27.3.10



ALEJANDRINA CORAZON.

Esta es mi historia con Alejandrina López, a la que siempre llamé Alejandrina Corazón. Si la recuerdo livianamente, soslayando su interior, cometo el delito de ignorar el enorme significado que su presencia significó en mi vida. Y ella jamás será una señora del montón, a pesar de sus tacones bajos, su mirada quieta y los rollitos rodeando su cintura, que la avergonzaban. El cabello encanecido prematuramente, recogido dentro de la severidad de un rodete armado sin usar el espejo, de memoria y que a pesar de ello, consigue ennoblecer sus rasgos. Entró como servidora a la casa de mis padres justo el año en que mi madre, reconocida abogada, parió dos robustos varones gritones y exigentes, tarea para la que mi progenitora no estaba preparada. Cuando mis padres se casaron, hicieron un acuerdo satisfactorio para ambos: No buscarían herederos. Por lo tanto, el embarazo fue una sorpresa no deseada. Nos amamantó durante un mes, época en la que se le fue la leche y nosotros pasamos a ser cuidados, acariciados y malcriados por una madre supletoria jovencita, de risa fácil y mirada inteligente. La que nos trajo al mundo por un error de cálculo, había sido ascendida a juez. El exceso de problemas del oficio, irrecusables eventos sociales…y su incapacidad para contactarse y aceptar una vida puramente doméstica, dedicada en exclusividad a nosotros, la superaba. No estábamos en sus planes así que el evento fue además de sorpresivo, pavoroso. Como hija única, creció engreída y solitaria, en un caserón sin risas y escasos amigos con quienes compartir. Su naturaleza la convencía de que los niños solamente precisan buena comida, colegios severos, modales adecuados y vacunas vigiladas con rigor por nuestro padre médico. Lo demás, lo podía cubrir alguien eficiente, bien recomendada y sin antecedentes vergonzosos.
A los seis años, una noche soñé que volaba como un pájaro. Me levanté de la cama con sigilo, saqué el paraguas negro de papá, me trepé al techo de la cocina, lo abrí y me largué con un grito de victoria. Caí sobre el pasto que cuidaba Román el jardinero. Que estaba crecido porque había llovido y para gloria de mi instante de pájaro, el techo aquél no era muy alto. Alejandrina quitó mis mocos sin enojo y lavó mis rodillas magulladas con agua oxigenada. Al rato, como seguía el dolor, me hizo su brujería pasando la mano abierta sobre la lastimadura canturreando:”Sana, sana, culito de rana. Si no sana hoy, sana mañana”.
Cuando empecé a perder los dientes, se convirtió en fantástico Ratoncito Pérez. Tanteando debajo de la almohada, todavía adormilado, me esperaban la tradicional monedita y un dulce de los que me gustaban. Todo esto por partida doble, porque mi hermano recibía idénticas atenciones. Era más avispado que yo, así que en toda ocasión de ser sometidos a juicio por Alejandrina, ponía cara de yo no fui cuando el inventor de todas las cagadas era siempre él.
Mi guía casera corrigió los horrores ortográficos de la primera esquela de amor que me atreví a escribir en una notita cursi y sobrada de adjetivos, con una letra que subía y bajaba del renglón según se calentaba mi bragueta. Cursaba quinto grado, usaba separadores de dientes, anteojos con armazón de carey y enrojecía o tartamudeaba fácilmente. Muchos creían que era lento. Me comparaban indefectiblemente con mi hermano Pedro. Que era alto, deportista, atrevido y bailaba bien desde El Pericón de los actos escolares hasta el zarandeo sensual de una salsa. Para mis adentros, corroído de envidia, yo lo mal llamaba “el pluscuamperfecto”.
Recuerdo claramente esos años, saliendo de la adolescencia. Tal vez porque en esa época me di cabal cuenta que mi madre distante lo prefería, presintiendo que ese hijo sería el gran portador de satisfacciones. Pedro y yo éramos compañeros de curso. Aula donde reinaba como princesa azul mi dulce Maite. Yo me arrastraba en un eterno malestar: Que Maite, protagonista de mis sueños, productora de orgasmos solitarios y dibujos de su hermoso traserito en posturas pecaminosas, dejara de mirarme a mí para depositar su levísimo interés en el musculoso, exasperante Pedro.

La Alejandrina que mientras éramos criaturas cumplía su rol sin perdernos pisada, revisando los cuadernos de notificación, arrastrándonos al dentista sin aceptar fiebres repentinas o falsos dolores de cabeza; la que, si cedíamos el paso a las personas mayores en la vereda, o no soltábamos escupitajos cuando nos llevaba de la mano, nos premiaba con dulces que sacaba del fondo de su gran bolsillo al que llamábamos “el bolsillo de la maga”; la que cocinaba estupendo y entendía todos los chistes, hasta los más rebuscados que armábamos para hacerla reír, envejecía mirándonos crecer. Con ella compartimos fiebres, o miedos tumultuosos de los que asaltan a los niños en la oscuridad. Nos arrebujaba entre las cobijas y nos tarareaba canciones inventadas. “Cántanos la de la otra vez”, le rogábamos con Pedro. Ella sonreía. “La de la otra vez no me acuerdo. Pero escuchen bien. Esta es de las nuevas y tan, pero tan buena, que pone a bailar mi rodilla con artritis”.

Hoy peleo con mi enfermedad. Mis fuerzas disminuyen cada día. Me reprimo para no llamarla cuando la veo dormitar en el sillón de mimbre que tiene a los pies de mi cama, pero ella está alerta. Acude sin oír mi voz. Humedece mi frente, acomoda mi pelo y se inclina para hacerme la caricia esquimal: friega levemente su nariz contra la mía, sonriendo. Nunca supe si esa era en verdad una caricia conocida por habitantes polares, pero conseguía calmar mi angustia del momento, adivinada por ella. No se quien fabuló sobre las leyes de la sangre. Cuando mi salud se deterioró por motivos escandalosos, los de mi casa metieron la cabeza dentro del pozo del olvido. No soportaban bochornos y ninguno pensaba exponerse por un zángano que apenas recibido de arquitecto, eligió vivir en el campo, diseñando casas para pobretones, dejando de lado la clientela con plata. Un ser extraño al que era sencillo ignorar. Me borraron. Si alguien preguntaba por mí hacían un gesto con la mano. Significaba lejos.”No sabemos nada hace tiempo…Ustedes lo conocen, siempre fue egoísta y solitario…Hizo lo que quiso…Se compró esa chacra y por ahí deambula”…

No debo contar esta historia mintiendo. Porque ya he ocultado tanto, que el mero desvío de mi pensamiento hacia sucesos o hechos inventados reduce mi energía hasta agotarme. Siento que el lápiz se afloja dentro de mis dedos. Si quería que alguien rescatara el ideal de la generosidad y la entrega de personas humildes, debí empezar a escribir este relato hace un año, antes que me hicieran el último análisis de sangre. Cabeceando indeciso, el médico me miró con lástima: — Por las dudas mandé los análisis a dos clínicas diferentes…Te contagiaste el sida, muchacho…No pusiste cuidado en tu relación con Noelia…

En la calle tomé una enorme dosis de oxígeno y empecé a caminar hacia el auto como un autómata, sin detenerme en nada; asustado en el fondo, pero consciente que ese diagnóstico llegaría más tarde o más temprano. Mi vida a futuro estaba echada, no tenía posibilidades de salvación y tampoco pensaba presentar batalla. Gozar de un amor que fue físico y espiritual con una simultaneidad fluida, había llenado mi copa.
Era el instante de dejarme ir, recreando dentro de mi mente la figura de mi amada en el cruce del camino donde se que me espera con la flor azul que solía colocar detrás de su pequeña oreja. El día que reencontré a Noelia me arrojé al abismo de un amor de alto voltaje pero insustituible. Mi tiempo saludable será corto, según el parte médico. Y yo, que siento el hálito de la maligna pisándome los talones, partiré conservando en todo el cuerpo el roce inolvidable de la otra piel, dueña del retozo, floreciendo debajo de mi mano. Me acompañará el fabuloso contorno de su cadera inaugural de un sexo a gritos, desprolijo y caliente y trasladaré a la eternidad su mirada especial, ésa que todos los hombres buscamos en los ojos de la mujer amada.
Llevado por su mano levanté telones de mundos donde cohabitan sueños, imágenes, delirios y locuras entrelazadas, como las mujeres pintadas por Gustav Klimt dentro de una cama. Envueltas en sus sábanas de flores y de pájaros, lésbicas y dichosas. Lecciones fugaces en diminutas fracciones de un tiempo escaso, tremendamente ansiosos ante lo perentorio del correr del reloj. Sí, voy camino al desapego final de mi pobre alma con la realidad. Cargamento de huesos corroídos, músculos sin vigor y sangre infectada. La observación de un paisano de mi campo sería: ! Pero amigo, quien le quita lo bailado! Simpleza filosófica que traigo a mi mente cuando me introduzco dentro del automóvil. El plástico del respaldo donde ella reclinaba el cuerpo huele a la colonia cítrica que usaba. Por el rabo del ojo capturo el aleteo de sus faldas y yo, que nunca creí en el más allá, la escucho en su larga, cantarina carcajada — la que usaba para levantarme el ánimo — en alguno de mis días tristones. Porque ningún niño puede crecer como un adulto feliz si alguna vez sintió que la vida lo depositó por azar dentro de un regazo árido para infantes.

Sin ella pero con su espíritu conduzco hasta nuestra casita del bosque. El papel del sanatorio me condena. Las letras aterradoras son negras, como será también negro mi futuro. Debo seguir siendo sincero. Cuando la encontré me introduje pleno de razón a este final. Nadie me empujó y jamás estuve loco. Aunque muchas voces se elevan a diario proclamando la conveniencia de contratos prematrimoniales, de artículos firmados que legalizan a quien pertenece la porcelana y cómo repartirán el tiempo con los hijos, el solo hecho de aplastar la ilusión y la entrega, es asesinar al amor de antemano.
Siento que soy otro. Y el paisaje frene a mí es diferente también. Árido y resueltamente hostil. Muerto por dentro y resucitado en una galaxia con personajes tatuados macabramente por Bradbury. Donde los Hombres Ilustrados me rehúyen, tomando distancia como se hacía con los leprosos bíblicos.

Nacimos en provincia, de padres con títulos universitarios y corazón alevosamente práctico. Más interesados en que nos graduáramos que en observar nuestras inclinaciones naturales. Mi hermano Pedro se parece mucho física y mentalmente a nuestra madre. Le encanta figurar, conducir un auto caro y perseguir la pelotita de golf en el club. Conoce los mejores tragos y le cae bien a todo el mundo. Determina que su carrera es la abogacía. Para qué insistir: tengo pocos amigos, soy retraído y mi gran deporte es perder en el tablero de ajedrez. Mi rival es un amigo. Fuimos juntos al jardín de infantes, nos enamoramos siempre de las mismas chicas. Ahora está casado, con dos pibes. Desde mi aislamiento casi no lo veo. Pero estoy más que seguro que me entiende. Presiento que me observa. Sabe que cambié, sabe lo que siento y me absuelve.

Abandoné la bolsa al final del trabajo de parto. Debe ser por eso, porque di mas faena, o porque mi madre podía soportar un hijo, pero nunca dos, chillando al mismo tiempo. Tal vez, en ese preciso instante, la intuición — atributo femenino — la hizo verme diferente. Algo me delató. Ella supo, sin caber la duda, que yo sería el rompecabezas de su vida. Su vidita ordenada y sin sobresaltos. Socialmente, la señora que recibe amablemente a las visitas. La que tiene mejor casa, decorada por un “raro”, perdonado y aceptado porque nadie lo iguala en el buen gusto. (Con el agregado de no ser parte de nuestra familia). En el círculo de esa fingida aristocracia, mantener dos hijos, lograr que ambos nos tituláramos en la universidad y conseguir que Pedro escogiera por esposa a una flaca con pasado anoréxico y mandíbula de guardia cárcel, única heredera de un señor pudiente, que frecuenta el mismo club, la distrajo. No es que mi madre sea una mala persona. Al contrario. Es una activista de las sociedades de beneficencia, es coqueta y solamente lee los sociales del mejor matutino del pueblo. No es chismosa, pero obliga al buenazo de mi padre a asistir cada martes a la reunión de uno de esos clubes — con estatutos copiados de países con mentalidad diferente — donde son bienvenidos los que tienen plata o los pobres gatos que se matan por aparentar.
Mi padre agacha la cabeza, la mira con paciencia y parte a aburrirse y dormitar con lo único rescatable de la reunión de próceres pueblerinos: el buen tintillo del que no se priva.
Fue al comienzo de la facultad — Maite ya estaba a punto de casarse, perdida para siempre — cuando enarbolé todas las banderas por Noelia. Mi sangre, mis huesos, mis pensamientos, giraban como una calesita alrededor de su silueta, del mohín de su cara, de su risa, descarada y espontánea. De su cabello de un rubio ceniza que olía a magnolia. De su cintura, que era tan pero tan angosta, que apenas podía contener sus pequeñas, deliciosas nalgas y las piernas mejor esculpidas que ningún artista imaginara.
Empecé a caminar como un zombi, muerto de amor, de calentura juvenil por esta veleidosa. Que hoy me miraba y yo nacía. Que mañana coqueteaba con otro y yo agonizaba. No puedo decir que se sentaba en el banco del aula porque en ella no existía lo vulgar. Se asentaba. Como se asienta una mariposa sobre el tallo de una flor. Y simulando prestar atención a la explicación del docente a cargo, cruzaba sus pilares torneados, dejando ver más allá de lo permitido en esa institución. Dibujaba corazoncitos en un cuadernillo rojo y revoloteaba — ya lo dije — como una mariposa, sobre sus súbditos varones boquiabiertos. Toda la clase de machitos, embalados por conseguir una mínima atención de la diva. Fue mi primer año universitario y mi primer fracaso. Por supuesto, me quedé sin veraneo. Tenía que ponerle pila a las materias y salvar los restos de mi dignidad.
Cuando aparecí por las aulas, el que jugaba al ajedrez conmigo desde el secundario, tan deschavetado por ella como yo, me esperó para darme la noticia.
— Estoy de duelo, compañero. — Dijo tomándome del brazo.
— ¿De duelo? — Yo estaba distraído, buscando a Noelia entre el grupo de chicas, algo alejadas de nosotros.
Mi amigo me observó con cuidado antes de seguir: — ¿Pero... no te enteraste?
En ese instante me di cuenta que las chicas miraban hacia nosotros, cuchicheaban y entraban al aula agitando la mano, sin hablarnos. Un frío de muerte me paralizó.
— ¿Le pasó algo a Noelia?— Grité sacudiendo a mi amigo.
— No sé si lo que le pasó es bueno o malo...Noelia se escapó de la casa apenas terminaron las clases. Estabas en el campo, estudiando. Tu mamá no quiso que te avisáramos...Apareció un productor de cine...Un tipo que tiene que ver con la televisión...Le hicieron una entrevista, o un casting, algo así. Le tomaron fotos. En la casa, nadie estaba enterado...La historia es que huyó y nadie sabe donde está. — Mi amigo termina el chisme susurrando.
No pude presentarme a rendir. Volví a casa. Entré por la puerta de servicio y fueron los brazos de Alejandrina los que me recibieron. Me preparó un té de tilo, me obligó a meter mi cuerpo hecho hilachas bajo la ducha fría. Canturreando, como cuando era chico, me sumergió entre las sábanas, levantó la cabeza y entró a la sala a conversar con mi madre. No conozco sus argumentos. Lo que sí pondero es su coraje: una simple criada, pegándole un tirón de orejas a mi progenitora.

