cuando el último de los nietos la visitó en la sala de terapia intensiva, tomada por sus brazos. Es duro para un joven constatar que nada ni nadie escapa a su destino.

Cuando oigo a Los Beatles en alguna radio, me acuerdo de la primera vez que ella los escuchó cantar. Dejó el tejido a un lado, y anunció:”Estos jóvenes cambiarán la música del mundo”. Abuelita profética, la nuestra.

Pasa un largo tiempo hasta que vivo este momento especial. Estoy en España. Mi Ata me ha dejado en herencia las hijuelas de su tierra gallega. No puedo contener la emoción y el nerviosismo. El Fiat de mi hijo Rubén trepa el caminito de cabras que nos dejará en el pueblo que conocemos a través de sus anécdotas. A la izquierda, en el recodo, dejamos atrás a Orense con su plaza, su puente y su iglesia. A la derecha, caprichosamente, las zarzamoras se entremezclan con los rosales silvestres, enredados en alambres oxidados. Antes, hemos visitado la Iglesia. Caminando por el largo pasillo, hacia la salida, mi oído afinado con la edad en la percepción, captura las voces conspiradoras de nuestra Ata y sus amigas: Silabean en gallego. Combinan el momento justo para la escapada riesgosa hasta el Puente Romano.
Me llevo la mano al pecho, que pega pequeños saltitos peligrosos. Tengo que respirar profundo, buscando la distensión de este músculo llamado corazón, que parece un tambor.
Este encuentro con el pasado de alguien tan querido me emociona. Son gruesos los lagrimones que mojan mi blusa.
Mi hijo me observa con atención.
—No llores, Vieja...Nuestra Ata fue feliz con nosotros..., a su manera...
Como si su mano fuera un salvavidas, me aferro a ella para mentir:
—Tienes razón, hijo...Alguna vez, la abuela fue feliz.
Mi pensamiento no coincide con el de mi hijo. El recuerda a la anciana que se desplazaba por los cuartos, dejando una estela de perfume a canela. A la que cuidaba el jardín con hierbas que curaban casi todo. A la que escondía trapisondas y olvidaba reclamar el vuelto si hacían algún mandado.
Yo la veo en el Puente. Jovencita, el pelo enmarañado, las peinetas de carey, abandonadas. El manoseo torpe pero caliente de Portuga. La oferta del corpiño entreabierto, como en un descuido. El beso eternizado en las brasas del peligroso incendio. Una cápsula mágica los separa de la realidad. Hasta sus oídos sordos, no llegan los alertas de María, ni los regaños maternos. El cielo y la tierra son de su exclusiva pertenencia.
MORUNA
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16.12.09

PASAJEROS DEL TREN BLANCO

—Córrase pibe—. Me empuja un flaco de bigotes y camisa ajada. Me arrincono sin enfrentar sus ojos, enrojecidos de cansancio pero amenazantes. El vagón está repleto de hombres y mujeres de piel curtida, mirada cautelosa y cabellos grasientos. Mi ropa que despide olor a basura y mis uñas, ribeteadas de hollín y mugre no son suficiente credencial para el de bigotes. De perfil, se parece al dibujo de Don Quijote de la tapa del libro de lengua de mi inolvidable profe. Parece mentira, como vuela el tiempo. Se esfuma llevándose sueños, proyectos, e inocencias. Mi compañero que quería ser médico, se transformó en electricista. La chica que me gustaba iba a ser bailarina. Se mudaron al interior y me enteré que tiene un hijito. Yo quería ser comentarista deportivo, y me convertí en cartonero. ¡Que épocas, Dios mío! A los jóvenes habría que avivarlos más. Incrustarles en la cabeza que las horas del secundario son de puro oro. Un abanico abierto con grandes oportunidades en oferta que se evaporan cuando nos distraemos.

Mis padres tenían mucho espíritu pero escasa instrucción… y si la hubieran tenido, tal vez no hubieran encontrado el momento, la palabra justa para guiarme. El libro que enseñe a los padres a ser padres, no existe. Porque cada alma viviente es un mundo y ese mundo gira todo el tiempo imprevisible como la vida misma.

Mi vieja me hacía rasurar por Don Cosme, el peluquero. La máquina cero meplaba con un corte militar, para que durara. Ella ganaba poco, cuidando los niños de una familia, pero ingeniosamente, estiraba la plata con la misma tenacidad que golpeaba las milanesas para agrandarlas,como un graduado en economía.La comida subía de precio, como una mano negra enemiga de los pobres y mi ropa siempre limpia, tenía zurcidos, o me quedaba chica.

