GIRA LA VELETA.
CONFITERÍA LAS SIBILAS.
— Elegiste un lugar muy expuesto, Germana…Demasiado cerca de casa. Luisita
Habla en voz baja. Termina de armar el barquito de papel confeccionado con la servilleta con manos temblorosas y húmedas, para concluir la tarea naufragando al botecito dentro de las palmas. Este encuentro en público con Germana es un riesgo. Menos mal que como es de siesta hay poca gente porque hace calor.
— Llamo y no atendés…Te sugiero el Botánico y argumentás que te molestan los gatos... ¿No será que no te animás a hablar y la que te molesta soy yo?— Germana reacciona ásperamente, sin apartar los ojos de Luisita, que los elude mirando para otro lado. Una está fuera de si, desbocada y francamente furiosa. La otra permanece encogida dentro de su caparazón deseando que la reunión acabe sin escándalo.
. El mozo tiene oído de murciélago. Se planta frente a la mesa con los dos helados. Se demora un poquito. Le encantan los líos de mujeres “raras”. Y estas dos si no lo son, le pegan en el poste. ¿No será que los padres de la hombruna esperaban un Germán? Vaya uno a saber. ¡Hay cada historia! Se rasca la cabeza buscando una respuesta y se aparta sin apuro de la pareja olfateando el aire como sabueso que busca un hueso.
La rubiecita es menuda y muy joven. Perpetúa la atención en las ramitas artificiales del florero, como si el vidrio barato del recipiente y sus adornos fueran lo más importante en la tormentosa entrevista. Al rato apoya ambos codos sobre la mesa, buscando protección. Algo saladito baja de su lagrimal y moja el mantel azul que cubre la tabla. Suelta un hipo, que se añade al goteo de la bien conformada nariz de la muchacha. Automáticamente, toma otras tres servilletas que pasa sobre sus mejillas. Arma una pelotita y la esconde en la cartera. Mira sin ver a la gente que pasa, paladea una cucharadita de helado. Callada, hace tiempo en el intento de sosegar la estampida de Germana. Repasa el discurso que inventó cuando abrió los ojos a las seis de la mañana, después de una mala noche. Con los nervios de punta, sabe que si no se recompone, pierde. No es lo mismo pensar que enfrentar un terremoto. Aturdida, cae en la cuenta que no se acuerda de nada. Está en blanco, desnuda frente a una Germana agresiva, en pié de guerra, con los ojos en un vivo incendio.
La pelirroja vuelve al ataque.
— ¿Qué pasa? ¿Se avivaron en tu casa?... ¿Te falta plata?.. ¿Qué puede ser tan grave que no puedas decírmelo justamente a mí?— Germana sacude la melena de cabellos gruesos, se humedece los labios y espera tamborileando sobre la mesita. Tiene manos fuertes, casi masculinas, que se suavizan cuando avanzan dentro del puño de la camisa de Luisita que se somete sin protestas. A Germana el contacto la electriza. Cada pedazo de esa piel la remonta a otros instantes, cuando el deseo era mutuo, el sentimiento y el gozo se festejaban en plural y ella soñaba con eternizarlo. Ansía cubrir uno a uno los espacios de esa infiel, saborear hondonadas y llenarla de besos. Detener las yemas para acariciar el añorado espacio soplando calor sobre la llama que la realidad le grita que se extingue. Para colmar el devaneo mental, se da cuenta que son observadas por el mozo. Se hace el que lee. Pero las espía por encima de la hoja. ¡Qué tipo de mierda! No le va a dejar ni cinco de propina.
— Pasa lo que tenía que pasar...— Luisita tose, respira profundo y cobra bríos. — Cuando empezamos este juego yo era muy chica... ¿Tenía diez y siete, no?...Estaba vulnerable, perdida, con tantos líos en mi casa. Tío Ricardo dijo que eras buena profesional…
— ¿Y?...
— Bueno, me acuerdo que el día que fui a tu consultorio llovía… Cuando abriste la puerta, yo parecía un gato mojado maullando disculpas. Corriste al baño…Buscaste un toalla y me hiciste un té. Te convertiste en mi confidente, en mi guía.
— ¿Te creés a salvo, o encontraste otro salvavidas? ¿Sabés que no te entiendo?— Germana eleva el tono, que escapa transformado en aullido.
— Soy floja. Menos inteligente que vos…Pero dejáme seguir...Andaba indecisa con la carrera, ofuscada con idioteces. Te plantaste con firmeza y a través de tu conocimiento, aprendí a tolerar, a mirar la vida de otro modo. Pasados los meses, te sinceraste como amiga. Estabas harta de tu marido…Querías separarte porque la relación con él no resultó lo que soñabas. “Él funciona en otra onda”, dijiste en medio de una gran sonrisa. Sin mala intención, creo, empezamos a depender de esas entrevistas. Vos con lo tuyo, yo con lo mío, que eran mis ganas de escaparme a una isla desierta, lejos de gritos y peleas…Nos consolamos como pudimos ¿No?…— Concluye Luisita mansamente, para bajar los decibeles del encontronazo.
Germana, dura como un palo, retira la mano helada que buscaba contacto. Esto no está pasando. Es una pesadilla. Una mentira creada por sus miedos.
— Ahora…— Luisita enfrenta la angustia de Germana, aumentado el coraje. — Lo que no me animaba a decirte tiene nombre… Se llama Ernesto. Lo encontré en la biblioteca cuando preparaba la tesis. Es todo un hombre. Se hizo desde abajo, solo. Es médico… Quiere tener hijos, igual que yo... Nos enamoramos...El amor no tiene patrones fijos...No es eterno…Era tu estribillo para separarte… ¿Verdad?.. Hoy está, mañana se evapora…
— Me parece que este “amor”, como lo llamás te volvió un poco cínica. —A Germana le arde la cara. Con la rabieta estruja la copa como si fuera el pescuezo del desconocido Ernesto. Ya no habla. Ladra y gesticula moviendo las manos y revolviendo el aire. El mozo sigue escondido tras su pedazo de papel. Nadie como un mozo de boliche para hacerse el boludo en el momento justo.