Pasó el tiempo en la ciudad donde estudiábamos. Un fin de año regresamos a casa. Cada uno con su título. Mamá organizó una gran fiesta. Una presentación en sociedad de dos buenos partidos. Muchachos de bien, con tres idiomas y el rótulo de “educados”. Sin olvidar: Y algo de fortuna. Pobre madre querida. Los hijos nacen. No se hacen a gusto de los padres.

Pedro se casó enseguida con la elegida por mamá. A los dos meses mantenía una amante gordezuela y divertida — elegida por él — con la que años más tarde tuvo mellizas mujeres. Yo me compré un campito y abrí mi estudio de arquitecto. Me deleito garabateando planos que me vinculen con el Gaudí que conocí primero en la universidad y luego en mí larga, detenida visita a Barcelona. Ese genio pertenece al cuaderno de mis héroes, como el cuadernito rojo donde Noelia jugueteaba con sus corazones. Hago milagros con presupuestos reducidos. Levanto departamentitos que me vuelven ciego repensando agujeritos por donde debe entrar el sol.
Todo normal. Hasta la noche que tropiezo en un boliche de onda con Noelia. Bebe tranquila y fuma como una veterana. La acompañan dos hombres mayores, que la miran embobados. El misterioso aire sensual es el mismo de la juventud. Una magia adherida a sus entrañas. Como ignora el impacto que produce, nada sumergida en aguas exclusivas, lejana, magnificando el encanto. Esta mujer me estupidiza, me pone de rodillas aunque no me mire. Tardo en recobrar estabilidad.
Me aproximo a saludarla. Es Noelia y no lo es. Sonríe. Pero no con los ojos, con toda la cara, como antes. La mueca está. Los ojos azules también. No puedo explicar bien el momento. En el fondo del alma una alarma me silba que voy hacia la oscuridad. Con la marca de perdedor que mi madre detectó en el momento de parirme. Nos alejamos de los dos vejestorios y nos atropellamos en un entrecruzado palabrerío lleno de ¿Te acordás? Y silencios plagados de nostalgia.
La llevo a vivir conmigo. Cada vez que intenta explicar su pasado le cierro la boca con un beso. No quiero que ninguna araña, ni su tela, enreden un presente que estoy enterado, será efímero y colmado a la vez.
—Tengo sida. — Me anunció la noche que la rescaté del bar.
—Tomaré las precauciones necesarias.— Afirmo mientras la desvisto con los nervios a punto de entrar en corto circuito. Palpo la seda de su piel. La cubro de besos, de saliva, de ternura.
— Si estás conmigo sabré cuidarte para que dures muchos, pero muchos años. Prometo, mirándola hondamente a los ojos. Ella está recostada. Desnuda. Perfecta. Esperando mi arribo.
Alejandrina se muda a nuestra casa. Ningún miembro de la familia de Noelia, ni mi hermano, ni mis padres nos visitan. Ya no ejerzo. Ella cose apaciblemente bajo un matorral de glicinas y yo garabateo planos que jamás se convertirán en el hogar de nadie.
Gracias a Dios, siempre fui cuidadoso con el dinero. Alcanzará hasta el final de los dos. El día se esfuma cuando parte Noelia. Mi dolor es tan intenso que me robotizo, me endurezco como un muñeco metálico sin comando. Alejandrina me consuela un tiempo y enseguida toma las riendas con la eficiencia inteligente de siempre. La envolvemos en la sábana de hilo que bordó especialmente y depositamos lo que queda de ella a la sombra de un árbol de Jacarandá. El Jacarandá, emocionado desprende sus flores violetas sobre la tierra que la tapa esparciendo color, imitando al pintor de mujeres austríacas.

Alejandrina ronda mi cama. Atenta por si tengo temblores. Intentando que beba un caldito de pollo. Cuando se inclina sobre mí, escucho su corazón. Un tambor dolorido donde rebullen el amor y el desinterés. Gracias Alejandrina Señora Corazón.
Cierro los ojos. Me dejo llevar por los recuerdos buenos. La época moza. El famoso primer año cuando el aire me faltaba si Noelia miraba para otro lado.
Los ataques de tos me extenúan. Alejandrina ya no se aparta de mí. Sostiene mi mano como ambiciona sostener mi vida.
— Alejandrina...tus manos son hermosas y tibias. — Tartajeo.
Ella se echa a llorar. Gordas son las gotas de su llanto. Contesta inventando despreocupación: —Sabe una cosa, niño...Este es el primer piropo que recibo...y el mejor.
CARMEN ROSA BARRERE.

