LA PLAZA DE LOS DOS CONGRESOS.
En un lugar bien seleccionado colocaron la fuente. Todas las religiones del mundo se valen del agua. Para bautizar, para purificar. La vierten dentro de la pila, a la entrada de los templos, para mojar los dedos y persignarse. Al Jesús de los judíos lo acristianaron en el Río Jordán. Nuestro cuerpo aloja un altísimo porcentaje de líquido. Algunos dicen que aparecimos en el agua. Diminutos e Insignificantes. (En lo personal, soy el ejemplo viviente de los que no logramos escabullirnos para crecer. Casi anciano, me doy cuenta de mi escasa estatura).
Pero estábamos en lo de la fuente. Para las Fiestas Patrias aparece el personal especializado que convierte el débil, cotidiano chorro de agua en un mensaje cantarino, que se eleva iridiscente cuando lo atraviesan los rayos del sol. Una vez tuve en mis manos una colección pequeña de obras de Dalí que jamás había visto antes. Su maravillosa genialidad, aprisionando mariposas y peces. Barcos etéreos navegando en mares de ensueño. El velamen de las embarcaciones idealizadas por mariposas de alitas leves. Benditos los artistas que nos hacen distinguir ángulos impensados a los que ellos acceden con la imaginación abierta. Si me instalo en un asiento para contemplar la fuente, esos seres bailan dentro del líquido, que sube y baja al compás de la música más hermosa que un anciano solitario pueda disfrutar. Con los ojos cerrados percibo, junto al murmullo confesional del agua, el estremecimiento del aire, que danza con los sonidos de la música.
Sonrío al recordar mi juventud. Aquél maestro de solfeo, que mi afanosa madre contrató para que me desasnara. Las aburridas escalas. Mis dedos tercos, aporreando las teclas del piano con el ceño fruncido y un atroz aburrimiento matando impiadoso toda esperanza del infortunado maestro. La perseverancia estaba lejos de ser mi amiga. Abandoné las lecciones de piano, primero. Recordar postergaciones sucesivas me producen punzadas en el pecho. Fracasos que no se debieron a la falta de oportunidades. Yo las tuve a todas, pero me creía tan vivo, capaz hasta de ser astronauta sin terminar de cursar el secundario. No soportaba la disciplina de la escuela y me recibí de maestro en el arte de perder el tiempo. Un día el buenazo de mi padre colgó una cartulina en la pared de mi cuarto:” EL ÚNICO TRABAJO QUE SE EMPIEZA DE ARRIBA ES EL POZO”. Riendo, yo se lo enseñaba a los amigos que caían a casa como moscas a la hora de comer, se instalaban en los sillones de pana de mi madre, masticando maníes si era invierno, o helado si llegaba el verano. Al día siguiente, veía a mi madre frotar almohadones y alfombritas pisoteadas por esos tarambanas con los que yo perdía las horas. No me regañaba. Soy hijo único, sobreprotegido por ella, que era crédula y pensaba que con los buenos ejemplos del hogar esta oveja descarriada volvería mansita al redil. Atolondrado, no me daba cuenta de su paciencia benedictina y no alcanzaba a entender la calidad de su ternura. Soportó mis enamoramientos furtivos, mi holgazanería, mis mentiras y debe haber llorado mis fracasos, pero nunca me pasó facturas.
Desde el mostrador de un boliche de barrio, bebiendo con amigos casuales, no se resuelven los problemas del mundo y a los personales se los deja de lado. Aceptar lo que sucede en nuestro centro, es un menester que los jóvenes postergamos a un eterno mañana. A lo mejor porque duele exponer la mala semilla que crece fortachona, cuando lo que se espera es que nos recibamos de hombres centrados, aptos para ser felices.
Mi solitaria indigencia tiene un solo culpable. Hurgando en mi interior, reconocer las veleidosas y cambiantes aristas de mi personalidad, me otorgan esta benevolencia, esta ausencia de rencor. Soy el editor responsable de todos los hechos de mi vida, que se alarga más de lo deseado. Hasta para esperar la muerte me ataca la impaciencia.
Abandono la revisión de mis defectos. Dentro de un rato llegará la camioneta de Caritas, que nos reparte las bandejas de comida. Los sin techo — a pesar de los esfuerzos gubernamentales — somos muchos.
Recorremos las calles de día, cada uno por su lado. En un bar de la Avenida de Mayo, un académico y generoso valenciano me sirve gratis un café con leche con medialunas. Cuando hay poca gente, se desliza en la silla frente a mí. No filosofamos para arreglar un mundo que ya es un rompecabezas hasta para su Creador. Hablamos de fútbol, de libros, de la vulgaridad de los programas de televisión, contra los que suelta palabrotas y críticas atinadas. Por supuesto, con la voz a medio tono, para no perder la compostura delante de los clientes que pagan. Una vez a la semana, antes de abrir el negocio, permite que me pegue un buen baño, me rasure y defeque con ritos olvidados. Cuando los turistas se despabilan y trotan por Florida, reparto volantes de una casa que vende artículos de cuero. Para eso debo refrescar algo de mi antigua facha, que groseramente, cuando envejecemos huye lo más lejos posible.
A mi amigo español le encantó la charla que sostuvimos una mañana fría. El humo del café me aislaba la expresión de su cara. Tal vez creía que lo estaba inventando. Igualmente, proseguí mi historia. Le conté de la existencia de Camille Claudel. De la tormentosa unión de dos genios de la escultura, que terminó de manera nefasta para la discípula. Rodin era ya el artista famoso. Ella, una joven de familia convencional, perdida en el tumulto de su corazón, que clamaba por el maestro y sus manos. No en la piedra. No en el metal. Las manos del amado recorriendo su piel, cincelando esculturas de amor sobre sus pechos casi adolescentes. Una pasión fuera de época. Rodin era casado y Camille, una florecita olorosa colocada a sus pies.
— La estatua del Pensador, la que está ubicada al lado del mojón que indica el punto de partida del país hacia cada confín, la hizo Rodin. – Explico a mi benefactor, que se compromete ir el sábado para echarle una mirada. Me despido apurado. Son las nueve y media. A las diez, Florida es casi un manicomio.
Entrego volantes. Pero me divierto observando a los transeúntes. Identificables a través de sus modales, de las formas de mirar, posturas del cuerpo o maneras de comer. En la fugacidad del instante, acecha el recuerdo de mi hogar. Mi infancia, con mamá detenida en cada detalle de nuestro desarrollo. Tuve una hermanita, que falleció pequeña. Sobreviví yo. Alto, buen mozo, según decían. Pero ocioso. Perdedor desde el vamos. Sabias palabras de mi progenitor. Un abogado exitoso, mi padre.
El atardecer cosquillea sobre los bancos y los árboles de la plaza. En su recorrido, la luz debilitada nos reconoce y se diluye detrás de los edificios. Estamos en nuestro lugar. Los sin techo no discutimos. Un entendimiento de buena voluntad, impuesto por las circunstancias. Si nos miramos, sacudimos levemente la cabeza. El hartazgo generalizado aparece cuando muere el día.
Creo que en el fondo, nos quedamos en las cercanías del monumental edificio para elevar la autoestima. No es lo mismo ser linyera en un charco, que teniendo enfrente este palacete imponente. Fue levantado en el año 1906 por un
arquitecto venido de Italia, apellidado Meano. Vista desde mi banco, la cúpula es majestuosa. Me encanta cuando el sol de la mañana ilumina las imágenes aladas, soplando trompetas que proclaman la igualdad de los hombres de mi patria y el ejercicio de la ley. Como son de piedra y los preclaros representantes, actuales son sordos, adentro del recinto nadie las escucha.
Transitar desde la Plaza de Mayo, que imita a La Gran Vía de Madrid, para rematar en nuestra plaza — hogar — y contemplar desde ahí su estructura en detalle, es uno de los goces que nos permite el pertenecer al vecindario. Dentro del Palacio han hablado, protestado y discutido grandes políticos y estadistas. Fueron días de gloria. Los oradores de las bancas y sus decisiones se apoyaban en la Constitución y leyes, decretos y ordenanzas eran respetados sin discusión por un pueblo que ambicionaba desarrollarse en paz. Pero nada es eterno. El mundo es una pelota que gira sobre su eje. La gente cambia. Las conciencias ya no son tan conscientes. Hoy, si alguien pretende proclamar una sola verdad, primero debe aferrarse al piso con botines de cemento. Mi amigo el valenciano quiere consolarme: “Hoy por hoy esta calamidad sucede en el mundo entero”. Asiento, como dándole la razón. Pero mi interior está sublevado. No entiendo mucho de política. Pero pensar en algunos que se creen personajes intocables porque roban mucho, me revuelve las tripas.
Los bien trajeados, altaneros que pasan por la plaza nos miran despectivamente. ¡Si supieran cuán sólidas son las verdades que se aprenden en la calle! Hasta los vejetes cegatones como yo, vemos más de lo que algunos de los señorones de enfrente quisieran que veamos. Hombres sigilosos que aguardan en un banco oscuro para tomar o entregar sobres abultados o sobrecitos polvorientos. Haraganes favorecidos por un pariente con poderes que aparecen los primeros días del mes a cobrar subvenciones de tareas que jamás hicieron. Acá, la gente que trabaja los apoda “ñoquis”. Repaso mi cara con una servilleta de papel, en el intento de detener el olor a caca cuando estos pensamientos perturbadores me atropellan.
El anochecer se aproxima. El vientito del Río de la Plata se cuela por la costanera, avanza por la Avenida y nos cala el frío. Me envuelvo en la manta salteña, hecha de pura lana, que exuda, cuando se calienta, el olor de la piel de la llama y los sonidos de la soledad del altiplano.
Me recuesto en mi banco y cierro los ojos. Antes de dormirme, escucho cómo trepida el piso. Debajo, bien abajo, el primer subterráneo construido en
América del Sur, rechina en una frenada de estación. Las vías se estremecen, aplastadas por el convoy. Los pasajeros, ateridos, corren hacia sus casas, peleando al viento. Me pongo a imaginar: Hogares tibios. Niños porfiados. Mujeres que hacen milagros para agrandar el caliente pan de cada día. Los maliciosos no hablan de inflación. La mal apodan “inflamación”.
Hace mucho dejé de beber. Pero si me libero del presente, me asaltan estos pensamientos del tiempo mal gastado, pegoteados a mi naturaleza como la marca hecha a fuego y hierro sobre la piel de un vacuno. Quisiera no tener memoria. O perderla, bebiendo vino a grandes tragos. Vasos repletos del líquido transparente capaz de idiotizarme. Si pierdo la lucidez, a lo mejor consigo elevarme alto sobre las miserias de las que somos capaces los humanos. No pisar los desechos. Tanta charla barata, tanto tiempo gastado en mirar hacia afuera, despreciando la débil lucecita de mi inteligencia. La inteligencia es como el amor: hay que regarla para verla crecer. Jamás pude encontrar el río.
Creo que tengo algo de fiebre. Soñé que volaba. Debajo, quedaba mi banco. La fuente. El inmóvil Pensador de Rodin, con la mente caprichosamente perdida entre el matorral oloroso del cabello de Camille. Y el reducto con arena que diligentemente, alambraron para que los perros del vecindario hagan pis y suelten bultitos marrones mientras el dueño de la mascota lee el diario, desentendido.
Mis amigos duermen acurrucados en las escalinatas del Palacio y en los bancos de mi plaza. Mañana hay que seguir trotando, gorra en mano.
CARMEN ROSA BARRERE.
5.8.10
4.8.10
FERMÍN VIAJA EN TREN.
FERMÍN VIAJA EN TREN.
Fermín entreabre los ojos pegoteados durante los sobresaltos del sueño y la duermevela posterior. Acto seguido pasea su mirada distraída por el techo del cuarto. Como nació medio atontado, enredado por el cordón umbilical y de madre primeriza, cuando logra despabilarse recuerda que en los años mozos se desperezaba lleno de energía, planificaba el quehacer y saltaba de la cama con las neuronas saludables, alertas para percatarse de las novedades. Como sobreviviente de una existencia solitaria y pobre, su huesudo esqueleto carga porrazos, desencantos, golpes contra las paredes y miserias sin feriados. Pesadumbre ósea que inclina su cuerpo hacia abajo, como si buscara algo. Las alpargatas puro fleco abren una bocaza hambrienta obligándolo a la pereza de los pies, a los que arrastra.El Fermín de este amanecer no es el eufórico de los años jóvenes. Introvertido, convive con su interior, lejos de la luz, como un caracol. Para el observador, el vejete se presenta como un paquete mal envuelto, desaliñado, cuyo contenido es el viejazo. Para colmo, no vino para irse pronto. Se coló hasta sus entrañas, trepó hasta la cabeza y se hizo inquilino permanente, haciéndole jaque mate a sus neuronas. De ahí su alojamiento gratuito en “el ropero para esconder esqueletos viejos”, el albergue de pobres mantenido por la caridad. No espera nada de la vida. Ni sorpresas ni cambios. Se limita a vegetar. Detesta el agua y repele todo trato con el jabón de la misma manera que evita la maledicencia. Su mirada es vaga y su mente es un rompecabezas sin armar. El doctor opina que Fermín transita una senectud sin remedio y que esa declinación lo hace olvidar hasta el año de su nacimiento y cuales fueron los nombres de sus padres. Lo de los años es cierto. Si lo dejan pensar, rápidamente suelta el nombre de la madre: Ana. La incógnita recae en el nombre del padre. Jamás pudo sacar de boca de su progenitora ni siquiera una leve señal a su respecto.
— Y te llamé Fermín, decía, — porque así se llamaba el cura que te acristianó. Concluyendo: Fermín habla poco porque si el interrogatorio lo atosiga, no sabe para qué lado agarrar.
De lo que puede hablar como un libro abierto, es de su vinculación con los trenes. Los trenes operan sobre Fermín una mudanza vital, mucho mejor que los tónicos o las vitaminas que reparten a veces entre los atrincherados en la casa aquélla. Pensándolo bien, esa relación es tan antigua, que ni él mismo podría explicárselo. Su primer viaje dentro de un vagón lo hizo hamacado dentro del líquido amniótico, en el vientre de su madre. Y en ese medio, fue arrullado por el tránsito parejo del convoy y el sentimiento de estar protegido. Ignora estos hechos, pero ellos nadan como pececitos dentro de su inconsciente. Y afloran en ráfagas cuando se pone cabizbajo espiando el reloj.
Si la casualidad le regala un oyente, con voz monocorde y envuelto en una nube de imágines, que atrapa antes que se le escapen, suelta una historia tras otra, todas vinculadas a sus portentosos trenes. Le parece verlos, como enormes monstruos de puro hierro, rechinando en la curva de los López sobre durmientes sacudidos por ese peso fenomenal. Enseguida, la frenada bien calculada por el maquinista, porque apenas termina la curva se avista la estación.
A los cargueros los espera el pobrerío y los chiquilines con el pantalón a media asta, que estiran las manos pedigüeñas hacia los peones que vigilan el ganado en pié. Suelen arrojar caramelos y algunas veces moneditas y los que cargan fruta suelta que viene del sur, son más generosos porque la fruta no es de ellos. Manzanas o duraznos que pertenecen a un patrón miserable, que no alcanza a contarlas. Así que fruta más, fruta menos, no se notarán como faltantes cuando las descarguen.
Dos veces a la semana, a las quince casi en punto, llega a la estación de Fermín el tren de pasajeros arribando desde la Capital. Retorna al día siguiente, desde el sur, a la misma hora. El paso del tren por un pueblito de mala muerte como es el sitio donde vive Fermín, es un evento social trascendente. Los trabajadores del campo se lavan la cara a los apurones, acomodan el chambergo o la gorra, anudan con esmero el pañuelo con pintas de perdiz, toman del bracete a sus mujeres y parten a esperar el arribo. Los muchachitos se entrechocan con los perros, divertidos y ansiosos y la gente pudiente se acerca en grupitos y se acomoda sobre cajones de fruta vacíos para esperar que haga su aparición el convoy en la famosa curva de los López. Que hoy por hoy, son los Lopecitos. Los viejos, españoles de pura cepa, murieron enriquecidos trabajando hasta en las fiestas de guardar, para que su par de herederos, medio idiota uno y jugadora compulsiva la otra, apostaran a dúo hasta las estanterías del negocio, en carreras de caballo, mujeres desesperadas y vendedores ambulantes alcoholizados. Fermín se hace el sordo cuando alguien ataca a ese par, alcahuetando otras costumbres que no se deben mencionar, ni siquiera en cuentos.
El oído aguzado del público percibe, a lo lejos, un bufido que el maquinista usa de preaviso. Los durmientes salen del sopor de la siesta, sacudidos por la vibración de las vías y los chispazos del hierro contra el hierro en la frenada. El armatoste lanza flujos pujantes y el vapor de la locomotora se eleva en una copa, que se expande con blandura hacia los postes y techos. Los espectadores reacomodan el trasero sobre los cajones, movilizados, urgidos por el ventarrón del vértigo para no perder detalle. Las mujeres de pollerones largos, adornadas con baratijas, llevan la mano al pecho, pudorosas de dejar traslucir el interés inmoral que el momento produce en el mundillo de sus pecados meramente veniales. En cada rostro se insinúa la sonrisa tímida de la gente de campo, que a veces ribetea la socarronería natural del gaucho.
A Fermín le parece que la máquina tiene sentimientos y que le duele separar su presencia imponente de esa parada, porque volver a partir siempre es como morirse un poco. El jefe de estación viste su uniforme y aguarda de pié, como un general en revista. El guarda agita un banderín verde y la viajera resopla, frena y suelta otro silbato de advertencia a los dormilones, que aparecen con bultos y herramientas, corriendo por el andén buscando aferrarse a los pasamanos del vagón de carga, para viajar colados.
La presencia de la gente calienta el pulso de la transportadora, que trae periódicos en paquetes que el guarda arroja al andén, mientras descienden los pasajeros y se baja la carga delicada. Los parientes que llegan traen airecitos citadinos. La ropa es moderna, los modales cambiados. Pero el abrazo campechano se suelta y alguno hasta llora, de tanta emoción que produce el retorno. Se amontonan cajas con medicamentos para el hospital, repuestos para el bicicletero y la maquinaria agrícola, rollos de tela para la tiendita y mercadería para surtir el almacén de ramos generales. Uno flamante, de reciente inauguración, que pertenece a un turco con mirada de águila y bolsillo hermético. El movimiento se torna cinematográfico. Un fugaz contacto con la Capital, que los hace sentir el orgullo de pertenecer a un país enorme y próspero, que los tiene en cuenta con el arribo y la partida de los trenes.
Fermín se sabe de memoria horarios, destinos y categorías de la gente que traslada la formación de carga que arranca al amanecer y tiene un solo vagón destinado a pasajeros. Ahí trepan obreros y domésticas que no pueden llegar tarde porque el trabajo escasea y sobran inmigrantes que se ofrecen por menos dinero. Hombres con ropa limpia y madres que tironean niños empacados que detestan visitar a la abuela gruñona o vacunarse contra la difteria. Las mujeres jóvenes retocan los labios y sonríen a los mozalbetes con el periódico bajo el brazo, con la parte de empleos subrayada en rojo y la ilusión aleteando dentro del alma. Cuando el reloj de la iglesia suelta cinco campanadas, Fermín ya está instalado sobre el muro del asilo donde vive y ahí permanece, mirando trenes que llegan y que salen de verdad, o inventados dentro de su mente, hasta que suena la campana que los llama a comer.
Se puede decir con propiedad que Fermín está vinculado al ferrocarril desde su gestación. Cuando su madre — apodada La Polaca por el vecindario — se dio cuenta que el momento de parirlo se acercaba, caminó hasta la parada del tren y trepó ayudada por dos indigentes al furgón de carga del tren lechero. El bolso raído que apretaba contra las costillas contenía dos toallas viejas, un saquito de lana diminuto, muy usado y la fotografía en sepia del padre y de la madre, haciendo adiós a la pareja que partía esa noche en barco rumbo a América. La pareja romántica, compuesta por un candidato meloso y una rubia importada de caderas redondas, promisorias.
Apenas despegó el barco, Ana, que era joven y hermosa y para nada tonta, empezó a dudar de la sinceridad del encantador consorte. Que se escabullía de la bodega donde viajaban, para subir a emborracharse con los marineros, que cantaban y soltaban palabrotas en todos los idiomas y tentaban a Efraín, su marido, con dinero para tomarla en préstamo por un rato. Efraín trajo la propuesta mientras la acariciaba y recibió de la joven herida, como respuesta, un memorable empujón sobre una viga y un escupitajo a lo gitano, dejando en claro cuán voluntarioso era su carácter.
Durante las noches de juerga de Efraín, se aproximaba a la muchacha un hombre maduro, que hablaba su idioma y viajaba hacia un pueblito que no figuraba en el mapa, donde ya estaban instalados sus parientes. Arrendaban una pequeña chacra, trabajaban de sol a sol, pero estaban contentos porque tenían techo, había hospital, sus mujeres tenían hijos y los hijos, escuela gratuita y obligatoria. Nadie hablaba de guerra y la tierra era tan, pero tan fértil, que si se enterraba una paja, brotaba una escoba con sus cinco hilos. Ana escuchaba atenta y fue fácil, transcurridos los días, hacer confidente a este desconocido, de sus miedos.
— Cualquier cosa que le pase…— Ofreció su paisano.— Este es el nombre del pueblo…y éste mi apellido.
Ana hizo un rollito con la nota y la escondió dentro del corpiño, agradecida. Tenía el presentimiento que a este hombre lo volvería a tropezar alguna vez, transitando por su misma senda.
El viaje, penoso y largo se volvió la antesala del infierno para la muchacha que, respetuosa de lo aprendido de boca de su madre, se negaba, una y otra vez a caer en pecado por dinero. Efraín resultó un castigador violento y ella, enjaulada dentro del Hotel de los Inmigrantes, empezó a sentir que su cuerpo cambiaba. La cintura, engrosada y la sangre mensual, desaparecida.
— Efraín…Creo que vamos a tener un hijo. — Confesó con más miedo que alegría, esperando el estallido del hombre.
Efraín no volteó la cabeza para verla. ¡Como diablos se pudo descuidar! ¡Qué explicación le daría a su jefe! ¿Y qué hacer con la mercadería dañada?
— Salgo a buscar algo que nos lleve hasta el centro. — Respuesta dada entre dientes, sin mirarla y cerrando con rapidez la valija.
Ana esperó varios días el regreso, pero Efraín parecía tragado por la tierra. La policía sacudía la cabeza, el que regenteaba el Hotel precisaba la cama…El nuevo amigo, Stanislav, esperaba con paciencia. Con paciencia, algo de ternura y enterado que en el pueblito hacia donde iba, las solteras eran escasas, no dudó ni un segundo. Parco en palabras, pero responsable, compró dos boletos y partió rumbo al sur con la embarazada a cuestas. El hombre se sabía fuerte y la tímida Ana era sana. Sobraba trabajo y mirando el vientre de la joven, de a poquito, empezó a quererla. A desear protegerla. El que se llamaría Fermín no lo sabía, pero ese fue su primer viaje al sur a bordo de un tren con coche comedor y dormitorio. Un tren de lujo, llamado “Los Arrayanes” que terminaba su recorrido de surcador de pampas en las proximidades de un hermoso lago con nombre indígena.
“El hombre propone”…Ana afirma que el hombre nunca debe dar por sentado ni proyectos ni planes. Porque todo lo que el hombrecito cree, puede ser torcido y retorcido por un Ser Superior.
La tarde anterior a la llegada a destino, Ana entró al camarote para despertar al dormido Stanislav. Estaba boca arriba, inmóvil. Una leve sonrisa marcaba la piel de la cara. No respondió al llamado, ni abrió los ojos con los sacudones. Dando alaridos y chapurreando palabras que ninguno entendía, consiguió la atención del guarda. El hombre estaba muerto. “Un ataque al corazón”, diagnosticó un joven doctor que iba al sur en viaje de bodas y se hizo cargo del acta de defunción.
Ana giró a ciento ochenta grados sin pensar dos veces. Bajó del tren una estación antes, para que la policía no la interrogara, desorientada y en pánico. Caminó hacia el pueblo, mezclándose con la gente que volvía a sus casas y esa noche durmió acurrucada y hambrienta en un hueco cerca de la Iglesia. El sacerdote, enterado por las piadosas feligresas de la primera misa de la presencia de ese personaje envuelto en trapos, la invitó con el desayuno y por señas, trataron de entenderse. Empezaron a llamarla La Polaca, porque venía de Polonia. Nadie, en kilómetros a la redonda, descifró jamás su lugar de nacimiento y menos qué hacía esa mujer joven, con una panza alzada, en medio de la pampa húmeda, que afirmaba o negaba con la cabeza lo poco que entendía.
Cuando se enteró que en el pueblito había solamente una sala de primeros auxilios, fue cuando se despidió del cura para incursionar sobre el tren de carga hasta la ciudad más próxima, que sí tenía hospital, plaza con juegos para chicos y empleos de sobra para mantenerla a ella y al niño moviéndose en su vientre. Bajó en esa estación sin nombre apretando su bolsa, buscó un banco, se encogió sobre el vientre, rezó por sus padres y durmió un par de horas. La esposa del jefe de estación la miraba con curiosidad a través del visillo, hasta que Ana empezó a moverse, estirar la falda y mirar a derecha e izquierda, como buscando a alguien.