— Y lo que más importa, — Sigue la rubia. — Me siento diferente con él…Más segura. Ser parte de su proyecto de vida, de sus sueños. — Luisita carraspea — Lo nuestro fue bueno para ese tiempo, ambas sumidas en la depresión...A mí me costó salir pero vos tenés más herramientas que yo… Te pido perdón por este metejón…Por este cambio ingrato de mi parte…Pero no quiero ni debo seguir mintiendo. Definitivamente, me gustan los hombres. Y si te fuera posible perdonar podemos seguir siendo amigas…
Luisita empuja la silla para levantarse. Germana corre detrás. El mozo la detiene.
— No. No señorita...!Acá primero se paga y después se corre!
Germana lo mira con odio. Le tiende un billete. El mozo mira con pereza el interior de su billetera.
— Espere. — No tengo cambio.
— Quédese con el vuelto y váyase al carajo.
Sale tropezando medio ciega. La calle está vacía. Ni rastros de Luisita. Germana se arrima a la pared. Debajo de la blusa, el corazón grita por escapar del pecho, asfixiado. Despacio, la mujer se desliza hecha un nudo sobre las baldosas oscuras de la vereda. Un perro callejero la olfatea. Nada para comer. El animal abandona el lugar desalentado, buscando el árbol donde algún congénere, además del orín, pudo olvidar un hueso. Pasa una mujer joven con un niño a rastras, que expone al viento un palito con una hélice de plástico que se mueve, rotando. Otros apurados, la miran de reojo. Nadie se detiene a preguntar si necesita ayuda. En la gran ciudad los sanos están hartos de borrachos o adictos que se hacen los muertos para dar lástima y asaltarlos apenas se descuidan.
Al rato, el mozo asoma el corpachón a la vereda. Seca con un pañuelo el sudor acumulado en la nuca y divisa a la hombruna tirada sobre la vereda, con los ojos cerrados y el cuerpo despatarrado como alguien a quien ya no le importa nada. Entra corriendo y llama a la policía. En el primer momento, los uniformados creen que la mujer pelirroja falleció de un ataque al corazón. Cuando levantan el cuerpo, encuentran la jeringa. “Otra adicta para el cementerio”, filosofan poniéndola en la camilla.
Dos horas más tarde, en el hospital descubren que no se trata de una sobredosis. La mujer de la calle se inyectó aire en una vena. Eligió la muerte súbita, el olvido instantáneo de todo lo bueno pasado sabiendo que no existen ni libros ni herramientas capaces de remendar el caos de un alma que por un golpe bajo del destino, acaba de extraviar para siempre y en nombre del amor, a su otra mitad.
CARMEN ROSA BARRERE
10.11.10
27.10.10
JULIO VERSUS JULIO
JULIO VERSUS JULIO.
Julio y Lucía llevan tres años de casados. El primero alocado y caliente, puro sexo; en el segundo descubren que ella es búho nocturno y él alondra madrugadora; que a él le conforta dormir tapadito hasta el cuello con medias de lana en invierno y que Lucía se desparrama libre de vestiduras en la mitad de la cama que le corresponde leyendo hasta altas horas de la noche. Y el tercero los encuentra francamente aplastados por una rutina instalada sin que se dieran cuenta, pero de cuyo moho son víctimas. Julio es un personaje ordenado, relacionado hasta el tuétano con su oficio de contador. Lo atrapa ordenar. Recortar. Pasa el trapo a los muebles antes que llegue su madre de visita; cuida que en el jardín las plantas crezcan alineadas y los pastos derechitos como soldados prestos a hacer la venia; y poseído por esa pasión que lo puede, dentro del banco donde ejerce es ponderado y respetado por sus jefes. Algunos compañeros envidiosos, de los que nunca faltan, sostienen que es más aburrido que chupar un clavo y ninguno se explica, hasta ese tercer año, como el bombonazo culón que es Lucía pudo casarse con el Topo. Topo porque Luis usa lentes. Y es verdad que Lucía tiene cuerpo de guitarra y seguro en la cama suena como tal si el guitarrista es bueno.
Sordo ante estas ignominias, el contador llega a horario, saluda y se enfrasca de cabeza en ese maremágnum numérico que espera. Anota con vista de águila el debe y el haber de las víctimas bancarias en numeritos prolijos donde el resultado coincide invariablemente y sin errores con cifras y ecuaciones esperadas. Por oficio y rutinas adquiridas encaja de medida dentro de un cuadrado donde el ejercicio de la imaginación no conoce ni la puerta de entrada.
Lucía añora en silencio la relación de los primeros encuentros, cuando recién se conocieron. Apretujones furtivos, sexo con sabor pecaminoso, húmedo del sudor de la prisa. El aire que flota sobre ellos se enrarece, como si el incendio de esos dos cuerpos, que claman el uno por el otro, tuviera la virtud de contagiarle calor. De simple brisa, se potencia para enredarse en las copas de los árboles, juega entre las ramas y levanta tierra y papeles de la calle. Julio y Lucía llegan al clímax juntos, estertorosos. El cielo que flota sobre ambas cabezas brilla, intensamente azul sin nubecillas chismosas encima de sus cabezas. Ni hablar de los corazones. El mismo acelere, idéntica calma posterior al goce. Mirándose a los ojos, en la despedida, marchan con la sensación de ser los inventores del amor. Los famosos amantes de Verona, amilanados, huyen a refugiarse es sus tumbas remotas con vergüenza. Relaciones que fueron pensadas para gente con mentalidad anticuada, sometidas desde el vamos por familias vengativas, negadoras de la fuerza del amor. Asumen que esa juventud romántica, de balcones y sueños, no tiene cabida en el presente, tal vez porque el escritor desconocía los fenómenos de la química, que empuja a sucumbir a los seres arrasados por el imán del sexo, haciéndolos caer hacia pozos donde fallece sin remedio la conciencia.