—Así no venimos de seguido—. Disculpa reiterada cada dos meses por mamá, cuando visitábamos a nuestro vecino. Depositaba en la palma de la mano del peluquero lo que podía. Nunca lo justo. Siempre menos. No tengo memoria para recordar, después de la muerte de mi padre, un solo momento “que llegáramos a lo justo”. En nada. Lo fulminante pasó después. Al esposo de la patrona lo despidieron del trabajo. La señora seguía precisando a mi mamá. Con una diferencia, ya no podía pagar. Aunque mamá protestó al principio, la convencí y largué el colegio. Salí a la calle a “rebuscarme”, creyendo que era fácil.

Primero troté, ofreciéndome para trabajitos de emergencia. Sin el secundario terminado, era un N.N. Me miraban desconfiados. Hasta los sucesos de una noche diferente.

Regresaba de mis búsquedas bien cansado. Por corazonada, cambié de calle. Vi un depósito de lata, enorme, y una multitud de hombres y mujeres, cargados con bolsas, carritos, y bultos repletos. El contenido era inspeccionado por un mastodonte masculino de cara avinagrada. Con gestos bruscos y brazos de gladiador fuera de las arenas del Circo Romano. Masticaba tabaco negro, y los escupitajos caían sobre el mugroso suelo, o en la ropa de algún distraído, ansioso por el peso de lo recogido, y por la paga.

Era el recepcionista. Entretanto, los que habían entregado, hacían cola para cobrar. En orden y silencio. El vecindario era modesto. Convictos como nosotros de la misma cárcel del desempleo, les desagradaba nuestra presencia de menesterosos, moviéndonos en la oscuridad, como las ratas. Cartoneros. Pobres, de solemnidad. Pero orgullosos del pan llevado a los hogares sin necesidad de robar, o comprados por el vergonzoso subsidio. Sin poner a los hijos en la calle a mendigar, o convertirlos en mulitas para repartir droga. Para ser cartonero, se necesita rudeza. Ojos de águila para encontrar mercadería que sirve. Y si se es mujer, tener la guardia alta todo el tiempo. Nada de sonrisitas ni de aflojar un milímetro al pugilista o a los compañeros desconocidos.

Este grupo es de veteranos. Ya tienen lugares fijos y redituables. Los defienden de mocosos intrusos poniendo cara de perro bulldog. Me cuesta infiltrarme. Hasta que consigo, por las mías, un rincón que nadie había descubierto. Como rueda una pelota por una calle en pendiente, me convierto en uno de ellos. Vuelvo a casa con la ropa sucia, pero no me importa; observo la cara de mi madre, que cuenta los pesitos, acaricia mi pelo y me alienta: No se aflija, hijo. Con esto nos arreglamos.

Cuando el Señor de la Mancha me empuja, me corro sin chistar. Este flaco tiene mala fama. No de fantasioso soñador, como el caballero que montaba a Rocinante. Es prepotente y brutazo. Junta cartones con la mujer. Una gorda flatulenta. Cada vez que se larga uno de sus gases, mira fijo al que está enfrente. Para que culpen del mal olor a otro.

A nuestros trenes los llaman Trenes Blancos. Son trenes diferentes. Servicio exclusivo para gente especial, que trabaja entre los desperdicios. Los vagones, sin ventanas. No hay asientos. Todo se lo han llevado a sus hormigueros mis oscuros compañeros de tarea. Indigentes con un oficio inventado por la pobreza. Hoy, soy uno más del montón. Huelo igual. Mis uñas tienen un borde negro que se resiste al jabón. Cepillo no tengo. Mis manos son mi credencial: “Soy igual a ustedes. No escaparé fácilmente”. Una red que si te atrapa, no te suelta. Pasa algo extraño: primero, la natural resistencia a revolver basura. Después, robotizarse para el acostumbramiento, con el asco lejos.

De regreso, metidos como sardinas en el reducto que nos asignan, montamos sobre nuestras posesiones como si transportáramos oro. El que se descuida o se duerme, pierde. Con los ojos entrecerrados, pero atento, me dejo llevar por los sueños. Soñar no cuesta nada. Rebusco en mi interior. Si tengo algún don, éste aparecerá para cambiar mi suerte. No pretendo ser rico. Quiero un trabajo mejor. Compartir con mi madre esos gustos chiquitos que nos dábamos cuando ella trabajaba y papá vivía. El helado del verano. Un chocolate con avellanas. La torta con crema, postre del domingo. Un glosario de naderías para el que desconoce la pobreza a fondo. El de cartonero —lo tengo previsto— será mi último trabajo de desvalido. Es humilde, ya lo sé. Por eso mismo, quiero trasladarle la dignidad que aprendí en mi casa. (Estas ideas pertenecen a mi madre). Cuando papá vivía, la llamaba socialista, para hacerla enojar.