24.3.10

LA NIÑA DEL FAROL

LA NIÑA DEL FAROL



El maldito – bendito día que mi marido armó sigilosamente su valija, y se desvaneció escaleras abajo, yo bañaba y jugaba con nuestros mellizos dentro de la tina. Fue, con exactitud un día ambivalente: bueno y malo. Todo junto y mezclado. Bendito porque con su fuga delincuente, me libraba de él y de su eterna carroza de ensueños. Maldito, porque el investigador privado que contraté, jamás encontró su rastro, para obligarlo a pagar la manutención de los chicos.
Eso pasó hacen dos años. Me fui tranquilizando con el correr del inexorable almanaque...y con el certificado de divorcio, donde lo declararon: ausente sin aviso. Lo hice enmarcar. Lo guardo en el cajón de la mesita de luz. Un tesoro al que recurro, cada vez que otro inventor de sueños se anima a mis paredes de puerco espín. Jamás volveré a caer en la telaraña bordada con perlas de gotas de rocío de ningún otro charlatán con pantalones.
En una confesión pública, como esta, uno debe ser sincero de cabo a rabo. Yo rozaba los treinta y cinco. Mis amigas especiales estaban casadas y eran madres... Soy buena en mi profesión...pero la soledad de la almohada, la sonrisa “ del otro” en el desperezar mañanero...eso, me era ajeno. Desde el remoto tiempo de jugar con las casitas de muñeca, la parte rosa se me presentaba en el mismo escenario: un hogar pequeño, en el campo. Una chimenea a leña. La cocina oliendo a la miel de la repostería invernal. Los niños ideales correteando sin romper nada, de un lado para otro. El amor de mi vida, desmontado del caballo blanco, hurgando la tierra para sorprenderme, en un atardecer de otoño, con tres macizos de rosales enanos que tanto me gustaban.
Marcelo tenía el pelo entrecano, la piel sonrosada y un par de ojos infantiles, con la consigna de sorprenderse, como un inocente . Y tal vez lo era y la bruja del cuento sea yo. La verdad es que entré en la relación como una yegua desbocada. A él lo bajé de un zarpazo de la cola de su barrilete, lo arrastré hasta el Registro Civil ( donde arteramente, te colocan las esposas) y nos convertimos en marido y mujer. Nadie nos explica, en el fragor del entusiasmo, que las tales esposas tienen una llave y que la llave la esconde el mas vivaracho de los dos. El buenito del cuento, mi Marcelo, era el poseedor del abridor de grilletes.
Se aburrió antes que me diera cuenta, abrumado por esos dos diablillos que requerían un padre de verdad, sólido y estable.
El Marcelo que escribía versos, el que salía a navegar cuando los chicos tenían tos convulsa, el que se dormía como un lirón en las narices de mi respetable progenitor en medio de su discurso político, el que decía que estudiaba y que por una roñosa mala suerte su ronda por la Facultad de Derecho le había consumido doce crónicos años calentando bancos sin conseguir recibirse...Era una fotocopia del que me conmovía hasta el tuétano leyendo, con su voz ronquita, los poemas de Neruda o “ El Viático” de Don José María Pemán. Leyendo cobraba altura, se transformaba en un innegable soñador. Un elitista. Un encantador de serpientes con perfume a sándalo. Un navegador de mares calmos y cielos eternamente azules. Un mar en el que nadie sabía el precio de un kilo de carne, ni qué día vencía la cuenta de teléfono. Tal vez Marcelo era un artista, que a los cuarenta años seguía sin descubrir si era mejor pintar, o esculpir, o actuar en el teatro. La terrible verdad era que mi consorte era un perfecto inútil.
Con mi panza en avance, yo partía corriendo al trabajo, mientras tranquilo, él fumaba su cigarrillo, y miraba de reojo las tapas del libro de Derecho Penal. Ese señor, maestro en dicotomía, fue el que me dejó plantada.
Ya no me duele que me abandonara a mí. Tal vez tenía algo de razón. Menos entusiasta que la que suscribe, a veces me contemplaba y afirmaba: Somos dos buenas personas...pero no nacimos para vivir juntos.
Lo que no perdono, no soporto, es la mirada — idéntica a la suya — de mis hijos, cuando me preguntan: ¿Porqué todos los chicos tienen papá, y nosotros no?
El día que los mellizos cumplieron cuatro años y todos los globos se reventaron y los restos de las dos piñatas yacían desparramadas en el piso, despedí al último de los invitados. Los chicos felizmente, dormían. El cansancio me había vuelto de plomo las piernas y los pies. Encendí un solitario cigarrillo y me dejé caer ovillada en una hamaca. Pensar a fondo es un ejercicio para gente fuerte. Y yo estoy ante ustedes, declarando a calzón quitado mis innumerables agachadas. Esa noche, la resistencia de mis muros cedió. Mis músculos se aflojaron. Mis sentimientos, apretujados, se dieron el lujo de aflorar. Lloré tanto, pero tanto. Con el dolor convulsivo, estertoroso que experimenté la noche que encontré muerto a mi abuelo. Cuando me recompuse, amanecía. De ese fondo de reserva de energía que tenemos todos, saqué a la luz mi consuelo y mi decisión: partir para el campo, al hogar donde habían vivido mis abuelos. Una casa grande, vacía de habitantes. Con una enorme cocina, de cuyo cielorraso colgaba mi abuela la artillería de cacerolas y sartenes que usaba para cocinar para su regimiento en miniatura. Parió seis robustos varones. Uno de ellos, mi amoroso padre.
—osotros tenemos suficiente dinero- mi madre me acarició la cabeza y enfrentó la situación con su admirable sentido común- El viejo Serafín vive con la esposa, en la casita de caseros...El hijo, que se casó, ocupa con la mujer la que fuera antes la sala de juegos...le hicimos algunos arreglos, claro. La joven se llama Natalia. Puede ayudarte con los chicos y los quehaceres...Queremos que te despreocupes hasta que nuestros nietos san un poco mayores.
-Y te llevás la camioneta...tu autito no sirve para el barro del campo- Papá resuelve -problemas irrumpe en la conversación. Todos me dan algo. Mis hermanas. Mi tía. Mi amiga Susi, que desenvuelve con una sonrisa mal intencionada un cuadro donde se lee: “El casamiento no es nada. La ollita es la condenada.” Debo aclarar que Susi fue la única que se animó a alertarme en contra de Marcelo cuando yo me agarré la famosa calentura.
Calzo dentro de los cuartos campesinos como si introdujera los pies en una zapatilla vieja. Todo me es conocido. Cada objeto conserva casi el mismo lugar que solía tener cuando yo era chica. Mis mellizos están fascinados. Tienen un espacioso cuarto para cada uno. Otro, donde desparraman sus juguetes. Es tan grande, que armamos la casita de los indios. Ahora Juan se hace llamar “Pie Descalzo”, y Martín responde, ululando con la mano en la boca, al importante apelativo de “Oso Silvestre “.
Los viajes hasta el pueblo se hacen de rutina. El farmacéutico plantígrado es el mismo de antaño. Ha engordado. Si de joven le costaba desplazarse, la vejez lo obliga a ese arrastrar de plantillas humillante .Mi abuela solía decir: “La vejez y el invierno son antiestéticos”. Que verdad agobiante. Hay muchos negocios nuevos, con caras que no conozco. La plaza, en el lugar de antaño. Remozaron la Iglesia, y un asfalto orgulloso anuncia la prosperidad de los habitantes de la zona.
-La gente está regresando al campo- me explica el hijo del médico de mi familia- Al fin se dejaron aconsejar por los que saben... la soja y el girasol son cultivos especiales para esta clase de tierra...a los precios de mercado, se debe el progreso que estás viendo ...-
El hijo de nuestro médico se llama Hilario, como el padre. Pero no lo invito a comer un asado el domingo por el nombre. Lo invito porque los mellizos, como hechizados, le ruegan que venga.”Nosotros no tenemos papá- dice el taimado Oso Silvestre- y queremos estrenar la pelota de fútbol que nos mandó el abuelo”. Me ruborizo. ¡Tengo derecho a sonrojarme!. A Oso Silvestre se le achica el coraje cuando lo fulmino con mirada de madre de un entrometido, que será reprendido cuando estemos en casa.
Sin aparente atención a mis nervios, el doctor me cuenta que llegó hace poco de Europa, donde perfeccionó sus inquietudes respecto de las complejidades de la medicina clínica. Permanece soltero. Según él, porque no terminó de salir de un enamoramiento equivocado, con la mujer equivocada en el momento inadecuado.
-Tu relación, mas que relación, parece un destrabalenguas, - le digo el domingo mientras revuelvo la ensalada.- Lo mío fue mas sencillo: se las tomó porque la mochila de los chicos le quedaba grande. Nada es eterno. Ni el amor, ni el dolor. Así que hay que vivir alertas.
-Los alertas son para los cuarteles- dice muy sonriente- Me parece mejor dejarse llevar. El vaivén de los hechos termina acomodando todo.
El fin de semana siguiente aparece sin que lo invite.
-Estuve pensando que a los chicos les va a encantar una casita sobre un árbol- ¿Qué te parece aquél paraíso?- Está alejado de la casa...y desde esa rama grande, la vista debe ser espléndida.
Los chicos saltan encantados. Serafín y el hijo, cómplices, amontonan las tablas, traen una buena escalera, y por dos semanas pierdo de vista a mis hijos, a mi amigo y a mis empleados. Lo único que se escuchan son risas, el vaivén del serrucho y martillazos. La mujer de Serafín, sin levantar cabeza, se afana con una escalera de peldaños de madera y sogas para subir a los inquilinos sin que se maten.
-¿Vieron cómo se introduce la mugre debajo de las uñas, sin que nos demos cuenta?. ¿Advirtieron en alguna ocasión que un sujeto desconocido hasta el día de ayer, se vuelve de repente imprescindible para una familia entera?. ¿Alguna dama que me lee oyó el chillido del “alerta”, y se hizo la tonta, como hice yo?-
En lugar de echar a correr, me quedé clavada .A una situación que sostengo no es para mí, con un señor que ni siquiera calcula el tamaño de la taza de mi corpiño. Este momento de debilidad ha de traerme consecuencias, no me cabe ni la menor de las dudas. Sé también, que la vida no es perfecta. Que el que no arriesga, no gana. Creo que Hilario reflexiona por los dos. Lo hizo la primera vez que lo vi, cuando afirmó “que la vida y sus vaivenes acomodaban todo”. Astutamente, metió a mis dos rebeldes sin causa adentro de una bolsa fabricada para compinches especiales. De la misma, asoman la cabeza mis empleados. Cuando cenamos, y lo despido con beso de amigos, empiezo a recelar que se va porque tiene una novia en el pueblo...que no se olvidó de la otra...y lo mas horrible: que yo le intereso tanto como sus cultivos de asquerosa soja. Ya sé. La soja es un alimento fabuloso que reemplaza la carne. Hilario la pondera tanto, que logró esto: que yo la deteste. Si encuentran alguien mas idiotizada que yo, me avisan.
La inauguración de la casa del árbol se hace en tres ocasiones. En la primera, mis hijos ofrecen un horrible mate frío, que comparto con Hilario. La segunda, es con Serafín y familia. Resulta mas elegante. Ya tienen una mesita de madera, y Natalia les fabrica la torta de chocolate que les gusta. La tercera es de fábula. Aparecen mis padres, mi hermana menor y Susi. Se hacen como seis viajes con riesgo severo de vida por esa escalera temblorosa, para subir los regalos y las golosinas que juntó mi familia para estos malcriados.
De repente creo descubrir algo extraño entre Hilario y Susi. ¿O me estoy volviendo paranoica?.De soslayo, creo leer en Susi una mirada de aprobación, destinada a Hilario. Y en otro momento, es mi padre el que hace al médico un gesto como de entendimiento, a mis espaldas. Sorprender a mi padre en algo que parece una confabulación, me desconcierta. Debo tranquilizarme. Se van el domingo. Son tan preciosos estos días de alegría, que me quito de la mente cualquier sentimiento que me aparte de disfrutarlos.
El lunes deambulo por los cuartos. Extraño a mi familia. Las risas y la chispa de Susi, que tiene un repertorio de cuentos de nunca acabar. De repente se pone seria, y frontal como un tanque, me pregunta si Hilario me gusta. Miento. Le miento a mi mejor amiga, usando mi utilísimo señuelo para autoengañarme.
-¿Porqué se te ocurre que tiene que gustarme?..Todavía siente nostalgias por la novia...juega más con los chicos que lo que me habla a mí...y ya me tiene podrida con la soja.
Empieza a caer el sol .Preparo un te con panqueques, y le pido a Natalia que vaya hasta el árbol y traiga a los chicos de regreso a casa..
Natalia entra agitada, las manos sudorosas, el cabello en una sola greña.
-Señora...venga rápido...tiene que ver una cosa...
Salgo disparada. Imagino lo peor. Un brazo roto. Uno de mis indios con un solo ojo...que se yo.
Los tales están asomados a su balcón lo mas campantes. No me miran, ni dan vuelta la cara mientras yo grito y trepo y me meneo en la escalera de sogas.
-Mirá, mamá, dicen a dúo- mirá para allá...y no hagas ruido, por favor...vos tampoco, Natalia.
Nuestro campito tiene como unas cuatro hectáreas. Sigo la dirección de la mano de Martín, y veo, parada en un claro entre los árboles, a una niña pequeña, que mira hacia la calle. Es rubiecita. El cabello largo, termina en tirabuzones. El vestidito celeste parece de tul, ajustado al cuerpo con una cinta brillante, como de raso. Lleva mediecitas blancas hasta media pierna, zapatitos oscuros, y una lámpara antigua en la mano derecha. Parece un angelito .Una representación inventada, como las que colgaban las monjitas del colegio donde hice la primaria. Una aparición irreal, fuera de tiempo. ¿ Una alucinación colectiva.? Pasado el primer momento, mi instinto me dice que debo proteger a mis hijos. Los tengo abrazados con tanta fuerza, que siento cómo palpitan acelerados sus corazones. Nadie habla. Tenemos miedo de la aparición, pero nadie quiere que se vaya. Tengo la sensación que ella pertenece con mas derecho que nosotros a ese lugar. Nos separan unos cincuenta metros. Mis ojos se endurecen tratando de no perderla. De repente, desaparece.
Pie Descalzo me mira con desconsuelo.
-¿Te parece que vendrá otro día, mamá.?
-No lo sé, hijo...no lo sé.
Lo mas notable es que ninguno de los dos se asustó. Su preciosa ingenuidad, intacta, los hace admitir como real y repetible a esa frágil figurita de niña que no puedo definir como un fenómeno consciente. Paso la mano por mis ojos, y vuelvo a mirar. Se ha ido. Nerviosos, los chicos discuten. Natalia afirma que antes de casarse, ella también la vio. Que mucha gente con preocupaciones, cuenta haberla visto. Que aparece para traer luz sobre la gente ciega. Mis hijos sostienen que la pueden convocar a voluntad. Que a lo mejor está interesada en la casita del árbol. Que está solita. Que no tiene familia, ni amigos.
Me cuesta un Perú remolcarlos a la cama, y una cantidad de explicaciones factibles respecto del suceso hasta lograr aquietarlos. Duermo mal. Me levanto al alba, y gateo hasta el balconcito de la casita del árbol. Hay una levísima neblina, una especie de sudario que cubre las copas del bosquecito donde la vimos. Aguzo la vista, pero no encuentro señales de la niñita celeste y su lámpara.
Después del desayuno, instalo a los chicos en la camioneta y vamos al pueblo, a contarle el suceso a Hilario. Me escucha en silencio. Casi con respeto. Mis hijos esperan su palabra. Lo que dice Hilario es “la justa”. No me darán ocasión de discutir.
Mi amigo carraspea, carga a un mellizo en cada pierna, y me mira. Sí, digo bien. Me mira a mi. De arriba abajo. Me inspecciona. Sí, creo que está tomando las medidas de mi busto.
¿Se acuerdan de aquellos doce presos que fueron elegidos para una película con la adrenalina a fondo.? Las cabezas rodaban, apenas empezaba el film, decapitadas. Me agacho a juntar la mía, y espero. Solamente miro a mis hijos. Me sofocan mis vergonzantes obviedades.
-Desde niño, creo en las señales, Miranda. Y nunca me fallaron. Cuando te vi entrar por esa puerta, hace mas de un año, supe con seguridad de vidente, que eras la mujer para mí. La que esperaba. La que Susi, que fue mi compañera de facultad durante dos años, me dijo que eras.- Todo dicho de un solo tirón. Como quien se tira a la pileta sin saber nadar.
-¿Susi te conocía...?.?Porqué nunca me dijiste nada...?...Es terrible...No puedo confiar ni en mi mejor amiga- lloriqueo en un rabieta de proporciones.
-Perdón, perdón...perdón. Nunca me atreví a decirte nada...me parecía que no estabas preparada...- baja a mis hijos de su regazo y se aproxima- también conozco a tu papá...nos vimos en un campeonato de tenis, hace mucho...y a tu hermana.- Nadie tuvo la intención de tomarte el pelo, o mentirte...nos callamos todos, de común acuerdo, esperando el momento...si es que llegaba...-
Abrazo a mis hijos como una náufraga se aferraría a su madero. Estoy enojada. Conmigo. Con el mundo entero .Un mundo plagado de traidores.
-¿Me podés explicar ahora que es eso de las señales?- Los mellizos nos miran, entrecruzando uno que otro pellizcón. Claramente me llega el murmullo que Pie Descalzo vierte en la oreja de Oso Silvestre. Están como en el cine. Esperando que el telón se abra.
-Cuando te fui conociendo...y enamorándome...tenía miedo que no te gustara el campo. Que un buen día decidieras volver a la ciudad...que esta chatura campesina te aplastara...no sé. Creo que lo que tenía era pánico. Miedo de enamorarme de nuevo...- Me toma con firmeza el brazo. Parece que lo asusta que me escabulla, como la aparición de la niña.
-En cuanto a la chiquilla con la lámpara...es una leyenda, tal vez un mito, o una realidad fantástica, que aparece y desaparece...A veces por años nadie la ve. Lo que si se sabe , es que trae un mensaje: “No te alejes de este lugar. Aquí serás feliz.”. En otros casos, la gente lo interpreta así: “No importa lo que diga el doctor. Tu marido se salva.” En un momento crítico, como el que atravesamos, Hilario no pierde el sentido del humor. Tiene desarrollada la fabulosa capacidad de burlarse de sí mismo.
¡Como me gusta este hombre! Amores compartidos. Mis hijos lo besan. El los abraza. Me rodea la cintura, y soy yo la descocada entusiasta, que no aprende, la que no lo suelta.
Susi, la Celestina, es nuestra madrina. Mi padre hace un acto de contricción, regalándonos un mes en Inglaterra- donde según afirma- muchos castillos tienen fantasmas que no se mueren, como el de Canterville.
Mis hijos siguen sus estudios cerca de mis padres. Lo primero que hacen al llegar, cada verano, es treparse a su hogarcito del árbol, rastreando la fábula de la niña vestida de celeste, con una lámpara antigua en la mano derecha. Me cuesta dejarlos marchar. Debo recordar a la madre osa de la película de Disney. Parió sus hijos en la selva. Los amamantó con amor, y les enseñó, con paciencia y celo los peligros del entorno. Cuando los sintió maduros, los miró con una larga, detenida mirada maternal, y los dejó para que aprendieran a sobrevivir sin protección
Hilario me estrecha en esos brazos anchos, donde cabemos todos.
-Nuestro hijos son como pájaros, Miranda. El verdadero amor es este: permitirles volar, para que archiven sus propias experiencias. Las nuestras no les sirven, como no nos sirvieron a nosotros las de nuestros padres.- Así que pongamos buena cara...Te juego una carrera hasta aquél álamo de atrás...el que llega cola, le toca cocinar.


CARMEN ROSA BARRERE

20.3.10

EL PRIMO DE LONDRES.