La familia de ella, asustada por el ardor que ya es inocultable, cita al mozalbete, que no precisa ya de empujones para tamaña decisión. Lucía se casa de blanco. Arroja el ramo de novia con buena puntería en dirección de su amiga más querida, virgen y mártir hasta ese instante y la nueva pareja marcha hacia la luna de miel. Él la sostiene en sus masculinos brazos hasta introducir el cuerpecito ardiente dentro del cuarto. A solas al fin, les faltan manos, dedos, uñas, para quitarse mutuamente el ropaje odioso, tipo mortaja, dentro del que zambullen a los pobres novios. Que lo único que ambicionan es enfrentarse en cueros y copular inventando posturas, enredados en sábanas arrugadas y colchón oliendo a semen y a perfume del velo nupcial.
Lucía enseña música en el colegio de siempre. Julio — que ni sabe de la existencia del quipus — siente que el centro de su frente está ocupado por una máquina de contar. Algunas noches hasta escucha como caen las fichas de las entradas y salidas. Gracias a Dios su alma es simple y por su mente solamente desfila la perfección numérica. Mejora la altura de la almohada y entra en un ronquido parejo del que sale al primer timbrecito del despertador. A veces, antes.
Viven bien. Perseverando, compran muebles, adornos y una jaula donde habitará un cardenal de copete enhiesto y trino tempranero.
El día que traen los muebles tienen la primera pelea en serio. Lucía abre la puerta de entrada y se topa con el moblaje alineado con centímetro; cada silla enfundada en plástico, adornos envueltos milimétricamente en papel de colores y cuadros colgados altos y simétricos, lejos de la vista y a la antigua.
Lucía se lleva la mano a la boca para no gritar. Mira al ufano consorte que espera el aplauso, se recompone y habla bajito para conciliar:
— Mirá Julio…Nuestro comedor parece más un museo que un hogar… Cumpliste con los gastos. ¿Porque no dejás la decoración por mi cuenta?
— No podemos cambiar nada, querida…Este hermoso arreglo es obra de mamá, que trabajó todo el día para sorprenderte…
Se trenzan en una discusión memorable. Lucía acepta a regañadientes verdades presentidas, pero soslayadas cuando el sexo era bueno: que Julio no ha cortado el cordón con la madre y su pésimo gusto, que sus hábitos metódicos y su absoluta falta de creatividad no tienen remedio y que su perra vida, de ahí hasta sus finales, será tediosa y miserable. Porfiada, quita los rígidos plásticos, baja y redistribuye los cuadros y arma un adorno con flores de verdad como centro de mesa.
Esa subversión le cuesta la pérdida de una suegra y la mirada recelosa del sumador incansable, inmerso en la marea de dos hembras listas para hundir el barco de la enemiga, sin aviso previo.
La casa les pertenece. (Mediante un crédito del banco susodicho, que terminarán de pagar cuando sean abuelos). Realidad que mantiene desvelado al marido, entrenado desde el babero para ser contador, porque contador es su padre y lo fue su abuelo cuando la ciudad era un pueblito y ser contador era poseer un título casi nobiliario.
Al subir la pesada cuesta del cuarto año de convivencia, Lucía sigue en pie de guerra con la suegra y su desganado convivir con el pobre Julio la fatiga. La espalda, antes erguida y suavemente curva le pesa como si cargara una mochila. El ceño junta las cejas y los ojos van perdiendo brillo. No quedan rastros de su reír por cualquier motivo, o el invento de desayunar sobre almohadones en el piso del living, escuchando música. Lucía se aburre sin solemnidad. Se ofrece para presidir la Dirección del Coro del Colegio, refugio donde los niños la aman. Llega más tarde a la casa, arrastrando los pies. Julio la espera con la mesa puesta y el ardor vigente pero oculto tras la timidez machista. Cuando ella inclina el cuerpo sobre la cocina, él se acerca por detrás en un amago de rozar los senos de Lucía. Pero no se anima. Tiene miedo a meterse en esas aguas porque nadie le enseñó a nadar. Si Julio fuera pájaro, aletearía, gorjearía, traería una ramita olorosa en el pico para entusiasmar a su hembra. Pero Julio no es pájaro y Lucía está harta de insinuaciones que no logran ni siquiera entibiarla. Se duermen mirando paredes opuestas, incomunicados, lamiendo desencantos.
Julio decae en el trabajo. Le toma un buen tiempo decidir que debe acudir al médico. Los análisis y las radiografías, cantan que Julio no está enfermo de nada. El gerente del banco, que lo aprecia, le recomienda buscar otro ángulo de investigación: la mente.
— No creo que lo suyo sea físico. — Dice observando al joven. — Tampoco es una cuestión económica ¿no? Mire... Esta es la tarjeta de una experta en dilucidar problemas...a la que yo acudí una vez. Puede confiarle todo. Es seria, inteligente. Muy buena profesional. Mi matrimonio bailaba en la cuerda floja y ella me reflotó. Y mire. Llevamos veinte años de casados y sigo feliz y contento.
Como buen masculino, el gerente no pluraliza. Habla de él. Si su mujer comparte idéntica felicidad y dicha, es un hecho que por supuesto, ignora.
La primera entrevista del contador con la especialista resulta un jueguito de mentiras. Él elude la verdad y ella simula credulidad mientras lo estudia en la medida que los libros enseñan. Julio miente a medias. Pone en el tapete lo vivido con Lucía. Cuando juntos descubrieron el amor. No aparecen las agrias discusiones actuales, ni el frío incrustado en el lecho matrimonial.