En julio, en medio del azote del invierno, mi diminuto universo cambió para siempre. Mamá —que me espera en casa todas las madrugadas con algo caliente— no está a la vista cuando entro a casa. La pava fría, sobre un fuego apagado. El hule rojo y blanco de la mesa y la latita con el malvón florecido, son lo único vivo en la cocina.

—Las vecinas la llevaron a la salita—. Don Cosme me informa con la vista baja. Me abraza fuerte y me empuja suavemente para que reaccione. Corro como el viento. En lo íntimo, intuyo que igualmente llegaré tarde.

Mi vieja parte cuando yo no miraba con atención para su lado. En silencio. Se escabulle como una sombra. Golpeo mi cabeza contra la pared. No puedo perdonar mi distracción. Y ella, siempre mintiendo una sonrisa para no afligirme.

—¿No sabías que tenía el corazón agrandado?—. El doctor de la salita habla sin mirarme mientras rellena el certificado de defunción. No le contesto. No puedo. ¡Tengo tanta rabia, y tanto por llorar!

La acompaño con Don Cosme y tres vecinas del barrio a lo que llaman la última morada. La pena moviliza una tormenta en mi interior. Me rebelo. No con el sistema —como parlotean los que esperan todo del gobierno— sino contra mí mismo. No entiendo porqué me permití esta modorra de conformismo que me inmovilizó. No medí la fuerza de mis brazos. No advertí que era joven. Que si me atrevía, otras opciones eran alcanzables. Hacer jardines. Acompañar ancianos. Leo con buena entonación y soy paciente. Juntar pelotitas que pierden los golfistas en el campo los fines de semana. Vienen muchos gringos, que dan buenas propinas. Ayudar al del barcito en los ratos libres. Me empantané solo. Lo peor: Permití que mi vieja, la mejor vieja del mundo, parta sin saber que puedo.

Don Cosme me consuela. Sospecha que este golpazo me parte en dos. El chiquilín de antes, y el hombre que sangra de pié, como un soldado. Una incógnita revolotea de mi cabeza: ¿Es necesario que se muera la persona mas querida, para que los telones del teatro del autoengaño se desplacen, dejándonos libres para ver el mundo tal y como es? Si esto es cierto, la vida es una caca.

Avanzamos en silencio por avenidas desiertas. Tumbas abandonadas de los que ya no sufren. Ni desengaños de familiares amnésicos, ni traiciones, ni dolor alguno.

Los huesos y el polvo retornados al origen. La sustancia que permanece, la que no alcanzamos a ver, navega feliz por rutas que idealizaron estando vivos. Cuando la carcaza era bestialmente pesada. ¡Qué costoso es el aprendizaje de intentar vivir!

Esa es la noche más larga y productiva de mi existencia. Me levanto al alba. Compro el diario. A seis cuadras de casa, el farmacéutico me examina. Se detiene un rato en mis ojos. Finalmente, me admite para trabajar detrás del mostrador. Salgo a la calle silbando. Presiento que algo magnífico está sucediendo. Un cambio radical. Termino el secundario en la escuela nocturna. Y yo, que jamás supe cantar, suelto los compases de una milonga antigua, que reduce el frío del agua que pasa por unas cañerías que piden a gritos por un fontanero.

Mi patrón me apoya para que me reciba de idóneo. Atiendo al público, me alquilo un departamentito cerca del trabajo. De noche, tomo clases de inglés y con un libro de yoga, estiro mis músculos perezosos en el piso, sobre un montón de diarios viejos. (Un recordatorio del pasado).

Una mañana, hojeo el periódico. Me entero que mis antiguos compañeros del Tren Blanco, se integraron a una o varias Asociaciones Barriales. Las que aparecieron pululando por las calles, golpeando cacerolas, haciendo sonar sus voces pidiendo trabajo, justicia para todos, seguridad. Oportunidades de estudio para los hijos: “Somos los mayores exportadores de cerebros del mundo”, pregonaban. “Nuestras familias se diezman hacia la mejor oferta, en países donde juntan dinero, pero añoran la gauchada, la familia, los asaditos domingueros”.

Consiguen artistas gratis, para ofrecer un recital a beneficio para que los cartoneros sean vacunados contra el tétanos. Una enfermedad que los amenaza, difícil de mejorar sin una buena asistencia. El Decano de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA., abre los brazos al proyecto. De inmediato se incorporan los científicos y los docentes. El alumnado, súbitamente se despierta del ensueño de la tontería, para solidarizarse. Se colectan cientos de kilos de mercadería, y es ese humilde pobrerio, el que traslada hasta un comedor infantil, en la provincia de Tucumán, comida, ropa, remedios, cuadernos, para compatriotas carenciados. Han fundado —con sus medios— una guardería donde cada anochecer, depositan a sus hijos para colocarlos a resguardo.