—Ama…amita...— La mulata intenta por tercera vez — que su niña abra ese par de ojazos negros que se esconden debajo del linón de las sábanas.
—Amita...no me haga esto...Sus padres están casi listos...el barco que trae a su primo llega a las dos.
La palabra “primo” despabila de inmediato a la dormilona. Pega un salto, arrastra el camisón por el suelo y corre hacia el baño mientras ordena: Tráeme un desayuno como la gente... y prepara mi vestido blanco...ese que tiene cuellito de encaje… Mis zapatitos Guillermina...Creo que están en el piso del ropero…
Manuela descorre los cortinados de terciopelo verde oscuro del cuarto de su patrona con el entrecejo fruncido. Rosarito ya cumplió diez y siete. No es un bebé. Está comprometida para casarse. Cualquier joven andaría corriendo feliz eligiendo el modelo del traje de novia, o entretenida en la elección de las señoritas de honor que la escoltarán dentro de la iglesia. Hablando de la fiesta. A esta niña todo eso le importa un bledo. Todavía se trepa de siesta al árbol de mandarinas del traspatio para arrancar la fruta, despellejarla y morder como un ratón los gajos, que le chorrean jugo en las manos y la ropa. Ni hablar de quitarle de la cama la mantita rosa— de la cuna— cuyos bordes de raso soba cada noche antes de dormir. La costurera de la casa en estos años renovó las cintas cuatro veces.
—La niña Rosarito se niega a crecer — afirma la señora dando las últimas puntadas a la maltrecha — y ya famosa mantilla.
—No sé que va a ser de este caserón el día que se nos case. — El señor desde que se metió en política, no para en la casa...La señora Adelaida, con la cabeza puesta solamente en la Beneficencia. —- La mucama de adentro rezonga mientras busca ropa blanca de adentro de un ropero.
—Este casorio tiene mal olor. — Jerónimo es el chofer del patrón. Deja de lado la revista Caras y Caretas para intervenir: —- Don Rolón quiere llegar a Diputado o Senador, no se muy bien...y el novio de la niña tiene poder político... Sí. Todos ellos son políticos de raza...No la casan con el vejete interesados en el dinero…la casan para figurar...para ser famosos.
—Me sube la presión cuando pienso que esto de la fama es más importante que la felicidad de Rosarito...Cada vez que aparece el candidato con esos horribles ramos de calas o los gladiolos violetas, vestido de negro...me corre frío por la espalda. Un verdadero fu-ne-bre-ro. Tusita es la hija de Manuela, tiene diez y ocho alegres años y mete la cuchara donde no la llaman. Antes de recibir el bofetón de la madre hace una mueca y huye, guiñándole un ojo a Jerónimo. La madre no soporta los chismes de la servidumbre. Y menos cuando se trata de su niña.
—Ojalá el primo de Londres se quede un tiempo largo y que no sea aburrido. — La costurera habla por experiencia. Al marido se le plantó el viejazo y lo convirtió en un intolerante rezongón, mal hablado y peor pensado. Tiene sentencias de filosofía casera destructivas. Nada le gusta ni le viene bien.
—Mejor que cada uno se ocupe de lo suyo. — Juana… sube a revisar que el cuarto de huéspedes esté en condiciones. Coloca toallas grandes y chicas…En la mesa de luz, la Biblia con las tapas de cuero que dejé en el pasillo. Acá, si el gato no los vigila, ustedes bailan mejor que los ratones. Mucha charla. Mucha cáscara y pocas nueces…! A mover las tabas, he dicho!



.
Jerónimo tose, volviendo a su revista. Los demás respetan a la mulata. Puede explotar como un cohete. Puestos en su lugar, despejan el cuarto movilizándose hacia sus quehaceres sin chistar.
El primo de Londres se llama George. Su madre es hermana de la señora Rolón. Se casó con un inglés próspero que pasó por la capital y se prendó en un segundo de la belleza y educación de esa niña. De buena cuna y para su sorpresa, hablaba un inglés casi perfecto. George es el hijo menor. El viaje es un regalo de cumpleaños bien merecido ya que terminó los estudios secundarios como alumno brillante. El muchacho es toda una promesa. Que pula el español, que asista a buenos teatros, que se codee con gente de clase, que conozca sus raíces, motivan esta visita.
Los Rolón esperan un rubiecito atiesado algo desabrido como el padre. El que baja por las escaleras del barco es moreno, muy alto, con hombros fuertes y sonrisa brillante. Los abraza sin ninguna timidez y sin tropezar mucho con las palabras, cuenta del viaje, de lo que le dieron de comer, de la gente que conoció...sin quitar los ojos de su prima.
A Rosarito ya no es necesario despertarla en las mañanas. Se levanta sola, canturreando. Se lava el hermoso cabello sin necesidad de sermones y a hurtadillas, se perfuma detrás de las orejas y coloca otro toquecito francés justo donde empieza el escote y nace la esbeltez del cuello.
La pianola del salón suena con valsecitos criollos y mazurcas de allende los mares, mientras los primos miran fotografías en sepia de parientes muertos. Si nadie los vigila la mirada de él es para ella. La de ella, toda entera se detiene a conciencia en la sólida musculatura de los brazos mientras delinea sin tocarlo la curva insinuante de la boca.


El novio y el padre andan por los campos, afiliando gente para las elecciones. La madre, encantada con la visita del sobrino, arma comidas y reuniones para presentarlo en sociedad. Los primos salen en coche a recorrer el centro. Los parques, las estaciones de tren que levantaron los ingleses, los templos. Ambos con la saludable intención de callar la revolución interior. Una especie de alarido en la sangre que les arrebata la quietud del sueño adolescente. Encadenados a fuerzas que se desarrollan en el interior de sus corazones con tanta vehemencia, que no atinan a tocarse o a huir.
Manuela está en alerta rojo. Empieza a tener miedo. Ella que no se asusta con nada, tiene miedo. Si entra de repente al cuarto de su niña, la suele encontrar llorando, con la mano en el pecho. Lo de la mano en el pecho la aflige tanto o más que el llanto. Recuerda que de pequeña Rosarito sufría unas terribles convulsiones. Quedaba un rato como muerta, hasta que recuperaba al fin el sentido y le volvían los colores a la cara. El médico de la familia decía que era un mal pasajero. Que se iría con el crecimiento. En cuanto regrese el padre aunque se le parta el alma, tendrá que hablar de los cambios de carácter de su hermosa niña. Y de lo conveniente que sería devolver al joven George de regreso a su tierra.
La familia se prepara para los festejos de las fiestas patrias. Van a concurrir a la Ópera, donde un conjunto italiano muy famoso interpretará La Traviata. Es una noche fría. Las pieles y los guantes largos completan los atuendos de las damas. Los caballeros que las escoltan son el Doctor Rolón, el novio embalsamado de negro y el primo. Beben una copita de jerez y comen un pastelito esperando que termine de acicalarse la niña Rosarito.
—Iré a ver porqué tarda tanto. — La señora Rolón recoge la media cola



del traje de noche y sube. Abre la puerta sin golpear. Rosarito está en enagua. Debajo de la ropa delgada se insinúa un vientrecito abultado. Disimulado cuando está vestida. La ropa de moda es larga y amplia.
La madre se lleva las manos a la boca y ahoga un grito. No alcanza a decir nada. Al enfrentar esa mirada de terror, la joven cae al suelo. Pálida como una muerta. Y muerta está según confirma el médico que la atiende desde que nació, llamado de urgencia.
Ante el asombro— y las murmuraciones —– de una sociedad prejuiciosa y mentirosa colocan a la niña dentro de un precioso cajón forrado en raso y la depositan sin velatorio, en silencio, en el panteón donde se conserva el polvo de los antepasados.
Cuando a Manuela se le agotan las lágrimas varios días más tarde, agacha su tristeza sobre las flores preferidas de su niña del jardín de la casa. Arma el ramo llorando. Abre la puerta del panteón de familia con su llave. El ataúd con los restos de Rosarito permanece mudo en el centro de esa lobreguez que huele a flores que se pudren. Las flores que quedaron sobre el cajón están marchitas. Lloran a su manera. Pero el cajón que es pesado, está fuera del centro, como si lo hubieran removido de lugar.
Manuela entra a los alaridos al caserón donde la congoja lacera corazones. Se abre el cajón delante de la justicia, atenta ante el fenómeno. La joven no yace como la colocaron. Las dos manos ocultan los arañazos de la piel. Pedazos del raso de los laterales están rasgados. La palabra catalepsia desacredita al médico y la virulenta maledicencia se desparrama como lava buscando su nivel más bajo.
Manuela arma su baúl para volverse al campo. No da explicaciones, ni rezonga. Parece más oscura de piel. Más arrugada. Lo que nadie se atreve a mencionar mientras está presente, es la palabra Londres.
Carmen Rosa Barrere.

24.2.10

The Full Monty ( Sentido Pesame )

SENTIDO PÉSAME.

La voz de Elina llegó preñada de dolor: — Prima…quiero avisarte que falleció Horacio.
Enmudezco brevemente — ¿Cuándo pasó eso?— ¿Y porque no avisaste que estaba tan enfermo…?
— En febrero…Fue todo muy rápido…Pobrecito, era tan bueno…ni cuenta se dio…No quiero ser cursi pero se fue sin que me diera cuenta...Como dicen algunos, se fue como un pajarito.
Estoy impresionada pero tengo que aguantar la risa: Horacio pesaba más de cien kilos. Imaginar esa mole flotando espectralmente en el espacio me hace acordar al elefante de Disney.
Recupero la seriedad para hacer cálculos: Estamos en mayo…Y Horacio partió en febrero. Seguro que Elina tuvo uno de sus ataques depresivos; cuando enferma, olvida el tiempo. Con las personas mayores hay que ser tolerantes máxime si pertenecen a la familia. Inspiro profundo y soplo el silbato para que mi escurridiza paciencia aparezca.
— ¿Quieres que pase esta tarde?
— Te llamo para eso. Vienen unas amigas…Antes, quiero charlar a solas con tigo…Acordarme de cosas…ven temprano, por favor.
Con la premura del caso aviso a mis hijos y al resto de la familia. Elina es prima lejana. Debido a las distancias físicas, a los piquetes que cortan calles protestando porque nadie les da bola si no gritan (si gritan, igual nadie se inmuta), a los riesgos de ser tomada como rehén por drogados o asaltada por menores de nueve años que merodean eligiendo viejitas endebles con lentes y bastón para arrebatarles la cartera, la única que la visita una vez al año soy yo. Pero cuando a una se le muere el marido y queda sola entre las asperezas del mundo, el llamado a la solidaridad se impone. Rauda y veloz tomo el teléfono creyendo que hasta el más indiferente de los parientes ha de reaccionar.
Mi hijo mayor, al que apodamos correcaminos porque jamás permanece mucho tiempo en un sitio (sobre todo en su casa), me suelta un: —Dale saludos a Elina…creo que la vi una vez cuando era chico... ¿Pero quién carajo era ese Horacio?
No me enojo con él. Créanme, no me enojo. En esta sociedad donde sobrevivo, ninguna mamacita se altera si el hijo mayor es amnésico de fechas o de borrosos parientes lejanos en un tiempo en el que todos corren para subsistir.

Elijo una falda negra, un lindo saquito a rayas que combina y pensándolo mejor, desecho la mantilla de encaje de mi madre. Elina no mencionó una ceremonia religiosa. Habló de reunión de amigas, así que parto para el centro a acompañar el duelo pensando en Horacio y su atónita mirada si alguien reía con alegría, o contaba un chiste que rasguñara su impecable moral. Ellos viven en un piso en pleno centro. En un barrio elegante habitado por pudientes de verdad, no por veteranas como yo, entreveradas dentro de un vecindario conocido, que se saluda, se detiene a charlar y se conmueve si a nuestro perro lo atropella un auto.

Me sorprende que la empleada me haga subir con ella en el ascensor de servicio. Así que pregunto: — ¿La señora está mal?
—No…La hago subir por acá, porque ella dormita en el living…Es coqueta, sabe…No le gusta que la vean con el cabello desarreglado…o mal calzada…
La cocina que aparece ante mis ojos está totalmente renovada. Muebles blancos laqueados, mesa central redonda con patitas de hierro labradas y cuatro sillas metálicas flaquitas y rígidas, aptas para desviar columnas vertebrales. Si se me ocurre apoyar mi importante trasero sobre la pequeña superficie…bueno, estoy segura que desbordo por los cuatro costados. Sobre el mueble de marras se alinea una botellería de bebidas caras y envoltorios de confitería. Me callo, pero calculo que las personas que vendrán a darle el pésame serán muchas. Las conozco a casi todas. Vestidas y adornadas con joyas auténticas porque a esas señoras las transporta su chofer y las acompaña una dama con aires de importancia prestada de su ama, a quien señalan donde se encuentra el siguiente escalón dentro del living, socorren para alcanzarles un pañuelo y las soportan en los caprichos lo mejor que pueden.

— ¡Teresa! —Grita Elina — ¿Llegó mi prima? Hágala pasar aquí, estoy en mi cuarto.
Estrecho con fuerza a la dueña del dolor, quien me responde del mismo modo. Recuerdo que en los últimos años Horacio y ella se llevaban como perro y gato. El que se murió es el perro. Lo notable es que este gato más bien parece tigre; le llamean los ojos divertidos y en el abrazo percibo un olorcito a alcohol brotando de sus fauces. Voy del asombro a la incredulidad. Siempre fueron famosos por criticar a todo borrachín conocido. Llegué preparada para que lloráramos juntas, pero a esta altura del encuentro, no sé que debo hacer con mis lágrimas. Meto violín en bolsa y la sigo calladita hasta el living.

Sorpresa, sorpresa, sorpresa. Este lugar me resulta absolutamente desconocido.
No quedan rastros de los muebles oscuros, pesados pero confortables de antaño. Me desplazo entre mesitas ratonas de vidrio y sillas tapizadas con pana tratando de no tropezar. Mis ojos se dilatan recorriendo las paredes, pintadas a todo color y exhibiendo dos cuadros surrealistas. Si hubo sobre esta tierra un hombre atrapado en modelos victorianos, era el finadito. Esta no es su casa. Todo huele a renovado, a derroche en objetos costosos y de gusto rebuscado. Estoy transportada al corazón de revistas de interiores pensadas para actrices o cantantes de rock.