La profesional no es tonta. Lo oye durante dos sesiones más, hasta que consigue desnudar al indefenso Julio. Que sabe muchísimo de números y poco de estas arpías modernas, que escarban y revuelven hasta conseguir la verdad negada: A Lucía no le interesa más el sexo y Julio delira por tenerlo con ella. Solamente con ella.
— Bueno, Julio. Vamos a tratar de resolver su preocupación…Usted dice que a su mujer le gusta la música. — La simpática de mierda señorita resuelve problemas hojea unas notas. Levanta sus avizores ojitos de gata para escudriñar el semblante de Julio. Que elude los ojos, la voz, la verdad cantada por esta extraña. Para qué le habrá dado pelota a su jefe. Finalmente la enfrenta.
— Si. A Lucía le encanta la música. Es su oficio, le gusta de alma.
— Bien. Algo bueno a favor. ¿Tienen un aparato de música en el cuarto?
— Aparato de música...No. El equipo de música está en la sala. — Julio está perdiendo la paciencia. Extrae del bolsillo de la camisa un lápiz retráctil, que abre y cierra, abre y cierra, francamente incómodo.
— Entonces vamos a empezar por lo primero: A Lucía le gusta la música ¿Cuáles son sus preferencias?
— Lucía tiene buen oído. Le gustan los clásicos y en lo popular, no le falta un solo C.D. de Julio Iglesias…
— Pues, manos a la obra, Julio. Compre una radio pequeña. Ahora se consiguen unas de poco tamaño, que hasta tienen pasadores de compactos. Se la lleva de regalo. Elige la balada de Iglesias que más le gusta a su mujer… Mientras ella se baña, usted la espera tranquilo, leyendo algo. La música, bajita. No olvide colocar sobre su almohada una rosa roja y un chocolate bueno… No la apure. Deje que se emocione. Primero, porque se le ocurrió la genial idea de regalarle el aparato. La natural sorpresa por la rosa…Recordar la marca de dulce que le gusta…Parecen tonterías, pero no lo son, créame. Acaricie suavemente sus brazos…Mírela con el amor de antes, abrácela con el mismo calor que sabe que la entusiasma…Tóquela donde y como a ella le gusta…Recuerde no apurarse. Repítale lo importante que es tenerla en su vida. Lo fabuloso que resultó encontrarla, peleando por el mismo taxi aquélla tarde lluviosa…Mientras la roza, juguetee con su cabello. Huela su piel. NO- SE- APURE.
— Usted cree...que si no me apuro...— Julio empieza a respetar a la inquisidora.
— Este es el principio. Después de estas primeras reacciones, vuelva a pedir un turno. — Lo despide sin darle tiempo a más preguntas.
Julio parte animoso a comprar el aparato, la flor y el chocolate. Hace cálculos. ¡Qué caros están los chocolates! Se consuela: Finalmente, la mina no es tan boluda y lo del chocolate lo puede ahorrar en cigarrillos.
Uno no tropieza con milagros todos los santos días. Pero el nuevo Julio, con el alma y los testículos vueltos al cuerpo, cree a pié junto en ellos y sostiene a quien lo quiere oír, que la psicología es un invento de los dioses, genial como la mismísima matemática, donde dos más dos siempre resultan cuatro.
Lucía recupera el color y renuncia a dirigir el Coro. Regresa la época de oro. Se desgarran las vestiduras, se murmuran al oído cosillas perversas, mientras la música suena y suena en el aparatito. Tan bajita, que Julio, que padece desde niño una leve sordera, no alcanza a escuchar cual es la melodía que enarbola la renovada pasión de su consorte.
Con los ojos cerrados, Lucía se posesiona del que canta. La mano que baja provocativa, desde el pecho hasta justo donde el hombre es o no es macho, la acaricia a ella. Los sentidos, adormilados por el aburrimiento, se abren como una flor mañanera, que espera la gota de rocío. La voz dulzona la revive. La sonrisa algo cínica del español, la acaricia. Los gestos de esa cabeza, que han enloquecido a más de una, alrededor de un mundo que para El, ni es ancho ni es ajeno, mimetizan un Julio con el otro. Que cante una habanera caliente, un tango lánguido o un bolero, es, históricamente, un seductor sin competencia. Es el mago que la embruja. El que la prostituye sin sacarla del sacrosanto lecho marital. Que Dios bendiga a la música y a los baladistas que logran, desde un cajoncito llamado radio, hacer perdurable la relación de una pareja. Amén.
CARMEN ROSA BARRERE. .
Julio y Lucía llevan tres años de casados. El primero alocado y caliente, puro sexo; en el segundo descubren que ella es búho nocturno y él alondra madrugadora; que a él le conforta dormir tapadito hasta el cuello con medias de lana en invierno y que Lucía se desparrama libre de vestiduras en la mitad de la cama que le corresponde leyendo hasta altas horas de la noche. Y el tercero los encuentra francamente aplastados por una rutina instalada sin que se dieran cuenta, pero de cuyo moho son víctimas. Julio es un personaje ordenado, relacionado hasta el tuétano con su oficio de contador. Lo atrapa ordenar. Recortar. Pasa el trapo a los muebles antes que llegue su madre de visita; cuida que en el jardín las plantas crezcan alineadas y los pastos derechitos como soldados prestos a hacer la venia; y poseído por esa pasión que lo puede, dentro del banco donde ejerce es ponderado y respetado por sus jefes. Algunos compañeros envidiosos, de los que nunca faltan, sostienen que es más aburrido que chupar un clavo y ninguno se explica, hasta ese tercer año, como el bombonazo culón que es Lucía pudo casarse con el Topo. Topo porque Luis usa lentes. Y es verdad que Lucía tiene cuerpo de guitarra y seguro en la cama suena como tal si el guitarrista es bueno.