Una foto del diario muestra, bien clarita, la imagen del flaco del tren y de su mujer. Ambos sonrientes. Distintos. Con los brazos abiertos, como queriendo abarcar al mundo y a sus congéneres. Otra vez golpeo mi dura cabeza contra la pared. Tengo que aprender a valorar la ambivalencia genial que cada ser humano conserva en su interior. Los de la foto, son los mismos que yo miraba con miedo y algo de desdén. A mi formación como hombre de bien, le quedan muchos huecos. En un Foro Social Mundial, un escritor llamado Galeano, emocionado, explica el fenómeno de la solidaridad con esta frase: “Son Valores que no tienen precio”.

Mientras suelto amarras hacia el crecimiento, me enamoro de la hija menor de este padre supletorio que me regaló la vida. Alguna que otra noche, siento oprimido el pecho. Como si una plancha de hierro lo aplastara. Tengo miedo de estar viviendo un sueño. Despertar, y descubrirme ignorante y egoísta, como antes. A pesar de mis logros, la sensación de vacío en la boca del estómago de aquél lejano y terrible mes de julio, reaparece dentro de mis pesadillas. Se instala por un rato. Se esfuma cuando suspiro. La sonrisa alentadora de mi madre se desvanece en el entresueño.

15.12.09

NAZARENO, FUISTE.

Rocío lloriquea, limpia el goterón que cuelga de su nariz, ata el cordón de su zapatilla y se frota los ojos. Una noche entera de desvelo, con la cara del Nazareno del flechazo, pinchada con un alfiler en pleno centro del desvarío nocturno. Sigue frotando hasta que le duelen los párpados, sin conseguir la mágica desaparición del impávido y mentiroso infiel. Muy por el contrario; se vuelve hacia ella burlándose con un: — Pero nena, no te pongas así…acordáte que nunca te prometí nada…
Este imposible cotidiano es una verdad irrefutable. Cuando una mujer se enamora, da por sentado que si el amado no promete es porque es tímido. O está inseguro de poder mantener una familia. O está comprometido colaborando con la madre a criar los hermanos menores…O…O…Y la atontada momentánea le sigue la corriente un poco por ingenuidad y otro tanto por lo que grita su centro femenino, en un alarido de pura calentura brotando desde la intensidad sin murallas de su primer, gran desborde amoroso.
Rocío se detiene fugazmente frente al espejo, viéndose distinta y fea. Su cara aparece quebrada, desdoblada, asimétrica. Como si el cristal estuviera partido en dos mitades, una más alta que la otra. La derecha, lanza una mirada perversa. El ojo entrecerrado bizquea. La comisura de los labios cae como en la horrenda caricatura de la bruja come niños de Hansel y Gretel. Este fugaz examen aumenta su desánimo. Toda mujer abandonada cree que la otra es más linda, mejor amante o más inteligente. La mañana es un desastre. El peine cae detrás del inodoro. Paciencia. Otro lo juntará. Alguien de la casa que se conserve a salvo de extravíos amorosos.
Un día leyó por ahí que el tiempo tal como lo medimos los humanos no existe. Que del ayer se aconseja conservar lo que nos hizo bien. Rocío sabe que lo bueno, empujado por el masoquismo de la desventura, desaparece dando manotazos de ahogado. Que lo que fue alegría, goce del contacto, sonido de la risa a dúo, insinuación festiva del “otro”, no se disipa de la memoria sencillamente. De acuerdo a la sensibilidad de cada uno, lo que fuera mágico, sigue prendido y reaparece escuchando una música o repasando el ayer que pretendíamos eternizar. El presente tiene una fugacidad tal, que termina, inexorablemente, cayendo de cabeza en el doloroso pasado. De lo porvenir, mejor no hablar. Una burbuja. Una ilusión. Un castillo de naipes que se derrumba cuando aparece en escena con rol de primera actriz, la otra. Que si somos rubias, puede ser pelirroja. Y si somos morenas, ésta será negra como el ébano, con cuerpo de guitarra y sonido de violín en concierto de oboe. La arpía se filtra porque en la pareja que creíamos ideal…hay una hendidura por la cual colarse.