—Acércate, Rosarito…Acá, toma asiento en el sofá…Luces tan coqueta como siempre. Con cinismo desconocido, agrega: —Yo debo parecer un horror ¿verdad?
Me ubico donde me señala a punto de un infarto. Sonrío como una boba, desubicada dentro de ese marco estrambótico que no combina para nada con la lógica tristeza del momento. A mi querida prima le sobran sonrisas picaronas; está más delgada y viste donairosa una larga túnica de seda con brillos que hacen juego con unos zapatitos de seda traídos de países ignotos. Como dicen mis nietas: Elina está “producida”, lista para aparecer en televisión.
Entreveo una luz roja que me advierte: “No se te ocurra llorar. Parece que no es momento adecuado para lágrimas”.
—Bueno Elina, te veo bien, lo que me alegra mucho…Hablemos de lo que tú quieras…Cuéntame que te llevó a comprar todo nuevo…Hasta las cortinas…
Mi parienta suelta un gran suspiro, acomoda su túnica y me habla de corrido, como discurso pensado de antemano: —Es hora que te enteres de mi realidad, prima. Estar casada durante cuarenta años con Horacio, que en paz descanse… no fue un regalito de Dios, como muchos creían porque teníamos dinero…Mi marido heredó esos horribles muebles de su madre y como adjunto, soporté la pesadez memorable de la vieja que aunque la bañaras en perfume francés siempre olía a alcanfor. Un verdadero quemo, mi suegra… El gran compromiso de Horacio, y esto con mayúscula, era vigilar si la bolsa subía o bajaba. Si convenía invertir en el mercado asiático o meter la plata debajo del colchón. Tarea nada agobiante ya que la llevaba a cabo desde la pantalla de su ordenador. Enrollado en un aburrimiento fenomenal, para matizar su clima interior, engullía un chocolate tras otro.
—Pobre Horacio. — Intento defender al que se fue sin sufrir.— Por eso había engordado tanto…
— Y en los últimos años, los peores, su gran distracción era perder el tiempo escribiendo poemas que solamente él entendía…Los leía en invierno, envuelto en esa bata negra y gris, con una voz cavernosa, que él creía romántica…Yo disolvía el momento con un buen trago, hasta que medio adormecida, la mandíbula me colgaba hasta el pecho…!Ay, prima! No conozco la tortura china, pero seguro no es peor que esta…
Elina cobra bríos a medida avanzan las confesiones. No se detiene para recordar que la vieja que olía a alcanfor era mi tía abuela, y que el pajarito muerto era de mi sangre.
—Al principio peleábamos. Con los años, dejé de discutir, me avivé y empecé una doble vida. Jamás de los jamases dejé de atenderlo, como todos saben…Pero salía con amigas…—ahora susurra y mira para la cocina —y me tiré a varios de esos lindos que se alquilan por hora.

Mientras Elina se confiesa, empiezo a traspirar. El corazón me hace burúm bum bum y mi boca se abre y se cierra haciendo entrechocar mi dentadura postiza. Me quito el saco a rayas medio asfixiada por la avalancha de pecados mortales y veniales de mí — a estas alturas — desconocida parienta lejana. No puedo creer que esta descarada Elina sea la misma de antes. La de los trajecitos Chanel, entendida en literatura de alto vuelo y severa si se murmuraba sobre pecadillos de segunda comparando ésos con los que vierte sin alterarse en mis oídos.

Sin darme tiempo al recupero aparece la mucama acompañada de dos jovencitas parecidas a ella. Dos arrastran bolsas de plástico y la menor empuja una escalera. A la legua sobreentiendo que tienen permiso previo para ejecutar la obra: Cuelgan guirnaldas de colores sobre las ventanas; en todos los rincones, los globos inflados coquetean con el viento; descargan matracas, antifaces, serpentinas y pitos de carnaval y mi prima, encantada, les recuerda que faltan los pomos de agua. La empleada de la casa corre a abrir la puerta de abajo porque llegan las amigas. La menor coloca un C.D. de Fito Paéz y yo…yo estoy más que segura que me equivoqué de velorio. Entro en una risa moderada, que aumenta cuando me acuerdo del velatorio de mi tía Agustina. Una ancianita maravillosa, a la velábamos en una casa mortuoria donde se despedía a otros fallecidos, en otras salas. Nuestra tía era reservada y las escasas amigas que tenía estaban junto a nosotros, los parientes, conversando en voz baja. De pronto irrumpe una señora que se arroja sobre el cajón, llorando a gritos, como hacía la gente de antes. Nos miramos interrogándonos con la vista: ¿”La conocen”? Negamos con la cabeza. Mi marido y su primo se acercan para consolarla: — Señora… ¿Usted era amiga de Agustina?
— ¡Como Agustina!—Y mirando dentro del cajón y ya sin lágrimas— ¡Creí que esta era Isabel…me equivoqué de muerta! Fue una despedida maravillosa para Agustina, mujer de humor maravilloso porque no paramos de reír estando de verdad acongojados.

Saludo a las visitas que llegan y me escondo en el baño. Suelto mi risa, hago pis porque a esta edad los esfínteres se sueltan sin permiso, me lavo la cara, me persigno y reaparezco en una sala donde las amigas sonríen, mastican empanadas salteñas y beben vino sin parar de hablar.
Una señora me llama a su lado. —Siéntate acá— ofrece. Vas a estar bien acomodada para el espectáculo.
— ¿Qué espectáculo? — Mastico con la bilis a punto del derrame.
La señora se llama Amalia, la conozco de una reunión en serio, cuando vivía Horacio. Ahora me mira con atención y suelta: — Para Elina este es un festejo porque Horacio murió hace un año… o una venganza, no se muy bien…
— ¿Hace un año?
— Algo más de un año, creo. Pero prepárate, que viene lo mejor.
En ese momento, se apagan las luces y hace su entrada triunfal una sombra flaca y alta, envuelta en una especie de sudario negro. Pega saltitos, saluda con reverencias circenses, baila alrededor de las mesitas temblonas, silba al compás de la música, ahora de Charly García y se quita con lentitud de corista una prendita, un revoloteo, otra prendita hasta quedar desnudo de la cintura al cuello. Debajo, sosteniendo con holgura su sexo sin orgullo que no abulta mucho, luce un slip violeta.
A las señoras paquetas y ami prima la baba les corre a los costados de la boca. El jovencito se abre de piernas, monta sobre faldas femeninas mustias, vivarachas de golpe y porrazo por el flaco que las toma de las manos, atrayéndolas hacia su pecho imberbe untado con algo perfumado y grasoso. La música suena, la mucama filma el acto del Stripped y yo, desamparada, bebo un whisky de buena marca que solía tomar antes, en tiempos de falsa prosperidad, para certificar que mantengo mi rango de borrachita de buen gusto, aún en medio del desastre. Amén.



















CARMEN ROSA BARRERE.

8.2.10

Música para Eloíse

MÚSICA PARA ELOISE.


Eloise dormita en las escalinatas de la Ópera y vigila sus propiedades: la cajita dentro del corpiño, el carro destartalado, los periódicos viejos, la radio sorda, un abollado jarro de latón y la bolsa con ropa limpia. Casi todas de abrigo, porque ella siempre tiene frío. Asoma el otoño y empapela veredas rotas con hojas muertas. Aterida, Eloise cubre sus hombros y la persistente rigidez de los huesos con lanas encimadas. Para el resquebrajamiento de los hielos interiores nadie inventó cobijas adecuadas. Gélido, el aire eriza sus cabellos y corroe la última esperanza. Si un artista quisiera plasmar “un alma en pena”, Eloise sería una modelo ideal.

La alimentan, higienizan y recambian su calzado viejo por otro menos viejo, las monjitas francesas de un colegio próximo al teatro. Eloise acepta la generosidad tímidamente. La Hermana Cristina consigue que hable una que otra cosa, siempre en francés. Cuando aparece en el comedor para indigentes, extiende el plato sin mirar a la asistente de cocina. Callada, sin prisa, como alguien que come porque todavía no optó por dejarse morir. Elige el sector menos concurrido. Come distraída. Con movimientos delicados seca su boca con un trocito de tela. Ajena al momento y ausente de ella misma.
— Parece muda —.Observa una mujer que arrastra a dos niños boquiabiertos como pájaros hambrientos, mientras sus mentes sueñan con patear una pelota o arrullar un bebé de trapo.
— A mí me parece loca...No es fea, tiene lindas manos. ¡Pero a qué inventar historias aquí, donde cada cual tiene la suya! —. La respuesta viene de Fermín, que está detrás en la cola. Fermín camina con muletas. Las patillas de los anteojos, fuera de sitio. Se adueña del plato y huye despectivo de la turba que huele a sucio y a miseria. Abre un libro ajado y simula leer la vida de Sinhué, el médico de los faraones. No intima con sus compañeros de desgracia. Lloriquean por la familia ausente y despotrican contra el gobierno de mierda, que promete milagros en el fragor de las campañas políticas, para caer amnésicos en cuanto se adueñan de la torta. El vejete es un criticón sin remedio. Fermín y Eloise son dos raros, injertados por la desventura entre el mundillo de los indigentes. Murmuran que el cegatón era un buen médico, que cayó preso por una mala praxis. Que intenta escapar de los cargos de conciencia bebiendo. Junto al vaso vacío, reaparece, fustigándolo, la chica muerta con los ojos abiertos, sobre la camilla. Ojos acusadores, imposibles de olvidar. Fermín se golpea la frente y bebe un vaso tras otro. Odia los noticieros y le dan calambres los diarios. No está enterado que el nuevo Jefe de Gobierno sí intenta hacer algo por los necesitados. Haciendo buena letra, el novel mandatario emplea directores, subdirectores, secretarias, amiguitas y parientes que brotan como hongos. Sus favorecidos rastrillan escondites donde duermen los sin techo. Primero los lugares céntricos, por donde pasean los turistas. (Esos mal intencionados, que enfocan paredes derruidas, criaturas mendigando, linyeras dormidos sobre cartones, envueltos en harapos). La erradicación de mal vivientes se realiza a fondo. Liberan de vergüenza la Catedral, los accesos a los Bancos Internacionales, al puerto, remozado y de moda, con restaurantes lujosos, donde se saborea carne asada con champán francés. Esa parte de la ciudad reluce.

En la Ópera encuentran a Eloise. Sueña con la oreja apoyada en su radio muda, palpando su cajita con mariposas muertas, obsequio de Raúl cuando navegaba. Al advertir que la llevan, grita por sus pertenencias. Ahí se enteran los compañeros que la mujer no es muda. Habla en un idioma que ninguno entiende, pero habla.
Eloise y Fermín son internados en el mismo lugar: en las afueras, cerca del río. Una construcción antigua que fuera convento de una congregación de frailes. Las paredes soportan con estoicismo la degradación del tiempo, que las recubre de cascarones marrones, oxidados. Las ventanas son altas y pequeñas. Los camastros de los dormitorios son de hierro. Crujen en la noche, chillando historias de insomnios de tanto cura desvelado…o revelado, pero sin salida. Son una veintena de parias, alegres porque tienen techo sobre sus cabezas, comida y una enfermera que aletarga con una inyección certera a los revoltosos. Un doctor los reúne una vez por semana y les pide que hablen. Que se “abran”. El primero en saltar al ruedo es Fermín. Desesperado por ser atendido, suelta una andanada donde entrevera hechos que van de atrás para delante, o enlazan al azar otra historia, que nada tiene que ver con el principio.
La audiencia bosteza. El médico observa su reloj. Fermín cae de su nube, mira a los asistentes, se encasqueta la dignidad y pega la retirada del escenario de primer actor.
Eloise embolsa la merienda y camina con el cuerpo desgajado hacia una piedra chata, en la ribera. Estira las piernas delgadas y se acomoda para no perder la visión del río. Un río ancho, que no se parece a su añorado mar. Pero arrastra agua. Al enfrentarlo y mirarlo fijamente, ella misma se convierte en líquido, buceando para hallar a Raúl. Se atomiza y forma parte de cada partícula en movimiento. Un hondo suspiro aliviana su mente, que se deshace en neblinas. Como sombras, las imágenes juegan a las escondidas. Los mejores y peores hechos de su existencia empezaron y están acabando próximos al agua. El agua le trajo a Raúl, hasta que pérfidamente, se prendó de su gallardía marinera y una noche se lo llevó definitivamente a dormir el sueño eterno dentro de su lecho.

Si la corriente viene empujada por el viento, arremete sobre las piedras y se desmelena contra ellas. Eloise percibe tintineos musicales. Reclamos amorosos de peces, moluscos, seres fosforescentes buscándose, en la urgencia del apareamiento. Pequeñas olitas remolinean bailando. Con nitidez sus oídos escuchan que está sonando un vals de Strauss.
El vaivén del agua y los reflejos del sol son fascinantes. A través de su mágico caleidoscopio, divisa a Raúl apoyado sobre la borda del barco. Atento a la labor, pero con el espíritu dentro de la casita que la protege a ella, su amada. Lejano navegante, adherido por el amor a su cama, a su talle y a su risa. A la música, que ella interpreta en el viejo violín que Raúl le compró a un anciano artrítico en el puerto de Barcelona. O mirando a lo lejos, le llega el aliento de la sopa de cebollas que cocinaban juntos, con el invierno apretando desde afuera.

El día que la conoció, Raúl supo que su destino cambiaba. Ella era su puerto y para Eloise, Raúl era el mundo entero. Tres años felices, compartidos mano contra mano. Momentos fugaces, que su memoria saltea en la insidiosa muerte neuronal. Atardece y Eloise sigue su hipnótico jugueteo con el agua que se desliza ajena a la locura de la mujer que mira. Cuando sosiega el último suspiro, la superficie, cansada de saltar, se aquieta para recibir los reflejos anaranjados del ocaso. La joven revisa las nubes en el horizonte. Si se forman ovejitas algodonosas, a los tres días llueve. Como en cámara lenta, apoya y quita la radio, cambiándola de una oreja a otra. Si afina el oído, no se pierde su trozo preferido de la obertura de “Poeta y Aldeano”.
Eloise nació en la campiña francesa, en una aldea sobre la costa del mar. Hija mayor de una mujer simple y crédula, de sexo caliente, que exclama: “Este hombre no miente”, cuando se entusiasma para preñarse a la noche siguiente.
Eloise es la mayor. Cae la tarde cuando escapa hacia la costa. Dos barcos, una canoa tardía. Los pescadores recogen las redes. Otros arrastran barcazas repletas de pescados. Hay desfachatez en los piropos de los fornidos trabajadores cuando la ven pasar. La persigue el insulto de sus mujeres, que conocen a la madre y enseñan las fauces a la hija, por las dudas.