— Esa muchacha está embarazada…Y parece que la dejaron plantada…— ¡Y debe tener tanto frío!— Dijo atando el cinturón del delantal sin apartar los ojos del banco de la estación.
El jefe abandonó el diario para enterarse mejor de los acontecimientos. Su mujer era sensiblera y crédula y llevaban más de una discusión porque ella se compadecía de vagabundos malolientes, perros sarnosos y muchachos de pelo largo y navaja escondida en los pantalones. Y estaba aquélla vez en la que llamó a la policía para desalojar a unos gitanos que se adueñaron del galpón de atrás. No quería hacerse mala sangre con desconocidos, así que apartó la vista y puntualizó sin restos de lástima: — Tiene cara de gringa con la panza llena…Si le das un plato de comida, está bien…Pero después, vía, ¿eh?
Ana aprendió bastante rápido el lenguaje y las exigencias de las cuatro familias que la tomaron para trabajar por hora. Fermín tuvo dificultades para aprender a sumar y cuando llegó a la división se fugó de la escuela. Empezó haciendo changas de carga y descarga y canturreaba o silbaba si lo ganado alcanzaba para vivir mejor. Sabía que la madre pensaba comprarle una bombacha de campo festejando sus quince años y él tenía apretado en el puño el dineral que los gallegos pedían por un par de botas. Pero…”El hombre propone”…como decía Ana.
Fermín jamás festejó sus quince, y de ahí en más, en memoria de la madre, borró del almanaque la fecha por puro dolor. Ana se descompensó en el hospital y no lograron salvarla. Fermín huyó hacia los campos, a trabajar la tierra como le gustaba. Se puso de novio lento varias veces, pero como era lento, lo dejaban por otro. Su conchabo fue siempre en el vecindario de la estación, para no perder de vista los venturosos trenes, que iban o venían de lugares lejanos, siempre frenando al avistar la curva de los López.
CARMEN ROSA BARRERE.
Fermín entreabre los ojos pegoteados durante los sobresaltos del sueño y la duermevela posterior. Acto seguido pasea su mirada distraída por el techo del cuarto. Como nació medio atontado, enredado por el cordón umbilical y de madre primeriza, cuando logra despabilarse recuerda que en los años mozos se desperezaba lleno de energía, planificaba el quehacer y saltaba de la cama con las neuronas saludables, alertas para percatarse de las novedades. Como sobreviviente de una existencia solitaria y pobre, su huesudo esqueleto carga porrazos, desencantos, golpes contra las paredes y miserias sin feriados. Pesadumbre ósea que inclina su cuerpo hacia abajo, como si buscara algo. Las alpargatas puro fleco abren una bocaza hambrienta obligándolo a la pereza de los pies, a los que arrastra.El Fermín de este amanecer no es el eufórico de los años jóvenes. Introvertido, convive con su interior, lejos de la luz, como un caracol. Para el observador, el vejete se presenta como un paquete mal envuelto, desaliñado, cuyo contenido es el viejazo. Para colmo, no vino para irse pronto. Se coló hasta sus entrañas, trepó hasta la cabeza y se hizo inquilino permanente, haciéndole jaque mate a sus neuronas. De ahí su alojamiento gratuito en “el ropero para esconder esqueletos viejos”, el albergue de pobres mantenido por la caridad. No espera nada de la vida. Ni sorpresas ni cambios. Se limita a vegetar. Detesta el agua y repele todo trato con el jabón de la misma manera que evita la maledicencia. Su mirada es vaga y su mente es un rompecabezas sin armar. El doctor opina que Fermín transita una senectud sin remedio y que esa declinación lo hace olvidar hasta el año de su nacimiento y cuales fueron los nombres de sus padres. Lo de los años es cierto. Si lo dejan pensar, rápidamente suelta el nombre de la madre: Ana. La incógnita recae en el nombre del padre. Jamás pudo sacar de boca de su progenitora ni siquiera una leve señal a su respecto.
— Y te llamé Fermín, decía, — porque así se llamaba el cura que te acristianó. Concluyendo: Fermín habla poco porque si el interrogatorio lo atosiga, no sabe para qué lado agarrar.
De lo que puede hablar como un libro abierto, es de su vinculación con los trenes. Los trenes operan sobre Fermín una mudanza vital, mucho mejor que los tónicos o las vitaminas que reparten a veces entre los atrincherados en la casa aquélla. Pensándolo bien, esa relación es tan antigua, que ni él mismo podría explicárselo. Su primer viaje dentro de un vagón lo hizo hamacado dentro del líquido amniótico, en el vientre de su madre. Y en ese medio, fue arrullado por el tránsito parejo del convoy y el sentimiento de estar protegido. Ignora estos hechos, pero ellos nadan como pececitos dentro de su inconsciente. Y afloran en ráfagas cuando se pone cabizbajo espiando el reloj.
Si la casualidad le regala un oyente, con voz monocorde y envuelto en una nube de imágines, que atrapa antes que se le escapen, suelta una historia tras otra, todas vinculadas a sus portentosos trenes. Le parece verlos, como enormes monstruos de puro hierro, rechinando en la curva de los López sobre durmientes sacudidos por ese peso fenomenal. Enseguida, la frenada bien calculada por el maquinista, porque apenas termina la curva se avista la estación.
A los cargueros los espera el pobrerío y los chiquilines con el pantalón a media asta, que estiran las manos pedigüeñas hacia los peones que vigilan el ganado en pié. Suelen arrojar caramelos y algunas veces moneditas y los que cargan fruta suelta que viene del sur, son más generosos porque la fruta no es de ellos. Manzanas o duraznos que pertenecen a un patrón miserable, que no alcanza a contarlas. Así que fruta más, fruta menos, no se notarán como faltantes cuando las descarguen.
Dos veces a la semana, a las quince casi en punto, llega a la estación de Fermín el tren de pasajeros arribando desde la Capital. Retorna al día siguiente, desde el sur, a la misma hora. El paso del tren por un pueblito de mala muerte como es el sitio donde vive Fermín, es un evento social trascendente. Los trabajadores del campo se lavan la cara a los apurones, acomodan el chambergo o la gorra, anudan con esmero el pañuelo con pintas de perdiz, toman del bracete a sus mujeres y parten a esperar el arribo. Los muchachitos se entrechocan con los perros, divertidos y ansiosos y la gente pudiente se acerca en grupitos y se acomoda sobre cajones de fruta vacíos para esperar que haga su aparición el convoy en la famosa curva de los López. Que hoy por hoy, son los Lopecitos. Los viejos, españoles de pura cepa, murieron enriquecidos trabajando hasta en las fiestas de guardar, para que su par de herederos, medio idiota uno y jugadora compulsiva la otra, apostaran a dúo hasta las estanterías del negocio, en carreras de caballo, mujeres desesperadas y vendedores ambulantes alcoholizados. Fermín se hace el sordo cuando alguien ataca a ese par, alcahuetando otras costumbres que no se deben mencionar, ni siquiera en cuentos.
El oído aguzado del público percibe, a lo lejos, un bufido que el maquinista usa de preaviso. Los durmientes salen del sopor de la siesta, sacudidos por la vibración de las vías y los chispazos del hierro contra el hierro en la frenada. El armatoste lanza flujos pujantes y el vapor de la locomotora se eleva en una copa, que se expande con blandura hacia los postes y techos. Los espectadores reacomodan el trasero sobre los cajones, movilizados, urgidos por el ventarrón del vértigo para no perder detalle. Las mujeres de pollerones largos, adornadas con baratijas, llevan la mano al pecho, pudorosas de dejar traslucir el interés inmoral que el momento produce en el mundillo de sus pecados meramente veniales. En cada rostro se insinúa la sonrisa tímida de la gente de campo, que a veces ribetea la socarronería natural del gaucho.
A Fermín le parece que la máquina tiene sentimientos y que le duele separar su presencia imponente de esa parada, porque volver a partir siempre es como morirse un poco. El jefe de estación viste su uniforme y aguarda de pié, como un general en revista. El guarda agita un banderín verde y la viajera resopla, frena y suelta otro silbato de advertencia a los dormilones, que aparecen con bultos y herramientas, corriendo por el andén buscando aferrarse a los pasamanos del vagón de carga, para viajar colados.
La presencia de la gente calienta el pulso de la transportadora, que trae periódicos en paquetes que el guarda arroja al andén, mientras descienden los pasajeros y se baja la carga delicada. Los parientes que llegan traen airecitos citadinos. La ropa es moderna, los modales cambiados. Pero el abrazo campechano se suelta y alguno hasta llora, de tanta emoción que produce el retorno. Se amontonan cajas con medicamentos para el hospital, repuestos para el bicicletero y la maquinaria agrícola, rollos de tela para la tiendita y mercadería para surtir el almacén de ramos generales. Uno flamante, de reciente inauguración, que pertenece a un turco con mirada de águila y bolsillo hermético. El movimiento se torna cinematográfico. Un fugaz contacto con la Capital, que los hace sentir el orgullo de pertenecer a un país enorme y próspero, que los tiene en cuenta con el arribo y la partida de los trenes.
Fermín se sabe de memoria horarios, destinos y categorías de la gente que traslada la formación de carga que arranca al amanecer y tiene un solo vagón destinado a pasajeros. Ahí trepan obreros y domésticas que no pueden llegar tarde porque el trabajo escasea y sobran inmigrantes que se ofrecen por menos dinero. Hombres con ropa limpia y madres que tironean niños empacados que detestan visitar a la abuela gruñona o vacunarse contra la difteria. Las mujeres jóvenes retocan los labios y sonríen a los mozalbetes con el periódico bajo el brazo, con la parte de empleos subrayada en rojo y la ilusión aleteando dentro del alma. Cuando el reloj de la iglesia suelta cinco campanadas, Fermín ya está instalado sobre el muro del asilo donde vive y ahí permanece, mirando trenes que llegan y que salen de verdad, o inventados dentro de su mente, hasta que suena la campana que los llama a comer.
Se puede decir con propiedad que Fermín está vinculado al ferrocarril desde su gestación. Cuando su madre — apodada La Polaca por el vecindario — se dio cuenta que el momento de parirlo se acercaba, caminó hasta la parada del tren y trepó ayudada por dos indigentes al furgón de carga del tren lechero. El bolso raído que apretaba contra las costillas contenía dos toallas viejas, un saquito de lana diminuto, muy usado y la fotografía en sepia del padre y de la madre, haciendo adiós a la pareja que partía esa noche en barco rumbo a América. La pareja romántica, compuesta por un candidato meloso y una rubia importada de caderas redondas, promisorias.
Apenas despegó el barco, Ana, que era joven y hermosa y para nada tonta, empezó a dudar de la sinceridad del encantador consorte. Que se escabullía de la bodega donde viajaban, para subir a emborracharse con los marineros, que cantaban y soltaban palabrotas en todos los idiomas y tentaban a Efraín, su marido, con dinero para tomarla en préstamo por un rato. Efraín trajo la propuesta mientras la acariciaba y recibió de la joven herida, como respuesta, un memorable empujón sobre una viga y un escupitajo a lo gitano, dejando en claro cuán voluntarioso era su carácter.
Durante las noches de juerga de Efraín, se aproximaba a la muchacha un hombre maduro, que hablaba su idioma y viajaba hacia un pueblito que no figuraba en el mapa, donde ya estaban instalados sus parientes. Arrendaban una pequeña chacra, trabajaban de sol a sol, pero estaban contentos porque tenían techo, había hospital, sus mujeres tenían hijos y los hijos, escuela gratuita y obligatoria. Nadie hablaba de guerra y la tierra era tan, pero tan fértil, que si se enterraba una paja, brotaba una escoba con sus cinco hilos. Ana escuchaba atenta y fue fácil, transcurridos los días, hacer confidente a este desconocido, de sus miedos.
— Cualquier cosa que le pase…— Ofreció su paisano.— Este es el nombre del pueblo…y éste mi apellido.
Ana hizo un rollito con la nota y la escondió dentro del corpiño, agradecida. Tenía el presentimiento que a este hombre lo volvería a tropezar alguna vez, transitando por su misma senda.
El viaje, penoso y largo se volvió la antesala del infierno para la muchacha que, respetuosa de lo aprendido de boca de su madre, se negaba, una y otra vez a caer en pecado por dinero. Efraín resultó un castigador violento y ella, enjaulada dentro del Hotel de los Inmigrantes, empezó a sentir que su cuerpo cambiaba. La cintura, engrosada y la sangre mensual, desaparecida.
— Efraín…Creo que vamos a tener un hijo. — Confesó con más miedo que alegría, esperando el estallido del hombre.
Efraín no volteó la cabeza para verla. ¡Como diablos se pudo descuidar! ¡Qué explicación le daría a su jefe! ¿Y qué hacer con la mercadería dañada?
— Salgo a buscar algo que nos lleve hasta el centro. — Respuesta dada entre dientes, sin mirarla y cerrando con rapidez la valija.
Ana esperó varios días el regreso, pero Efraín parecía tragado por la tierra. La policía sacudía la cabeza, el que regenteaba el Hotel precisaba la cama…El nuevo amigo, Stanislav, esperaba con paciencia. Con paciencia, algo de ternura y enterado que en el pueblito hacia donde iba, las solteras eran escasas, no dudó ni un segundo. Parco en palabras, pero responsable, compró dos boletos y partió rumbo al sur con la embarazada a cuestas. El hombre se sabía fuerte y la tímida Ana era sana. Sobraba trabajo y mirando el vientre de la joven, de a poquito, empezó a quererla. A desear protegerla. El que se llamaría Fermín no lo sabía, pero ese fue su primer viaje al sur a bordo de un tren con coche comedor y dormitorio. Un tren de lujo, llamado “Los Arrayanes” que terminaba su recorrido de surcador de pampas en las proximidades de un hermoso lago con nombre indígena.
“El hombre propone”…Ana afirma que el hombre nunca debe dar por sentado ni proyectos ni planes. Porque todo lo que el hombrecito cree, puede ser torcido y retorcido por un Ser Superior.
La tarde anterior a la llegada a destino, Ana entró al camarote para despertar al dormido Stanislav. Estaba boca arriba, inmóvil. Una leve sonrisa marcaba la piel de la cara. No respondió al llamado, ni abrió los ojos con los sacudones. Dando alaridos y chapurreando palabras que ninguno entendía, consiguió la atención del guarda. El hombre estaba muerto. “Un ataque al corazón”, diagnosticó un joven doctor que iba al sur en viaje de bodas y se hizo cargo del acta de defunción.
Ana giró a ciento ochenta grados sin pensar dos veces. Bajó del tren una estación antes, para que la policía no la interrogara, desorientada y en pánico. Caminó hacia el pueblo, mezclándose con la gente que volvía a sus casas y esa noche durmió acurrucada y hambrienta en un hueco cerca de la Iglesia. El sacerdote, enterado por las piadosas feligresas de la primera misa de la presencia de ese personaje envuelto en trapos, la invitó con el desayuno y por señas, trataron de entenderse. Empezaron a llamarla La Polaca, porque venía de Polonia. Nadie, en kilómetros a la redonda, descifró jamás su lugar de nacimiento y menos qué hacía esa mujer joven, con una panza alzada, en medio de la pampa húmeda, que afirmaba o negaba con la cabeza lo poco que entendía.
Cuando se enteró que en el pueblito había solamente una sala de primeros auxilios, fue cuando se despidió del cura para incursionar sobre el tren de carga hasta la ciudad más próxima, que sí tenía hospital, plaza con juegos para chicos y empleos de sobra para mantenerla a ella y al niño moviéndose en su vientre. Bajó en esa estación sin nombre apretando su bolsa, buscó un banco, se encogió sobre el vientre, rezó por sus padres y durmió un par de horas. La esposa del jefe de estación la miraba con curiosidad a través del visillo, hasta que Ana empezó a moverse, estirar la falda y mirar a derecha e izquierda, como buscando a alguien.
— Esa muchacha está embarazada…Y parece que la dejaron plantada…— ¡Y debe tener tanto frío!— Dijo atando el cinturón del delantal sin apartar los ojos del banco de la estación.
El jefe abandonó el diario para enterarse mejor de los acontecimientos. Su mujer era sensiblera y crédula y llevaban más de una discusión porque ella se compadecía de vagabundos malolientes, perros sarnosos y muchachos de pelo largo y navaja escondida en los pantalones. Y estaba aquélla vez en la que llamó a la policía para desalojar a unos gitanos que se adueñaron del galpón de atrás. No quería hacerse mala sangre con desconocidos, así que apartó la vista y puntualizó sin restos de lástima: — Tiene cara de gringa con la panza llena…Si le das un plato de comida, está bien…Pero después, vía, ¿eh?
Ana aprendió bastante rápido el lenguaje y las exigencias de las cuatro familias que la tomaron para trabajar por hora. Fermín tuvo dificultades para aprender a sumar y cuando llegó a la división se fugó de la escuela. Empezó haciendo changas de carga y descarga y canturreaba o silbaba si lo ganado alcanzaba para vivir mejor. Sabía que la madre pensaba comprarle una bombacha de campo festejando sus quince años y él tenía apretado en el puño el dineral que los gallegos pedían por un par de botas. Pero…”El hombre propone”…como decía Ana.
Fermín jamás festejó sus quince, y de ahí en más, en memoria de la madre, borró del almanaque la fecha por puro dolor. Ana se descompensó en el hospital y no lograron salvarla. Fermín huyó hacia los campos, a trabajar la tierra como le gustaba. Se puso de novio lento varias veces, pero como era lento, lo dejaban por otro. Su conchabo fue siempre en el vecindario de la estación, para no perder de vista los venturosos trenes, que iban o venían de lugares lejanos, siempre frenando al avistar la curva de los López.
CARMEN ROSA BARRERE.
3.8.10
ROMANCES SOBRE EL PONTE VECCHIO
ROMANCES SOBRE EL PONTE VECCHIO.
Se citan en la mitad del Puente. El viste jubón de seda bordado en minúscula pedrería cubriendo un torso dentro del que late un corazón agitado. Gianna detiene sus ojos y la algarabía de su sangre justo ahí. Donde la zona noble del cuerpo de un hombre finaliza. Si la travesura de sus ojos desciende por debajo de la cintura, enrojece y tiembla. No siempre domina a sus ojos. Cuando se deslizan, atrevidos y desobedientes, está segura que el final terminará en tragedia.
Ver a Renato desquicia a la púber. Se apretujan los nervios, entrechocan sus huesos y el aire se resiste a entrar a sus pulmones. Es que Gianna apenas alcanza los trece años, es italiana, apasionada desde los etruscos y alocada porque el sol caía a plomo sobre Florencia cuando fue engendrada. No camina yendo al encuentro del joven. Flota, enrareciendo al viento. Junto al aliento desprende burbujitas calientes, como las cacerolas de Donata en la cocina.
El piso del Puente se balancea, en un vaivén de cuna y corcovea, acto seguido, como el caballo negro que monta su progenitor cuando la madre se distrae y él abandona la casa con sigilo culpable, para tumbar a placer a la hembra de grandes senos, refugio donde eleva su machismo en el encuentro y lo reposa dentro del hogar.
Repica el campanario de la Catedral, se arrullan las palomas enamoradas en la Piazza del Duomo, cuando ella y Donata, su aya, escapan de la vigilancia rumbo al encuentro. Viven a Oltrarno (del otro lado del Arno) y deben correr para tener tiempo de enjugarse el rostro, antes del encuentro.
Renato la ve llegar. Se zambulle en el océano vertiginoso de esos ojos grises que lo atrapan. Con la mano izquierda alarga un ramillete perfumado. Detiene la mano enguantada de la núbil y deposita un beso. Su otra mano, la libre, está en los fondos del bolsillo, lidiando con la fiera encabritada de su sexo.
Donata susurra una recomendación a los oídos sordos de su niña. Se aparta para distraerse con el pasar del agua en el cauce del río, pero espía a la pareja con el rabo del ojo. Su patrona la desuella si a la niña le sucede algo.
Renato retiene la manito enguantada. Unidas, exudan gota a gota, las emanaciones juveniles, que extraviadas, buscan vía libre por algún rincón del cuerpo. Mirarla, poseerla vestida, con el solo roce de las yemas de los dedos, son proezas que entibian, que calientan, que se viven a los quince y se escabullen en la vejez. Bendita sea la memoria anciana, si es capaz, en tiempos de senectud, de recordar las glorias gozadas con el cuerpo y el alma en el pasado.
Entretanto, en el escenario mil veces pisado por amantes de razas y latitudes distantes, sobre el Ponte Vecchio, las piedras amarillentas que son duras aunque de corazón poroso, se retuercen, como recién estrenadas, al ritmo de la pasión de la novel pareja. Cosquillea la corteza, se filtra la energía y el arqueado vejestorio resucita.
Gianna une la entrepierna. Está roja como la entraña de una granada. Estalla con la mirada baja. El delicioso efluvio se detiene cuando tropieza con el borde de su botincito. La joven suspira. Se abanica con el ramo para sosegarse. Recién entonces es capaz de enfrentar al amor de su vida. Inocente, idealiza a Renato como al primero, único y último hombre de su vida.
Donata se empecina en el agua. Aunque sierva, ningún amo puede quitarle derechos a su mente imaginativa. El líquido del río se mueve. Ella, en el fluir, visualiza su encuentro del anochecer, cuando se revuelque en la paja de la caballeriza. Con el caballerizo, que no es manco y nada perezoso. Lástima que tenga mujer. Una siciliana corpulenta y celosa. Sospecha estos encuentros. La insulta con un violento “putana”, si la tropieza en el mercado, obligando a Donata a escapar.
— "Si viviéramos en el siglo XXI, usaríamos condones". — Inventa el jadeante Renato liberando a la fiera desahogada. Olvidé mencionar que Renato, que asegura descender del venerado arquitecto Brunelleschi, diseñador del frente del Palacio Pitti, es en realidad nieto de una vieja agorera que viste a la usanza gitana y adivina la suerte sin necesidad de tener frente a frente al consultante. Al parecer los genes de la magia son hereditarios.
—“Si viviéramos en ese siglo... sería prostituta”. Musita la joven con una voz tan baja, que solo la oye su conciencia.
— Levántate, holgazana. — Gianna es sacudida vigorosamente por la madre. — Si llegas tarde nuevamente, te despiden. El cobrador de la renta ya pasó dos veces...Un mal bicho, este hombre...Y tu padre, otra vez borracho. De tu hermano…no quiero hablar. Algo malo debo haber hecho en mi otra vida, para que el de arriba, nuestro Creador, me castigue de este modo.
La primera reacción de la muchacha es tapar la cabeza con la almohada. La madre tiene razón, por supuesto. Lo que no entiende es porqué en lugar de enojarse y retar a los culpables, se las toma con ella. Pasa las manos encallecidas por los ojos. Son pobres como ratas. Su único desahogo son los benditos sueños. Pero ni soñar puede, con esa madre que la azuza inmisericorde todas las mañanas. Calza rápidamente las zapatillas, los pantalones de trabajo, el pañuelo que sostiene la rebeldía del ensortijado cabello de color miel y parte.
Es temprano. Amanece un día glorioso sobre el Río Arno. La muchacha contempla las colinas, los Jardines Boboli, vigilando a Florencia desde arriba. La claridad, insinuada entre nubecillas pequeñas, pronto será luz candente, cuando corran las horas. El sol trae la consigna de iluminar a pleno los edificios, la Iglesia de Santa María de las Flores, la ciudad, que eterniza el arte, la belleza y el poderío de familias nobles. De sangre azul, la historia los revela iguales a cualquier mortal. Nadie ignora a los artistas que se codearon con mecenas deseosos de inmortalizase en pinturas, en monumentos, en sepulcros, en plazas y palacios que dejan boquiabiertos a turistas que no leyeron antes de viajar la magnificencia del Renacimiento.
No obstante la pobreza Gianna lee y escribe con soltura. Revisa los recipientes con basura, antes de volver a casa. Elige diarios, revistas ajadas y cintas y papeles de colores que arrojan los turistas. Con los desechos de los ricos, ella engalana con gusto el cuartito encalado, donde tiene su catre. El lecho con doseles, donde vaga de noche, inventando lo que no posee.
Otros compañeros de limpieza recogen desperdicios arrojados por los últimos transeúntes de la noche. Las puertitas de color verde, encierran negocios que cuelgan como alerones precarios desde el Puente. Los dueños mezclan hábilmente, para los incautos, la joyería costosa, con baratijas que la gente compra “para quedar bien con alguien”. El pariente pobre que no pudo viajar.”Te lo traje de Florencia”, dirán con aires de generosa benevolencia, entregando el obsequio.