Rocío camina rápido hacia la casa de su maestra de relajación. Distante a seis cuadras de la suya. Antes, las recorría volando. Feliz. Acariciaba al gato con moño de la ventana de Irene, canturreaba aunque lloviera. Esta mañana las piernas son de plomo. El tobillo refunfuña cuando el pie tropieza con un desnivel de la vereda. Ella votó al nuevo Intendente, que aseguró, entre otras promesas, que se ocuparía de obligar a los propietarios su inmediata reparación. Un cuentista de hadas, el enrulado y rubio candi-dato. La calle tiene los mismos baches. La acera conserva las añosas baldosas flojas, que sueltan risotadas cuando las pisan los desprevenidos. Salpican pantalones claros. Enlodan las suelas de los zapatos. Rocío no tiene ganas de reír, pero asocia el momento con la fisonomía del actor de la película” Mejor Imposible”. Dueño de un rostro multifacético que le permite lujos de actuación inimitables. Actúa como un maniaco impulsivo compulsivo, desfasado en algún rincón de la cabeza. Con absoluta precisión, Rocío lo entiende. Cualquiera se vuelve lunático y se harta en estos días.
Para qué ocuparse de los rastros que dejan los amorosos pichichos, que los amantes de las mascotas pasean apenas sale el sol. A las diez de la mañana, la fetidez los delata si se transita con el olfato en la plenitud de sus funciones. El barrio, que siempre le gustó, esta mañana le parece una verdadera caca.
Rocío sabe que se las toma con el Intendente para descargar de alguna manera, la cólera y el dolor que la carcomen. Porque los perros le gustan. Y el cielo está límpido, a pesar de su corazón, que la incita a velarlo con celajes amenazadores.
Por fin, el portón de la casa de su maestra. Hay dos bicicletas y el cochecito de Luciana, estacionado contra el cordón. Llega algo tarde. Entra en puntas de pié.
Marina — la Instructora — habla con esa vocecita entrenada para sosegar a sus discípulos. Sería una modelo estupenda para pintar el cuerpo de una persona en estado de total distensión. La cabeza canosa, que termina en un rodete pequeño, ajustado contra el cuero cabelludo. La postura de los hombros. Redondeados encantadoramente hacia abajo, como las Madonas Renacentistas. Recorriendo el cuerpo de Marina, los ángulos no existen. Ningún vestigio de tensión. Todo en su apariencia parece alargarse, deslizarse, con la misma naturalidad que corre el agua hacia niveles bajos.
Rocío busca la última silla. Sus compañeros ya están con los ojos cerrados. Inspiran hondo “sin permitir que una plumita imaginaria se sacuda al paso del oxigeno”. Hondo pero sin alardes. La exhalación — cuando ya se mantuvo hiper ventilada la zona abdominal — debe ser larga. “Lo mas larga posible”. Rocío intenta cerrar los ojos. Los párpados no responden. Están rígidos. Duros como dos huevos puestos a hervir dentro del agua. Reacomoda la cola. Hace diminutos giros con la cabeza. Las tensiones del cuello se quiebran como cristalitos afilados. Ahí aparece Nazareno. Sonriendo, con la barbilla erguida. Odia a Nazareno. Detesta haber venido a clase.

— "Dejemos a nuestros ojos buscar un punto imaginario en la punta de la nariz... Sin forzar... La relajación en la zona de la cabeza es real... Todo se distiende...Tómense un instante...Perciban el cambio..."

Rocío pretende aflojarse. Desafío inútil. Una estaca, de cabeza a pie. Logra soltar las manos. Las tenía apretadas, cerradas. Hundidas en la palma, como estrangulando mentalmente a Nazareno. Solo que Nazareno, en ese preciso momento, está lejos. En una playa caribeña, acariciando a una perra colorada. Toma sol con un traje de baño estimulante que no desdibuja para nada los encantos de las partes pudendas del galán recientemente extraviado.
La alumna busca reacomodar la zona baja del cuerpo. Algo tibio se mueve entre sus muslos. Un tacto imaginario y vergonzoso que la humedece sintiendo al ausente. Enrojece, se controla y manda a la mierda al de sus desvelos. En el desvarío, pierde el recorrido del ejercicio en más de medio cuerpo. La envolvente vocecita de Marina la conecta con la espalda.

" — Tomen contacto con la espalda...Imaginen dos manos amistosas... apoyadas en sus hombros...Las dos manos masajean los músculos hacia abajo...en dirección a la cintura...suavecito…Elongan la rigidez de la musculatura de la espalda... Tómense un instante...Perciban los cambios..."