El horizonte, pintado de estrías alargadas, se despide del día. Entonces aparece la magia. Ellos se descubren. Fogonazos directos, como un láser. Un marinero al borde del mar, a la misma hora que esa joven delgada, sostenida como por milagro por sus piernas. Velozmente la compara con una mariposa. Colorida, tenue, inocente, a punto de tomar vuelo al menor soplido. No cree lo que ve. ¿Y si se equivoca? Las miradas se buscan. Ella se ruboriza. Infantilmente, se toca la falda, en un acto fallido de estirar la tela. Se mira las manos y sonríe. ¡Dios nos libre de las ninfas púberes! Gritan las vísceras del viril marinero, para el que la vida sin riesgos es una verdadera caca. El puente se tiende con la inmediatez de la juventud. Sin pedir permiso, la embarca y se la lleva a su país. Otro idioma. Otros hábitos. En el fragor de los reencuentros, olvida que no están casados. Eloise no tiene documentos. Su barco es moderno, él tiene seguro de vida. ¿Qué le puede pasar? Además, Eloise tiene unos ahorritos.

En el otro confín, los agresivos hielos noruegos hieren de muerte a la nave. La neblina espesa es la mortaja que envuelve a los navegantes del naufragio. Ese día, Eloise olvida el poco idioma aprendido y no puede discutir con los parientes angurrientos por sus bienes. Un adolescente con aritos y tatuajes se apropia de su violín y la muchacha, aterrada, se desconecta de la realidad y escapa de sus agresores, apretando la radio, que a nadie interesa porque es vieja.

— Fermín…No critique más a Eloise…Su historia es triste, igual a la suya…Y fíjese, la única lucidez que conserva, es la de creer que su radio suena, y que el agua le traerá de regreso a su amante…Afloje, amigo. Déjela en paz—. El doctor conoce las saetazos malévolos que suelta su paciente contra la mujer. Fermín se calla. Aprieta su libro en alemán, haciéndose el que lee. Fermín es criollo, y de alemán no sabe ni jota, pero ese es su secreto.
Eloise, sentada y ausente, acomoda su ropa y alisa su pelo. Debe estar elegante para cuando empiecen a tocar Madame Butterfly. Acaban de anunciarla.
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CARMEN ROSA BARRERE

15.1.10

El enviado

EL ENVIADO.

Guaraníes desnudos fueron los primitivos pobladores de estas tierras rojas, por las que merodeaba a mis anchas. Debajo de la capa superficial, yacen enmudecidos los cementerios del reciente ayer. Restos de caciques bravíos; plumas y huesos de animales en extinción; residuos fúnebres de un follaje que fuera deslumbrante, incrustados blandamente el uno contra el otro, o desviándose porque el alud tropieza con los afilados perfiles de una pétrea estructura con corazón de brillos casi preciosos. El oxígeno y el hierro impregnan esos restos que descienden hacia lo hondo para que la mutación orgánica cumpla su quehacer silencioso. En la planicie, las estaciones se suceden, los nativos se han vuelto sumisos, los animales huyen asustados y mi fabuloso bosque se entrega indefenso. No me hace bien rememorar el amanecer en el que por primera vez, humanizado, contemplé la dolorosa destrucción del sitio que me fuera confiado.

En el principio de los tiempos, cuando pasé a ser parte del Plan Maestro que hizo de este planeta lo que es, supe que mi mandato era el de vigilar los montes y sus habitantes. Dividí mi sustancia para mantener un coloquio que cubriera a animales peligrosos, aves con trinos diferentes, reptiles de andares sigilosos, árboles esbeltos como estatuas, orquídeas de belleza femenina, matorrales y lianas, todos habitantes de la selva virgen. Los rocé suavemente, para que se enteraran que ya tenían custodia. Una entidad que compartiría sus miedos y necesidades; un amigo, compañero de frondas; un vigía, oteando desde lo alto el arribo del travieso viento, que movía a su antojo las aguas del arroyo y echaba a volar semillas sensuales, dispuestas a reproducirse. Elogié con ellos la gracia de la lluvia veraniega y nos intrigamos juntos ante la histérica presencia del relámpago. Nada igualaba el esplendor de esos amaneceres celestes, con telones de profundo verde, oliendo a savia fresca, o la despedida nostálgica de un sol marchando hacia el ocaso. La tierra era de todos. Compartíamos el cabrilleo del sol sobre las aguas quietas, el revoloteo matinal del ave y el incomparable sentido de la libertad nos otorgaba fuerza de guerreros.
Sentados rodeando la fogata, veíamos la danza de las salamandras, su escurridizo vaivén de sube y baja, escuchando, simultáneamente el jolgorio de la madre pájaro, en festejo por la rotura del huevo que exhibía al hijito implume, con el pico abierto y las plumitas pegoteadas de un recién nacido. Esos acontecimientos eran nuestro teatro, nuestro regocijo. Yo era el guardabosque. La energía alargaba sus manos hacia nosotros, vestida de blanco y con ramitos de yerba mate prendida en las orejas.

Si aguzaba los sentidos, capturaba la estrepitosa caída del agua sobre doseles de piedra. Traviesas gotas nacaradas fuera de cauce, bordaban un festón tintineante y sonoro; lágrimas que irrumpían como niños traviesos para quebrar la solemnidad imponente de las cataratas. Centenares de mariposas y colibríes inquietos agitaban sus alas rozando levemente la superficie, vigilados de cerca por pequeñas haditas nacaradas de ojitos verde—azulados; el arco iris eternizaba su visita de diosa del Olimpo dentro de esa mole, señalando en sus dos extremidades, el mito del tesoro escondido por otro ser sin presencia física, pero legendario. El agua no se resignaba a mitigar su fulgor y la admiración de los que la contemplaban. Asistida por el viento, alejaba a las nubes, negándose a ser capturada por la sombra. En la naturaleza se arman batallas, querellas, discusiones y enredos que como guardián comprendía y trataba de enmendar.

En mi interior sentía el estremecimiento descomunal de pertenecer a un holograma perfecto, con un rol de importancia vital. Si hubiera sido humano, esa conmoción podría compararse al éxtasis de un descomunal orgasmo. Pero dada mi procedencia, mi tarea consistía en abrir el camino hacia la belleza a los indiecitos descalzos, feroces en el aprendizaje de la supervivencia y revisar la convivencia de estos pobladores de índole bien diferenciada.
Algunos libros más jóvenes que yo, dicen que otro dios del Olimpo, llamado Prometeo, desobedeció las órdenes de Zeus y regaló el fuego a los humanos. Desde mi estatura de guardián, creo en la mitología, porque convivo con los elementales día a día. Gnomos o trasgos, salamandras y elfos o haditas irisadas, son los mensajeros que utilizo para mandar noticias dentro de la vastedad de este territorio que todavía no conoce los hilos de la luz ni del teléfono y si se mencionara la palabra computadora, creerían que es algo que se come.

Mis amigos mataban si tenían hambre. Tumbaban a las hembras y les hacían hijos, con la misma rudeza con la que desafiaban a las bestias feroces. Pero llegado el oscurecer, las arracimaban a sus flancos, defendiendo territorio y familia. Sin saberlo, repetían historias grabadas por los viejos saurios, cuando en el mundo el mamífero tenía un cerebro pequeño, pero calculado para desarrollarse en esto de las ciencias, la comunicación, el progreso y la guerra malvada, tal vez como señal de llamado al equilibrio y en el afán de detener el caos.

El contacto directo con la naturaleza, piel a piel, proveía al fondo de esos corazones nativos de la potestad de una inocencia inmaculada. No me temían, ni los asustaba la presencia de otros seres parecidos a mí, con distintas consignas. Los elfos soplaban desde sus bocazas el aire donde bailaban los silfos espantando los fantasmas del agua; las ondinas saltarinas, divertían a los niños dando volteretas en la corriente de los arroyos, llevando de la cola a pececillos de piel escamada; diminutos gnomos laboriosos y previsores recogían comida, porque temían la inclemencia invernal. Pequeñas niñas indígenas eran salvadas del ataque del gato moro, porque un ser alado las elevaba justo a tiempo sobre el aire, depositándolas entre los muslos seguros de sus madres.
Así era el bosque de mi juventud. Parte del territorio que un Creador Indiscutible, le prestó al hombre para que naciera, creciera aprendiendo y muriera con conocimientos y espiritualidad ampliados.

No tengo capacidad para medir el tiempo. Solamente sé que se sucedieron infinidad de lunas con días sosegados, hasta que caí en la cuenta que solapados, los enemigos del equilibrio planetario, elaboraban — embanderados en la palabra progreso — planes de avanzada científica y tecnológica. El argumento para la impunidad, era válido en tanto y en cuanto se soñara que siendo avasallada con voracidad y sin respeto, la naturaleza tendría el potencial de reconstruirse con fuerzas renovadas. Que ellos matarían y el vergel rebrotaría y los animalitos se reproducirían en medio del desorden reconstruyendo la obra perfecta de manera mágica. No se dieron cuenta que el esquema original no venía con copia.

Células, moléculas, átomos, protones, neutrones y electrones se pusieron de pie para rebelarse. Los hielos fluyen hacia los mares, derretidos por el calor. Los mares y el centro de la tierra truenan al unísono, borrando de un solo remezón, torres famosas y ciudades enteras. Velozmente, los abecedarios desbordan de palabras recién estrenadas: Tsunamis. Maremotos. Ciclones. Tornados de diámetro inaudito. Inundaciones. Incendios. Terremotos. El eje de la tierra, conmovido, varió su posición.

Hoy, los bosques agonizan, talados sin piedad y con angurria. La flora y la fauna, urgen la presencia bíblica del milagro en un desaforado grito por salvarse.
Mis amigos aborígenes, que antaño se reunían alrededor de sus fogatas para escuchar mis charlas sobre el primer fuego, producto de la desobediencia de un dios, mantenido en la tribu por una hembra, quien, afanosamente, friccionaba dos piedras para presenciar el parto de las salamandras, que venían para calentar la cría, mientras el macho cazaba o peleaba, ya no alcanzan a entender mi lenguaje. Dejaron de creer en mí y en mis promesas.


El bosque retumba con el estrépito del desmonte. El sollozo de las ramas altas, rodando entre el barro, ya no son percibidas por nadie. Una mescolanza de idiomas, gritos de mando y bocinazos urgentes, han trastocado las consignas comunicantes de la selva para siempre. El viento enlaza una que otra rama en la despedida, pero la savia, que es el llanto del árbol, su modo de decir adiós, se pierde entre terrones duros.
Aterrado, me balanceo sobre la copa de un cocotero para ver partir a mis amigos desgajados hacia los camiones con caras de perros bulldog, que perezosamente, cuesta arriba, los descargarán en el aserradero. Nadie me enseñó a llorar. No conozco las lágrimas. Pero esta tardecita, cuando el agua pelea con la sombra, algo salobre me deja un gusto raro dentro de la boca.

La erguida dignidad del pino, el perfumado palo rosa, el peteribí, el dulce lapacho recamado de flores, el roble vetusto y el joven aliso, no murieron de pié, con orgullo. La sierra clavaba sus engranajes en las cortezas, los obreros acababan la destrucción sin un solo pensamiento salvador, apurados por el jefecito que jamás oyó hablar de respeto y a la dignidad la conoce porque leyó la palabra en el diario.

Tal vez yo esté más viejo de lo que creo. Escuché a alguien decir que si se llega a anciano, los jóvenes nos consideran tontos, con una sola neurona, que de solitaria que está, a veces se retrae y no funciona. Que los vetustos no deben hablar de valores, familia o responsabilidad, porque son idioteces que no dejan renta y sí muchos dolores de cabeza. Que lo bueno, es ponerlos fuera de servicio cuanto antes. Que la responsabilidad ambiental, entorpece la magia alucinante del progreso.

Un viandante de los que pululan por estos andurriales que antes fueran mi gloria, olvidó al pié de un árbol sobreviviente un libro. Se llama “Cien años de soledad”. El que lo escribió es un mortal, que mide el paso del tiempo de su preciosa historia, con un simple calendario inventado mientras se movilizan las estupendas neuronas que conforman su cerebro.

Tiemblo presintiendo los espantosos años de real soledad que esperan escondidas a las nuevas generaciones, con el egoísmo y el desamor como estandartes. A los que piensan que la senectud “está muy lejos”. ¿Pararán las mentes de los locos antes que la tierra se torne yerma para siempre? ¿Volveremos al comienzo? ¿O nos toca desaparecer porque no aprendimos?


Carmen Rosa Barrere.