Gianna abre la puerta con la llave que Donata, la fenicia dueña del negocio, le confía con la intención de encontrar todo impecable a la hora de abrir. Por detrás, Renato espía escondido tras un montón de cajas. La apura con un gesto burdo. Una vez adentro, se besan envueltos en sudor, hechos un nudo. La musculosa roja de Renato pegada al corpiño barato de la amante. Hábilmente, él la empuja hacia el baño. Bajos los pantalones, el inodoro blanco los recibe. A horcajadas Gianna se sacude en la realidad del sexo. Del amor de verdad. Apretados. Calientes. Sin ramos de flores ni chaleco con piedras. Estremecidos, gritan juntos el alarido inmemorial. Se vuelven a besar. Un toqueteo final. Se visten con la velocidad del rayo. El huye a tomar su escobillón, ella, el plumero. No obstante la fugacidad del calor, las salamandras festejan bailando alegremente, acompañando el fuego. Mañana no existe. ¡A celebrar el hoy!
El Ponte Vecchio es sordo, viejo y memorioso. Recuerda que lo construyeron en el año 1345. Que ahora, en pleno siglo veintiuno, sobrevive por milagro. La guerra no respeta ni templos ni palacios. Alguien decidió que él no recibiera bombazos mortales. Tal vez el piloto, dentro de la cabina del bombardero, pasó por allí de niño, con sus padres. La nostalgia lo llevó a desviar la dirección del proyectil. O el recuerdo de una aventura, o el respeto. Quien lo sabe. La realidad, es que sigue vigente. Al servicio de los paseantes. De los vendedores, de los enamorados y de la caterva de ladronzuelos, que sustraen hábilmente billeteras de hombres distraídos, o huyen como galgos con carteras de mujeres absortas en el oropel de los escaparates.
Su paseo en el tiempo se detiene para sonreír con las imágenes de los miles de Renatos y Giannas que hicieron el amor encima de sus piedras. Jóvenes y no tanto. Infieles furtivos o descarados buscadores de placer. Ancianos, que fornicando sobre sus recodos, pretendían retener el tiempo con nostalgia. Entusiastas mochileros de la nueva era, que se relacionan por mandato de la naturaleza, sin conocer ni tan siquiera el nombre de la contrincante. Como si comieran un trozo de pizza, o bebieran una cerveza rápida.
El Río Arno es el amante incansable de este puente. En su perpetuo pasar, lame sensual, detenidamente, los bordes carcomidos de sus estructuras, sin detenerse nunca. Noche y día. Día y noche. No importan las estaciones. No importan ni el frío ni el calor. Los gastados pilares permanecen friccionados tiernamente. El vejete se encaracola dentro de sí mismo, goloso en sus orgasmos de agua, que huelen a eternidad. Sus amoríos son nada más y nada menos, que lo que el hombre llama su destino. Un hecho ineludible, escrito tal vez en el Registro Akashico de la humanidad. Ese libro donde la letra pequeña y amorosa del Creador, sin distinciones de razas o de credos, igualando a los ricos junto a los menesterosos, anota historias de valor, de espiritualidad o de enajenación en el vicio.
La estructura amarillenta ya aprendió que en este universo nada se pierde y todo se transforma.
La luz se debilita. En el claroscuro, se adivina el Campanario Del Giotto. Se alza sobre sus ochenta y cinco metros, negándole el cuerpo a la oscuridad. Las cinco magníficas puertas representan a los siete Planetas, los siete Sacramentos y las siete Virtudes. Por el otro lado, el reconocimiento de las Artes Liberales: Gramática, Filosofía, Música, Astrología y Aritmética. El edificio viene envuelto en el misterio, la leyenda y el mito. Se susurra que fue levantado en honor a Marte, dios sanguinario de la guerra, para celebrar la fundación de Florencia. Torciendo el denigrante belicismo de la ciudad, el espíritu del hombre, insuflado de grandeza, se encargó de completar la fabulosa obra del Gran Iniciador, para convertirla en una real catedral del arte.
Las puertitas verdes de los negocios ciegan sus luces. El anciano Puente bosteza. Nadie sobre su lomo. Canturrea una tarantela y se adormece en la sensual entrega con su amante de agua.
Carmen Rosa Barrere.
Se citan en la mitad del Puente. El viste jubón de seda bordado en minúscula pedrería cubriendo un torso dentro del que late un corazón agitado. Gianna detiene sus ojos y la algarabía de su sangre justo ahí. Donde la zona noble del cuerpo de un hombre finaliza. Si la travesura de sus ojos desciende por debajo de la cintura, enrojece y tiembla. No siempre domina a sus ojos. Cuando se deslizan, atrevidos y desobedientes, está segura que el final terminará en tragedia.
Ver a Renato desquicia a la púber. Se apretujan los nervios, entrechocan sus huesos y el aire se resiste a entrar a sus pulmones. Es que Gianna apenas alcanza los trece años, es italiana, apasionada desde los etruscos y alocada porque el sol caía a plomo sobre Florencia cuando fue engendrada. No camina yendo al encuentro del joven. Flota, enrareciendo al viento. Junto al aliento desprende burbujitas calientes, como las cacerolas de Donata en la cocina.
El piso del Puente se balancea, en un vaivén de cuna y corcovea, acto seguido, como el caballo negro que monta su progenitor cuando la madre se distrae y él abandona la casa con sigilo culpable, para tumbar a placer a la hembra de grandes senos, refugio donde eleva su machismo en el encuentro y lo reposa dentro del hogar.
Repica el campanario de la Catedral, se arrullan las palomas enamoradas en la Piazza del Duomo, cuando ella y Donata, su aya, escapan de la vigilancia rumbo al encuentro. Viven a Oltrarno (del otro lado del Arno) y deben correr para tener tiempo de enjugarse el rostro, antes del encuentro.
Renato la ve llegar. Se zambulle en el océano vertiginoso de esos ojos grises que lo atrapan. Con la mano izquierda alarga un ramillete perfumado. Detiene la mano enguantada de la núbil y deposita un beso. Su otra mano, la libre, está en los fondos del bolsillo, lidiando con la fiera encabritada de su sexo.
Donata susurra una recomendación a los oídos sordos de su niña. Se aparta para distraerse con el pasar del agua en el cauce del río, pero espía a la pareja con el rabo del ojo. Su patrona la desuella si a la niña le sucede algo.
Renato retiene la manito enguantada. Unidas, exudan gota a gota, las emanaciones juveniles, que extraviadas, buscan vía libre por algún rincón del cuerpo. Mirarla, poseerla vestida, con el solo roce de las yemas de los dedos, son proezas que entibian, que calientan, que se viven a los quince y se escabullen en la vejez. Bendita sea la memoria anciana, si es capaz, en tiempos de senectud, de recordar las glorias gozadas con el cuerpo y el alma en el pasado.
Entretanto, en el escenario mil veces pisado por amantes de razas y latitudes distantes, sobre el Ponte Vecchio, las piedras amarillentas que son duras aunque de corazón poroso, se retuercen, como recién estrenadas, al ritmo de la pasión de la novel pareja. Cosquillea la corteza, se filtra la energía y el arqueado vejestorio resucita.
Gianna une la entrepierna. Está roja como la entraña de una granada. Estalla con la mirada baja. El delicioso efluvio se detiene cuando tropieza con el borde de su botincito. La joven suspira. Se abanica con el ramo para sosegarse. Recién entonces es capaz de enfrentar al amor de su vida. Inocente, idealiza a Renato como al primero, único y último hombre de su vida.
Donata se empecina en el agua. Aunque sierva, ningún amo puede quitarle derechos a su mente imaginativa. El líquido del río se mueve. Ella, en el fluir, visualiza su encuentro del anochecer, cuando se revuelque en la paja de la caballeriza. Con el caballerizo, que no es manco y nada perezoso. Lástima que tenga mujer. Una siciliana corpulenta y celosa. Sospecha estos encuentros. La insulta con un violento “putana”, si la tropieza en el mercado, obligando a Donata a escapar.
— "Si viviéramos en el siglo XXI, usaríamos condones". — Inventa el jadeante Renato liberando a la fiera desahogada. Olvidé mencionar que Renato, que asegura descender del venerado arquitecto Brunelleschi, diseñador del frente del Palacio Pitti, es en realidad nieto de una vieja agorera que viste a la usanza gitana y adivina la suerte sin necesidad de tener frente a frente al consultante. Al parecer los genes de la magia son hereditarios.
—“Si viviéramos en ese siglo... sería prostituta”. Musita la joven con una voz tan baja, que solo la oye su conciencia.
— Levántate, holgazana. — Gianna es sacudida vigorosamente por la madre. — Si llegas tarde nuevamente, te despiden. El cobrador de la renta ya pasó dos veces...Un mal bicho, este hombre...Y tu padre, otra vez borracho. De tu hermano…no quiero hablar. Algo malo debo haber hecho en mi otra vida, para que el de arriba, nuestro Creador, me castigue de este modo.
La primera reacción de la muchacha es tapar la cabeza con la almohada. La madre tiene razón, por supuesto. Lo que no entiende es porqué en lugar de enojarse y retar a los culpables, se las toma con ella. Pasa las manos encallecidas por los ojos. Son pobres como ratas. Su único desahogo son los benditos sueños. Pero ni soñar puede, con esa madre que la azuza inmisericorde todas las mañanas. Calza rápidamente las zapatillas, los pantalones de trabajo, el pañuelo que sostiene la rebeldía del ensortijado cabello de color miel y parte.
Es temprano. Amanece un día glorioso sobre el Río Arno. La muchacha contempla las colinas, los Jardines Boboli, vigilando a Florencia desde arriba. La claridad, insinuada entre nubecillas pequeñas, pronto será luz candente, cuando corran las horas. El sol trae la consigna de iluminar a pleno los edificios, la Iglesia de Santa María de las Flores, la ciudad, que eterniza el arte, la belleza y el poderío de familias nobles. De sangre azul, la historia los revela iguales a cualquier mortal. Nadie ignora a los artistas que se codearon con mecenas deseosos de inmortalizase en pinturas, en monumentos, en sepulcros, en plazas y palacios que dejan boquiabiertos a turistas que no leyeron antes de viajar la magnificencia del Renacimiento.
No obstante la pobreza Gianna lee y escribe con soltura. Revisa los recipientes con basura, antes de volver a casa. Elige diarios, revistas ajadas y cintas y papeles de colores que arrojan los turistas. Con los desechos de los ricos, ella engalana con gusto el cuartito encalado, donde tiene su catre. El lecho con doseles, donde vaga de noche, inventando lo que no posee.
Otros compañeros de limpieza recogen desperdicios arrojados por los últimos transeúntes de la noche. Las puertitas de color verde, encierran negocios que cuelgan como alerones precarios desde el Puente. Los dueños mezclan hábilmente, para los incautos, la joyería costosa, con baratijas que la gente compra “para quedar bien con alguien”. El pariente pobre que no pudo viajar.”Te lo traje de Florencia”, dirán con aires de generosa benevolencia, entregando el obsequio.
Gianna abre la puerta con la llave que Donata, la fenicia dueña del negocio, le confía con la intención de encontrar todo impecable a la hora de abrir. Por detrás, Renato espía escondido tras un montón de cajas. La apura con un gesto burdo. Una vez adentro, se besan envueltos en sudor, hechos un nudo. La musculosa roja de Renato pegada al corpiño barato de la amante. Hábilmente, él la empuja hacia el baño. Bajos los pantalones, el inodoro blanco los recibe. A horcajadas Gianna se sacude en la realidad del sexo. Del amor de verdad. Apretados. Calientes. Sin ramos de flores ni chaleco con piedras. Estremecidos, gritan juntos el alarido inmemorial. Se vuelven a besar. Un toqueteo final. Se visten con la velocidad del rayo. El huye a tomar su escobillón, ella, el plumero. No obstante la fugacidad del calor, las salamandras festejan bailando alegremente, acompañando el fuego. Mañana no existe. ¡A celebrar el hoy!
El Ponte Vecchio es sordo, viejo y memorioso. Recuerda que lo construyeron en el año 1345. Que ahora, en pleno siglo veintiuno, sobrevive por milagro. La guerra no respeta ni templos ni palacios. Alguien decidió que él no recibiera bombazos mortales. Tal vez el piloto, dentro de la cabina del bombardero, pasó por allí de niño, con sus padres. La nostalgia lo llevó a desviar la dirección del proyectil. O el recuerdo de una aventura, o el respeto. Quien lo sabe. La realidad, es que sigue vigente. Al servicio de los paseantes. De los vendedores, de los enamorados y de la caterva de ladronzuelos, que sustraen hábilmente billeteras de hombres distraídos, o huyen como galgos con carteras de mujeres absortas en el oropel de los escaparates.
Su paseo en el tiempo se detiene para sonreír con las imágenes de los miles de Renatos y Giannas que hicieron el amor encima de sus piedras. Jóvenes y no tanto. Infieles furtivos o descarados buscadores de placer. Ancianos, que fornicando sobre sus recodos, pretendían retener el tiempo con nostalgia. Entusiastas mochileros de la nueva era, que se relacionan por mandato de la naturaleza, sin conocer ni tan siquiera el nombre de la contrincante. Como si comieran un trozo de pizza, o bebieran una cerveza rápida.
El Río Arno es el amante incansable de este puente. En su perpetuo pasar, lame sensual, detenidamente, los bordes carcomidos de sus estructuras, sin detenerse nunca. Noche y día. Día y noche. No importan las estaciones. No importan ni el frío ni el calor. Los gastados pilares permanecen friccionados tiernamente. El vejete se encaracola dentro de sí mismo, goloso en sus orgasmos de agua, que huelen a eternidad. Sus amoríos son nada más y nada menos, que lo que el hombre llama su destino. Un hecho ineludible, escrito tal vez en el Registro Akashico de la humanidad. Ese libro donde la letra pequeña y amorosa del Creador, sin distinciones de razas o de credos, igualando a los ricos junto a los menesterosos, anota historias de valor, de espiritualidad o de enajenación en el vicio.
La estructura amarillenta ya aprendió que en este universo nada se pierde y todo se transforma.
La luz se debilita. En el claroscuro, se adivina el Campanario Del Giotto. Se alza sobre sus ochenta y cinco metros, negándole el cuerpo a la oscuridad. Las cinco magníficas puertas representan a los siete Planetas, los siete Sacramentos y las siete Virtudes. Por el otro lado, el reconocimiento de las Artes Liberales: Gramática, Filosofía, Música, Astrología y Aritmética. El edificio viene envuelto en el misterio, la leyenda y el mito. Se susurra que fue levantado en honor a Marte, dios sanguinario de la guerra, para celebrar la fundación de Florencia. Torciendo el denigrante belicismo de la ciudad, el espíritu del hombre, insuflado de grandeza, se encargó de completar la fabulosa obra del Gran Iniciador, para convertirla en una real catedral del arte.
Las puertitas verdes de los negocios ciegan sus luces. El anciano Puente bosteza. Nadie sobre su lomo. Canturrea una tarantela y se adormece en la sensual entrega con su amante de agua.
Carmen Rosa Barrere.
2.8.10
COMO VUELAN LAS AVES.
COMO VUELAN LAS AVES
El hombre viajó con su mujer embarazada y unos pocos bultos atravesando la cordillera. Era joven, pero estaba harto de las huelgas en las minas. En épocas de faena, le preocupaba también el resoplar de sus pulmones, saturados de hollín y la renguera de la pierna derecha. Cuando sucedió el desmoronamiento en el túnel, sus quince años y sus sueños quedaron atrapados junto con la pierna. El salvador del dramatismo de esos dos años que tardó en volver a caminar, fue su abuelo. Regresado del trabajo, comían una sopa espesa y se dedicaba a enseñarle a leer y a contar. Los compañeros de la mina no eran compasivos. Lo apodaban Rengo y lo miraban con lástima.
Eso, y el dolor de su pierna mal curada, lo fueron transformando en un joven callado y huraño, que no frecuentaba el almacén de ramos generales donde la mayoría dejaba los raquíticos pesitos ganados tan duramente, en un juego de cartas, o viendo matarse a dos gallos a los picotazos, motivados con los buenos vinos de la patria.
En las horas de descanso, leía unos libros sin tapas que habían sido del abuelo, quien ya rondaba entre las nubes del cielo. Algunos los entendía. Otros no. Como ese que se llamaba La República. ¿Que sentido tendrían esos personajes atados a un muro de una caverna, que no veían la luz ni conocían nada del mundo que los rodeaba? El escritor se llamaba Platón. Debió ser un sabio. Algún día encontraría un maestro que le explicara.
Cuando se casó y la mujer le anunció que venía un hijo, la siniestra falta de horizontes se le plantó delante de los ojos. Emocionado, abrazó a la esposa, y le susurró al oído:
— Quiero que nuestro hijo sea libre...Que no conozca solamente el frío de los túneles, la falta de aire, la humedad y la luz de las linternas...Como me pasó a mí... y antes a mi padre y a mi abuelo...
La mujer callaba. Las dos manos apretaban el vientre, palpando el movimiento del nonato.
— Tu hijo escucha...Patea como un preso que quiere romper barrotes de una cárcel...Apuremos el viaje, el peso ya recae sobre cada músculo de mi cuerpo —. Contestó con su vocecita reposada, de mujer sumisa, pero decidida a seguir a su marido adonde fuera.
El esperado nació sietemesino, a los pocos días de pisar la tierra de adopción. Flacuchento. Largo pelo de poeta y un par de ojos de mirar desmesurado. Atento a los movimientos de la madre, o llevando hacia arriba la mirada, persiguiendo la punta de la cinta roja — contra el ojeo y el hipo — que la madre adhería a su frente mojándola con un poco de saliva.
—Sos inteligente y vas a ser libre—. Sentenciaba el padre, acariciándolo con timidez, con el dorso de la mano. No usaba la palma. Era tan áspera, que podía lastimar la piel de la criatura.
Pronto la pareja descubrió su realidad: La nueva tierra estaba regida por reglamentaciones obsoletas. Las venalidades gubernamentales, arrastradas desde la colonia, favorecían a una sola clase: la de los ricos. Y esos ricos, que eran sus patrones, no eran criollos. Eran gringos en su mayoría. Hablaban otros idiomas y miraban hacia el horizonte para no tropezar con los morochos y la lacra de la miseria, evidente. En esas lejanías sureñas, la ley era solamente una palabra, sin sentido alguno. Se degradaron — para no perder el trabajo—, en tres autómatas anónimos. Indocumentados. Sin derecho a protesta. Sin autorización para mirar de frente al capataz, respetado por el látigo y el facón en dos manos inmisericordes.
A la joven madre la mandaron a la cocina. Al marido, a cuidar de los rebaños de ovejas.
—Pero yo soy bueno con los números—. Se defendió el lisiado.
—Vos...conformáte con contar ovejas...Si no te gusta, volvé por el mismo caminito que viniste.
La mujer se afanaba con las cacerolas. Siempre apresurada. Esperando el ratito libre para arremangar las faldas y correr hacia las barracas donde tenían una habitación pequeña y oscura. Pero donde estaba el hijo. Lo amamantaba con ternura, lo apretaba contra su cuerpo, para darle seguridad y lo lavaba dentro del piletón de agua fría. Unos poquitos mimos y el retorno disimulado hasta la cocina, antes que alguno la denunciara.
Con el transcurso de los meses, optó por apoyarlo en el piso de tierra. Lo ataba de una pierna, con un trapo, a la pata del catre. El chico no podía moverse mucho, pero a ella le quedaba la seguridad de encontrarlo a salvo cuando al fin estuviera de regreso.
Cuando finalizado el quehacer encontraba a su marido, se miraban cansados y comían en silencio. La única esperanza era ese hijo, que crecía viendo cada amanecer un cielo totalmente azul. Un duendecito, que podía abrir los brazos y recibir el frío del aire puro. El heredero, que correteaba libremente desde la cocina al sitio donde ese día el padre atendía los rebaños. Un hombre blando, que en algún momento dejó de soñar con la famosa libertad.
Las noches en el sur eran extremadamente frías. El viento se estrellaba contra las paredes. Silbando, como dueño, se colaba por las hendijas, trayendo a cuestas un polvillo fino, que les endurecía el pelo y se les introducía para siempre debajo de las uñas. Afuera, el silencio de la montaña y el alerta de las aves de rapiña, mantenía las tres cabezas juntas, los cuerpos arrebujados, uno contra otro para calentarse y alejar el miedo.
Amanecían callados. Pero la sal de las lágrimas dejaba caminos de arena en los ojos y en las caras. Ya no mencionaban ni de paso la palabra libertad. Se limitaban a extrañarla en el resignado silencio de los oprimidos.
Cumplidos los diez años, el muchachito ayudaba al padre con las ovejas. Persiguiendo a una fugitiva, una mañana encontró la cámara de la rueda de una bicicleta. Se fabricó una honda. Su único juguete. Apartado de su padre, a la orilla del arroyo, aprendió a afinar la puntería. Primero contra las rocas. Más adelante, contra los troncos de los árboles. Pronto, a los pájaros en vuelo.
Esa tarde no soplaba el viento por milagro. Empezaba el calor y las ovejas estaban casi listas para ser esquiladas. Comían tranquilas, en grupos diseminados en la proximidad del agua. El muchacho tenía su gomera y las piedritas cerca de la mano, esperando el instante justo. A lo lejos, divisó a su presa. Con primitivismo de cazador, tensó el cuerpo. Los sentidos aguzaron sus implícitos mandatos. Los ojos no parpadeaban. Apuntó y tiró. La piedra dio contra el cuerpecito del ave, que cayó a plomo, cerca .de donde se encontraba. Sonreía cuando se paró y se acercó al animalito. Lo tomó entre las manos. Era un pajarito pequeño, con plumaje gris. El vientre abierto, el interior desgarrado. El calorcito de la sangre le entibió y ensució la palma de la mano, que empezó a temblar. El pájaro lo miraba fijo, traspasándolo. Como preguntándole: ¿Por qué?
El jovencito no podía reaccionar. Le sucedían hechos como de sueños, pero reales. Dejó de ser el de siempre, para convertirse en ave. Como tocado por una varita mágica, se transformó en un pequeño pájaro de plumaje gris acerado y ojos vivarachos. Sus alas se movieron sin esfuerzo sobre la copa de los árboles. Sobrevolaron campos y rebaños. El arroyo se convirtió en una víbora sinuosa, que reflejaba al sol. Había música de piedras en el cauce. Líquenes y musgos, extendiendo tímidamente las ramitas hacia la luz. Se dejó llevar por las ráfagas de aire, mecido en una cuna esponjosa. Las térmicas de la atmósfera lo empujaban, embriagándolo en las ondas de su constante movimiento. La savia se filtraba a través de su piel y los perfumes del pasto, unidos a los del polvo de la tierra, al polen de las flores, conformaban un universo diáfano, preñado de belleza, con haces luminosos que se quebraban, caprichosamente, en las altas ramazones de los árboles.
Era tal su sensación de dignidad, de libertad y de orgullo, que tuvo miedo de caer al suelo. El follaje se abría, ofreciéndole reposo en una ramita. En otra. En un vaivén sin tiempo, se dejó hamacar. La garganta en un trino mitad canto y mitad grito, que le brotó desde adentro, para dejar una huella de energía en el entorno, para perderse finalmente en las alturas.
De repente, el ensoñar pasó. Era él, de nuevo. Con la gomera asesina en una mano y el pajarillo muerto, ahora frío, en la otra. Se agachó y tapó al animalito con las piedras usadas para la crueldad. Un grueso lagrimón corría por su cara.
Se acercó al arroyo y arrojó la gomera a la corriente. Si estamos atentos, la sabiduría se nos revela en un instante. Ese fue su momento. El niño quedó atrás. El adulto que corrió en busca de su padre, era un compendio de descubrimientos. Un conocedor del contenido de mil volúmenes que hablaron de liberación, en un universo paradisíaco donde cada hombre o mujer podía obrar y vivir de acuerdo a sus conciencias. Los hechos de sus rudas existencias podían cambiarse. Quería hablarlo con su padre. Explicarle que la famosa libertad no se consigue cambiando de país o de gobiernos. Que se halla en nuestro profundo interior y que se hace evidente cuando un humano conserva la esperanza y logra, por un breve instante, transformarse en ave.
CARMEN ROSA BARRERE
El hombre viajó con su mujer embarazada y unos pocos bultos atravesando la cordillera. Era joven, pero estaba harto de las huelgas en las minas. En épocas de faena, le preocupaba también el resoplar de sus pulmones, saturados de hollín y la renguera de la pierna derecha. Cuando sucedió el desmoronamiento en el túnel, sus quince años y sus sueños quedaron atrapados junto con la pierna. El salvador del dramatismo de esos dos años que tardó en volver a caminar, fue su abuelo. Regresado del trabajo, comían una sopa espesa y se dedicaba a enseñarle a leer y a contar. Los compañeros de la mina no eran compasivos. Lo apodaban Rengo y lo miraban con lástima.
Eso, y el dolor de su pierna mal curada, lo fueron transformando en un joven callado y huraño, que no frecuentaba el almacén de ramos generales donde la mayoría dejaba los raquíticos pesitos ganados tan duramente, en un juego de cartas, o viendo matarse a dos gallos a los picotazos, motivados con los buenos vinos de la patria.