— ¿Se llama así...Nazareno?—. La hermana mayor de Rocío pregunta y frunce la nariz. La hermana de Rocío vive con la nariz fruncida. Es abogada, gana bien, se compra pilchas caras y pretende casarse con el jefe. Claro, cuando él consiga divorciarse, o los chicos sean más grandes, o la esposa aprenda a vivir sola. Sanata bien conocida y jamás aprendida por mujeres embelesadas, postradas de rodillas.
— Si. Así se llama, y me gusta—. Si se enfrentan, Rocío se cala la coraza. Es menor y menos avispada. A veces, se atraganta con lo que quiere replicar y no le sale. Si la agrede, como ahora, los dientes de la hermana que aparecen con la ironía, son cuchillitos dañinos dispuestos a masticarla.
Sin mirar a Rocío, pega un lengüetazo al helado de crema. Coloca el marcador en el libro que le regaló el jefe — amante con anillo de otra — dispuesta a ponerle la tapa a esta giluna.
— Se jugaron los viejos con ese nombrecito... Apostaron a un santo...y el pato les salió gallareta—. Mira el cono de helado como si contemplara una obra de arte, para seguir con el chupeteo del dulce, muy campante.
— Apenas lo viste tres veces y ya tenés un juicio formado... Increíble. Parece que nadie perdona a Nazareno por ser como es, buen mozo y para colmo, inteligente...
— Buen mozo es. Inteligente, no creo. ¿Empezó y dejó tres veces la universidad, no?... Y no hablemos de fidelidad. Se lleva tiradas, según se pavonea con sus amigos, a todas las que lo van tentando...Parece mentira que seas tan tonta…O ciega — La hermanita es capaz de apuñalarla manteniendo la mirada angélica y la voz congelada. No pestañea. La enfrenta con rigor de hermana mayor.
Rocío pega media vuelta. Prefiere seguir sorda y ciega, antes que perderlo. La hermana tiene razón. Solo que equivoca el tiempo. Todo el pasado de Nazareno yendo y viniendo de una chica a otra, es eso. Pasado. El encuentro de ellos en la cancha de tenis, marcó la nueva etapa. El solazo sobre sus cabezas. La sed. Y él, que aparece con una botella de soda y una pajita para compartir la bebida Se aproxima. Sonríe, y los ojos oscuros, encierran a cadena perpetua los de ella. El famoso “toque” los enlaza en un minúsculo instante. La elige a ella. Cuando las gradas desbordan de gatubelas lacias, provocativas, que lo quieren engullir entero, vivito y coleando. El, como si lloviera. Atento a su risa. Gritando juntos el logro del equipo de amigos. Ese es el presente. Para ambos. Lo de las carreras empezadas y abandonadas, también es cierto. Harto de los desencuentros del hijo con el aprendizaje académico, el padre decidió ponerlo al frente de un negocio de ropa de onda para teen agers, donde este Don Juan se sentirá a sus anchas y él podrá vivir tranquilo, a resguardo de las quejas de su mujer, que defiende a muerte a su primogénito.
Empiezan a verse en público, primero. Nazareno tiene sus recursos: un primo amigo que le presta el ambientito lejos del centro. Una cama enorme. Un baño con tohallas que alguien mantiene inmaculadas. Un equipo de música, que ya suena cuando Rocío, echando miradas hacia los costados, logra insertar la llave en la cerradura. La visión fugaz de su mano con la llave en la puerta, retuerce sus intestinos en plena relajación. La devuelve a la silla y al leve olor a sahumerio que flota dentro del aula…Con Nazareno en todo su esplendor.

"—Por favor…Ahora apoyen la mano derecha en el centro del pecho... Sientan el latido rítmico…Parejo…de su corazón…El corazón bombea rítmicamente... saludablemente ...Están conectados, escuchando a su corazón…Les pertenece...Un órgano vital...Lo alimentamos cuando nos convertimos en buenos respiradores…
Inspiren hondo por la nariz...Retengan en el abdomen el oxígeno el mayor tiempo posible...Sin forzar...Exhalen larga...largamente..."

Nazareno no la planta de un día para otro. La despacha con ausencias justificadas, sigiloso, mientras afianza la relación con la pelirroja. Rocío sabe — porque los siguió con un taxi un atardecer— que la lleva al mismo lugar donde la encontraba a ella. Que cambió velozmente la combinación de la cerradura, harta de reformas. Nueva ilusa enganchada, recambio de la combinación de la cerradura. Nazareno rechaza de plano las escenas patéticas que arman novias desplazadas.
El despecho lleva a la joven a tramar maldades: Regar con kerosén la puerta, para que mueran quemados. No puede comprar un revólver. El dueño de la única armería del pueblo es amigo del padre. Cuanto más la retuerce el odio, mas lejos se halla la manera de vengarse. Pero tampoco puede convivir con esta pena, que le pesa sobre el pecho como una plancha caliente, que vocifera irritada: Nazarenoooo…Nazarenooo. “El corazón que debe mantenerse oxigenado”, como susurra la profe, cuando ella quiere matarlo para dejar el sufrimiento lejos.