Manos de pobres

MANOS DE POBRES


Creí que ese era mi día de suerte. Me instalaron en un barrio especial. Elegante. Nada de villas miserias. Ninguna bruja con ruleros y chancleta rezongando porque al perro de la vecina se le ocurrió defecar en su vereda la mismísima mañana que ella usó la escoba y la manguera furiosamente contra el piso. Entre nosotros: escuché por ahí que las que friegan en exceso...lo hacen porque no gastan energías en el sexo.
Cuando se pasa la vida útil en la calle y se tiene buen oído, se escucha de todo, y se ve lo que no se quiere ver. Debo resignarme, así se conforma la famosa experiencia. Cúmulo de realidades que no sirven de nada. Una vez incorporadas a la conciencia, es demasiado tarde. Lo de ayer es vetusto. Inservible para una inmensa mayoría que piensa y siente con egoísmo solamente el hoy.
Reconozco que tengo ciertas ínfulas. Procedo del jugo de la naturaleza mas perseguido por el hombre. Ese que justifica guerras. Invasiones. Locura de poder y hambre insaciable de dinero. El petróleo.
Mis horas en contacto con la madre tierra fueron apacibles. Hasta que un inolvidable día, sorpresivamente, fui extraído brutalmente de mi jugosa oscuridad. Apretado en mis átomos, acabé mezclado con otros hermanos de tinieblas. Me refinaron, amalgamaron, colaron e inyectaron por los cuatro costados dentro de matrices de última serie. Un viejito con máscaras y guantes lijó mis asperezas al emerger desde dentro de aquella cárcel transformadora. Recortó las coladas sobrantes y me alineó en una cinta metálica, codo con codo, por así decirlo, con mis iguales. Me di cuenta que éramos grandes, sólidos y negros como la noche.
Subterráneo en la infancia, cubierto en el presente con una tapa pesada, reconozco la sombra. Me remuevo, empujando partículas. Tarea inservible. Perdí la libertad. Extravié la deliciosa voluptuosidad de cuando era líquido. Aceitoso. Tibio, amigo de piedras, acolchado entre las capas superpuestas de la tierra. No me reconozco, amoldada mi intimidad por esta maquinaria siniestra que me apretujó hasta convertirme en esto que soy. Un sólido tacho de residuos.
Me colocan en una vereda roja detrás de un recortado cerco de ligustros. Recubren mi interior con una bolsa negra, para variar. Confeccionada con un material al que yo llamo mi pariente pobre. Le falta resistencia. Carece de estilo; no es, ni más ni menos, que una fibra barata. Para colmo, con apodo extranjero: nylon.
Desde mi puesto, a lo lejos, escucho la angustiosa sirena de los barcos. En ráfagas, el vientito empuja olor a agua de río, mal oliente. La proximidad de mi nuevo alojamiento con un puerto es evidente.
Amanece y despierta la ciudad. Los diarieros vocean. Los coches estampan la calle con frenadas bruscas. Descubro con atención mi entorno. Un vecindario donde se cocina. Restaurantes elegantes, diseminados en la cuadra. Aprovecho la porosidad de mis paredes y abro mis diminutos agujeros hacia afuera. Mis paredes absorben perfumes deliciosos: canela, quesos, ciboulettes, kummel, verduras frescas, se diluyen dentro de mis átomos. Las volatiliza el aire, como señuelo para distraídos. Aromas que hacen agua dentro de mis fauces. Estoy tan feliz, que si supiera cantar, lo intentaría.
Hay estrépito de cacerolas. Voces de mando. Rezongos en voz baja. Apetitosa emanación de pan recién tostado. Un placer en oleadas que casi puedo paladear.
Al mediar la mañana, sueltan su fragancia las carnes que se asan. Despiden llamaradas fugaces los rones de los postres con manzanas. Expando con fruición mis narices. No quiero perderme nada. Sin tarjeta de entrada, sin mesa reservada, disfruto como invitado de buen paladar la hazaña laboriosa de los cocineros. Me encanta la idea de compartir sin pagar. De puro caradura, me convierto en uno más de los tantos que corretean por la gran ciudad.
Estoy contando los sucesos de mi primer día de trabajo. A la incógnita del primer momento, la sustituye la satisfacción. Me construyeron con un fin. El de servir. Aquí estoy yo. Firme y dispuesto a cumplir mi misión. “Cualquier trabajo es digno si lo haces lo mejor que puedes”. Era la arenga del viejito que me hizo el maquillaje, allá en la fábrica, a la hora de enseñar el oficio a lo novatos.
Escucho el taconeo de señoras descendiendo de los automóviles. Me regalan una fragante emanación de bienestar que no envidio, pero que disfruto. El paso cansado de los hombres. El rodar de un cochecito, portando al bebe heredero de las esperanzas. La corrida adulona de los que abren y cierran puertas y estacionan con bronca los cochazos. Advierto que son máquinas caras por el portazo. Seco. Sólido, bien armado por dentro. Los baratos chirrían con ruido a lata. Creo que me estoy volviendo clarividente. Lo que no veo, casi lo adivino.
Este lugar es caro. Las mujeres hablan en voz baja. Los hombres no escupen la vereda ni sueltan palabrotas. A las palabrotas las conozco bien. Son de uso corriente allá en el sur. Los obreros grasientos, de modales rudos y ojos enrojecidos que me sacaron del fondo de la tierra, blasfemaban contra la empresa. Que robaba riquezas al país para mandarla a guardar en bancos extranjeros. Maldecían a los gobernantes coimeros, atados a estas empresas de mierda, que no dejaban restos a los ciudadanos, sus dueños naturales. Una vez los indígenas de la región armaron una revuelta, reclamando. Los callaron con promesas y los arrinconaron sobre páramos sin agua, donde los únicos sobrevivientes fueron ellos, su soledad y sus desesperanzas.
Afortunadamente los viejos caciques están muertos y a los herederos, con tanta carga de angustia y desolación, les falta resto para la pelea.
Entonces yo era joven y entendía poco. Lo mas afrentoso eran las diferencias entre gringos montados en sus cuatro por cuatro, maletines de Vuittón, y botas hechas sobre medida. Los morochos pobres vivían envasados en viviendas de lata. Cagados de calor en el verano y de frió en invierno. La cerviz agachada, rencorosos. Por analfabeto que uno fuera, estos contrastes eran evidentes hasta para mí, un ignorante. Un recién nacido, por así decirlo.
Atardece el día de mi estreno. Manos ansiosas levantan mi tapa. Estoy vacío. Un portero enojado distingue al pobrerío. Sopla su silbato desde la puerta imponente que accede al restaurante. Los pies descalzos corren a esconderse entre los ligustros.
Al rato un gordo con delantal blanco arroja mi tapa compañera al piso y suelta una bolsa con cáscaras de papas y verduras. Cebollas podridas. Huesos con alguna carne. Otra bolsa deja caer flores con los tallos hediondos, migajas, servilletas de papel, vasos quebrados, papeles ajados escritos con letras que ya nadie se molestará en leer.
Impresionante como vuela el tiempo. Está amaneciendo. El aire se enrarece. La calle y los ruidos cambian. Escucho movimientos sigilosos. Palabras rápidas, órdenes, corridas. Desde los setos donde se escondían se agitan los hambrientos, esperando. Gente que huele a sudor. Como es invierno y ha llovido, la ropa de lana húmeda, barata, exuda a perro muerto. Se mezcla al olor de la miseria que es particular, como lo es el olor de un cuerpo al que lo consume el cáncer.
Aparece el gordo con un joven. Las bolsas vienen repletas. Puchos apagados. Grasa derretida. Huesos. Botellas. Papas con crema y ensalada Waldorf. Olor a vino bueno. Trozos de carne. Pollo. Pescado. Mi contenido es como la vida misma: Una es de pura cal. Otra de arena.
Un repollo podrido me nausea. Sin recuperarme me atacan con pedazos de cortezas de pan. Muchos trozos de carne. Tierra y otros vidrios rotos. Mi parienta pobre, la bolsa negra, se rasga lado a lado. Mi pulido interior se cubre de hediondez. Me humedece un jugo incierto que parece orín. Así, hasta llegarme al tope. Menos mal que no tengo pulmones, sino, estaría asfixiado... Y además callado.
En ese instante comienza el desfile de los que tienen hambre. Como si mi tapa fuera de metal precioso, una mano femenina deformada por la artritis la coloca en el suelo. Elige temblorosamente pero con gusto artesanal una bolsa con carnes y unos huesos. Me cubre y huye apresurada. La otra mano es escuálida, de niño. Torpemente, toma lo peor. Empujado en la cola, escapa en la noche perseguido por el miedo y la tos. Un negrote sin dientes se agacha y rebusca bien al fondo. Es zurdo. Su furia arremete mis paredes. Pretende quebrarlas con sopapos de puño cerrado. Después llega un borracho. Mas tarde son varias las mujeres que pelean como perras por un bife. Después mas chiquilines con mocos y estornudos. Sobre el final, arriban los ancianos.
Los brazos flacos y las uñas negras. Un cansancio feroz y una mirada errática que puedo distinguir desde mi fondo. Palidezco al adivinar sus historias, atrapadas dentro de la cavidad húmeda donde se acurruca el globo del ojo del humano.
Aparte de ese liquido viscoso tropiezo ahí nomás con la vergüenza. El vacío que dejan los hijos que borraron sus nombres. Inviernos superpuestos sin verano en el medio. El viejo sin comida y amor, que siempre tiene frío. Personajes ajados en la fatiga horrenda de la eterna lidia contra la pobreza. Nunca tuvieron el acceso al libro. Su único libro, es el escrito por ellos de su propia vida. Libro ilegible, plagado de lágrimas que borronean la tinta.
Debo admitir que vivo el tiempo nuevo. La era de la globalización. El momento de la familia a medias. La que intenta recuperar algo del pasado, cuando se junta para los festejos o para los velorios. Todos viven “a mil” y muchas parejas jóvenes, entregan la mente de sus hijos de cuatro años a los especialistas “porque no los entienden”.
Con respecto a sus padres padecen de una clase de amnesia que debería ser analizada — y tal vez dimensionada — por sociólogos y estrategas del destino de los pueblos, quienes también son hijos de alguien. ¿O nacieron por casualidad?
Los clientes de estos restaurantes arriban desde casonas misteriosas en los barrios cerrados. Lugares con custodia donde se traman estafas, y se ingieren — porque un estúpido imitador de esnobismos proclamó que era de moda — pizza italiana con champagne francés.
Los viejos de las manos pobres ya no tienen nada. Mi fondo está vacío. Arrastrando los pies, se desbandan. La tristeza firmemente incrustada en el alma se derrama en lágrimas sin pañuelo.
Me arrebujo entre la tierra y los puchos. Filosóficamente pienso: ¡Que suerte tengo de no ser humano!... Si hasta me alegra ser esto que soy: Un maloliente tacho de residuos sin conciencia.

18.12.09

ABUELA ATA.

Nuestra Ata nació en un pueblo de los que rodean a Orense, Capital Provincial española. Poseía un arrogante orgullo de raza y de raíces, que se evidenciaban en los cuentos que con paciencia benedictina desgranaba en los oídos de mis hijos—sus nietos. Algunos, de fuerte contexto realista. Otros, que inventaba y soltaba con natural gracejo. El Puente de los Romanos y la Plaza Principal se convertían en escenarios vivos para su pequeño público, que la escuchaba con la misma atención que ella colocaba en el instante. Lo imperdible en la narración venía cuando, encendidas las mejillas por el recuerdo de la travesura, raptaba la atención infantil hasta los fondos de su casa familiar. El aire se cargaba de suspenso:”En esos fondos — decía— había un pedregal. Con mis hermanos, arrojábamos piedras medianas por un hueco. Esperábamos con el Jesús en la boca. Ni medio segundo pasaba y ya oíamos el chocar de la piedra contra el metal. Monedas de oro, que ocultaron los gitanos cuando la gente del pueblo los echó”. Esto de las monedas era el toque mágico. Causaba estupor y por supuesto instalaba la idea de crecer rápido, viajar a España, hacerse ricos y llevarla a visitar su tierra, extrañada en silencio.
En esa época empecé a darme cuenta del dolor incurable que significa el desarraigo. El coraje que debió tener, para atreverse a la hazaña hacia lo desconocido, siendo apenas una niña de diez y siete años.
Una tarde de invierno, les contó — entre rubores — como se enamoró de un extranjero. ” Lo conocí en las kermeses de la plaza. Era alto, moreno y de mirar altanero. Algo que no combinaba con lo pobre de su vestimenta, haciéndolo doblemente atractivo. Para el domingo siguiente ya lo tuve todo arreglado con mis amigas: Sentarnos en los últimos bancos de la iglesia y escaparnos hacia el Puente mientras nuestras madres bostezaban envueltas en sus pañolones oscuros. Los sermones del cura mataban de puro aburrimiento, por más piedad que se tuviera por todos los males de la tierra.
Allí esperaban nuestros candidatos. Parcos en el hablar. Mas tímidos que nosotras...Pero el machismo heredado se hacía presente dentro de los burdos pantalones cosidos a mano por las madres. Más tímidas unas, más atrevidas otras, a todas nos corrían sudores y salivas tibias corriendo al galope, humedeciendo trapos.
Yo tenía de guardiana a mi hermana mayor, Maria. Éramos diferentes en todo. El agua y el aceite, nos definía nuestra progenitora. María era alta rubia y huesuda. Heredera legítima de los celtas que fueron nuestros antepasados. Y yo...ya me ven. Soy oscura de tez, mi cabello es demasiado rizado. Mi padre le hacía burlas a mi madre, entroncando mis ojos verdes y mi temperamento con el tropezón de quien sabe que abuela contra un moro, que también ellos supieron deambular por mis tierras gallegas.
Esa fue la inolvidable tarde de domingo que me abrazó por primera vez un hombre...Me aferré a él, dejé que me desarmara el cabello sujeto con peinetas, y cuando me besó suavecito, lo supe. Niños, de verdad, lo supe: Ése sería mi marido. No me importaron las críticas de mi hermana, que me censuraba los apurones por escapar de nuestra casa con un desconocido. Un Portuga —, esto despectivamente— que cruzó el Río Miño casi sin ropas, perseguido por la policía, o tal vez peor: Un patán escapado de un hospicio.
Dos meses mas tarde nos casamos y tomamos el barco que nos traería para la Argentina. Las primeras náuseas del embarazo hicieron interminable aquél viaje. Me calmaba en las noches cuando con voz bajita, mi enamorado me cantaba al oído un viejo fado aprendido cuando pequeño, allá, en el Algarves natal...Me abrazaba fuerte, con ternura y desarmaba con besos mi añoranza de madre, hogar y hermanos…
¿Saben niños una cosa? Me dan un poco de pena los jóvenes de hoy en día...Desconocen el romanticismo...Los suspiros no se usan. Las tiernas palabras sentidas por Bécquer en sus hermosas Rimas, no desarman sus corazones, como nos pasaba a los de nuestra generación...Mucha televisión y escaso sentimiento...Algo para tener en cuenta ¿No creen? El sentimiento es como una hermosa planta. Para verlo crecer lozano es menester abonarlo con paciencia. A veces, para que sobreviva, debemos renunciar a cosas que hasta ese momento, parecían irreemplazables”.
La voz se le quebraba en el suspiro. En ese momento, sus nietos eran niños. La inteligencia natural le adelantaba que sembraba buena semilla en tierra fértil. Cuando estos pequeños crecieran, serían buena gente.
Sus hacendosas manos artríticas, continuaban activas, remendando fondillos de pantalones, o en la cocina, friendo cantidades de papas que no alcanzaban a llegar a la mesa. Se dejaba robar por las manos de los nietos, con sonrisa cómplice. Algunas tardes, los hacía cargar un canasto de mimbre donde guardaba una torta casera, una gaseosa y un paquete con piolín y pequeños alfileres. Les enseñaba a armar, con palitos juntados de los árboles los anzuelos de pesca. La cuneta elegida casi no tenía agua y jamás nadó en ese sitio pececillo alguno. Pero la alegría que compartía con sus nietos, la manera de entretenerlos con naderías y ternura, la fueron transformando en la madre supletoria que mis huérfanos precisaban. Yo debía trabajar duramente para intentar mantener en pie aquél hogar, donde cinco pares de ojos niños esperaban el milagro creciendo desde mi trabajo.
A nuestra Ata el tiempo le quedó corto, igual que a mí. Ambas pasamos la rudeza de un golpe certero en medio del corazón. El hachazo que arriba sin preaviso. El que todos los humanos tenemos seguridad que llegará algún día... pero al que le negamos el permiso de entrada. La responsabilidad que se asoma, esconde en su interior al miedo. Miedo a defraudar. Temor de nosotros mismos, puesto que somos ignorantes de la fortaleza que tendremos para enfrentar el desastre. Si seremos lo bastante inteligentes para sobrevivirlo. Qué alcance tendrá nuestro valor para defender el nido y los polluelos en un mundo agresivo, oscuro, defendido por las espaldas amuralladas de nuestros maridos hasta el día de ayer.
Cuando alguien enferma y se lo cuida, y se va y se viene de médico en médico buscando solución a la pérdida de la salud, el grupo familiar, integrado encuentra consuelo en la certeza de estar haciendo hasta lo imposible por la persona querida. El desgarro que sufre el corazón cuando uno se entera de la pérdida a través de un cable telefónico, o por un uniformado que toca a nuestra puerta, es un corte mortal en las arterias. Vagamos con el pensamiento, nos culpamos por palabras no dichas. Por caricias escatimadas, por horas desperdiciadas. El tremendo minuto de dar la mala noticia a nuestros hijos. Los hijos que deseamos juntos. Los herederos de nuestras horas de entrega, cuando el angelito del amor, como un diminuto bailarín con tules y carcaj, festejaba al niño ovillado en el vientre.
¡Cuántos paralelismos en la vida de ambas! En el momento señalado con las palabras que pudimos, tuvimos que explicar que el hombre — árbol— el padre protector jamás regresaría.