En las horas de descanso, leía unos libros sin tapas que habían sido del abuelo, quien ya rondaba entre las nubes del cielo. Algunos los entendía. Otros no. Como ese que se llamaba La República. ¿Que sentido tendrían esos personajes atados a un muro de una caverna, que no veían la luz ni conocían nada del mundo que los rodeaba? El escritor se llamaba Platón. Debió ser un sabio. Algún día encontraría un maestro que le explicara.
Cuando se casó y la mujer le anunció que venía un hijo, la siniestra falta de horizontes se le plantó delante de los ojos. Emocionado, abrazó a la esposa, y le susurró al oído:
— Quiero que nuestro hijo sea libre...Que no conozca solamente el frío de los túneles, la falta de aire, la humedad y la luz de las linternas...Como me pasó a mí... y antes a mi padre y a mi abuelo...
La mujer callaba. Las dos manos apretaban el vientre, palpando el movimiento del nonato.
— Tu hijo escucha...Patea como un preso que quiere romper barrotes de una cárcel...Apuremos el viaje, el peso ya recae sobre cada músculo de mi cuerpo —. Contestó con su vocecita reposada, de mujer sumisa, pero decidida a seguir a su marido adonde fuera.
El esperado nació sietemesino, a los pocos días de pisar la tierra de adopción. Flacuchento. Largo pelo de poeta y un par de ojos de mirar desmesurado. Atento a los movimientos de la madre, o llevando hacia arriba la mirada, persiguiendo la punta de la cinta roja — contra el ojeo y el hipo — que la madre adhería a su frente mojándola con un poco de saliva.
—Sos inteligente y vas a ser libre—. Sentenciaba el padre, acariciándolo con timidez, con el dorso de la mano. No usaba la palma. Era tan áspera, que podía lastimar la piel de la criatura.
Pronto la pareja descubrió su realidad: La nueva tierra estaba regida por reglamentaciones obsoletas. Las venalidades gubernamentales, arrastradas desde la colonia, favorecían a una sola clase: la de los ricos. Y esos ricos, que eran sus patrones, no eran criollos. Eran gringos en su mayoría. Hablaban otros idiomas y miraban hacia el horizonte para no tropezar con los morochos y la lacra de la miseria, evidente. En esas lejanías sureñas, la ley era solamente una palabra, sin sentido alguno. Se degradaron — para no perder el trabajo—, en tres autómatas anónimos. Indocumentados. Sin derecho a protesta. Sin autorización para mirar de frente al capataz, respetado por el látigo y el facón en dos manos inmisericordes.
A la joven madre la mandaron a la cocina. Al marido, a cuidar de los rebaños de ovejas.
—Pero yo soy bueno con los números—. Se defendió el lisiado.
—Vos...conformáte con contar ovejas...Si no te gusta, volvé por el mismo caminito que viniste.
La mujer se afanaba con las cacerolas. Siempre apresurada. Esperando el ratito libre para arremangar las faldas y correr hacia las barracas donde tenían una habitación pequeña y oscura. Pero donde estaba el hijo. Lo amamantaba con ternura, lo apretaba contra su cuerpo, para darle seguridad y lo lavaba dentro del piletón de agua fría. Unos poquitos mimos y el retorno disimulado hasta la cocina, antes que alguno la denunciara.
Con el transcurso de los meses, optó por apoyarlo en el piso de tierra. Lo ataba de una pierna, con un trapo, a la pata del catre. El chico no podía moverse mucho, pero a ella le quedaba la seguridad de encontrarlo a salvo cuando al fin estuviera de regreso.
Cuando finalizado el quehacer encontraba a su marido, se miraban cansados y comían en silencio. La única esperanza era ese hijo, que crecía viendo cada amanecer un cielo totalmente azul. Un duendecito, que podía abrir los brazos y recibir el frío del aire puro. El heredero, que correteaba libremente desde la cocina al sitio donde ese día el padre atendía los rebaños. Un hombre blando, que en algún momento dejó de soñar con la famosa libertad.
Las noches en el sur eran extremadamente frías. El viento se estrellaba contra las paredes. Silbando, como dueño, se colaba por las hendijas, trayendo a cuestas un polvillo fino, que les endurecía el pelo y se les introducía para siempre debajo de las uñas. Afuera, el silencio de la montaña y el alerta de las aves de rapiña, mantenía las tres cabezas juntas, los cuerpos arrebujados, uno contra otro para calentarse y alejar el miedo.
Amanecían callados. Pero la sal de las lágrimas dejaba caminos de arena en los ojos y en las caras. Ya no mencionaban ni de paso la palabra libertad. Se limitaban a extrañarla en el resignado silencio de los oprimidos.
Cumplidos los diez años, el muchachito ayudaba al padre con las ovejas. Persiguiendo a una fugitiva, una mañana encontró la cámara de la rueda de una bicicleta. Se fabricó una honda. Su único juguete. Apartado de su padre, a la orilla del arroyo, aprendió a afinar la puntería. Primero contra las rocas. Más adelante, contra los troncos de los árboles. Pronto, a los pájaros en vuelo.
Esa tarde no soplaba el viento por milagro. Empezaba el calor y las ovejas estaban casi listas para ser esquiladas. Comían tranquilas, en grupos diseminados en la proximidad del agua. El muchacho tenía su gomera y las piedritas cerca de la mano, esperando el instante justo. A lo lejos, divisó a su presa. Con primitivismo de cazador, tensó el cuerpo. Los sentidos aguzaron sus implícitos mandatos. Los ojos no parpadeaban. Apuntó y tiró. La piedra dio contra el cuerpecito del ave, que cayó a plomo, cerca .de donde se encontraba. Sonreía cuando se paró y se acercó al animalito. Lo tomó entre las manos. Era un pajarito pequeño, con plumaje gris. El vientre abierto, el interior desgarrado. El calorcito de la sangre le entibió y ensució la palma de la mano, que empezó a temblar. El pájaro lo miraba fijo, traspasándolo. Como preguntándole: ¿Por qué?
El jovencito no podía reaccionar. Le sucedían hechos como de sueños, pero reales. Dejó de ser el de siempre, para convertirse en ave. Como tocado por una varita mágica, se transformó en un pequeño pájaro de plumaje gris acerado y ojos vivarachos. Sus alas se movieron sin esfuerzo sobre la copa de los árboles. Sobrevolaron campos y rebaños. El arroyo se convirtió en una víbora sinuosa, que reflejaba al sol. Había música de piedras en el cauce. Líquenes y musgos, extendiendo tímidamente las ramitas hacia la luz. Se dejó llevar por las ráfagas de aire, mecido en una cuna esponjosa. Las térmicas de la atmósfera lo empujaban, embriagándolo en las ondas de su constante movimiento. La savia se filtraba a través de su piel y los perfumes del pasto, unidos a los del polvo de la tierra, al polen de las flores, conformaban un universo diáfano, preñado de belleza, con haces luminosos que se quebraban, caprichosamente, en las altas ramazones de los árboles.
Era tal su sensación de dignidad, de libertad y de orgullo, que tuvo miedo de caer al suelo. El follaje se abría, ofreciéndole reposo en una ramita. En otra. En un vaivén sin tiempo, se dejó hamacar. La garganta en un trino mitad canto y mitad grito, que le brotó desde adentro, para dejar una huella de energía en el entorno, para perderse finalmente en las alturas.
De repente, el ensoñar pasó. Era él, de nuevo. Con la gomera asesina en una mano y el pajarillo muerto, ahora frío, en la otra. Se agachó y tapó al animalito con las piedras usadas para la crueldad. Un grueso lagrimón corría por su cara.
Se acercó al arroyo y arrojó la gomera a la corriente. Si estamos atentos, la sabiduría se nos revela en un instante. Ese fue su momento. El niño quedó atrás. El adulto que corrió en busca de su padre, era un compendio de descubrimientos. Un conocedor del contenido de mil volúmenes que hablaron de liberación, en un universo paradisíaco donde cada hombre o mujer podía obrar y vivir de acuerdo a sus conciencias. Los hechos de sus rudas existencias podían cambiarse. Quería hablarlo con su padre. Explicarle que la famosa libertad no se consigue cambiando de país o de gobiernos. Que se halla en nuestro profundo interior y que se hace evidente cuando un humano conserva la esperanza y logra, por un breve instante, transformarse en ave.
CARMEN ROSA BARRERE
20.4.10
GUISO DE ZAPALLO.
GUISO DE ZAPALLO
Con Héctor nos conocemos desde el parvulario. En ese tiempo la mamá, que era una simpática señora, lo apodaba como de entre casa: Piquito. Al cursar la primaria lo llamábamos por su nombre real: Héctor. Nombre perdurable hasta el día que nos encontramos para empezar los estudios secundarios. Para los que lo conocíamos casi desde la época del chupete, no era el de antes. Hablaba con vozarrón de hombre. Había crecido. No un crecimiento limitado a la estatura. Los tres meses de vacaciones, lo habían remodelado. Maduró mientras el resto permaneció navegando en tonterías.
— Falleció la madre.— Nos aclaró una compañera que vivía en su vecindario.
Se convirtió en el amigo por excelencia. El grupo mixto se reunía temprano a la mañana, para estudiar juntos. Nos resultaban fáciles la historia, la geografía o los idiomas. La guerra era contra las matemáticas, la física y la química que eran el fuerte de Héctor. Tenía más paciencia que Job para hacernos entender fórmulas. Desentrañaba raíces cuadradas velozmente, en una época que nadie presentía que algún día esas complejidades las resolvería una humilde cajita con trajecito negro.
Lila, mi amiga del alma, vivía en la casa contigua a la de mis padres. Era chispeante. Tenía una facilidad enorme para enamorarse: de un actor de cine; de un profesor de buena planta pero odioso, del atlético maestro de gimnasia...Hasta que colocó sus ojos sobre Héctor.
— ¿Ustedes no se fijaron?. —Dijo arrojando los cuadernos sobre la mesa...Héctor tiene mirada de dormitorio...
Paramos de reír cuando apareció en la puerta el susodicho. Desde ese mismísimo instante, lo apodamos: MDD. Por mas que nos persiguió, amenazándonos con abandonar la aclaración sobre el benceno de Kekulé, o los enunciados Pitagóricos, no logró arrancarnos la razón del apelativo, susurrado entre dientes. La época del secundario es la más preciosa de la juventud. Como todo lo bueno se nos fue en un soplido. Me contaron que Héctor había partido hacia otra provincia, a estudiar arquitectura donde su padre era veterinario. Nuestros caminos se bifurcaron. Elegí la medicina. Carrera que tenía una facultad en nuestro pueblo.
Apenas obtuve el título, me sorprendió la fortuna, esquiva si la perseguimos e inesperada si no le prestamos demasiada atención. Un hermano de mi madre falleció sin dejar herederos reales. Cuando enfermó, me convertí en su médica clínica. Le recomendé un par de buenos especialistas, que llegaron tarde. No había mucho por hacer. Para sorpresa de todos, cuando abrieron el testamento, me había nombrado su heredera universal. Vivió como un ermitaño, sin comer huevos para no tirar las cáscaras. Austero, cabizbajo y metido hacia adentro como una tortuga miedosa de vivir. En medio del duelo, supe de su peregrinar por este mundo y sentí compasión por sus soledades y me recriminé no haberle prestarle más atención mientras estuvo vivo.
Me legó una enorme casa antigua, descascarada y deslucida pero sólida. Rodeada por un terreno sorprendente, con plantas antiguas bien cuidadas, que me iluminaron de lleno el corazón.
Lila, que se casó con un novio que además de mirarla con ojos de dormitorio tiene buenas y expertas manos para la caricia, me cuenta que MDD, al que encontró en una conferencia, dirige un próspero estudio de arquitectos jóvenes…Que le pidió el teléfono de los amigos, que nos quiere ver.
Nos vemos. Notable. Nos reímos como si jamás nos hubiéramos separado. Lo arrastro a ver mi casa. Le encanta. Le encargo las modificaciones. Algunos arquitectos tienen el don de darse cuenta que los hogares serán el contenedor estructural y emocional que una mujer precisa. El caserón conserva el viejo estilo. Adentro, los cuartos son espaciosos, aireados. Con la luz natural colándose libremente por los ventanales. Los baños son grandes, confortables. La cocina no es moderna. MDD baja los techos con listones de madera. Libero mi imaginación y cuelgo de él mi cacharrería de cobre para cocinar, una brujita de paja con una larga cola y la infaltable ristra de ajos rematada en un moño rojo. Folclore basado en la inocencia: los ajos ahuyentan a las malas ondas.
Mientras dura la remodelación, comparto mi tiempo libre de trabajo con el recuperado MDD. Salimos a comer con los amigos rescatados. Colgamos juntos en las paredes de la sala las reproducciones que elegí: Un Klimt que ejerce sobre mí un atractivo casi visceral, ásperamente censurado por mi padre. Mi padre que me ama y se resiste a soltar mi mano. (Menos mal que no encuadré el fascinante Nuda Veritas, o el desnudo de Egon Schiele). Le hubieran provocado un infarto. Ponderan el luminoso Monet soñado por el pintor al borde de un estanque, que se enfrenta, en los muros, a una litografía increíble de Picasso en su época azul. El cuadro me lo regaló mi arquitecto, que defendió con coraje y mejor gusto que yo, cuál seria su sitial definitivo.
— Aquí tengo los planos del jardín. —Los extiende sobre una mesa y me observa socarronamente. ¿O lo imagino?
La subversión calienta mis mejillas. Simulo que los estudio. Héctor es paisajista, de los buenos. Pero...Me atolondro buscando explicar cual ha sido, desde niña, mi sentimiento respecto de la naturaleza. Detesto el arte al que llaman Bonsai. Creo que un árbol o una planta, corresponden a un diseño perfecto, que no debe ser trastocado en su forma o crecimiento ni por la mejor ingeniería agronómica del mundo. Que los famosos jardines franceses, recortados a mansalva, alineados como para entrar en guerra nunca me gustaron...
— Héctor. —Acudo a mi mejor y convincente tono de voz.— Realmente, sos un maravilloso paisajista...
Carraspeo. Este tipo me paraliza. No lo quiero ofender, pero este…! No es mi jardín!..¿Parezco o soy realmente una tarada?...Acotando: ¡Yo quiero otra clase de jardín! No emito palabra, pero MDD me entiende.
Tranquilamente, envuelve su rollo con los planos. Me mira...y descubro su famosa, cálida, envolvente mirada…La perturbación que siento me agarrota. ¿MDD...siente lo que yo siento...o los ratones son de mi exclusiva pertenencia?
—No te aflijas…— Dice con perfecta humildad…—Haremos el jardín como te guste...No vamos a disentir, cuando todo resultó tan hermoso.
Lo miro a los ojos. No hallo ni enojo ni dignidad herida. Lo que creo ver, me hace hablar hasta por los codos, simulando entusiasmo para ocultar mi entrevero emocional.
Cuando terminamos, sentarse en las galerías es una gloria. Dejamos en su sitio una magnolia grandiflora y la maraña de las bougambilias contra los muros del fondo. Del techo de .la galería que da a la cocina, colgamos cadenas que sostienen macetones con helechos plumosos. En la pérgola enredé unas glicinas y plantamos dentro del mismo pozo tres colores diferentes de laurel. En un vivero de las afueras rescatamos cuatro variedades de jazmines olorosos y unos diminutos rosales. En un lugarcito especial, una variedad de plantitas aromáticas para mejorar el sabor del aliño de las ensaladas. En otro, elegido al azar, los tallos altos de las flores de pájaro amarillean, elegantes.
— Tu jardín es un despelote. — Lila no mejoró el vocabulario, ni le importa. Suelta una de sus carcajadas, me mira y sigue:— Un desvarío vegetal, que me encanta. Este banquito aquí...medio escondido... ¿No lo tienta a MDD?
Lila habla y se lleva la mano a la pancita que ya se nota. Tiene un marido Manos Hábiles, que la contiene de cabeza a pies. Al rato entran Edina y Valentín. Los invitamos a comer guiso de zapallo. La comida la prepara Héctor. Es una receta que trajo del campo, fácil de preparar: Un zapallo de regular tamaño...Con un serrucho, se separa una tapa…como la tapa de una cacerola. Se quitan las semillas y se lo lava muy bien.. Mientras, colocás en una sartén honda, aceite de oliva, dos cebollas medianas...Se reabogan en el aceite, a fuego controlado. Agregás tres dientes de ajo, medio kilo de carne muy tierna, picada a cuchillo...Tomás dos choclos frescos y les sacás el grano con un cuchillo...Volcás todo dentro de la sartén...Aderezás según tu gusto...No olvidar tres hilitos de azafrán...Entretanto, sobre una plancha, introduces tu zapallo tapadito dentro del horno suave...Si te agradan, también podés poner dos zanahorias ralladas...Nuestro zapallo debe estar caliente para recibir su relleno. Se calcula el número de comensales, para el arroz. Una tacita de arroz lleva tres tacitas de agua... Se vierte el guisado dentro del zapallo, lo llevás al horno...vigilando. El horno, con temperatura media, pues la comida contiene elementos que necesitan tiempo de cocción. Héctor termina la receta, que Edina copia para no olvidarla.
— ¡Vamos a poner la mesa! —Propongo alegremente a mis amigas.
Héctor nos detiene: — Esta comida es campestre...Usemos la mesa del jardín. Sin sillas. Esta madera gruesa, va al centro, para apoyar el zapallo...Copas para el vino tinto...Una cuchara para cada uno, las servilletas... Todo listo!
Comimos parados, cada uno con su cuchara, divertidos como en los viejos, viejos tiempos. Sabrosa la comida. De buen cuerpo el vino. Mi alocado marco jardinero, de fondo. Uno de esos ratos que ambicionamos almacenar en la hucha de los recuerdos, como avaros.
— Inesita...— Lila me sopla en el oído.— MDD te mira con ojos...ya sabés...
Enrojezco. Hace rato que me dí cuenta. Lo que Lila no sabe todavía es que el sentimiento es mutuo y presiento que cuando lo soltemos, será tan voraz como un incendio.
Durante nuestra larga vida en pareja, compartimos muchos guisos de zapallo con amigos. A esta primera vez la recuerdo porque caí en la cuenta, ese famoso día, cuan grata era esta presencia moviéndose en mi cocina...y metiéndose en mi corazón. Si alguien quiere enamorarse...copien la receta del guiso de zapallo. No olviden pelear por su jardín...y seleccionen con cuidado y tino un buen ejemplar de MDD.
CARMEN ROSA BARRERE.
Con Héctor nos conocemos desde el parvulario. En ese tiempo la mamá, que era una simpática señora, lo apodaba como de entre casa: Piquito. Al cursar la primaria lo llamábamos por su nombre real: Héctor. Nombre perdurable hasta el día que nos encontramos para empezar los estudios secundarios. Para los que lo conocíamos casi desde la época del chupete, no era el de antes. Hablaba con vozarrón de hombre. Había crecido. No un crecimiento limitado a la estatura. Los tres meses de vacaciones, lo habían remodelado. Maduró mientras el resto permaneció navegando en tonterías.
— Falleció la madre.— Nos aclaró una compañera que vivía en su vecindario.
Se convirtió en el amigo por excelencia. El grupo mixto se reunía temprano a la mañana, para estudiar juntos. Nos resultaban fáciles la historia, la geografía o los idiomas. La guerra era contra las matemáticas, la física y la química que eran el fuerte de Héctor. Tenía más paciencia que Job para hacernos entender fórmulas. Desentrañaba raíces cuadradas velozmente, en una época que nadie presentía que algún día esas complejidades las resolvería una humilde cajita con trajecito negro.
Lila, mi amiga del alma, vivía en la casa contigua a la de mis padres. Era chispeante. Tenía una facilidad enorme para enamorarse: de un actor de cine; de un profesor de buena planta pero odioso, del atlético maestro de gimnasia...Hasta que colocó sus ojos sobre Héctor.
— ¿Ustedes no se fijaron?. —Dijo arrojando los cuadernos sobre la mesa...Héctor tiene mirada de dormitorio...
Paramos de reír cuando apareció en la puerta el susodicho. Desde ese mismísimo instante, lo apodamos: MDD. Por mas que nos persiguió, amenazándonos con abandonar la aclaración sobre el benceno de Kekulé, o los enunciados Pitagóricos, no logró arrancarnos la razón del apelativo, susurrado entre dientes. La época del secundario es la más preciosa de la juventud. Como todo lo bueno se nos fue en un soplido. Me contaron que Héctor había partido hacia otra provincia, a estudiar arquitectura donde su padre era veterinario. Nuestros caminos se bifurcaron. Elegí la medicina. Carrera que tenía una facultad en nuestro pueblo.
Apenas obtuve el título, me sorprendió la fortuna, esquiva si la perseguimos e inesperada si no le prestamos demasiada atención. Un hermano de mi madre falleció sin dejar herederos reales. Cuando enfermó, me convertí en su médica clínica. Le recomendé un par de buenos especialistas, que llegaron tarde. No había mucho por hacer. Para sorpresa de todos, cuando abrieron el testamento, me había nombrado su heredera universal. Vivió como un ermitaño, sin comer huevos para no tirar las cáscaras. Austero, cabizbajo y metido hacia adentro como una tortuga miedosa de vivir. En medio del duelo, supe de su peregrinar por este mundo y sentí compasión por sus soledades y me recriminé no haberle prestarle más atención mientras estuvo vivo.
Me legó una enorme casa antigua, descascarada y deslucida pero sólida. Rodeada por un terreno sorprendente, con plantas antiguas bien cuidadas, que me iluminaron de lleno el corazón.
Lila, que se casó con un novio que además de mirarla con ojos de dormitorio tiene buenas y expertas manos para la caricia, me cuenta que MDD, al que encontró en una conferencia, dirige un próspero estudio de arquitectos jóvenes…Que le pidió el teléfono de los amigos, que nos quiere ver.
Nos vemos. Notable. Nos reímos como si jamás nos hubiéramos separado. Lo arrastro a ver mi casa. Le encanta. Le encargo las modificaciones. Algunos arquitectos tienen el don de darse cuenta que los hogares serán el contenedor estructural y emocional que una mujer precisa. El caserón conserva el viejo estilo. Adentro, los cuartos son espaciosos, aireados. Con la luz natural colándose libremente por los ventanales. Los baños son grandes, confortables. La cocina no es moderna. MDD baja los techos con listones de madera. Libero mi imaginación y cuelgo de él mi cacharrería de cobre para cocinar, una brujita de paja con una larga cola y la infaltable ristra de ajos rematada en un moño rojo. Folclore basado en la inocencia: los ajos ahuyentan a las malas ondas.
Mientras dura la remodelación, comparto mi tiempo libre de trabajo con el recuperado MDD. Salimos a comer con los amigos rescatados. Colgamos juntos en las paredes de la sala las reproducciones que elegí: Un Klimt que ejerce sobre mí un atractivo casi visceral, ásperamente censurado por mi padre. Mi padre que me ama y se resiste a soltar mi mano. (Menos mal que no encuadré el fascinante Nuda Veritas, o el desnudo de Egon Schiele). Le hubieran provocado un infarto. Ponderan el luminoso Monet soñado por el pintor al borde de un estanque, que se enfrenta, en los muros, a una litografía increíble de Picasso en su época azul. El cuadro me lo regaló mi arquitecto, que defendió con coraje y mejor gusto que yo, cuál seria su sitial definitivo.
— Aquí tengo los planos del jardín. —Los extiende sobre una mesa y me observa socarronamente. ¿O lo imagino?
La subversión calienta mis mejillas. Simulo que los estudio. Héctor es paisajista, de los buenos. Pero...Me atolondro buscando explicar cual ha sido, desde niña, mi sentimiento respecto de la naturaleza. Detesto el arte al que llaman Bonsai. Creo que un árbol o una planta, corresponden a un diseño perfecto, que no debe ser trastocado en su forma o crecimiento ni por la mejor ingeniería agronómica del mundo. Que los famosos jardines franceses, recortados a mansalva, alineados como para entrar en guerra nunca me gustaron...
— Héctor. —Acudo a mi mejor y convincente tono de voz.— Realmente, sos un maravilloso paisajista...
Carraspeo. Este tipo me paraliza. No lo quiero ofender, pero este…! No es mi jardín!..¿Parezco o soy realmente una tarada?...Acotando: ¡Yo quiero otra clase de jardín! No emito palabra, pero MDD me entiende.
Tranquilamente, envuelve su rollo con los planos. Me mira...y descubro su famosa, cálida, envolvente mirada…La perturbación que siento me agarrota. ¿MDD...siente lo que yo siento...o los ratones son de mi exclusiva pertenencia?
—No te aflijas…— Dice con perfecta humildad…—Haremos el jardín como te guste...No vamos a disentir, cuando todo resultó tan hermoso.
Lo miro a los ojos. No hallo ni enojo ni dignidad herida. Lo que creo ver, me hace hablar hasta por los codos, simulando entusiasmo para ocultar mi entrevero emocional.