"— Con suavidad, aflojen la zona baja del abdomen...Recuerden que este es el centro de las emociones...Suelten tensiones…limpien el abdomen con una gran inspiración…Retengan el aire lo más posible…Cada uno en sus tiempos…Que esta exhalación sea muy larga…Derritan los hombros hacia abajo…
Pensemos en nosotros... En el respeto que nos debemos... Tenemos un cuerpo perfecto... Una mente limpia... Usemos nuestros dones para mejorar en lo personal...Un don inapreciable es el perdón...Piensen en algo o alguien que los haya herido… Vamos a finalizar la clase de hoy, colocando en nuestra mente la idea del perdón...La energía radiante que se abre paso para que podamos perdonar..."

Rocío está más que segura que este ejercicio le está destinado. Marina, además de ser una excelente maestra, intuye aflicciones, miedos, o sabotajes que perpetran sus discípulos contra sí mismos. Rocío es trasparente. Sus sentimientos, obvios para la Instructora. Rocío se visualiza con un hacha afilada. Abandona la idea. La sangre la aterra más que la venganza.
Su pensamiento la devuelve a la cama junto a Nazareno. Él duerme la siestita habitual que sigue – según sus palabras — a la mejor relación de sexo que jamás haya tenido. Recuerda que varias veces ella intentó referirse al tema del sexo.
— No me gusta que te conformes con el sexo—. Rocío se viste la camisa, y calza los pantalones –. Quiero casarme. Formar mi familia. Tener nuestros hijos—. Murmura mirándolo con el amor al galope, en la pretensión de llegar al fondo de esos ojos, renuentes a enfrentar realidades.
— Somos jóvenes—, responde el taimado zalamero, con maullidito de gato casero a la hora de comer. La empuja hacia la puerta, rodeando la curva del pequeño trasero de la chica con habilidad innata. Nazareno no aprendió a cortejar por correspondencia. Ningún hombre engancha a una mujer si no tiene con qué.
Rocío se aquieta. Se acurruca. La desborda la plenitud de pertenecer. De ser parte del proyecto de vida del hombre que ama. El sentido de pertenencia es un artilugio sólido, que Nazareno refuerza cotidianamente, como parte de sus estrategias en el arte de conseguir sexo de buena calidad.

La chica de la última silla en la clase de relajación se atraganta con los mocos y las lágrimas. Habrán muchas pelirrojas, castañas o pardas en la vida de Nazareno. En lo personal, nadie le podrá robar lo vivido y lo sentido. De alguna manera, la voz de su maestra le revela otras verdades: Si sostiene que lo ama tanto... ¿Porqué no se libera y lo suelta, así ambos pueden vivir libremente la vida que elijan? ¿Lo ama, realmente o el despecho es el que le planta la tristeza? ¿Cuál fue el contenido del pasado? ¿Existió en algún momento el futuro? Rocío vaga insomne dentro de una mente vacía de respuestas.
La madre se percata de la hecatombe emocional. Interviene, durante el té, con pensamientos guardados al rescoldo:
— Pero hija...Es mucho mejor conocerlo a tiempo, que soportar el peso de los cuernos el resto de la vida—. Un tiro por elevación.
El padre lee el diario. Súbitamente, tose, se lleva la mano a la garganta y se evapora hacia la cocina a tomar agua, sin mirar a nadie. La insidiosa alusión a los cuernos es de su incumbencia. Recuerda los hechos y recuerda muy bien a la divertida, estrafalaria, fuera de contexto, jovencita llamada Lily Marlene, que le provocó una estocada a fondo. Un relincho machista que viró la veleta de la cansina profesión de marido buenazo a ciento ochenta grados. El recuerda. Su mujer recuerda. ¿Qué habrá sido de la vida de Lily Marlene? Mejor se hace el idiota y sigue con el diario.

"— Este es el momento especial...Nuestro cuerpo, desde la cúspide de la cabeza hasta las plantas de los pies… Está libre de tensiones... La placidez está instalada en órganos... músculos... huesos... La respiración es tranquila y reposada...Los pulmones recambian en los alvéolos inferiores, la sangre venosa para convertirla en arterial...La sangre que nutre hasta la última célula de nuestro cuerpo...La energía generosa de nuestro corazón nos asiste para ejercitar el perdón...
…Visualicen a la persona a la que deseen perdonar...Mentalmente, aproxímense a ella…Busquen el fondo de sus ojos… Acaricien su cabello... Palpen amistosamente sus hombros... Tomen sus manos...Respiren hondo...Exhalen...Cada uno con sus palabras, exprese el perdón...La disculpa... Observen como cambia la situación... Ustedes pueden ser generosos... Han crecido...Están por encima, flotando sobre la persona o la situación que los perturbaba...Sigan respirando... limpien a fondo sus corazones...
Coloquen luz y esperanza donde hubo sombras y dolor...Respiren...exhalen hondo, por favor... Abran los brazos...Extiendan la energía del amor, que es perdón, hacia los confines del universo...A pesar de nuestros errores, el universo sigue al alcance de nuestras manos para nuevas experiencias..."