El Portuga ignoraba la historia de Alejandro, El Conquistador. Pero al descender del barco, el pecho se le expandió con fuerza. La misma fuerza que traía en los brazos, que le desbordaba del espíritu, que lo hacía presentir que si trabajaba duro, la tierra sería generosa. Podría ofrecer a su mujer y a los hijos que llegaran el techo merecido. Darles educación. Una ley generosa ordenaba que la instrucción primaria fuera gratuita y obligatoria. ¡Tanto escuchó de las posibilidades de prosperar en el Nuevo Continente! Un pariente lejano de otro pariente, le escribió diciendo:”Aquí plantas un palo en la tierra y brota una escoba con sus cinco hilos”. Miró hacia el Río de la Plata, encrespado y marrón y pensó que mas que río, esa corriente se parecía al mar. Abrió los brazos y apretó entre ellos a la mujer deseada y al hijo en gestación, ése que algún día yo encontraría por puro azar en mi camino.
—Todo está aquí, mujer — dijo con voz emocionada —. El trabajo y la felicidad.
Enérgicamente espantó a los que ofrecían empleos:”No vine a América para ser sirviente de nadie. Tenemos buenas manos...Somos inteligentes. No precisamos limosnas.”
Se instalaron en el sur de Buenos Aires. Portuga salía muy temprano, empujando una carretilla de madera hecha con sus manos, a vender tijeras, hilos, cortecitos de tela, puntillas y agujas para tejer a las vecinas, que lo empezaron a llamar afectuosamente,”marchante”.
Cambió un cerdito pequeño por una vieja máquina de coser a lanzadera. Nuestra Ata preparó con ella el ajuar del primer hijo, ingeniándose para cortar y coser pantalones, camisas y fajas de colores, que colocaba cada amanecer dentro de la chirriante carretilla. Cuando nació el segundo niño, eran dueños de un camión destartalado y la tierra era pagada puntualmente. Portuga no exigía recibos, porque era honrado y creía que la palabra era suficiente garantía.
Los sueños se cumplían...sobre una tierra resbaladiza, que nos acecha para hacernos caer. Tentaciones que pendían de los árboles, como las bíblicas manzanas que evidenciaron la debilidad del carácter del hombre.
Portuga se presentó un atardecer con la camisa desgarrada.
— “Me enganché con un clavo del camión—“, explicó bajando los ojos con vergüenza.
Y otra noche de llegar tardío:
—“Me entretuve un rato con un paisano”...Y otra: —”Le pegué unas trompadas a uno que se quiso propasar...”
Pretendió arrancar una sonrisa de la esposa. Ella lo apartó, erizada la piel, cruzados por relámpagos los ojos.
— Los niños te esperan al atardecer, como antes...Cuando dabas vuelta en la esquina y tocabas la corneta...Los dos paraditos en el portón esperándote como pequeños soldados...Algo está cambiando dentro de ti marido...y ese algo no me gusta.
Cenaron en silencio. Los hijos dormían. El torbellino rebullía dentro de la mente de nuestra Ata. El repiqueteo de las advertencias de la hermana:”Mira que dicen que es un camorrero...un vulgar buscador de pleitos.”
Se acomodaron en la cama como para descansar. Portuga se durmió enseguida. Nuestra Ata, desvelada esperó el primer canto del gallo. Lo despidió con un mate, esquivando el beso.
“Esta noche hablaré formalmente con él...Si no se enmienda...pues me tomo a mis hijos y regreso a mi casa con el primer barco que zarpe”.
No hubo enfrentamiento, ni siquiera discusión. El policía que golpeó las manos en el portoncito de entrada era duro en el oficio. Al enfrentarse con esta joven mujer, con dos pequeños aferrados a su falda, titubeó. Pasó un pañuelo secando el sudor, nervioso. Quiso expresarse sin causar dolor. Un imposible.
—Señora...su marido... su marido quiso defenderse con la sevillana… pero el matón tenía un revólver...
Veinte son muy pocos años para enfrentar una situación de esta magnitud sin equivocarse. Los timadores, siempre alertas, se quedaron con la casa, el camión y la tierra. A tientas, como se mueve un ciego, mudó sus pertenencias al centro de Buenos Aires. Los conventillos que rodeaban las inmediaciones de la Plaza de Mayo, estaban repletos de inmigrantes con los sueños rotos. Los varones perseguían porterías de edificios, las mujeres, colocarse de domésticas en las casas de los ricos.
Nuestra Ata se atrevió con la costura y guiada por un anciano sastre bondadoso, se especializó en la confección de pantalones y chalecos sobre medida.
La vida parecía enderezarse. Para aparentar más edad, peinaba su cabello con una severa trenza y salía de la casa solamente para trabajar.
El hijo menor crecía como un artista en potencia: –“Algún día tendré un violín de concierto...Tocaré en los mejores teatros del mundo...” —. Lo decía tan convencido, que seducía y enorgullecía a la madre y al hermano mayor.
Repentinamente, el chiquillo un día enfermó de gravedad. Esa clase de males, que obliga a los doctores a la humillación de reconocer sus límites. No alcanzaron a diagnosticarlo antes de la súbita partida.
Cuando despedimos un ser querido, sentimos vacío en el centro del abdomen. Espacio que llenamos con trabajo o tratando de no pensar. Pero cuando el que nos deja es un hijo, las madres flotamos en un agujero negro como son negros los agujeros del espacio. El español, idiomáticamente es millonario en voces. No posee una sola palabra que identifique la sangre que derrama una madre al perder un hijo.
Cuando me casé con el mayor, nuestra Ata se incorporó a nuestra vida con la suavidad de los buenos sucesos de un hogar. Mi familia creció más rápido de lo que yo esperaba. En la misma medida, ella agrandaba el regazo para la ternura. Jamás discutimos. Nos regíamos con un código de miradas, no necesitábamos palabras para comunicarnos. Esta sociedad de amigas se hizo presente el siniestro día en el que perdí a mi marido. Fumigaba unos campos de algodón en Guatemala. El motor del avión dijo no va más, cayó pesadamente al suelo y para nosotros, el mundo entero se detuvo.
Nuestra Ata se hizo cargo de la desolación de la familia, desestimando su propio dolor. Sus brazos nos rodearon. Se multiplicaba para prestar un pañuelo, o dialogar con los chicos, susurrando sobre la esperanza y el coraje. Hablaba del destino como una pitonisa: Destino que debíamos aceptar, puesto que al nacer, traíamos puesta la consigna ineludible del morir.
Desde mi cuarto, encerrada y hostil, los adivinaba rodeándola, sentados sobre sus piernas, o arrollados y llorosos contra el piso. Y su voz, calmada, contando:”Una vez, cuando pequeña, tuve una fuerte discusión con vuestro bisabuelo…que era un hombre muy alto. Tan alto, que justificaba ante mi madre su haraganería diciendo que no trabajaba la tierra porque le quedaba muy lejos. Insistía, muy seguro, que las mujeres no debían aprender a leer o escribir. Que la lectura abría la cabeza solamente para meternos ideas raras. Cuando viajó a Cuba, contratado para las obras del Canal de Panamá, mis hermanas y yo corríamos con el viento gallego a la escuelita. Aprendimos lo que pudimos. Ustedes, que tienen el conocimiento y las posibilidades del aprender, no deben dejar que el tiempo corra...y el único título que consigan sea el de burros.”
—Y ahora...!a la cocina!...Entre todos haremos algo rico y dulce, que levante el ánimo de vuestra madre.
Desarmada por dentro y por fuera, yo me removía dentro de las sábanas. Señor…!Que insoportable esta soledad preñada de recuerdos! La almohada vacía...Mi bostezo matinal que era reflejado en el espejo de sus ojos, perdido para siempre. La envidia saludable con la que contemplábamos a un par de ancianos, caminando tomados de la mano. “Así nos verán nuestros hijos algún día”. Exclamaba, coqueteando con el futuro…Sus mimos para despertarme, las noches en las que se desvelaba:—“Pequeña marmota — se burlaba — mientras nosotros dormimos, alguien descubrió que el carbono 14 nos contará la edad de cientos, tal vez de miles de materiales del planeta...” Dios mío...Cuanto extraño a este hombretón de ojazos verdes y ternura inacabable.
Me entran ganas de tapar los espejos. Estoy segura que sufre porque me oye llorar. O tal vez, en la nueva dimensión en la que navega su alma, la misericordia divina lo proteja y no nos vea ni oiga. Puede ser que cuando estamos ahí, el olvido se instala para darnos paz. Esta incógnita me será revelada cuando estemos juntos. Esta vez para siempre...
Mi mandato, escrito en letras que no sé leer, pero que adivino, es otro. Debo reaprender a vivir. Con otros códigos. Con otros recursos. Deponer mi egoísmo. Acordarme, todo el tiempo, que nuestra Ata ya pasó por esta arena movediza y pudo salir airosa. En ese territorio están enterrados su marido y ahora sus dos hijos. Es imperioso abandonar la cama. Bañar mi cuerpo. Vestirme con la ropa y los zapatos que él prefería y abrir mis brazos al movimiento incansable de lo cotidiano. Mis hijos esperan mi retorno. Debo dejar de discutir con el destino.
Por más de cincuenta años, nuestra Ata estuvo con nosotros. Pudo cerrar los ojos cuando el último de los nietos la visitó en la sala de terapia intensiva, tomada por sus brazos. Es duro para un joven constatar que nada ni nadie escapa a su destino.

Cuando oigo a Los Beatles en alguna radio, me acuerdo de la primera vez que ella los escuchó cantar. Dejó el tejido a un lado, y anunció:”Estos jóvenes cambiarán la música del mundo”. Abuelita profética, la nuestra.

Pasa un largo tiempo hasta que vivo este momento especial. Estoy en España. Mi Ata me ha dejado en herencia las hijuelas de su tierra gallega. No puedo contener la emoción y el nerviosismo. El Fiat de mi hijo Rubén trepa el caminito de cabras que nos dejará en el pueblo que conocemos a través de sus anécdotas. A la izquierda, en el recodo, dejamos atrás a Orense con su plaza, su puente y su iglesia. A la derecha, caprichosamente, las zarzamoras se entremezclan con los rosales silvestres, enredados en alambres oxidados. Antes, hemos visitado la Iglesia. Caminando por el largo pasillo, hacia la salida, mi oído afinado con la edad en la percepción, captura las voces conspiradoras de nuestra Ata y sus amigas: Silabean en gallego. Combinan el momento justo para la escapada riesgosa hasta el Puente Romano.
Me llevo la mano al pecho, que pega pequeños saltitos peligrosos. Tengo que respirar profundo, buscando la distensión de este músculo llamado corazón, que parece un tambor.
Este encuentro con el pasado de alguien tan querido me emociona. Son gruesos los lagrimones que mojan mi blusa.
Mi hijo me observa con atención.
—No llores, Vieja...Nuestra Ata fue feliz con nosotros..., a su manera...
Como si su mano fuera un salvavidas, me aferro a ella para mentir:
—Tienes razón, hijo...Alguna vez, la abuela fue feliz.
Mi pensamiento no coincide con el de mi hijo. El recuerda a la anciana que se desplazaba por los cuartos, dejando una estela de perfume a canela. A la que cuidaba el jardín con hierbas que curaban casi todo. A la que escondía trapisondas y olvidaba reclamar el vuelto si hacían algún mandado.
Yo la veo en el Puente. Jovencita, el pelo enmarañado, las peinetas de carey, abandonadas. El manoseo torpe pero caliente de Portuga. La oferta del corpiño entreabierto, como en un descuido. El beso eternizado en las brasas del peligroso incendio. Una cápsula mágica los separa de la realidad. Hasta sus oídos sordos, no llegan los alertas de María, ni los regaños maternos. El cielo y la tierra son de su exclusiva pertenencia.
MORUNA
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