Cuando terminamos, sentarse en las galerías es una gloria. Dejamos en su sitio una magnolia grandiflora y la maraña de las bougambilias contra los muros del fondo. Del techo de .la galería que da a la cocina, colgamos cadenas que sostienen macetones con helechos plumosos. En la pérgola enredé unas glicinas y plantamos dentro del mismo pozo tres colores diferentes de laurel. En un vivero de las afueras rescatamos cuatro variedades de jazmines olorosos y unos diminutos rosales. En un lugarcito especial, una variedad de plantitas aromáticas para mejorar el sabor del aliño de las ensaladas. En otro, elegido al azar, los tallos altos de las flores de pájaro amarillean, elegantes.
— Tu jardín es un despelote. — Lila no mejoró el vocabulario, ni le importa. Suelta una de sus carcajadas, me mira y sigue:— Un desvarío vegetal, que me encanta. Este banquito aquí...medio escondido... ¿No lo tienta a MDD?
Lila habla y se lleva la mano a la pancita que ya se nota. Tiene un marido Manos Hábiles, que la contiene de cabeza a pies. Al rato entran Edina y Valentín. Los invitamos a comer guiso de zapallo. La comida la prepara Héctor. Es una receta que trajo del campo, fácil de preparar: Un zapallo de regular tamaño...Con un serrucho, se separa una tapa…como la tapa de una cacerola. Se quitan las semillas y se lo lava muy bien.. Mientras, colocás en una sartén honda, aceite de oliva, dos cebollas medianas...Se reabogan en el aceite, a fuego controlado. Agregás tres dientes de ajo, medio kilo de carne muy tierna, picada a cuchillo...Tomás dos choclos frescos y les sacás el grano con un cuchillo...Volcás todo dentro de la sartén...Aderezás según tu gusto...No olvidar tres hilitos de azafrán...Entretanto, sobre una plancha, introduces tu zapallo tapadito dentro del horno suave...Si te agradan, también podés poner dos zanahorias ralladas...Nuestro zapallo debe estar caliente para recibir su relleno. Se calcula el número de comensales, para el arroz. Una tacita de arroz lleva tres tacitas de agua... Se vierte el guisado dentro del zapallo, lo llevás al horno...vigilando. El horno, con temperatura media, pues la comida contiene elementos que necesitan tiempo de cocción. Héctor termina la receta, que Edina copia para no olvidarla.
— ¡Vamos a poner la mesa! —Propongo alegremente a mis amigas.
Héctor nos detiene: — Esta comida es campestre...Usemos la mesa del jardín. Sin sillas. Esta madera gruesa, va al centro, para apoyar el zapallo...Copas para el vino tinto...Una cuchara para cada uno, las servilletas... Todo listo!
Comimos parados, cada uno con su cuchara, divertidos como en los viejos, viejos tiempos. Sabrosa la comida. De buen cuerpo el vino. Mi alocado marco jardinero, de fondo. Uno de esos ratos que ambicionamos almacenar en la hucha de los recuerdos, como avaros.
— Inesita...— Lila me sopla en el oído.— MDD te mira con ojos...ya sabés...
Enrojezco. Hace rato que me dí cuenta. Lo que Lila no sabe todavía es que el sentimiento es mutuo y presiento que cuando lo soltemos, será tan voraz como un incendio.
Durante nuestra larga vida en pareja, compartimos muchos guisos de zapallo con amigos. A esta primera vez la recuerdo porque caí en la cuenta, ese famoso día, cuan grata era esta presencia moviéndose en mi cocina...y metiéndose en mi corazón. Si alguien quiere enamorarse...copien la receta del guiso de zapallo. No olviden pelear por su jardín...y seleccionen con cuidado y tino un buen ejemplar de MDD.
CARMEN ROSA BARRERE.
27.3.10

ALEJANDRINA CORAZON.
Esta es mi historia con Alejandrina López, a la que siempre llamé Alejandrina Corazón. Si la recuerdo livianamente, soslayando su interior, cometo el delito de ignorar el enorme significado que su presencia significó en mi vida. Y ella jamás será una señora del montón, a pesar de sus tacones bajos, su mirada quieta y los rollitos rodeando su cintura, que la avergonzaban. El cabello encanecido prematuramente, recogido dentro de la severidad de un rodete armado sin usar el espejo, de memoria y que a pesar de ello, consigue ennoblecer sus rasgos. Entró como servidora a la casa de mis padres justo el año en que mi madre, reconocida abogada, parió dos robustos varones gritones y exigentes, tarea para la que mi progenitora no estaba preparada. Cuando mis padres se casaron, hicieron un acuerdo satisfactorio para ambos: No buscarían herederos. Por lo tanto, el embarazo fue una sorpresa no deseada. Nos amamantó durante un mes, época en la que se le fue la leche y nosotros pasamos a ser cuidados, acariciados y malcriados por una madre supletoria jovencita, de risa fácil y mirada inteligente. La que nos trajo al mundo por un error de cálculo, había sido ascendida a juez. El exceso de problemas del oficio, irrecusables eventos sociales…y su incapacidad para contactarse y aceptar una vida puramente doméstica, dedicada en exclusividad a nosotros, la superaba. No estábamos en sus planes así que el evento fue además de sorpresivo, pavoroso. Como hija única, creció engreída y solitaria, en un caserón sin risas y escasos amigos con quienes compartir. Su naturaleza la convencía de que los niños solamente precisan buena comida, colegios severos, modales adecuados y vacunas vigiladas con rigor por nuestro padre médico. Lo demás, lo podía cubrir alguien eficiente, bien recomendada y sin antecedentes vergonzosos.
A los seis años, una noche soñé que volaba como un pájaro. Me levanté de la cama con sigilo, saqué el paraguas negro de papá, me trepé al techo de la cocina, lo abrí y me largué con un grito de victoria. Caí sobre el pasto que cuidaba Román el jardinero. Que estaba crecido porque había llovido y para gloria de mi instante de pájaro, el techo aquél no era muy alto. Alejandrina quitó mis mocos sin enojo y lavó mis rodillas magulladas con agua oxigenada. Al rato, como seguía el dolor, me hizo su brujería pasando la mano abierta sobre la lastimadura canturreando:”Sana, sana, culito de rana. Si no sana hoy, sana mañana”.
Cuando empecé a perder los dientes, se convirtió en fantástico Ratoncito Pérez. Tanteando debajo de la almohada, todavía adormilado, me esperaban la tradicional monedita y un dulce de los que me gustaban. Todo esto por partida doble, porque mi hermano recibía idénticas atenciones. Era más avispado que yo, así que en toda ocasión de ser sometidos a juicio por Alejandrina, ponía cara de yo no fui cuando el inventor de todas las cagadas era siempre él.
Mi guía casera corrigió los horrores ortográficos de la primera esquela de amor que me atreví a escribir en una notita cursi y sobrada de adjetivos, con una letra que subía y bajaba del renglón según se calentaba mi bragueta. Cursaba quinto grado, usaba separadores de dientes, anteojos con armazón de carey y enrojecía o tartamudeaba fácilmente. Muchos creían que era lento. Me comparaban indefectiblemente con mi hermano Pedro. Que era alto, deportista, atrevido y bailaba bien desde El Pericón de los actos escolares hasta el zarandeo sensual de una salsa. Para mis adentros, corroído de envidia, yo lo mal llamaba “el pluscuamperfecto”.
Recuerdo claramente esos años, saliendo de la adolescencia. Tal vez porque en esa época me di cabal cuenta que mi madre distante lo prefería, presintiendo que ese hijo sería el gran portador de satisfacciones. Pedro y yo éramos compañeros de curso. Aula donde reinaba como princesa azul mi dulce Maite. Yo me arrastraba en un eterno malestar: Que Maite, protagonista de mis sueños, productora de orgasmos solitarios y dibujos de su hermoso traserito en posturas pecaminosas, dejara de mirarme a mí para depositar su levísimo interés en el musculoso, exasperante Pedro.
La Alejandrina que mientras éramos criaturas cumplía su rol sin perdernos pisada, revisando los cuadernos de notificación, arrastrándonos al dentista sin aceptar fiebres repentinas o falsos dolores de cabeza; la que, si cedíamos el paso a las personas mayores en la vereda, o no soltábamos escupitajos cuando nos llevaba de la mano, nos premiaba con dulces que sacaba del fondo de su gran bolsillo al que llamábamos “el bolsillo de la maga”; la que cocinaba estupendo y entendía todos los chistes, hasta los más rebuscados que armábamos para hacerla reír, envejecía mirándonos crecer. Con ella compartimos fiebres, o miedos tumultuosos de los que asaltan a los niños en la oscuridad. Nos arrebujaba entre las cobijas y nos tarareaba canciones inventadas. “Cántanos la de la otra vez”, le rogábamos con Pedro. Ella sonreía. “La de la otra vez no me acuerdo. Pero escuchen bien. Esta es de las nuevas y tan, pero tan buena, que pone a bailar mi rodilla con artritis”.
Hoy peleo con mi enfermedad. Mis fuerzas disminuyen cada día. Me reprimo para no llamarla cuando la veo dormitar en el sillón de mimbre que tiene a los pies de mi cama, pero ella está alerta. Acude sin oír mi voz. Humedece mi frente, acomoda mi pelo y se inclina para hacerme la caricia esquimal: friega levemente su nariz contra la mía, sonriendo. Nunca supe si esa era en verdad una caricia conocida por habitantes polares, pero conseguía calmar mi angustia del momento, adivinada por ella. No se quien fabuló sobre las leyes de la sangre. Cuando mi salud se deterioró por motivos escandalosos, los de mi casa metieron la cabeza dentro del pozo del olvido. No soportaban bochornos y ninguno pensaba exponerse por un zángano que apenas recibido de arquitecto, eligió vivir en el campo, diseñando casas para pobretones, dejando de lado la clientela con plata. Un ser extraño al que era sencillo ignorar. Me borraron. Si alguien preguntaba por mí hacían un gesto con la mano. Significaba lejos.”No sabemos nada hace tiempo…Ustedes lo conocen, siempre fue egoísta y solitario…Hizo lo que quiso…Se compró esa chacra y por ahí deambula”…
No debo contar esta historia mintiendo. Porque ya he ocultado tanto, que el mero desvío de mi pensamiento hacia sucesos o hechos inventados reduce mi energía hasta agotarme. Siento que el lápiz se afloja dentro de mis dedos. Si quería que alguien rescatara el ideal de la generosidad y la entrega de personas humildes, debí empezar a escribir este relato hace un año, antes que me hicieran el último análisis de sangre. Cabeceando indeciso, el médico me miró con lástima: — Por las dudas mandé los análisis a dos clínicas diferentes…Te contagiaste el sida, muchacho…No pusiste cuidado en tu relación con Noelia…
En la calle tomé una enorme dosis de oxígeno y empecé a caminar hacia el auto como un autómata, sin detenerme en nada; asustado en el fondo, pero consciente que ese diagnóstico llegaría más tarde o más temprano. Mi vida a futuro estaba echada, no tenía posibilidades de salvación y tampoco pensaba presentar batalla. Gozar de un amor que fue físico y espiritual con una simultaneidad fluida, había llenado mi copa.
Era el instante de dejarme ir, recreando dentro de mi mente la figura de mi amada en el cruce del camino donde se que me espera con la flor azul que solía colocar detrás de su pequeña oreja. El día que reencontré a Noelia me arrojé al abismo de un amor de alto voltaje pero insustituible. Mi tiempo saludable será corto, según el parte médico. Y yo, que siento el hálito de la maligna pisándome los talones, partiré conservando en todo el cuerpo el roce inolvidable de la otra piel, dueña del retozo, floreciendo debajo de mi mano. Me acompañará el fabuloso contorno de su cadera inaugural de un sexo a gritos, desprolijo y caliente y trasladaré a la eternidad su mirada especial, ésa que todos los hombres buscamos en los ojos de la mujer amada.
Llevado por su mano levanté telones de mundos donde cohabitan sueños, imágenes, delirios y locuras entrelazadas, como las mujeres pintadas por Gustav Klimt dentro de una cama. Envueltas en sus sábanas de flores y de pájaros, lésbicas y dichosas. Lecciones fugaces en diminutas fracciones de un tiempo escaso, tremendamente ansiosos ante lo perentorio del correr del reloj. Sí, voy camino al desapego final de mi pobre alma con la realidad. Cargamento de huesos corroídos, músculos sin vigor y sangre infectada. La observación de un paisano de mi campo sería: ! Pero amigo, quien le quita lo bailado! Simpleza filosófica que traigo a mi mente cuando me introduzco dentro del automóvil. El plástico del respaldo donde ella reclinaba el cuerpo huele a la colonia cítrica que usaba. Por el rabo del ojo capturo el aleteo de sus faldas y yo, que nunca creí en el más allá, la escucho en su larga, cantarina carcajada — la que usaba para levantarme el ánimo — en alguno de mis días tristones. Porque ningún niño puede crecer como un adulto feliz si alguna vez sintió que la vida lo depositó por azar dentro de un regazo árido para infantes.
Sin ella pero con su espíritu conduzco hasta nuestra casita del bosque. El papel del sanatorio me condena. Las letras aterradoras son negras, como será también negro mi futuro. Debo seguir siendo sincero. Cuando la encontré me introduje pleno de razón a este final. Nadie me empujó y jamás estuve loco. Aunque muchas voces se elevan a diario proclamando la conveniencia de contratos prematrimoniales, de artículos firmados que legalizan a quien pertenece la porcelana y cómo repartirán el tiempo con los hijos, el solo hecho de aplastar la ilusión y la entrega, es asesinar al amor de antemano.
Siento que soy otro. Y el paisaje frene a mí es diferente también. Árido y resueltamente hostil. Muerto por dentro y resucitado en una galaxia con personajes tatuados macabramente por Bradbury. Donde los Hombres Ilustrados me rehúyen, tomando distancia como se hacía con los leprosos bíblicos.
Nacimos en provincia, de padres con títulos universitarios y corazón alevosamente práctico. Más interesados en que nos graduáramos que en observar nuestras inclinaciones naturales. Mi hermano Pedro se parece mucho física y mentalmente a nuestra madre. Le encanta figurar, conducir un auto caro y perseguir la pelotita de golf en el club. Conoce los mejores tragos y le cae bien a todo el mundo. Determina que su carrera es la abogacía. Para qué insistir: tengo pocos amigos, soy retraído y mi gran deporte es perder en el tablero de ajedrez. Mi rival es un amigo. Fuimos juntos al jardín de infantes, nos enamoramos siempre de las mismas chicas. Ahora está casado, con dos pibes. Desde mi aislamiento casi no lo veo. Pero estoy más que seguro que me entiende. Presiento que me observa. Sabe que cambié, sabe lo que siento y me absuelve.
Abandoné la bolsa al final del trabajo de parto. Debe ser por eso, porque di mas faena, o porque mi madre podía soportar un hijo, pero nunca dos, chillando al mismo tiempo. Tal vez, en ese preciso instante, la intuición — atributo femenino — la hizo verme diferente. Algo me delató. Ella supo, sin caber la duda, que yo sería el rompecabezas de su vida. Su vidita ordenada y sin sobresaltos. Socialmente, la señora que recibe amablemente a las visitas. La que tiene mejor casa, decorada por un “raro”, perdonado y aceptado porque nadie lo iguala en el buen gusto. (Con el agregado de no ser parte de nuestra familia). En el círculo de esa fingida aristocracia, mantener dos hijos, lograr que ambos nos tituláramos en la universidad y conseguir que Pedro escogiera por esposa a una flaca con pasado anoréxico y mandíbula de guardia cárcel, única heredera de un señor pudiente, que frecuenta el mismo club, la distrajo. No es que mi madre sea una mala persona. Al contrario. Es una activista de las sociedades de beneficencia, es coqueta y solamente lee los sociales del mejor matutino del pueblo. No es chismosa, pero obliga al buenazo de mi padre a asistir cada martes a la reunión de uno de esos clubes — con estatutos copiados de países con mentalidad diferente — donde son bienvenidos los que tienen plata o los pobres gatos que se matan por aparentar.
Mi padre agacha la cabeza, la mira con paciencia y parte a aburrirse y dormitar con lo único rescatable de la reunión de próceres pueblerinos: el buen tintillo del que no se priva.
Fue al comienzo de la facultad — Maite ya estaba a punto de casarse, perdida para siempre — cuando enarbolé todas las banderas por Noelia. Mi sangre, mis huesos, mis pensamientos, giraban como una calesita alrededor de su silueta, del mohín de su cara, de su risa, descarada y espontánea. De su cabello de un rubio ceniza que olía a magnolia. De su cintura, que era tan pero tan angosta, que apenas podía contener sus pequeñas, deliciosas nalgas y las piernas mejor esculpidas que ningún artista imaginara.
Empecé a caminar como un zombi, muerto de amor, de calentura juvenil por esta veleidosa. Que hoy me miraba y yo nacía. Que mañana coqueteaba con otro y yo agonizaba. No puedo decir que se sentaba en el banco del aula porque en ella no existía lo vulgar. Se asentaba. Como se asienta una mariposa sobre el tallo de una flor. Y simulando prestar atención a la explicación del docente a cargo, cruzaba sus pilares torneados, dejando ver más allá de lo permitido en esa institución. Dibujaba corazoncitos en un cuadernillo rojo y revoloteaba — ya lo dije — como una mariposa, sobre sus súbditos varones boquiabiertos. Toda la clase de machitos, embalados por conseguir una mínima atención de la diva. Fue mi primer año universitario y mi primer fracaso. Por supuesto, me quedé sin veraneo. Tenía que ponerle pila a las materias y salvar los restos de mi dignidad.
Cuando aparecí por las aulas, el que jugaba al ajedrez conmigo desde el secundario, tan deschavetado por ella como yo, me esperó para darme la noticia.
— Estoy de duelo, compañero. — Dijo tomándome del brazo.
— ¿De duelo? — Yo estaba distraído, buscando a Noelia entre el grupo de chicas, algo alejadas de nosotros.
Mi amigo me observó con cuidado antes de seguir: — ¿Pero... no te enteraste?
En ese instante me di cuenta que las chicas miraban hacia nosotros, cuchicheaban y entraban al aula agitando la mano, sin hablarnos. Un frío de muerte me paralizó.
— ¿Le pasó algo a Noelia?— Grité sacudiendo a mi amigo.
— No sé si lo que le pasó es bueno o malo...Noelia se escapó de la casa apenas terminaron las clases. Estabas en el campo, estudiando. Tu mamá no quiso que te avisáramos...Apareció un productor de cine...Un tipo que tiene que ver con la televisión...Le hicieron una entrevista, o un casting, algo así. Le tomaron fotos. En la casa, nadie estaba enterado...La historia es que huyó y nadie sabe donde está. — Mi amigo termina el chisme susurrando.
No pude presentarme a rendir. Volví a casa. Entré por la puerta de servicio y fueron los brazos de Alejandrina los que me recibieron. Me preparó un té de tilo, me obligó a meter mi cuerpo hecho hilachas bajo la ducha fría. Canturreando, como cuando era chico, me sumergió entre las sábanas, levantó la cabeza y entró a la sala a conversar con mi madre. No conozco sus argumentos. Lo que sí pondero es su coraje: una simple criada, pegándole un tirón de orejas a mi progenitora.
Pasó el tiempo en la ciudad donde estudiábamos. Un fin de año regresamos a casa. Cada uno con su título. Mamá organizó una gran fiesta. Una presentación en sociedad de dos buenos partidos. Muchachos de bien, con tres idiomas y el rótulo de “educados”. Sin olvidar: Y algo de fortuna. Pobre madre querida. Los hijos nacen. No se hacen a gusto de los padres.
Pedro se casó enseguida con la elegida por mamá. A los dos meses mantenía una amante gordezuela y divertida — elegida por él — con la que años más tarde tuvo mellizas mujeres. Yo me compré un campito y abrí mi estudio de arquitecto. Me deleito garabateando planos que me vinculen con el Gaudí que conocí primero en la universidad y luego en mí larga, detenida visita a Barcelona. Ese genio pertenece al cuaderno de mis héroes, como el cuadernito rojo donde Noelia jugueteaba con sus corazones. Hago milagros con presupuestos reducidos. Levanto departamentitos que me vuelven ciego repensando agujeritos por donde debe entrar el sol.
Todo normal. Hasta la noche que tropiezo en un boliche de onda con Noelia. Bebe tranquila y fuma como una veterana. La acompañan dos hombres mayores, que la miran embobados. El misterioso aire sensual es el mismo de la juventud. Una magia adherida a sus entrañas. Como ignora el impacto que produce, nada sumergida en aguas exclusivas, lejana, magnificando el encanto. Esta mujer me estupidiza, me pone de rodillas aunque no me mire. Tardo en recobrar estabilidad.
Me aproximo a saludarla. Es Noelia y no lo es. Sonríe. Pero no con los ojos, con toda la cara, como antes. La mueca está. Los ojos azules también. No puedo explicar bien el momento. En el fondo del alma una alarma me silba que voy hacia la oscuridad. Con la marca de perdedor que mi madre detectó en el momento de parirme. Nos alejamos de los dos vejestorios y nos atropellamos en un entrecruzado palabrerío lleno de ¿Te acordás? Y silencios plagados de nostalgia.
La llevo a vivir conmigo. Cada vez que intenta explicar su pasado le cierro la boca con un beso. No quiero que ninguna araña, ni su tela, enreden un presente que estoy enterado, será efímero y colmado a la vez.
—Tengo sida. — Me anunció la noche que la rescaté del bar.
—Tomaré las precauciones necesarias.— Afirmo mientras la desvisto con los nervios a punto de entrar en corto circuito. Palpo la seda de su piel. La cubro de besos, de saliva, de ternura.
— Si estás conmigo sabré cuidarte para que dures muchos, pero muchos años. Prometo, mirándola hondamente a los ojos. Ella está recostada. Desnuda. Perfecta. Esperando mi arribo.
Alejandrina se muda a nuestra casa. Ningún miembro de la familia de Noelia, ni mi hermano, ni mis padres nos visitan. Ya no ejerzo. Ella cose apaciblemente bajo un matorral de glicinas y yo garabateo planos que jamás se convertirán en el hogar de nadie.
Gracias a Dios, siempre fui cuidadoso con el dinero. Alcanzará hasta el final de los dos. El día se esfuma cuando parte Noelia. Mi dolor es tan intenso que me robotizo, me endurezco como un muñeco metálico sin comando. Alejandrina me consuela un tiempo y enseguida toma las riendas con la eficiencia inteligente de siempre. La envolvemos en la sábana de hilo que bordó especialmente y depositamos lo que queda de ella a la sombra de un árbol de Jacarandá. El Jacarandá, emocionado desprende sus flores violetas sobre la tierra que la tapa esparciendo color, imitando al pintor de mujeres austríacas.
Alejandrina ronda mi cama. Atenta por si tengo temblores. Intentando que beba un caldito de pollo. Cuando se inclina sobre mí, escucho su corazón. Un tambor dolorido donde rebullen el amor y el desinterés. Gracias Alejandrina Señora Corazón.
Cierro los ojos. Me dejo llevar por los recuerdos buenos. La época moza. El famoso primer año cuando el aire me faltaba si Noelia miraba para otro lado.
Los ataques de tos me extenúan. Alejandrina ya no se aparta de mí. Sostiene mi mano como ambiciona sostener mi vida.
— Alejandrina...tus manos son hermosas y tibias. — Tartajeo.
Ella se echa a llorar. Gordas son las gotas de su llanto. Contesta inventando despreocupación: —Sabe una cosa, niño...Este es el primer piropo que recibo...y el mejor.
CARMEN ROSA BARRERE.
Esta es mi historia con Alejandrina López, a la que siempre llamé Alejandrina Corazón. Si la recuerdo livianamente, soslayando su interior, cometo el delito de ignorar el enorme significado que su presencia significó en mi vida. Y ella jamás será una señora del montón, a pesar de sus tacones bajos, su mirada quieta y los rollitos rodeando su cintura, que la avergonzaban. El cabello encanecido prematuramente, recogido dentro de la severidad de un rodete armado sin usar el espejo, de memoria y que a pesar de ello, consigue ennoblecer sus rasgos. Entró como servidora a la casa de mis padres justo el año en que mi madre, reconocida abogada, parió dos robustos varones gritones y exigentes, tarea para la que mi progenitora no estaba preparada. Cuando mis padres se casaron, hicieron un acuerdo satisfactorio para ambos: No buscarían herederos. Por lo tanto, el embarazo fue una sorpresa no deseada. Nos amamantó durante un mes, época en la que se le fue la leche y nosotros pasamos a ser cuidados, acariciados y malcriados por una madre supletoria jovencita, de risa fácil y mirada inteligente. La que nos trajo al mundo por un error de cálculo, había sido ascendida a juez. El exceso de problemas del oficio, irrecusables eventos sociales…y su incapacidad para contactarse y aceptar una vida puramente doméstica, dedicada en exclusividad a nosotros, la superaba. No estábamos en sus planes así que el evento fue además de sorpresivo, pavoroso. Como hija única, creció engreída y solitaria, en un caserón sin risas y escasos amigos con quienes compartir. Su naturaleza la convencía de que los niños solamente precisan buena comida, colegios severos, modales adecuados y vacunas vigiladas con rigor por nuestro padre médico. Lo demás, lo podía cubrir alguien eficiente, bien recomendada y sin antecedentes vergonzosos.