Rocío es la última en abrir los ojos. Los compañeros y la maestra aguardan, en silencioso respeto. Se despereza. Arquea la espalda. Una débil sonrisa moviliza sus labios. No sabe si el sentimiento de absoluta paz que vive significa que ha desarrollado capacidades para perdonar. Lo que sí sabe, es que está aliviada.

"— ¿Pudieron obtener la gracia de su hermosa energía positiva?"— Marina se refiere al perdón. Ignacio, el de la bicicleta, sacude la cabeza y pide que en la clase próxima, se repita el ejercicio. La novia lo plantó. Creyó que esa sería la madre de sus hijos, hasta que ella salió ganadora en un casting. Ahora aparece en revistas para hombres, chupándose un dedo, el pelo sobre la cara y mostrando un par de redondeces en el frente y la cola provocativa dentro de una tanga más chica que un dedal. No la puede perdonar de golpe. Y lo peor. El ejercicio la situó con tanta realidad dentro de su mente, que casi se levanta y se va.
Ignacio es el único hombre de la clase. Todas las féminas lo entienden. No hay varón, por mas fortachón que sea, que soporte el destete sin aviso previo.
Rocío vuelve al cordón de las zapatillas, tomándose su tiempo. La impresiona su cuerpo. Siente que las dos mitades, antes separadas, se rearmaron como un rompecabezas con sentido propio. El centro del equilibrio físico y mental le fue devuelto. Marina es genial con mayúscula.
Mira con detención el suéter de color blanco. Cuidadosamente, lo coloca contra la luz. Adherido al tejido, encuentra un cabello negro, perfumado a Nazareno. Lo toma por una punta. Le da un ligero beso y lo sopla al vacío. La profe ha recomendado hacer el duelo si persiste la herida. Sale a la calle dispuesta a festejar la agonía del metejón con Nazareno, al que su padre denomina en silencio “el pescado”, porque la cabeza sirve solamente para tirar. Nunca fueron el uno para el otro...Y todo es reemplazable mientras estamos vivos. Punzante hermanita, para defenderla, veía la paja dentro de su ojo, sin querer aceptar el leño que cargaba. Marina dice que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Genial anciana, que resucita a las Rocíos del mundo enseñándoles que el mundo es bueno o malo según sean nuestras opciones personales. Que ellas, sus discípulas son criaturas diferentes. Que deben aprender que de todo lo malo, es rescatable la experiencia que debe ser usada para cambiar la óptica pesimista por la sabiduría de la aceptación.
Rocío se desliza sobre la vereda liberada, como antes de conocer a Nazareno. Los perritos defecadores, olvidados. Las baldosas no agudizan las puntas para hacerla tropezar. El Intendente enrulado la mira desde un cartel colocado en el poste de luz antes de las elecciones. Alguien arrancó pedazos de papel, en la parte baja. Lo único intacto, es la sonrisa, ensayada para que lo voten.
El panorama es otro. Bastaron dos horas, para que lo doloroso malévolo se desanude y comience a partir. Enfrentar el engaño le sirve para levantar la autoestima. En lo personal, la muchacha presiente que para ella, este será un saludable pasado. El sacudón a fondo que le permitió desdibujar a Nazareno como al único hombre sobre la faz de la tierra. Tropezón doloroso, que deja un aprendizaje: Si te enamorás de nuevo, empezá pidiéndole el A.D.N.

Rocío olfatea. Arruga la nariz. El delicioso aroma de los azahares de los cítricos del vecindario impregna el aire. Las flores níveas, perfectas, están asidas a la ramazón. Dentro de una semana, los pétalos envejecerán sin remedio. Rodarán por el piso, ajados, atraídos a un destino marcado. Retornar a la tierra. Alimentar a otros seres, cuya vida depende de su muerte. En las ramas, la gestación del fruto se apresura. Busca la luz. Ambiciona exhibirse. Ser deseado. No tardará en llegar el niño que ensucie su ropa con el jugo dulzón de la mandarina.
Rocío se conoce y no es tonta. Tendrá sus recaídas, sus mutismos y algo de mal humor. Caer de traste desde lo alto del palo enjabonado duele…pero no mata.
Mira el cielo. Tan lejano y tan próximo, si le permitimos integrarse con nosotros mediante una buena respiración. Un ejercicio cotidiano, guiado por una maestra profética, que descubre el momento justo para elegir el perdón como trabajo de un día de finales de octubre. Cuando afuera, florecen los azahares.


Carmen Rosa Barrere