Sordo ante estas ignominias, el contador llega a horario, saluda y se enfrasca de cabeza en ese maremágnum numérico que espera. Anota con vista de águila el debe y el haber de las víctimas bancarias en numeritos prolijos donde el resultado coincide invariablemente y sin errores con cifras y ecuaciones esperadas. Por oficio y rutinas adquiridas encaja de medida dentro de un cuadrado donde el ejercicio de la imaginación no conoce ni la puerta de entrada.
Lucía añora en silencio la relación de los primeros encuentros, cuando recién se conocieron. Apretujones furtivos, sexo con sabor pecaminoso, húmedo del sudor de la prisa. El aire que flota sobre ellos se enrarece, como si el incendio de esos dos cuerpos, que claman el uno por el otro, tuviera la virtud de contagiarle calor. De simple brisa, se potencia para enredarse en las copas de los árboles, juega entre las ramas y levanta tierra y papeles de la calle. Julio y Lucía llegan al clímax juntos, estertorosos. El cielo que flota sobre ambas cabezas brilla, intensamente azul sin nubecillas chismosas encima de sus cabezas. Ni hablar de los corazones. El mismo acelere, idéntica calma posterior al goce. Mirándose a los ojos, en la despedida, marchan con la sensación de ser los inventores del amor. Los famosos amantes de Verona, amilanados, huyen a refugiarse es sus tumbas remotas con vergüenza. Relaciones que fueron pensadas para gente con mentalidad anticuada, sometidas desde el vamos por familias vengativas, negadoras de la fuerza del amor. Asumen que esa juventud romántica, de balcones y sueños, no tiene cabida en el presente, tal vez porque el escritor desconocía los fenómenos de la química, que empuja a sucumbir a los seres arrasados por el imán del sexo, haciéndolos caer hacia pozos donde fallece sin remedio la conciencia.
La familia de ella, asustada por el ardor que ya es inocultable, cita al mozalbete, que no precisa ya de empujones para tamaña decisión. Lucía se casa de blanco. Arroja el ramo de novia con buena puntería en dirección de su amiga más querida, virgen y mártir hasta ese instante y la nueva pareja marcha hacia la luna de miel. Él la sostiene en sus masculinos brazos hasta introducir el cuerpecito ardiente dentro del cuarto. A solas al fin, les faltan manos, dedos, uñas, para quitarse mutuamente el ropaje odioso, tipo mortaja, dentro del que zambullen a los pobres novios. Que lo único que ambicionan es enfrentarse en cueros y copular inventando posturas, enredados en sábanas arrugadas y colchón oliendo a semen y a perfume del velo nupcial.
Lucía enseña música en el colegio de siempre. Julio — que ni sabe de la existencia del quipus — siente que el centro de su frente está ocupado por una máquina de contar. Algunas noches hasta escucha como caen las fichas de las entradas y salidas. Gracias a Dios su alma es simple y por su mente solamente desfila la perfección numérica. Mejora la altura de la almohada y entra en un ronquido parejo del que sale al primer timbrecito del despertador. A veces, antes.
Viven bien. Perseverando, compran muebles, adornos y una jaula donde habitará un cardenal de copete enhiesto y trino tempranero.
El día que traen los muebles tienen la primera pelea en serio. Lucía abre la puerta de entrada y se topa con el moblaje alineado con centímetro; cada silla enfundada en plástico, adornos envueltos milimétricamente en papel de colores y cuadros colgados altos y simétricos, lejos de la vista y a la antigua.
Lucía se lleva la mano a la boca para no gritar. Mira al ufano consorte que espera el aplauso, se recompone y habla bajito para conciliar:
— Mirá Julio…Nuestro comedor parece más un museo que un hogar… Cumpliste con los gastos. ¿Porque no dejás la decoración por mi cuenta?
— No podemos cambiar nada, querida…Este hermoso arreglo es obra de mamá, que trabajó todo el día para sorprenderte…
Se trenzan en una discusión memorable. Lucía acepta a regañadientes verdades presentidas, pero soslayadas cuando el sexo era bueno: que Julio no ha cortado el cordón con la madre y su pésimo gusto, que sus hábitos metódicos y su absoluta falta de creatividad no tienen remedio y que su perra vida, de ahí hasta sus finales, será tediosa y miserable. Porfiada, quita los rígidos plásticos, baja y redistribuye los cuadros y arma un adorno con flores de verdad como centro de mesa.
Esa subversión le cuesta la pérdida de una suegra y la mirada recelosa del sumador incansable, inmerso en la marea de dos hembras listas para hundir el barco de la enemiga, sin aviso previo.
La casa les pertenece. (Mediante un crédito del banco susodicho, que terminarán de pagar cuando sean abuelos). Realidad que mantiene desvelado al marido, entrenado desde el babero para ser contador, porque contador es su padre y lo fue su abuelo cuando la ciudad era un pueblito y ser contador era poseer un título casi nobiliario.
Al subir la pesada cuesta del cuarto año de convivencia, Lucía sigue en pie de guerra con la suegra y su desganado convivir con el pobre Julio la fatiga. La espalda, antes erguida y suavemente curva le pesa como si cargara una mochila. El ceño junta las cejas y los ojos van perdiendo brillo. No quedan rastros de su reír por cualquier motivo, o el invento de desayunar sobre almohadones en el piso del living, escuchando música. Lucía se aburre sin solemnidad. Se ofrece para presidir la Dirección del Coro del Colegio, refugio donde los niños la aman. Llega más tarde a la casa, arrastrando los pies. Julio la espera con la mesa puesta y el ardor vigente pero oculto tras la timidez machista. Cuando ella inclina el cuerpo sobre la cocina, él se acerca por detrás en un amago de rozar los senos de Lucía. Pero no se anima. Tiene miedo a meterse en esas aguas porque nadie le enseñó a nadar. Si Julio fuera pájaro, aletearía, gorjearía, traería una ramita olorosa en el pico para entusiasmar a su hembra. Pero Julio no es pájaro y Lucía está harta de insinuaciones que no logran ni siquiera entibiarla. Se duermen mirando paredes opuestas, incomunicados, lamiendo desencantos.