A los seis años, una noche soñé que volaba como un pájaro. Me levanté de la cama con sigilo, saqué el paraguas negro de papá, me trepé al techo de la cocina, lo abrí y me largué con un grito de victoria. Caí sobre el pasto que cuidaba Román el jardinero. Que estaba crecido porque había llovido y para gloria de mi instante de pájaro, el techo aquél no era muy alto. Alejandrina quitó mis mocos sin enojo y lavó mis rodillas magulladas con agua oxigenada. Al rato, como seguía el dolor, me hizo su brujería pasando la mano abierta sobre la lastimadura canturreando:”Sana, sana, culito de rana. Si no sana hoy, sana mañana”.
Cuando empecé a perder los dientes, se convirtió en fantástico Ratoncito Pérez. Tanteando debajo de la almohada, todavía adormilado, me esperaban la tradicional monedita y un dulce de los que me gustaban. Todo esto por partida doble, porque mi hermano recibía idénticas atenciones. Era más avispado que yo, así que en toda ocasión de ser sometidos a juicio por Alejandrina, ponía cara de yo no fui cuando el inventor de todas las cagadas era siempre él.
Mi guía casera corrigió los horrores ortográficos de la primera esquela de amor que me atreví a escribir en una notita cursi y sobrada de adjetivos, con una letra que subía y bajaba del renglón según se calentaba mi bragueta. Cursaba quinto grado, usaba separadores de dientes, anteojos con armazón de carey y enrojecía o tartamudeaba fácilmente. Muchos creían que era lento. Me comparaban indefectiblemente con mi hermano Pedro. Que era alto, deportista, atrevido y bailaba bien desde El Pericón de los actos escolares hasta el zarandeo sensual de una salsa. Para mis adentros, corroído de envidia, yo lo mal llamaba “el pluscuamperfecto”.
Recuerdo claramente esos años, saliendo de la adolescencia. Tal vez porque en esa época me di cabal cuenta que mi madre distante lo prefería, presintiendo que ese hijo sería el gran portador de satisfacciones. Pedro y yo éramos compañeros de curso. Aula donde reinaba como princesa azul mi dulce Maite. Yo me arrastraba en un eterno malestar: Que Maite, protagonista de mis sueños, productora de orgasmos solitarios y dibujos de su hermoso traserito en posturas pecaminosas, dejara de mirarme a mí para depositar su levísimo interés en el musculoso, exasperante Pedro.
La Alejandrina que mientras éramos criaturas cumplía su rol sin perdernos pisada, revisando los cuadernos de notificación, arrastrándonos al dentista sin aceptar fiebres repentinas o falsos dolores de cabeza; la que, si cedíamos el paso a las personas mayores en la vereda, o no soltábamos escupitajos cuando nos llevaba de la mano, nos premiaba con dulces que sacaba del fondo de su gran bolsillo al que llamábamos “el bolsillo de la maga”; la que cocinaba estupendo y entendía todos los chistes, hasta los más rebuscados que armábamos para hacerla reír, envejecía mirándonos crecer. Con ella compartimos fiebres, o miedos tumultuosos de los que asaltan a los niños en la oscuridad. Nos arrebujaba entre las cobijas y nos tarareaba canciones inventadas. “Cántanos la de la otra vez”, le rogábamos con Pedro. Ella sonreía. “La de la otra vez no me acuerdo. Pero escuchen bien. Esta es de las nuevas y tan, pero tan buena, que pone a bailar mi rodilla con artritis”.
Hoy peleo con mi enfermedad. Mis fuerzas disminuyen cada día. Me reprimo para no llamarla cuando la veo dormitar en el sillón de mimbre que tiene a los pies de mi cama, pero ella está alerta. Acude sin oír mi voz. Humedece mi frente, acomoda mi pelo y se inclina para hacerme la caricia esquimal: friega levemente su nariz contra la mía, sonriendo. Nunca supe si esa era en verdad una caricia conocida por habitantes polares, pero conseguía calmar mi angustia del momento, adivinada por ella. No se quien fabuló sobre las leyes de la sangre. Cuando mi salud se deterioró por motivos escandalosos, los de mi casa metieron la cabeza dentro del pozo del olvido. No soportaban bochornos y ninguno pensaba exponerse por un zángano que apenas recibido de arquitecto, eligió vivir en el campo, diseñando casas para pobretones, dejando de lado la clientela con plata. Un ser extraño al que era sencillo ignorar. Me borraron. Si alguien preguntaba por mí hacían un gesto con la mano. Significaba lejos.”No sabemos nada hace tiempo…Ustedes lo conocen, siempre fue egoísta y solitario…Hizo lo que quiso…Se compró esa chacra y por ahí deambula”…
No debo contar esta historia mintiendo. Porque ya he ocultado tanto, que el mero desvío de mi pensamiento hacia sucesos o hechos inventados reduce mi energía hasta agotarme. Siento que el lápiz se afloja dentro de mis dedos. Si quería que alguien rescatara el ideal de la generosidad y la entrega de personas humildes, debí empezar a escribir este relato hace un año, antes que me hicieran el último análisis de sangre. Cabeceando indeciso, el médico me miró con lástima: — Por las dudas mandé los análisis a dos clínicas diferentes…Te contagiaste el sida, muchacho…No pusiste cuidado en tu relación con Noelia…
En la calle tomé una enorme dosis de oxígeno y empecé a caminar hacia el auto como un autómata, sin detenerme en nada; asustado en el fondo, pero consciente que ese diagnóstico llegaría más tarde o más temprano. Mi vida a futuro estaba echada, no tenía posibilidades de salvación y tampoco pensaba presentar batalla. Gozar de un amor que fue físico y espiritual con una simultaneidad fluida, había llenado mi copa.
Era el instante de dejarme ir, recreando dentro de mi mente la figura de mi amada en el cruce del camino donde se que me espera con la flor azul que solía colocar detrás de su pequeña oreja. El día que reencontré a Noelia me arrojé al abismo de un amor de alto voltaje pero insustituible. Mi tiempo saludable será corto, según el parte médico. Y yo, que siento el hálito de la maligna pisándome los talones, partiré conservando en todo el cuerpo el roce inolvidable de la otra piel, dueña del retozo, floreciendo debajo de mi mano. Me acompañará el fabuloso contorno de su cadera inaugural de un sexo a gritos, desprolijo y caliente y trasladaré a la eternidad su mirada especial, ésa que todos los hombres buscamos en los ojos de la mujer amada.
Llevado por su mano levanté telones de mundos donde cohabitan sueños, imágenes, delirios y locuras entrelazadas, como las mujeres pintadas por Gustav Klimt dentro de una cama. Envueltas en sus sábanas de flores y de pájaros, lésbicas y dichosas. Lecciones fugaces en diminutas fracciones de un tiempo escaso, tremendamente ansiosos ante lo perentorio del correr del reloj. Sí, voy camino al desapego final de mi pobre alma con la realidad. Cargamento de huesos corroídos, músculos sin vigor y sangre infectada. La observación de un paisano de mi campo sería: ! Pero amigo, quien le quita lo bailado! Simpleza filosófica que traigo a mi mente cuando me introduzco dentro del automóvil. El plástico del respaldo donde ella reclinaba el cuerpo huele a la colonia cítrica que usaba. Por el rabo del ojo capturo el aleteo de sus faldas y yo, que nunca creí en el más allá, la escucho en su larga, cantarina carcajada — la que usaba para levantarme el ánimo — en alguno de mis días tristones. Porque ningún niño puede crecer como un adulto feliz si alguna vez sintió que la vida lo depositó por azar dentro de un regazo árido para infantes.
Sin ella pero con su espíritu conduzco hasta nuestra casita del bosque. El papel del sanatorio me condena. Las letras aterradoras son negras, como será también negro mi futuro. Debo seguir siendo sincero. Cuando la encontré me introduje pleno de razón a este final. Nadie me empujó y jamás estuve loco. Aunque muchas voces se elevan a diario proclamando la conveniencia de contratos prematrimoniales, de artículos firmados que legalizan a quien pertenece la porcelana y cómo repartirán el tiempo con los hijos, el solo hecho de aplastar la ilusión y la entrega, es asesinar al amor de antemano.
Siento que soy otro. Y el paisaje frene a mí es diferente también. Árido y resueltamente hostil. Muerto por dentro y resucitado en una galaxia con personajes tatuados macabramente por Bradbury. Donde los Hombres Ilustrados me rehúyen, tomando distancia como se hacía con los leprosos bíblicos.
Nacimos en provincia, de padres con títulos universitarios y corazón alevosamente práctico. Más interesados en que nos graduáramos que en observar nuestras inclinaciones naturales. Mi hermano Pedro se parece mucho física y mentalmente a nuestra madre. Le encanta figurar, conducir un auto caro y perseguir la pelotita de golf en el club. Conoce los mejores tragos y le cae bien a todo el mundo. Determina que su carrera es la abogacía. Para qué insistir: tengo pocos amigos, soy retraído y mi gran deporte es perder en el tablero de ajedrez. Mi rival es un amigo. Fuimos juntos al jardín de infantes, nos enamoramos siempre de las mismas chicas. Ahora está casado, con dos pibes. Desde mi aislamiento casi no lo veo. Pero estoy más que seguro que me entiende. Presiento que me observa. Sabe que cambié, sabe lo que siento y me absuelve.
Abandoné la bolsa al final del trabajo de parto. Debe ser por eso, porque di mas faena, o porque mi madre podía soportar un hijo, pero nunca dos, chillando al mismo tiempo. Tal vez, en ese preciso instante, la intuición — atributo femenino — la hizo verme diferente. Algo me delató. Ella supo, sin caber la duda, que yo sería el rompecabezas de su vida. Su vidita ordenada y sin sobresaltos. Socialmente, la señora que recibe amablemente a las visitas. La que tiene mejor casa, decorada por un “raro”, perdonado y aceptado porque nadie lo iguala en el buen gusto. (Con el agregado de no ser parte de nuestra familia). En el círculo de esa fingida aristocracia, mantener dos hijos, lograr que ambos nos tituláramos en la universidad y conseguir que Pedro escogiera por esposa a una flaca con pasado anoréxico y mandíbula de guardia cárcel, única heredera de un señor pudiente, que frecuenta el mismo club, la distrajo. No es que mi madre sea una mala persona. Al contrario. Es una activista de las sociedades de beneficencia, es coqueta y solamente lee los sociales del mejor matutino del pueblo. No es chismosa, pero obliga al buenazo de mi padre a asistir cada martes a la reunión de uno de esos clubes — con estatutos copiados de países con mentalidad diferente — donde son bienvenidos los que tienen plata o los pobres gatos que se matan por aparentar.
Mi padre agacha la cabeza, la mira con paciencia y parte a aburrirse y dormitar con lo único rescatable de la reunión de próceres pueblerinos: el buen tintillo del que no se priva.
Fue al comienzo de la facultad — Maite ya estaba a punto de casarse, perdida para siempre — cuando enarbolé todas las banderas por Noelia. Mi sangre, mis huesos, mis pensamientos, giraban como una calesita alrededor de su silueta, del mohín de su cara, de su risa, descarada y espontánea. De su cabello de un rubio ceniza que olía a magnolia. De su cintura, que era tan pero tan angosta, que apenas podía contener sus pequeñas, deliciosas nalgas y las piernas mejor esculpidas que ningún artista imaginara.
Empecé a caminar como un zombi, muerto de amor, de calentura juvenil por esta veleidosa. Que hoy me miraba y yo nacía. Que mañana coqueteaba con otro y yo agonizaba. No puedo decir que se sentaba en el banco del aula porque en ella no existía lo vulgar. Se asentaba. Como se asienta una mariposa sobre el tallo de una flor. Y simulando prestar atención a la explicación del docente a cargo, cruzaba sus pilares torneados, dejando ver más allá de lo permitido en esa institución. Dibujaba corazoncitos en un cuadernillo rojo y revoloteaba — ya lo dije — como una mariposa, sobre sus súbditos varones boquiabiertos. Toda la clase de machitos, embalados por conseguir una mínima atención de la diva. Fue mi primer año universitario y mi primer fracaso. Por supuesto, me quedé sin veraneo. Tenía que ponerle pila a las materias y salvar los restos de mi dignidad.
Cuando aparecí por las aulas, el que jugaba al ajedrez conmigo desde el secundario, tan deschavetado por ella como yo, me esperó para darme la noticia.
— Estoy de duelo, compañero. — Dijo tomándome del brazo.
— ¿De duelo? — Yo estaba distraído, buscando a Noelia entre el grupo de chicas, algo alejadas de nosotros.
Mi amigo me observó con cuidado antes de seguir: — ¿Pero... no te enteraste?
En ese instante me di cuenta que las chicas miraban hacia nosotros, cuchicheaban y entraban al aula agitando la mano, sin hablarnos. Un frío de muerte me paralizó.
— ¿Le pasó algo a Noelia?— Grité sacudiendo a mi amigo.
— No sé si lo que le pasó es bueno o malo...Noelia se escapó de la casa apenas terminaron las clases. Estabas en el campo, estudiando. Tu mamá no quiso que te avisáramos...Apareció un productor de cine...Un tipo que tiene que ver con la televisión...Le hicieron una entrevista, o un casting, algo así. Le tomaron fotos. En la casa, nadie estaba enterado...La historia es que huyó y nadie sabe donde está. — Mi amigo termina el chisme susurrando.
No pude presentarme a rendir. Volví a casa. Entré por la puerta de servicio y fueron los brazos de Alejandrina los que me recibieron. Me preparó un té de tilo, me obligó a meter mi cuerpo hecho hilachas bajo la ducha fría. Canturreando, como cuando era chico, me sumergió entre las sábanas, levantó la cabeza y entró a la sala a conversar con mi madre. No conozco sus argumentos. Lo que sí pondero es su coraje: una simple criada, pegándole un tirón de orejas a mi progenitora.
Pasó el tiempo en la ciudad donde estudiábamos. Un fin de año regresamos a casa. Cada uno con su título. Mamá organizó una gran fiesta. Una presentación en sociedad de dos buenos partidos. Muchachos de bien, con tres idiomas y el rótulo de “educados”. Sin olvidar: Y algo de fortuna. Pobre madre querida. Los hijos nacen. No se hacen a gusto de los padres.
Pedro se casó enseguida con la elegida por mamá. A los dos meses mantenía una amante gordezuela y divertida — elegida por él — con la que años más tarde tuvo mellizas mujeres. Yo me compré un campito y abrí mi estudio de arquitecto. Me deleito garabateando planos que me vinculen con el Gaudí que conocí primero en la universidad y luego en mí larga, detenida visita a Barcelona. Ese genio pertenece al cuaderno de mis héroes, como el cuadernito rojo donde Noelia jugueteaba con sus corazones. Hago milagros con presupuestos reducidos. Levanto departamentitos que me vuelven ciego repensando agujeritos por donde debe entrar el sol.
Todo normal. Hasta la noche que tropiezo en un boliche de onda con Noelia. Bebe tranquila y fuma como una veterana. La acompañan dos hombres mayores, que la miran embobados. El misterioso aire sensual es el mismo de la juventud. Una magia adherida a sus entrañas. Como ignora el impacto que produce, nada sumergida en aguas exclusivas, lejana, magnificando el encanto. Esta mujer me estupidiza, me pone de rodillas aunque no me mire. Tardo en recobrar estabilidad.
Me aproximo a saludarla. Es Noelia y no lo es. Sonríe. Pero no con los ojos, con toda la cara, como antes. La mueca está. Los ojos azules también. No puedo explicar bien el momento. En el fondo del alma una alarma me silba que voy hacia la oscuridad. Con la marca de perdedor que mi madre detectó en el momento de parirme. Nos alejamos de los dos vejestorios y nos atropellamos en un entrecruzado palabrerío lleno de ¿Te acordás? Y silencios plagados de nostalgia.
La llevo a vivir conmigo. Cada vez que intenta explicar su pasado le cierro la boca con un beso. No quiero que ninguna araña, ni su tela, enreden un presente que estoy enterado, será efímero y colmado a la vez.
—Tengo sida. — Me anunció la noche que la rescaté del bar.
—Tomaré las precauciones necesarias.— Afirmo mientras la desvisto con los nervios a punto de entrar en corto circuito. Palpo la seda de su piel. La cubro de besos, de saliva, de ternura.
— Si estás conmigo sabré cuidarte para que dures muchos, pero muchos años. Prometo, mirándola hondamente a los ojos. Ella está recostada. Desnuda. Perfecta. Esperando mi arribo.
Alejandrina se muda a nuestra casa. Ningún miembro de la familia de Noelia, ni mi hermano, ni mis padres nos visitan. Ya no ejerzo. Ella cose apaciblemente bajo un matorral de glicinas y yo garabateo planos que jamás se convertirán en el hogar de nadie.
Gracias a Dios, siempre fui cuidadoso con el dinero. Alcanzará hasta el final de los dos. El día se esfuma cuando parte Noelia. Mi dolor es tan intenso que me robotizo, me endurezco como un muñeco metálico sin comando. Alejandrina me consuela un tiempo y enseguida toma las riendas con la eficiencia inteligente de siempre. La envolvemos en la sábana de hilo que bordó especialmente y depositamos lo que queda de ella a la sombra de un árbol de Jacarandá. El Jacarandá, emocionado desprende sus flores violetas sobre la tierra que la tapa esparciendo color, imitando al pintor de mujeres austríacas.
Alejandrina ronda mi cama. Atenta por si tengo temblores. Intentando que beba un caldito de pollo. Cuando se inclina sobre mí, escucho su corazón. Un tambor dolorido donde rebullen el amor y el desinterés. Gracias Alejandrina Señora Corazón.
Cierro los ojos. Me dejo llevar por los recuerdos buenos. La época moza. El famoso primer año cuando el aire me faltaba si Noelia miraba para otro lado.
Los ataques de tos me extenúan. Alejandrina ya no se aparta de mí. Sostiene mi mano como ambiciona sostener mi vida.
— Alejandrina...tus manos son hermosas y tibias. — Tartajeo.
Ella se echa a llorar. Gordas son las gotas de su llanto. Contesta inventando despreocupación: —Sabe una cosa, niño...Este es el primer piropo que recibo...y el mejor.
CARMEN ROSA BARRERE.
24.3.10
LA NIÑA DEL FAROL
LA NIÑA DEL FAROL
El maldito – bendito día que mi marido armó sigilosamente su valija, y se desvaneció escaleras abajo, yo bañaba y jugaba con nuestros mellizos dentro de la tina. Fue, con exactitud un día ambivalente: bueno y malo. Todo junto y mezclado. Bendito porque con su fuga delincuente, me libraba de él y de su eterna carroza de ensueños. Maldito, porque el investigador privado que contraté, jamás encontró su rastro, para obligarlo a pagar la manutención de los chicos.
Eso pasó hacen dos años. Me fui tranquilizando con el correr del inexorable almanaque...y con el certificado de divorcio, donde lo declararon: ausente sin aviso. Lo hice enmarcar. Lo guardo en el cajón de la mesita de luz. Un tesoro al que recurro, cada vez que otro inventor de sueños se anima a mis paredes de puerco espín. Jamás volveré a caer en la telaraña bordada con perlas de gotas de rocío de ningún otro charlatán con pantalones.
En una confesión pública, como esta, uno debe ser sincero de cabo a rabo. Yo rozaba los treinta y cinco. Mis amigas especiales estaban casadas y eran madres... Soy buena en mi profesión...pero la soledad de la almohada, la sonrisa “ del otro” en el desperezar mañanero...eso, me era ajeno. Desde el remoto tiempo de jugar con las casitas de muñeca, la parte rosa se me presentaba en el mismo escenario: un hogar pequeño, en el campo. Una chimenea a leña. La cocina oliendo a la miel de la repostería invernal. Los niños ideales correteando sin romper nada, de un lado para otro. El amor de mi vida, desmontado del caballo blanco, hurgando la tierra para sorprenderme, en un atardecer de otoño, con tres macizos de rosales enanos que tanto me gustaban.
Marcelo tenía el pelo entrecano, la piel sonrosada y un par de ojos infantiles, con la consigna de sorprenderse, como un inocente . Y tal vez lo era y la bruja del cuento sea yo. La verdad es que entré en la relación como una yegua desbocada. A él lo bajé de un zarpazo de la cola de su barrilete, lo arrastré hasta el Registro Civil ( donde arteramente, te colocan las esposas) y nos convertimos en marido y mujer. Nadie nos explica, en el fragor del entusiasmo, que las tales esposas tienen una llave y que la llave la esconde el mas vivaracho de los dos. El buenito del cuento, mi Marcelo, era el poseedor del abridor de grilletes.
Se aburrió antes que me diera cuenta, abrumado por esos dos diablillos que requerían un padre de verdad, sólido y estable.
El Marcelo que escribía versos, el que salía a navegar cuando los chicos tenían tos convulsa, el que se dormía como un lirón en las narices de mi respetable progenitor en medio de su discurso político, el que decía que estudiaba y que por una roñosa mala suerte su ronda por la Facultad de Derecho le había consumido doce crónicos años calentando bancos sin conseguir recibirse...Era una fotocopia del que me conmovía hasta el tuétano leyendo, con su voz ronquita, los poemas de Neruda o “ El Viático” de Don José María Pemán. Leyendo cobraba altura, se transformaba en un innegable soñador. Un elitista. Un encantador de serpientes con perfume a sándalo. Un navegador de mares calmos y cielos eternamente azules. Un mar en el que nadie sabía el precio de un kilo de carne, ni qué día vencía la cuenta de teléfono. Tal vez Marcelo era un artista, que a los cuarenta años seguía sin descubrir si era mejor pintar, o esculpir, o actuar en el teatro. La terrible verdad era que mi consorte era un perfecto inútil.
Con mi panza en avance, yo partía corriendo al trabajo, mientras tranquilo, él fumaba su cigarrillo, y miraba de reojo las tapas del libro de Derecho Penal. Ese señor, maestro en dicotomía, fue el que me dejó plantada.
Ya no me duele que me abandonara a mí. Tal vez tenía algo de razón. Menos entusiasta que la que suscribe, a veces me contemplaba y afirmaba: Somos dos buenas personas...pero no nacimos para vivir juntos.
Lo que no perdono, no soporto, es la mirada — idéntica a la suya — de mis hijos, cuando me preguntan: ¿Porqué todos los chicos tienen papá, y nosotros no?
El día que los mellizos cumplieron cuatro años y todos los globos se reventaron y los restos de las dos piñatas yacían desparramadas en el piso, despedí al último de los invitados. Los chicos felizmente, dormían. El cansancio me había vuelto de plomo las piernas y los pies. Encendí un solitario cigarrillo y me dejé caer ovillada en una hamaca. Pensar a fondo es un ejercicio para gente fuerte. Y yo estoy ante ustedes, declarando a calzón quitado mis innumerables agachadas. Esa noche, la resistencia de mis muros cedió. Mis músculos se aflojaron. Mis sentimientos, apretujados, se dieron el lujo de aflorar. Lloré tanto, pero tanto. Con el dolor convulsivo, estertoroso que experimenté la noche que encontré muerto a mi abuelo. Cuando me recompuse, amanecía. De ese fondo de reserva de energía que tenemos todos, saqué a la luz mi consuelo y mi decisión: partir para el campo, al hogar donde habían vivido mis abuelos. Una casa grande, vacía de habitantes. Con una enorme cocina, de cuyo cielorraso colgaba mi abuela la artillería de cacerolas y sartenes que usaba para cocinar para su regimiento en miniatura. Parió seis robustos varones. Uno de ellos, mi amoroso padre.
—osotros tenemos suficiente dinero- mi madre me acarició la cabeza y enfrentó la situación con su admirable sentido común- El viejo Serafín vive con la esposa, en la casita de caseros...El hijo, que se casó, ocupa con la mujer la que fuera antes la sala de juegos...le hicimos algunos arreglos, claro. La joven se llama Natalia. Puede ayudarte con los chicos y los quehaceres...Queremos que te despreocupes hasta que nuestros nietos san un poco mayores.
-Y te llevás la camioneta...tu autito no sirve para el barro del campo- Papá resuelve -problemas irrumpe en la conversación. Todos me dan algo. Mis hermanas. Mi tía. Mi amiga Susi, que desenvuelve con una sonrisa mal intencionada un cuadro donde se lee: “El casamiento no es nada. La ollita es la condenada.” Debo aclarar que Susi fue la única que se animó a alertarme en contra de Marcelo cuando yo me agarré la famosa calentura.
Calzo dentro de los cuartos campesinos como si introdujera los pies en una zapatilla vieja. Todo me es conocido. Cada objeto conserva casi el mismo lugar que solía tener cuando yo era chica. Mis mellizos están fascinados. Tienen un espacioso cuarto para cada uno. Otro, donde desparraman sus juguetes. Es tan grande, que armamos la casita de los indios. Ahora Juan se hace llamar “Pie Descalzo”, y Martín responde, ululando con la mano en la boca, al importante apelativo de “Oso Silvestre “.
Los viajes hasta el pueblo se hacen de rutina. El farmacéutico plantígrado es el mismo de antaño. Ha engordado. Si de joven le costaba desplazarse, la vejez lo obliga a ese arrastrar de plantillas humillante .Mi abuela solía decir: “La vejez y el invierno son antiestéticos”. Que verdad agobiante. Hay muchos negocios nuevos, con caras que no conozco. La plaza, en el lugar de antaño. Remozaron la Iglesia, y un asfalto orgulloso anuncia la prosperidad de los habitantes de la zona.
-La gente está regresando al campo- me explica el hijo del médico de mi familia- Al fin se dejaron aconsejar por los que saben... la soja y el girasol son cultivos especiales para esta clase de tierra...a los precios de mercado, se debe el progreso que estás viendo ...-
El hijo de nuestro médico se llama Hilario, como el padre. Pero no lo invito a comer un asado el domingo por el nombre. Lo invito porque los mellizos, como hechizados, le ruegan que venga.”Nosotros no tenemos papá- dice el taimado Oso Silvestre- y queremos estrenar la pelota de fútbol que nos mandó el abuelo”. Me ruborizo. ¡Tengo derecho a sonrojarme!. A Oso Silvestre se le achica el coraje cuando lo fulmino con mirada de madre de un entrometido, que será reprendido cuando estemos en casa.
Sin aparente atención a mis nervios, el doctor me cuenta que llegó hace poco de Europa, donde perfeccionó sus inquietudes respecto de las complejidades de la medicina clínica. Permanece soltero. Según él, porque no terminó de salir de un enamoramiento equivocado, con la mujer equivocada en el momento inadecuado.
-Tu relación, mas que relación, parece un destrabalenguas, - le digo el domingo mientras revuelvo la ensalada.- Lo mío fue mas sencillo: se las tomó porque la mochila de los chicos le quedaba grande. Nada es eterno. Ni el amor, ni el dolor. Así que hay que vivir alertas.
-Los alertas son para los cuarteles- dice muy sonriente- Me parece mejor dejarse llevar. El vaivén de los hechos termina acomodando todo.
El fin de semana siguiente aparece sin que lo invite.
-Estuve pensando que a los chicos les va a encantar una casita sobre un árbol- ¿Qué te parece aquél paraíso?- Está alejado de la casa...y desde esa rama grande, la vista debe ser espléndida.
Los chicos saltan encantados. Serafín y el hijo, cómplices, amontonan las tablas, traen una buena escalera, y por dos semanas pierdo de vista a mis hijos, a mi amigo y a mis empleados. Lo único que se escuchan son risas, el vaivén del serrucho y martillazos. La mujer de Serafín, sin levantar cabeza, se afana con una escalera de peldaños de madera y sogas para subir a los inquilinos sin que se maten.
-¿Vieron cómo se introduce la mugre debajo de las uñas, sin que nos demos cuenta?. ¿Advirtieron en alguna ocasión que un sujeto desconocido hasta el día de ayer, se vuelve de repente imprescindible para una familia entera?. ¿Alguna dama que me lee oyó el chillido del “alerta”, y se hizo la tonta, como hice yo?-
En lugar de echar a correr, me quedé clavada .A una situación que sostengo no es para mí, con un señor que ni siquiera calcula el tamaño de la taza de mi corpiño. Este momento de debilidad ha de traerme consecuencias, no me cabe ni la menor de las dudas. Sé también, que la vida no es perfecta. Que el que no arriesga, no gana. Creo que Hilario reflexiona por los dos. Lo hizo la primera vez que lo vi, cuando afirmó “que la vida y sus vaivenes acomodaban todo”. Astutamente, metió a mis dos rebeldes sin causa adentro de una bolsa fabricada para compinches especiales. De la misma, asoman la cabeza mis empleados. Cuando cenamos, y lo despido con beso de amigos, empiezo a recelar que se va porque tiene una novia en el pueblo...que no se olvidó de la otra...y lo mas horrible: que yo le intereso tanto como sus cultivos de asquerosa soja. Ya sé. La soja es un alimento fabuloso que reemplaza la carne. Hilario la pondera tanto, que logró esto: que yo la deteste. Si encuentran alguien mas idiotizada que yo, me avisan.
La inauguración de la casa del árbol se hace en tres ocasiones. En la primera, mis hijos ofrecen un horrible mate frío, que comparto con Hilario. La segunda, es con Serafín y familia. Resulta mas elegante. Ya tienen una mesita de madera, y Natalia les fabrica la torta de chocolate que les gusta. La tercera es de fábula. Aparecen mis padres, mi hermana menor y Susi. Se hacen como seis viajes con riesgo severo de vida por esa escalera temblorosa, para subir los regalos y las golosinas que juntó mi familia para estos malcriados.
De repente creo descubrir algo extraño entre Hilario y Susi. ¿O me estoy volviendo paranoica?.De soslayo, creo leer en Susi una mirada de aprobación, destinada a Hilario. Y en otro momento, es mi padre el que hace al médico un gesto como de entendimiento, a mis espaldas. Sorprender a mi padre en algo que parece una confabulación, me desconcierta. Debo tranquilizarme. Se van el domingo. Son tan preciosos estos días de alegría, que me quito de la mente cualquier sentimiento que me aparte de disfrutarlos.
El lunes deambulo por los cuartos. Extraño a mi familia. Las risas y la chispa de Susi, que tiene un repertorio de cuentos de nunca acabar. De repente se pone seria, y frontal como un tanque, me pregunta si Hilario me gusta. Miento. Le miento a mi mejor amiga, usando mi utilísimo señuelo para autoengañarme.
-¿Porqué se te ocurre que tiene que gustarme?..Todavía siente nostalgias por la novia...juega más con los chicos que lo que me habla a mí...y ya me tiene podrida con la soja.
Empieza a caer el sol .Preparo un te con panqueques, y le pido a Natalia que vaya hasta el árbol y traiga a los chicos de regreso a casa..
Natalia entra agitada, las manos sudorosas, el cabello en una sola greña.
-Señora...venga rápido...tiene que ver una cosa...
Salgo disparada. Imagino lo peor. Un brazo roto. Uno de mis indios con un solo ojo...que se yo.
Los tales están asomados a su balcón lo mas campantes. No me miran, ni dan vuelta la cara mientras yo grito y trepo y me meneo en la escalera de sogas.
-Mirá, mamá, dicen a dúo- mirá para allá...y no hagas ruido, por favor...vos tampoco, Natalia.
Nuestro campito tiene como unas cuatro hectáreas. Sigo la dirección de la mano de Martín, y veo, parada en un claro entre los árboles, a una niña pequeña, que mira hacia la calle. Es rubiecita. El cabello largo, termina en tirabuzones. El vestidito celeste parece de tul, ajustado al cuerpo con una cinta brillante, como de raso. Lleva mediecitas blancas hasta media pierna, zapatitos oscuros, y una lámpara antigua en la mano derecha. Parece un angelito .Una representación inventada, como las que colgaban las monjitas del colegio donde hice la primaria. Una aparición irreal, fuera de tiempo. ¿ Una alucinación colectiva.? Pasado el primer momento, mi instinto me dice que debo proteger a mis hijos. Los tengo abrazados con tanta fuerza, que siento cómo palpitan acelerados sus corazones. Nadie habla. Tenemos miedo de la aparición, pero nadie quiere que se vaya. Tengo la sensación que ella pertenece con mas derecho que nosotros a ese lugar. Nos separan unos cincuenta metros. Mis ojos se endurecen tratando de no perderla. De repente, desaparece.
Pie Descalzo me mira con desconsuelo.
-¿Te parece que vendrá otro día, mamá.?
-No lo sé, hijo...no lo sé.
Lo mas notable es que ninguno de los dos se asustó. Su preciosa ingenuidad, intacta, los hace admitir como real y repetible a esa frágil figurita de niña que no puedo definir como un fenómeno consciente. Paso la mano por mis ojos, y vuelvo a mirar. Se ha ido. Nerviosos, los chicos discuten. Natalia afirma que antes de casarse, ella también la vio. Que mucha gente con preocupaciones, cuenta haberla visto. Que aparece para traer luz sobre la gente ciega. Mis hijos sostienen que la pueden convocar a voluntad. Que a lo mejor está interesada en la casita del árbol. Que está solita. Que no tiene familia, ni amigos.
Me cuesta un Perú remolcarlos a la cama, y una cantidad de explicaciones factibles respecto del suceso hasta lograr aquietarlos. Duermo mal. Me levanto al alba, y gateo hasta el balconcito de la casita del árbol. Hay una levísima neblina, una especie de sudario que cubre las copas del bosquecito donde la vimos. Aguzo la vista, pero no encuentro señales de la niñita celeste y su lámpara.
Después del desayuno, instalo a los chicos en la camioneta y vamos al pueblo, a contarle el suceso a Hilario. Me escucha en silencio. Casi con respeto. Mis hijos esperan su palabra. Lo que dice Hilario es “la justa”. No me darán ocasión de discutir.
Mi amigo carraspea, carga a un mellizo en cada pierna, y me mira. Sí, digo bien. Me mira a mi. De arriba abajo. Me inspecciona. Sí, creo que está tomando las medidas de mi busto.
¿Se acuerdan de aquellos doce presos que fueron elegidos para una película con la adrenalina a fondo.? Las cabezas rodaban, apenas empezaba el film, decapitadas. Me agacho a juntar la mía, y espero. Solamente miro a mis hijos. Me sofocan mis vergonzantes obviedades.
-Desde niño, creo en las señales, Miranda. Y nunca me fallaron. Cuando te vi entrar por esa puerta, hace mas de un año, supe con seguridad de vidente, que eras la mujer para mí. La que esperaba. La que Susi, que fue mi compañera de facultad durante dos años, me dijo que eras.- Todo dicho de un solo tirón. Como quien se tira a la pileta sin saber nadar.
-¿Susi te conocía...?.?Porqué nunca me dijiste nada...?...Es terrible...No puedo confiar ni en mi mejor amiga- lloriqueo en un rabieta de proporciones.
-Perdón, perdón...perdón. Nunca me atreví a decirte nada...me parecía que no estabas preparada...- baja a mis hijos de su regazo y se aproxima- también conozco a tu papá...nos vimos en un campeonato de tenis, hace mucho...y a tu hermana.- Nadie tuvo la intención de tomarte el pelo, o mentirte...nos callamos todos, de común acuerdo, esperando el momento...si es que llegaba...-
Abrazo a mis hijos como una náufraga se aferraría a su madero. Estoy enojada. Conmigo. Con el mundo entero .Un mundo plagado de traidores.
-¿Me podés explicar ahora que es eso de las señales?- Los mellizos nos miran, entrecruzando uno que otro pellizcón. Claramente me llega el murmullo que Pie Descalzo vierte en la oreja de Oso Silvestre. Están como en el cine. Esperando que el telón se abra.
-Cuando te fui conociendo...y enamorándome...tenía miedo que no te gustara el campo. Que un buen día decidieras volver a la ciudad...que esta chatura campesina te aplastara...no sé. Creo que lo que tenía era pánico. Miedo de enamorarme de nuevo...- Me toma con firmeza el brazo. Parece que lo asusta que me escabulla, como la aparición de la niña.
-En cuanto a la chiquilla con la lámpara...es una leyenda, tal vez un mito, o una realidad fantástica, que aparece y desaparece...A veces por años nadie la ve. Lo que si se sabe , es que trae un mensaje: “No te alejes de este lugar. Aquí serás feliz.”. En otros casos, la gente lo interpreta así: “No importa lo que diga el doctor. Tu marido se salva.” En un momento crítico, como el que atravesamos, Hilario no pierde el sentido del humor. Tiene desarrollada la fabulosa capacidad de burlarse de sí mismo.
¡Como me gusta este hombre! Amores compartidos. Mis hijos lo besan. El los abraza. Me rodea la cintura, y soy yo la descocada entusiasta, que no aprende, la que no lo suelta.
Susi, la Celestina, es nuestra madrina. Mi padre hace un acto de contricción, regalándonos un mes en Inglaterra- donde según afirma- muchos castillos tienen fantasmas que no se mueren, como el de Canterville.
Mis hijos siguen sus estudios cerca de mis padres. Lo primero que hacen al llegar, cada verano, es treparse a su hogarcito del árbol, rastreando la fábula de la niña vestida de celeste, con una lámpara antigua en la mano derecha. Me cuesta dejarlos marchar. Debo recordar a la madre osa de la película de Disney. Parió sus hijos en la selva. Los amamantó con amor, y les enseñó, con paciencia y celo los peligros del entorno. Cuando los sintió maduros, los miró con una larga, detenida mirada maternal, y los dejó para que aprendieran a sobrevivir sin protección
Hilario me estrecha en esos brazos anchos, donde cabemos todos.
-Nuestro hijos son como pájaros, Miranda. El verdadero amor es este: permitirles volar, para que archiven sus propias experiencias. Las nuestras no les sirven, como no nos sirvieron a nosotros las de nuestros padres.- Así que pongamos buena cara...Te juego una carrera hasta aquél álamo de atrás...el que llega cola, le toca cocinar.
CARMEN ROSA BARRERE
El maldito – bendito día que mi marido armó sigilosamente su valija, y se desvaneció escaleras abajo, yo bañaba y jugaba con nuestros mellizos dentro de la tina. Fue, con exactitud un día ambivalente: bueno y malo. Todo junto y mezclado. Bendito porque con su fuga delincuente, me libraba de él y de su eterna carroza de ensueños. Maldito, porque el investigador privado que contraté, jamás encontró su rastro, para obligarlo a pagar la manutención de los chicos.
Eso pasó hacen dos años. Me fui tranquilizando con el correr del inexorable almanaque...y con el certificado de divorcio, donde lo declararon: ausente sin aviso. Lo hice enmarcar. Lo guardo en el cajón de la mesita de luz. Un tesoro al que recurro, cada vez que otro inventor de sueños se anima a mis paredes de puerco espín. Jamás volveré a caer en la telaraña bordada con perlas de gotas de rocío de ningún otro charlatán con pantalones.
En una confesión pública, como esta, uno debe ser sincero de cabo a rabo. Yo rozaba los treinta y cinco. Mis amigas especiales estaban casadas y eran madres... Soy buena en mi profesión...pero la soledad de la almohada, la sonrisa “ del otro” en el desperezar mañanero...eso, me era ajeno. Desde el remoto tiempo de jugar con las casitas de muñeca, la parte rosa se me presentaba en el mismo escenario: un hogar pequeño, en el campo. Una chimenea a leña. La cocina oliendo a la miel de la repostería invernal. Los niños ideales correteando sin romper nada, de un lado para otro. El amor de mi vida, desmontado del caballo blanco, hurgando la tierra para sorprenderme, en un atardecer de otoño, con tres macizos de rosales enanos que tanto me gustaban.
Marcelo tenía el pelo entrecano, la piel sonrosada y un par de ojos infantiles, con la consigna de sorprenderse, como un inocente . Y tal vez lo era y la bruja del cuento sea yo. La verdad es que entré en la relación como una yegua desbocada. A él lo bajé de un zarpazo de la cola de su barrilete, lo arrastré hasta el Registro Civil ( donde arteramente, te colocan las esposas) y nos convertimos en marido y mujer. Nadie nos explica, en el fragor del entusiasmo, que las tales esposas tienen una llave y que la llave la esconde el mas vivaracho de los dos. El buenito del cuento, mi Marcelo, era el poseedor del abridor de grilletes.
Se aburrió antes que me diera cuenta, abrumado por esos dos diablillos que requerían un padre de verdad, sólido y estable.
El Marcelo que escribía versos, el que salía a navegar cuando los chicos tenían tos convulsa, el que se dormía como un lirón en las narices de mi respetable progenitor en medio de su discurso político, el que decía que estudiaba y que por una roñosa mala suerte su ronda por la Facultad de Derecho le había consumido doce crónicos años calentando bancos sin conseguir recibirse...Era una fotocopia del que me conmovía hasta el tuétano leyendo, con su voz ronquita, los poemas de Neruda o “ El Viático” de Don José María Pemán. Leyendo cobraba altura, se transformaba en un innegable soñador. Un elitista. Un encantador de serpientes con perfume a sándalo. Un navegador de mares calmos y cielos eternamente azules. Un mar en el que nadie sabía el precio de un kilo de carne, ni qué día vencía la cuenta de teléfono. Tal vez Marcelo era un artista, que a los cuarenta años seguía sin descubrir si era mejor pintar, o esculpir, o actuar en el teatro. La terrible verdad era que mi consorte era un perfecto inútil.
Con mi panza en avance, yo partía corriendo al trabajo, mientras tranquilo, él fumaba su cigarrillo, y miraba de reojo las tapas del libro de Derecho Penal. Ese señor, maestro en dicotomía, fue el que me dejó plantada.
Ya no me duele que me abandonara a mí. Tal vez tenía algo de razón. Menos entusiasta que la que suscribe, a veces me contemplaba y afirmaba: Somos dos buenas personas...pero no nacimos para vivir juntos.
Lo que no perdono, no soporto, es la mirada — idéntica a la suya — de mis hijos, cuando me preguntan: ¿Porqué todos los chicos tienen papá, y nosotros no?
El día que los mellizos cumplieron cuatro años y todos los globos se reventaron y los restos de las dos piñatas yacían desparramadas en el piso, despedí al último de los invitados. Los chicos felizmente, dormían. El cansancio me había vuelto de plomo las piernas y los pies. Encendí un solitario cigarrillo y me dejé caer ovillada en una hamaca. Pensar a fondo es un ejercicio para gente fuerte. Y yo estoy ante ustedes, declarando a calzón quitado mis innumerables agachadas. Esa noche, la resistencia de mis muros cedió. Mis músculos se aflojaron. Mis sentimientos, apretujados, se dieron el lujo de aflorar. Lloré tanto, pero tanto. Con el dolor convulsivo, estertoroso que experimenté la noche que encontré muerto a mi abuelo. Cuando me recompuse, amanecía. De ese fondo de reserva de energía que tenemos todos, saqué a la luz mi consuelo y mi decisión: partir para el campo, al hogar donde habían vivido mis abuelos. Una casa grande, vacía de habitantes. Con una enorme cocina, de cuyo cielorraso colgaba mi abuela la artillería de cacerolas y sartenes que usaba para cocinar para su regimiento en miniatura. Parió seis robustos varones. Uno de ellos, mi amoroso padre.
—osotros tenemos suficiente dinero- mi madre me acarició la cabeza y enfrentó la situación con su admirable sentido común- El viejo Serafín vive con la esposa, en la casita de caseros...El hijo, que se casó, ocupa con la mujer la que fuera antes la sala de juegos...le hicimos algunos arreglos, claro. La joven se llama Natalia. Puede ayudarte con los chicos y los quehaceres...Queremos que te despreocupes hasta que nuestros nietos san un poco mayores.
-Y te llevás la camioneta...tu autito no sirve para el barro del campo- Papá resuelve -problemas irrumpe en la conversación. Todos me dan algo. Mis hermanas. Mi tía. Mi amiga Susi, que desenvuelve con una sonrisa mal intencionada un cuadro donde se lee: “El casamiento no es nada. La ollita es la condenada.” Debo aclarar que Susi fue la única que se animó a alertarme en contra de Marcelo cuando yo me agarré la famosa calentura.
Calzo dentro de los cuartos campesinos como si introdujera los pies en una zapatilla vieja. Todo me es conocido. Cada objeto conserva casi el mismo lugar que solía tener cuando yo era chica. Mis mellizos están fascinados. Tienen un espacioso cuarto para cada uno. Otro, donde desparraman sus juguetes. Es tan grande, que armamos la casita de los indios. Ahora Juan se hace llamar “Pie Descalzo”, y Martín responde, ululando con la mano en la boca, al importante apelativo de “Oso Silvestre “.
Los viajes hasta el pueblo se hacen de rutina. El farmacéutico plantígrado es el mismo de antaño. Ha engordado. Si de joven le costaba desplazarse, la vejez lo obliga a ese arrastrar de plantillas humillante .Mi abuela solía decir: “La vejez y el invierno son antiestéticos”. Que verdad agobiante. Hay muchos negocios nuevos, con caras que no conozco. La plaza, en el lugar de antaño. Remozaron la Iglesia, y un asfalto orgulloso anuncia la prosperidad de los habitantes de la zona.
-La gente está regresando al campo- me explica el hijo del médico de mi familia- Al fin se dejaron aconsejar por los que saben... la soja y el girasol son cultivos especiales para esta clase de tierra...a los precios de mercado, se debe el progreso que estás viendo ...-
El hijo de nuestro médico se llama Hilario, como el padre. Pero no lo invito a comer un asado el domingo por el nombre. Lo invito porque los mellizos, como hechizados, le ruegan que venga.”Nosotros no tenemos papá- dice el taimado Oso Silvestre- y queremos estrenar la pelota de fútbol que nos mandó el abuelo”. Me ruborizo. ¡Tengo derecho a sonrojarme!. A Oso Silvestre se le achica el coraje cuando lo fulmino con mirada de madre de un entrometido, que será reprendido cuando estemos en casa.
Sin aparente atención a mis nervios, el doctor me cuenta que llegó hace poco de Europa, donde perfeccionó sus inquietudes respecto de las complejidades de la medicina clínica. Permanece soltero. Según él, porque no terminó de salir de un enamoramiento equivocado, con la mujer equivocada en el momento inadecuado.
-Tu relación, mas que relación, parece un destrabalenguas, - le digo el domingo mientras revuelvo la ensalada.- Lo mío fue mas sencillo: se las tomó porque la mochila de los chicos le quedaba grande. Nada es eterno. Ni el amor, ni el dolor. Así que hay que vivir alertas.
-Los alertas son para los cuarteles- dice muy sonriente- Me parece mejor dejarse llevar. El vaivén de los hechos termina acomodando todo.
El fin de semana siguiente aparece sin que lo invite.
-Estuve pensando que a los chicos les va a encantar una casita sobre un árbol- ¿Qué te parece aquél paraíso?- Está alejado de la casa...y desde esa rama grande, la vista debe ser espléndida.
Los chicos saltan encantados. Serafín y el hijo, cómplices, amontonan las tablas, traen una buena escalera, y por dos semanas pierdo de vista a mis hijos, a mi amigo y a mis empleados. Lo único que se escuchan son risas, el vaivén del serrucho y martillazos. La mujer de Serafín, sin levantar cabeza, se afana con una escalera de peldaños de madera y sogas para subir a los inquilinos sin que se maten.
-¿Vieron cómo se introduce la mugre debajo de las uñas, sin que nos demos cuenta?. ¿Advirtieron en alguna ocasión que un sujeto desconocido hasta el día de ayer, se vuelve de repente imprescindible para una familia entera?. ¿Alguna dama que me lee oyó el chillido del “alerta”, y se hizo la tonta, como hice yo?-
En lugar de echar a correr, me quedé clavada .A una situación que sostengo no es para mí, con un señor que ni siquiera calcula el tamaño de la taza de mi corpiño. Este momento de debilidad ha de traerme consecuencias, no me cabe ni la menor de las dudas. Sé también, que la vida no es perfecta. Que el que no arriesga, no gana. Creo que Hilario reflexiona por los dos. Lo hizo la primera vez que lo vi, cuando afirmó “que la vida y sus vaivenes acomodaban todo”. Astutamente, metió a mis dos rebeldes sin causa adentro de una bolsa fabricada para compinches especiales. De la misma, asoman la cabeza mis empleados. Cuando cenamos, y lo despido con beso de amigos, empiezo a recelar que se va porque tiene una novia en el pueblo...que no se olvidó de la otra...y lo mas horrible: que yo le intereso tanto como sus cultivos de asquerosa soja. Ya sé. La soja es un alimento fabuloso que reemplaza la carne. Hilario la pondera tanto, que logró esto: que yo la deteste. Si encuentran alguien mas idiotizada que yo, me avisan.
La inauguración de la casa del árbol se hace en tres ocasiones. En la primera, mis hijos ofrecen un horrible mate frío, que comparto con Hilario. La segunda, es con Serafín y familia. Resulta mas elegante. Ya tienen una mesita de madera, y Natalia les fabrica la torta de chocolate que les gusta. La tercera es de fábula. Aparecen mis padres, mi hermana menor y Susi. Se hacen como seis viajes con riesgo severo de vida por esa escalera temblorosa, para subir los regalos y las golosinas que juntó mi familia para estos malcriados.
De repente creo descubrir algo extraño entre Hilario y Susi. ¿O me estoy volviendo paranoica?.De soslayo, creo leer en Susi una mirada de aprobación, destinada a Hilario. Y en otro momento, es mi padre el que hace al médico un gesto como de entendimiento, a mis espaldas. Sorprender a mi padre en algo que parece una confabulación, me desconcierta. Debo tranquilizarme. Se van el domingo. Son tan preciosos estos días de alegría, que me quito de la mente cualquier sentimiento que me aparte de disfrutarlos.
El lunes deambulo por los cuartos. Extraño a mi familia. Las risas y la chispa de Susi, que tiene un repertorio de cuentos de nunca acabar. De repente se pone seria, y frontal como un tanque, me pregunta si Hilario me gusta. Miento. Le miento a mi mejor amiga, usando mi utilísimo señuelo para autoengañarme.