Julio decae en el trabajo. Le toma un buen tiempo decidir que debe acudir al médico. Los análisis y las radiografías, cantan que Julio no está enfermo de nada. El gerente del banco, que lo aprecia, le recomienda buscar otro ángulo de investigación: la mente.
— No creo que lo suyo sea físico. — Dice observando al joven. — Tampoco es una cuestión económica ¿no? Mire... Esta es la tarjeta de una experta en dilucidar problemas...a la que yo acudí una vez. Puede confiarle todo. Es seria, inteligente. Muy buena profesional. Mi matrimonio bailaba en la cuerda floja y ella me reflotó. Y mire. Llevamos veinte años de casados y sigo feliz y contento.
Como buen masculino, el gerente no pluraliza. Habla de él. Si su mujer comparte idéntica felicidad y dicha, es un hecho que por supuesto, ignora.
La primera entrevista del contador con la especialista resulta un jueguito de mentiras. Él elude la verdad y ella simula credulidad mientras lo estudia en la medida que los libros enseñan. Julio miente a medias. Pone en el tapete lo vivido con Lucía. Cuando juntos descubrieron el amor. No aparecen las agrias discusiones actuales, ni el frío incrustado en el lecho matrimonial.
La profesional no es tonta. Lo oye durante dos sesiones más, hasta que consigue desnudar al indefenso Julio. Que sabe muchísimo de números y poco de estas arpías modernas, que escarban y revuelven hasta conseguir la verdad negada: A Lucía no le interesa más el sexo y Julio delira por tenerlo con ella. Solamente con ella.
— Bueno, Julio. Vamos a tratar de resolver su preocupación…Usted dice que a su mujer le gusta la música. — La simpática de mierda señorita resuelve problemas hojea unas notas. Levanta sus avizores ojitos de gata para escudriñar el semblante de Julio. Que elude los ojos, la voz, la verdad cantada por esta extraña. Para qué le habrá dado pelota a su jefe. Finalmente la enfrenta.
— Si. A Lucía le encanta la música. Es su oficio, le gusta de alma.
— Bien. Algo bueno a favor. ¿Tienen un aparato de música en el cuarto?
— Aparato de música...No. El equipo de música está en la sala. — Julio está perdiendo la paciencia. Extrae del bolsillo de la camisa un lápiz retráctil, que abre y cierra, abre y cierra, francamente incómodo.
— Entonces vamos a empezar por lo primero: A Lucía le gusta la música ¿Cuáles son sus preferencias?
— Lucía tiene buen oído. Le gustan los clásicos y en lo popular, no le falta un solo C.D. de Julio Iglesias…
— Pues, manos a la obra, Julio. Compre una radio pequeña. Ahora se consiguen unas de poco tamaño, que hasta tienen pasadores de compactos. Se la lleva de regalo. Elige la balada de Iglesias que más le gusta a su mujer… Mientras ella se baña, usted la espera tranquilo, leyendo algo. La música, bajita. No olvide colocar sobre su almohada una rosa roja y un chocolate bueno… No la apure. Deje que se emocione. Primero, porque se le ocurrió la genial idea de regalarle el aparato. La natural sorpresa por la rosa…Recordar la marca de dulce que le gusta…Parecen tonterías, pero no lo son, créame. Acaricie suavemente sus brazos…Mírela con el amor de antes, abrácela con el mismo calor que sabe que la entusiasma…Tóquela donde y como a ella le gusta…Recuerde no apurarse. Repítale lo importante que es tenerla en su vida. Lo fabuloso que resultó encontrarla, peleando por el mismo taxi aquélla tarde lluviosa…Mientras la roza, juguetee con su cabello. Huela su piel. NO- SE- APURE.
— Usted cree...que si no me apuro...— Julio empieza a respetar a la inquisidora.
— Este es el principio. Después de estas primeras reacciones, vuelva a pedir un turno. — Lo despide sin darle tiempo a más preguntas.
Julio parte animoso a comprar el aparato, la flor y el chocolate. Hace cálculos. ¡Qué caros están los chocolates! Se consuela: Finalmente, la mina no es tan boluda y lo del chocolate lo puede ahorrar en cigarrillos.
Uno no tropieza con milagros todos los santos días. Pero el nuevo Julio, con el alma y los testículos vueltos al cuerpo, cree a pié junto en ellos y sostiene a quien lo quiere oír, que la psicología es un invento de los dioses, genial como la mismísima matemática, donde dos más dos siempre resultan cuatro.
Lucía recupera el color y renuncia a dirigir el Coro. Regresa la época de oro. Se desgarran las vestiduras, se murmuran al oído cosillas perversas, mientras la música suena y suena en el aparatito. Tan bajita, que Julio, que padece desde niño una leve sordera, no alcanza a escuchar cual es la melodía que enarbola la renovada pasión de su consorte.