-¿Porqué se te ocurre que tiene que gustarme?..Todavía siente nostalgias por la novia...juega más con los chicos que lo que me habla a mí...y ya me tiene podrida con la soja.
Empieza a caer el sol .Preparo un te con panqueques, y le pido a Natalia que vaya hasta el árbol y traiga a los chicos de regreso a casa..
Natalia entra agitada, las manos sudorosas, el cabello en una sola greña.
-Señora...venga rápido...tiene que ver una cosa...
Salgo disparada. Imagino lo peor. Un brazo roto. Uno de mis indios con un solo ojo...que se yo.
Los tales están asomados a su balcón lo mas campantes. No me miran, ni dan vuelta la cara mientras yo grito y trepo y me meneo en la escalera de sogas.
-Mirá, mamá, dicen a dúo- mirá para allá...y no hagas ruido, por favor...vos tampoco, Natalia.
Nuestro campito tiene como unas cuatro hectáreas. Sigo la dirección de la mano de Martín, y veo, parada en un claro entre los árboles, a una niña pequeña, que mira hacia la calle. Es rubiecita. El cabello largo, termina en tirabuzones. El vestidito celeste parece de tul, ajustado al cuerpo con una cinta brillante, como de raso. Lleva mediecitas blancas hasta media pierna, zapatitos oscuros, y una lámpara antigua en la mano derecha. Parece un angelito .Una representación inventada, como las que colgaban las monjitas del colegio donde hice la primaria. Una aparición irreal, fuera de tiempo. ¿ Una alucinación colectiva.? Pasado el primer momento, mi instinto me dice que debo proteger a mis hijos. Los tengo abrazados con tanta fuerza, que siento cómo palpitan acelerados sus corazones. Nadie habla. Tenemos miedo de la aparición, pero nadie quiere que se vaya. Tengo la sensación que ella pertenece con mas derecho que nosotros a ese lugar. Nos separan unos cincuenta metros. Mis ojos se endurecen tratando de no perderla. De repente, desaparece.
Pie Descalzo me mira con desconsuelo.
-¿Te parece que vendrá otro día, mamá.?
-No lo sé, hijo...no lo sé.
Lo mas notable es que ninguno de los dos se asustó. Su preciosa ingenuidad, intacta, los hace admitir como real y repetible a esa frágil figurita de niña que no puedo definir como un fenómeno consciente. Paso la mano por mis ojos, y vuelvo a mirar. Se ha ido. Nerviosos, los chicos discuten. Natalia afirma que antes de casarse, ella también la vio. Que mucha gente con preocupaciones, cuenta haberla visto. Que aparece para traer luz sobre la gente ciega. Mis hijos sostienen que la pueden convocar a voluntad. Que a lo mejor está interesada en la casita del árbol. Que está solita. Que no tiene familia, ni amigos.
Me cuesta un Perú remolcarlos a la cama, y una cantidad de explicaciones factibles respecto del suceso hasta lograr aquietarlos. Duermo mal. Me levanto al alba, y gateo hasta el balconcito de la casita del árbol. Hay una levísima neblina, una especie de sudario que cubre las copas del bosquecito donde la vimos. Aguzo la vista, pero no encuentro señales de la niñita celeste y su lámpara.
Después del desayuno, instalo a los chicos en la camioneta y vamos al pueblo, a contarle el suceso a Hilario. Me escucha en silencio. Casi con respeto. Mis hijos esperan su palabra. Lo que dice Hilario es “la justa”. No me darán ocasión de discutir.
Mi amigo carraspea, carga a un mellizo en cada pierna, y me mira. Sí, digo bien. Me mira a mi. De arriba abajo. Me inspecciona. Sí, creo que está tomando las medidas de mi busto.
¿Se acuerdan de aquellos doce presos que fueron elegidos para una película con la adrenalina a fondo.? Las cabezas rodaban, apenas empezaba el film, decapitadas. Me agacho a juntar la mía, y espero. Solamente miro a mis hijos. Me sofocan mis vergonzantes obviedades.
-Desde niño, creo en las señales, Miranda. Y nunca me fallaron. Cuando te vi entrar por esa puerta, hace mas de un año, supe con seguridad de vidente, que eras la mujer para mí. La que esperaba. La que Susi, que fue mi compañera de facultad durante dos años, me dijo que eras.- Todo dicho de un solo tirón. Como quien se tira a la pileta sin saber nadar.
-¿Susi te conocía...?.?Porqué nunca me dijiste nada...?...Es terrible...No puedo confiar ni en mi mejor amiga- lloriqueo en un rabieta de proporciones.
-Perdón, perdón...perdón. Nunca me atreví a decirte nada...me parecía que no estabas preparada...- baja a mis hijos de su regazo y se aproxima- también conozco a tu papá...nos vimos en un campeonato de tenis, hace mucho...y a tu hermana.- Nadie tuvo la intención de tomarte el pelo, o mentirte...nos callamos todos, de común acuerdo, esperando el momento...si es que llegaba...-
Abrazo a mis hijos como una náufraga se aferraría a su madero. Estoy enojada. Conmigo. Con el mundo entero .Un mundo plagado de traidores.
-¿Me podés explicar ahora que es eso de las señales?- Los mellizos nos miran, entrecruzando uno que otro pellizcón. Claramente me llega el murmullo que Pie Descalzo vierte en la oreja de Oso Silvestre. Están como en el cine. Esperando que el telón se abra.
-Cuando te fui conociendo...y enamorándome...tenía miedo que no te gustara el campo. Que un buen día decidieras volver a la ciudad...que esta chatura campesina te aplastara...no sé. Creo que lo que tenía era pánico. Miedo de enamorarme de nuevo...- Me toma con firmeza el brazo. Parece que lo asusta que me escabulla, como la aparición de la niña.
-En cuanto a la chiquilla con la lámpara...es una leyenda, tal vez un mito, o una realidad fantástica, que aparece y desaparece...A veces por años nadie la ve. Lo que si se sabe , es que trae un mensaje: “No te alejes de este lugar. Aquí serás feliz.”. En otros casos, la gente lo interpreta así: “No importa lo que diga el doctor. Tu marido se salva.” En un momento crítico, como el que atravesamos, Hilario no pierde el sentido del humor. Tiene desarrollada la fabulosa capacidad de burlarse de sí mismo.
¡Como me gusta este hombre! Amores compartidos. Mis hijos lo besan. El los abraza. Me rodea la cintura, y soy yo la descocada entusiasta, que no aprende, la que no lo suelta.
Susi, la Celestina, es nuestra madrina. Mi padre hace un acto de contricción, regalándonos un mes en Inglaterra- donde según afirma- muchos castillos tienen fantasmas que no se mueren, como el de Canterville.
Mis hijos siguen sus estudios cerca de mis padres. Lo primero que hacen al llegar, cada verano, es treparse a su hogarcito del árbol, rastreando la fábula de la niña vestida de celeste, con una lámpara antigua en la mano derecha. Me cuesta dejarlos marchar. Debo recordar a la madre osa de la película de Disney. Parió sus hijos en la selva. Los amamantó con amor, y les enseñó, con paciencia y celo los peligros del entorno. Cuando los sintió maduros, los miró con una larga, detenida mirada maternal, y los dejó para que aprendieran a sobrevivir sin protección
Hilario me estrecha en esos brazos anchos, donde cabemos todos.
-Nuestro hijos son como pájaros, Miranda. El verdadero amor es este: permitirles volar, para que archiven sus propias experiencias. Las nuestras no les sirven, como no nos sirvieron a nosotros las de nuestros padres.- Así que pongamos buena cara...Te juego una carrera hasta aquél álamo de atrás...el que llega cola, le toca cocinar.
CARMEN ROSA BARRERE
20.3.10
EL PRIMO DE LONDRES.
—Ama…amita...— La mulata intenta por tercera vez — que su niña abra ese par de ojazos negros que se esconden debajo del linón de las sábanas.
—Amita...no me haga esto...Sus padres están casi listos...el barco que trae a su primo llega a las dos.
La palabra “primo” despabila de inmediato a la dormilona. Pega un salto, arrastra el camisón por el suelo y corre hacia el baño mientras ordena: Tráeme un desayuno como la gente... y prepara mi vestido blanco...ese que tiene cuellito de encaje… Mis zapatitos Guillermina...Creo que están en el piso del ropero…
Manuela descorre los cortinados de terciopelo verde oscuro del cuarto de su patrona con el entrecejo fruncido. Rosarito ya cumplió diez y siete. No es un bebé. Está comprometida para casarse. Cualquier joven andaría corriendo feliz eligiendo el modelo del traje de novia, o entretenida en la elección de las señoritas de honor que la escoltarán dentro de la iglesia. Hablando de la fiesta. A esta niña todo eso le importa un bledo. Todavía se trepa de siesta al árbol de mandarinas del traspatio para arrancar la fruta, despellejarla y morder como un ratón los gajos, que le chorrean jugo en las manos y la ropa. Ni hablar de quitarle de la cama la mantita rosa— de la cuna— cuyos bordes de raso soba cada noche antes de dormir. La costurera de la casa en estos años renovó las cintas cuatro veces.
—La niña Rosarito se niega a crecer — afirma la señora dando las últimas puntadas a la maltrecha — y ya famosa mantilla.
—No sé que va a ser de este caserón el día que se nos case. — El señor desde que se metió en política, no para en la casa...La señora Adelaida, con la cabeza puesta solamente en la Beneficencia. —- La mucama de adentro rezonga mientras busca ropa blanca de adentro de un ropero.
—Este casorio tiene mal olor. — Jerónimo es el chofer del patrón. Deja de lado la revista Caras y Caretas para intervenir: —- Don Rolón quiere llegar a Diputado o Senador, no se muy bien...y el novio de la niña tiene poder político... Sí. Todos ellos son políticos de raza...No la casan con el vejete interesados en el dinero…la casan para figurar...para ser famosos.
—Me sube la presión cuando pienso que esto de la fama es más importante que la felicidad de Rosarito...Cada vez que aparece el candidato con esos horribles ramos de calas o los gladiolos violetas, vestido de negro...me corre frío por la espalda. Un verdadero fu-ne-bre-ro. Tusita es la hija de Manuela, tiene diez y ocho alegres años y mete la cuchara donde no la llaman. Antes de recibir el bofetón de la madre hace una mueca y huye, guiñándole un ojo a Jerónimo. La madre no soporta los chismes de la servidumbre. Y menos cuando se trata de su niña.
—Ojalá el primo de Londres se quede un tiempo largo y que no sea aburrido. — La costurera habla por experiencia. Al marido se le plantó el viejazo y lo convirtió en un intolerante rezongón, mal hablado y peor pensado. Tiene sentencias de filosofía casera destructivas. Nada le gusta ni le viene bien.
—Mejor que cada uno se ocupe de lo suyo. — Juana… sube a revisar que el cuarto de huéspedes esté en condiciones. Coloca toallas grandes y chicas…En la mesa de luz, la Biblia con las tapas de cuero que dejé en el pasillo. Acá, si el gato no los vigila, ustedes bailan mejor que los ratones. Mucha charla. Mucha cáscara y pocas nueces…! A mover las tabas, he dicho!
.
Jerónimo tose, volviendo a su revista. Los demás respetan a la mulata. Puede explotar como un cohete. Puestos en su lugar, despejan el cuarto movilizándose hacia sus quehaceres sin chistar.
El primo de Londres se llama George. Su madre es hermana de la señora Rolón. Se casó con un inglés próspero que pasó por la capital y se prendó en un segundo de la belleza y educación de esa niña. De buena cuna y para su sorpresa, hablaba un inglés casi perfecto. George es el hijo menor. El viaje es un regalo de cumpleaños bien merecido ya que terminó los estudios secundarios como alumno brillante. El muchacho es toda una promesa. Que pula el español, que asista a buenos teatros, que se codee con gente de clase, que conozca sus raíces, motivan esta visita.
Los Rolón esperan un rubiecito atiesado algo desabrido como el padre. El que baja por las escaleras del barco es moreno, muy alto, con hombros fuertes y sonrisa brillante. Los abraza sin ninguna timidez y sin tropezar mucho con las palabras, cuenta del viaje, de lo que le dieron de comer, de la gente que conoció...sin quitar los ojos de su prima.
A Rosarito ya no es necesario despertarla en las mañanas. Se levanta sola, canturreando. Se lava el hermoso cabello sin necesidad de sermones y a hurtadillas, se perfuma detrás de las orejas y coloca otro toquecito francés justo donde empieza el escote y nace la esbeltez del cuello.
La pianola del salón suena con valsecitos criollos y mazurcas de allende los mares, mientras los primos miran fotografías en sepia de parientes muertos. Si nadie los vigila la mirada de él es para ella. La de ella, toda entera se detiene a conciencia en la sólida musculatura de los brazos mientras delinea sin tocarlo la curva insinuante de la boca.
El novio y el padre andan por los campos, afiliando gente para las elecciones. La madre, encantada con la visita del sobrino, arma comidas y reuniones para presentarlo en sociedad. Los primos salen en coche a recorrer el centro. Los parques, las estaciones de tren que levantaron los ingleses, los templos. Ambos con la saludable intención de callar la revolución interior. Una especie de alarido en la sangre que les arrebata la quietud del sueño adolescente. Encadenados a fuerzas que se desarrollan en el interior de sus corazones con tanta vehemencia, que no atinan a tocarse o a huir.
Manuela está en alerta rojo. Empieza a tener miedo. Ella que no se asusta con nada, tiene miedo. Si entra de repente al cuarto de su niña, la suele encontrar llorando, con la mano en el pecho. Lo de la mano en el pecho la aflige tanto o más que el llanto. Recuerda que de pequeña Rosarito sufría unas terribles convulsiones. Quedaba un rato como muerta, hasta que recuperaba al fin el sentido y le volvían los colores a la cara. El médico de la familia decía que era un mal pasajero. Que se iría con el crecimiento. En cuanto regrese el padre aunque se le parta el alma, tendrá que hablar de los cambios de carácter de su hermosa niña. Y de lo conveniente que sería devolver al joven George de regreso a su tierra.
La familia se prepara para los festejos de las fiestas patrias. Van a concurrir a la Ópera, donde un conjunto italiano muy famoso interpretará La Traviata. Es una noche fría. Las pieles y los guantes largos completan los atuendos de las damas. Los caballeros que las escoltan son el Doctor Rolón, el novio embalsamado de negro y el primo. Beben una copita de jerez y comen un pastelito esperando que termine de acicalarse la niña Rosarito.
—Iré a ver porqué tarda tanto. — La señora Rolón recoge la media cola
del traje de noche y sube. Abre la puerta sin golpear. Rosarito está en enagua. Debajo de la ropa delgada se insinúa un vientrecito abultado. Disimulado cuando está vestida. La ropa de moda es larga y amplia.
La madre se lleva las manos a la boca y ahoga un grito. No alcanza a decir nada. Al enfrentar esa mirada de terror, la joven cae al suelo. Pálida como una muerta. Y muerta está según confirma el médico que la atiende desde que nació, llamado de urgencia.
Ante el asombro— y las murmuraciones —– de una sociedad prejuiciosa y mentirosa colocan a la niña dentro de un precioso cajón forrado en raso y la depositan sin velatorio, en silencio, en el panteón donde se conserva el polvo de los antepasados.
Cuando a Manuela se le agotan las lágrimas varios días más tarde, agacha su tristeza sobre las flores preferidas de su niña del jardín de la casa. Arma el ramo llorando. Abre la puerta del panteón de familia con su llave. El ataúd con los restos de Rosarito permanece mudo en el centro de esa lobreguez que huele a flores que se pudren. Las flores que quedaron sobre el cajón están marchitas. Lloran a su manera. Pero el cajón que es pesado, está fuera del centro, como si lo hubieran removido de lugar.
Manuela entra a los alaridos al caserón donde la congoja lacera corazones. Se abre el cajón delante de la justicia, atenta ante el fenómeno. La joven no yace como la colocaron. Las dos manos ocultan los arañazos de la piel. Pedazos del raso de los laterales están rasgados. La palabra catalepsia desacredita al médico y la virulenta maledicencia se desparrama como lava buscando su nivel más bajo.
Manuela arma su baúl para volverse al campo. No da explicaciones, ni rezonga. Parece más oscura de piel. Más arrugada. Lo que nadie se atreve a mencionar mientras está presente, es la palabra Londres.
Carmen Rosa Barrere.
—Ama…amita...— La mulata intenta por tercera vez — que su niña abra ese par de ojazos negros que se esconden debajo del linón de las sábanas.
—Amita...no me haga esto...Sus padres están casi listos...el barco que trae a su primo llega a las dos.
La palabra “primo” despabila de inmediato a la dormilona. Pega un salto, arrastra el camisón por el suelo y corre hacia el baño mientras ordena: Tráeme un desayuno como la gente... y prepara mi vestido blanco...ese que tiene cuellito de encaje… Mis zapatitos Guillermina...Creo que están en el piso del ropero…
Manuela descorre los cortinados de terciopelo verde oscuro del cuarto de su patrona con el entrecejo fruncido. Rosarito ya cumplió diez y siete. No es un bebé. Está comprometida para casarse. Cualquier joven andaría corriendo feliz eligiendo el modelo del traje de novia, o entretenida en la elección de las señoritas de honor que la escoltarán dentro de la iglesia. Hablando de la fiesta. A esta niña todo eso le importa un bledo. Todavía se trepa de siesta al árbol de mandarinas del traspatio para arrancar la fruta, despellejarla y morder como un ratón los gajos, que le chorrean jugo en las manos y la ropa. Ni hablar de quitarle de la cama la mantita rosa— de la cuna— cuyos bordes de raso soba cada noche antes de dormir. La costurera de la casa en estos años renovó las cintas cuatro veces.
—La niña Rosarito se niega a crecer — afirma la señora dando las últimas puntadas a la maltrecha — y ya famosa mantilla.
—No sé que va a ser de este caserón el día que se nos case. — El señor desde que se metió en política, no para en la casa...La señora Adelaida, con la cabeza puesta solamente en la Beneficencia. —- La mucama de adentro rezonga mientras busca ropa blanca de adentro de un ropero.
—Este casorio tiene mal olor. — Jerónimo es el chofer del patrón. Deja de lado la revista Caras y Caretas para intervenir: —- Don Rolón quiere llegar a Diputado o Senador, no se muy bien...y el novio de la niña tiene poder político... Sí. Todos ellos son políticos de raza...No la casan con el vejete interesados en el dinero…la casan para figurar...para ser famosos.
—Me sube la presión cuando pienso que esto de la fama es más importante que la felicidad de Rosarito...Cada vez que aparece el candidato con esos horribles ramos de calas o los gladiolos violetas, vestido de negro...me corre frío por la espalda. Un verdadero fu-ne-bre-ro. Tusita es la hija de Manuela, tiene diez y ocho alegres años y mete la cuchara donde no la llaman. Antes de recibir el bofetón de la madre hace una mueca y huye, guiñándole un ojo a Jerónimo. La madre no soporta los chismes de la servidumbre. Y menos cuando se trata de su niña.
—Ojalá el primo de Londres se quede un tiempo largo y que no sea aburrido. — La costurera habla por experiencia. Al marido se le plantó el viejazo y lo convirtió en un intolerante rezongón, mal hablado y peor pensado. Tiene sentencias de filosofía casera destructivas. Nada le gusta ni le viene bien.
—Mejor que cada uno se ocupe de lo suyo. — Juana… sube a revisar que el cuarto de huéspedes esté en condiciones. Coloca toallas grandes y chicas…En la mesa de luz, la Biblia con las tapas de cuero que dejé en el pasillo. Acá, si el gato no los vigila, ustedes bailan mejor que los ratones. Mucha charla. Mucha cáscara y pocas nueces…! A mover las tabas, he dicho!
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Jerónimo tose, volviendo a su revista. Los demás respetan a la mulata. Puede explotar como un cohete. Puestos en su lugar, despejan el cuarto movilizándose hacia sus quehaceres sin chistar.
El primo de Londres se llama George. Su madre es hermana de la señora Rolón. Se casó con un inglés próspero que pasó por la capital y se prendó en un segundo de la belleza y educación de esa niña. De buena cuna y para su sorpresa, hablaba un inglés casi perfecto. George es el hijo menor. El viaje es un regalo de cumpleaños bien merecido ya que terminó los estudios secundarios como alumno brillante. El muchacho es toda una promesa. Que pula el español, que asista a buenos teatros, que se codee con gente de clase, que conozca sus raíces, motivan esta visita.
Los Rolón esperan un rubiecito atiesado algo desabrido como el padre. El que baja por las escaleras del barco es moreno, muy alto, con hombros fuertes y sonrisa brillante. Los abraza sin ninguna timidez y sin tropezar mucho con las palabras, cuenta del viaje, de lo que le dieron de comer, de la gente que conoció...sin quitar los ojos de su prima.
A Rosarito ya no es necesario despertarla en las mañanas. Se levanta sola, canturreando. Se lava el hermoso cabello sin necesidad de sermones y a hurtadillas, se perfuma detrás de las orejas y coloca otro toquecito francés justo donde empieza el escote y nace la esbeltez del cuello.
La pianola del salón suena con valsecitos criollos y mazurcas de allende los mares, mientras los primos miran fotografías en sepia de parientes muertos. Si nadie los vigila la mirada de él es para ella. La de ella, toda entera se detiene a conciencia en la sólida musculatura de los brazos mientras delinea sin tocarlo la curva insinuante de la boca.
El novio y el padre andan por los campos, afiliando gente para las elecciones. La madre, encantada con la visita del sobrino, arma comidas y reuniones para presentarlo en sociedad. Los primos salen en coche a recorrer el centro. Los parques, las estaciones de tren que levantaron los ingleses, los templos. Ambos con la saludable intención de callar la revolución interior. Una especie de alarido en la sangre que les arrebata la quietud del sueño adolescente. Encadenados a fuerzas que se desarrollan en el interior de sus corazones con tanta vehemencia, que no atinan a tocarse o a huir.
Manuela está en alerta rojo. Empieza a tener miedo. Ella que no se asusta con nada, tiene miedo. Si entra de repente al cuarto de su niña, la suele encontrar llorando, con la mano en el pecho. Lo de la mano en el pecho la aflige tanto o más que el llanto. Recuerda que de pequeña Rosarito sufría unas terribles convulsiones. Quedaba un rato como muerta, hasta que recuperaba al fin el sentido y le volvían los colores a la cara. El médico de la familia decía que era un mal pasajero. Que se iría con el crecimiento. En cuanto regrese el padre aunque se le parta el alma, tendrá que hablar de los cambios de carácter de su hermosa niña. Y de lo conveniente que sería devolver al joven George de regreso a su tierra.
La familia se prepara para los festejos de las fiestas patrias. Van a concurrir a la Ópera, donde un conjunto italiano muy famoso interpretará La Traviata. Es una noche fría. Las pieles y los guantes largos completan los atuendos de las damas. Los caballeros que las escoltan son el Doctor Rolón, el novio embalsamado de negro y el primo. Beben una copita de jerez y comen un pastelito esperando que termine de acicalarse la niña Rosarito.
—Iré a ver porqué tarda tanto. — La señora Rolón recoge la media cola
del traje de noche y sube. Abre la puerta sin golpear. Rosarito está en enagua. Debajo de la ropa delgada se insinúa un vientrecito abultado. Disimulado cuando está vestida. La ropa de moda es larga y amplia.
La madre se lleva las manos a la boca y ahoga un grito. No alcanza a decir nada. Al enfrentar esa mirada de terror, la joven cae al suelo. Pálida como una muerta. Y muerta está según confirma el médico que la atiende desde que nació, llamado de urgencia.
Ante el asombro— y las murmuraciones —– de una sociedad prejuiciosa y mentirosa colocan a la niña dentro de un precioso cajón forrado en raso y la depositan sin velatorio, en silencio, en el panteón donde se conserva el polvo de los antepasados.
Cuando a Manuela se le agotan las lágrimas varios días más tarde, agacha su tristeza sobre las flores preferidas de su niña del jardín de la casa. Arma el ramo llorando. Abre la puerta del panteón de familia con su llave. El ataúd con los restos de Rosarito permanece mudo en el centro de esa lobreguez que huele a flores que se pudren. Las flores que quedaron sobre el cajón están marchitas. Lloran a su manera. Pero el cajón que es pesado, está fuera del centro, como si lo hubieran removido de lugar.
Manuela entra a los alaridos al caserón donde la congoja lacera corazones. Se abre el cajón delante de la justicia, atenta ante el fenómeno. La joven no yace como la colocaron. Las dos manos ocultan los arañazos de la piel. Pedazos del raso de los laterales están rasgados. La palabra catalepsia desacredita al médico y la virulenta maledicencia se desparrama como lava buscando su nivel más bajo.
Manuela arma su baúl para volverse al campo. No da explicaciones, ni rezonga. Parece más oscura de piel. Más arrugada. Lo que nadie se atreve a mencionar mientras está presente, es la palabra Londres.
Carmen Rosa Barrere.
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