Con los ojos cerrados, Lucía se posesiona del que canta. La mano que baja provocativa, desde el pecho hasta justo donde el hombre es o no es macho, la acaricia a ella. Los sentidos, adormilados por el aburrimiento, se abren como una flor mañanera, que espera la gota de rocío. La voz dulzona la revive. La sonrisa algo cínica del español, la acaricia. Los gestos de esa cabeza, que han enloquecido a más de una, alrededor de un mundo que para El, ni es ancho ni es ajeno, mimetizan un Julio con el otro. Que cante una habanera caliente, un tango lánguido o un bolero, es, históricamente, un seductor sin competencia. Es el mago que la embruja. El que la prostituye sin sacarla del sacrosanto lecho marital. Que Dios bendiga a la música y a los baladistas que logran, desde un cajoncito llamado radio, hacer perdurable la relación de una pareja. Amén.
CARMEN ROSA BARRERE. .
5.8.10
LA PLAZA DE LOS DOS CONGRESOS
LA PLAZA DE LOS DOS CONGRESOS.
En un lugar bien seleccionado colocaron la fuente. Todas las religiones del mundo se valen del agua. Para bautizar, para purificar. La vierten dentro de la pila, a la entrada de los templos, para mojar los dedos y persignarse. Al Jesús de los judíos lo acristianaron en el Río Jordán. Nuestro cuerpo aloja un altísimo porcentaje de líquido. Algunos dicen que aparecimos en el agua. Diminutos e Insignificantes. (En lo personal, soy el ejemplo viviente de los que no logramos escabullirnos para crecer. Casi anciano, me doy cuenta de mi escasa estatura).
Pero estábamos en lo de la fuente. Para las Fiestas Patrias aparece el personal especializado que convierte el débil, cotidiano chorro de agua en un mensaje cantarino, que se eleva iridiscente cuando lo atraviesan los rayos del sol. Una vez tuve en mis manos una colección pequeña de obras de Dalí que jamás había visto antes. Su maravillosa genialidad, aprisionando mariposas y peces. Barcos etéreos navegando en mares de ensueño. El velamen de las embarcaciones idealizadas por mariposas de alitas leves. Benditos los artistas que nos hacen distinguir ángulos impensados a los que ellos acceden con la imaginación abierta. Si me instalo en un asiento para contemplar la fuente, esos seres bailan dentro del líquido, que sube y baja al compás de la música más hermosa que un anciano solitario pueda disfrutar. Con los ojos cerrados percibo, junto al murmullo confesional del agua, el estremecimiento del aire, que danza con los sonidos de la música.
Sonrío al recordar mi juventud. Aquél maestro de solfeo, que mi afanosa madre contrató para que me desasnara. Las aburridas escalas. Mis dedos tercos, aporreando las teclas del piano con el ceño fruncido y un atroz aburrimiento matando impiadoso toda esperanza del infortunado maestro. La perseverancia estaba lejos de ser mi amiga. Abandoné las lecciones de piano, primero. Recordar postergaciones sucesivas me producen punzadas en el pecho. Fracasos que no se debieron a la falta de oportunidades. Yo las tuve a todas, pero me creía tan vivo, capaz hasta de ser astronauta sin terminar de cursar el secundario. No soportaba la disciplina de la escuela y me recibí de maestro en el arte de perder el tiempo. Un día el buenazo de mi padre colgó una cartulina en la pared de mi cuarto:” EL ÚNICO TRABAJO QUE SE EMPIEZA DE ARRIBA ES EL POZO”. Riendo, yo se lo enseñaba a los amigos que caían a casa como moscas a la hora de comer, se instalaban en los sillones de pana de mi madre, masticando maníes si era invierno, o helado si llegaba el verano. Al día siguiente, veía a mi madre frotar almohadones y alfombritas pisoteadas por esos tarambanas con los que yo perdía las horas. No me regañaba. Soy hijo único, sobreprotegido por ella, que era crédula y pensaba que con los buenos ejemplos del hogar esta oveja descarriada volvería mansita al redil. Atolondrado, no me daba cuenta de su paciencia benedictina y no alcanzaba a entender la calidad de su ternura. Soportó mis enamoramientos furtivos, mi holgazanería, mis mentiras y debe haber llorado mis fracasos, pero nunca me pasó facturas.
Desde el mostrador de un boliche de barrio, bebiendo con amigos casuales, no se resuelven los problemas del mundo y a los personales se los deja de lado. Aceptar lo que sucede en nuestro centro, es un menester que los jóvenes postergamos a un eterno mañana. A lo mejor porque duele exponer la mala semilla que crece fortachona, cuando lo que se espera es que nos recibamos de hombres centrados, aptos para ser felices.
Mi solitaria indigencia tiene un solo culpable. Hurgando en mi interior, reconocer las veleidosas y cambiantes aristas de mi personalidad, me otorgan esta benevolencia, esta ausencia de rencor. Soy el editor responsable de todos los hechos de mi vida, que se alarga más de lo deseado. Hasta para esperar la muerte me ataca la impaciencia.
Abandono la revisión de mis defectos. Dentro de un rato llegará la camioneta de Caritas, que nos reparte las bandejas de comida. Los sin techo — a pesar de los esfuerzos gubernamentales — somos muchos.
Recorremos las calles de día, cada uno por su lado. En un bar de la Avenida de Mayo, un académico y generoso valenciano me sirve gratis un café con leche con medialunas. Cuando hay poca gente, se desliza en la silla frente a mí. No filosofamos para arreglar un mundo que ya es un rompecabezas hasta para su Creador. Hablamos de fútbol, de libros, de la vulgaridad de los programas de televisión, contra los que suelta palabrotas y críticas atinadas. Por supuesto, con la voz a medio tono, para no perder la compostura delante de los clientes que pagan. Una vez a la semana, antes de abrir el negocio, permite que me pegue un buen baño, me rasure y defeque con ritos olvidados. Cuando los turistas se despabilan y trotan por Florida, reparto volantes de una casa que vende artículos de cuero. Para eso debo refrescar algo de mi antigua facha, que groseramente, cuando envejecemos huye lo más lejos posible.
A mi amigo español le encantó la charla que sostuvimos una mañana fría. El humo del café me aislaba la expresión de su cara. Tal vez creía que lo estaba inventando. Igualmente, proseguí mi historia. Le conté de la existencia de Camille Claudel. De la tormentosa unión de dos genios de la escultura, que terminó de manera nefasta para la discípula. Rodin era ya el artista famoso. Ella, una joven de familia convencional, perdida en el tumulto de su corazón, que clamaba por el maestro y sus manos. No en la piedra. No en el metal. Las manos del amado recorriendo su piel, cincelando esculturas de amor sobre sus pechos casi adolescentes. Una pasión fuera de época. Rodin era casado y Camille, una florecita olorosa colocada a sus pies.
— La estatua del Pensador, la que está ubicada al lado del mojón que indica el punto de partida del país hacia cada confín, la hizo Rodin. – Explico a mi benefactor, que se compromete ir el sábado para echarle una mirada. Me despido apurado. Son las nueve y media. A las diez, Florida es casi un manicomio.
Entrego volantes. Pero me divierto observando a los transeúntes. Identificables a través de sus modales, de las formas de mirar, posturas del cuerpo o maneras de comer. En la fugacidad del instante, acecha el recuerdo de mi hogar. Mi infancia, con mamá detenida en cada detalle de nuestro desarrollo. Tuve una hermanita, que falleció pequeña. Sobreviví yo. Alto, buen mozo, según decían. Pero ocioso. Perdedor desde el vamos. Sabias palabras de mi progenitor. Un abogado exitoso, mi padre.
El atardecer cosquillea sobre los bancos y los árboles de la plaza. En su recorrido, la luz debilitada nos reconoce y se diluye detrás de los edificios. Estamos en nuestro lugar. Los sin techo no discutimos. Un entendimiento de buena voluntad, impuesto por las circunstancias. Si nos miramos, sacudimos levemente la cabeza. El hartazgo generalizado aparece cuando muere el día.
Creo que en el fondo, nos quedamos en las cercanías del monumental edificio para elevar la autoestima. No es lo mismo ser linyera en un charco, que teniendo enfrente este palacete imponente. Fue levantado en el año 1906 por un
arquitecto venido de Italia, apellidado Meano. Vista desde mi banco, la cúpula es majestuosa. Me encanta cuando el sol de la mañana ilumina las imágenes aladas, soplando trompetas que proclaman la igualdad de los hombres de mi patria y el ejercicio de la ley. Como son de piedra y los preclaros representantes, actuales son sordos, adentro del recinto nadie las escucha.
Transitar desde la Plaza de Mayo, que imita a La Gran Vía de Madrid, para rematar en nuestra plaza — hogar — y contemplar desde ahí su estructura en detalle, es uno de los goces que nos permite el pertenecer al vecindario. Dentro del Palacio han hablado, protestado y discutido grandes políticos y estadistas. Fueron días de gloria. Los oradores de las bancas y sus decisiones se apoyaban en la Constitución y leyes, decretos y ordenanzas eran respetados sin discusión por un pueblo que ambicionaba desarrollarse en paz. Pero nada es eterno. El mundo es una pelota que gira sobre su eje. La gente cambia. Las conciencias ya no son tan conscientes. Hoy, si alguien pretende proclamar una sola verdad, primero debe aferrarse al piso con botines de cemento. Mi amigo el valenciano quiere consolarme: “Hoy por hoy esta calamidad sucede en el mundo entero”. Asiento, como dándole la razón. Pero mi interior está sublevado. No entiendo mucho de política. Pero pensar en algunos que se creen personajes intocables porque roban mucho, me revuelve las tripas.
Los bien trajeados, altaneros que pasan por la plaza nos miran despectivamente. ¡Si supieran cuán sólidas son las verdades que se aprenden en la calle! Hasta los vejetes cegatones como yo, vemos más de lo que algunos de los señorones de enfrente quisieran que veamos. Hombres sigilosos que aguardan en un banco oscuro para tomar o entregar sobres abultados o sobrecitos polvorientos. Haraganes favorecidos por un pariente con poderes que aparecen los primeros días del mes a cobrar subvenciones de tareas que jamás hicieron. Acá, la gente que trabaja los apoda “ñoquis”. Repaso mi cara con una servilleta de papel, en el intento de detener el olor a caca cuando estos pensamientos perturbadores me atropellan.
El anochecer se aproxima. El vientito del Río de la Plata se cuela por la costanera, avanza por la Avenida y nos cala el frío. Me envuelvo en la manta salteña, hecha de pura lana, que exuda, cuando se calienta, el olor de la piel de la llama y los sonidos de la soledad del altiplano.
Me recuesto en mi banco y cierro los ojos. Antes de dormirme, escucho cómo trepida el piso. Debajo, bien abajo, el primer subterráneo construido en
América del Sur, rechina en una frenada de estación. Las vías se estremecen, aplastadas por el convoy. Los pasajeros, ateridos, corren hacia sus casas, peleando al viento. Me pongo a imaginar: Hogares tibios. Niños porfiados. Mujeres que hacen milagros para agrandar el caliente pan de cada día. Los maliciosos no hablan de inflación. La mal apodan “inflamación”.
Hace mucho dejé de beber. Pero si me libero del presente, me asaltan estos pensamientos del tiempo mal gastado, pegoteados a mi naturaleza como la marca hecha a fuego y hierro sobre la piel de un vacuno. Quisiera no tener memoria. O perderla, bebiendo vino a grandes tragos. Vasos repletos del líquido transparente capaz de idiotizarme. Si pierdo la lucidez, a lo mejor consigo elevarme alto sobre las miserias de las que somos capaces los humanos. No pisar los desechos. Tanta charla barata, tanto tiempo gastado en mirar hacia afuera, despreciando la débil lucecita de mi inteligencia. La inteligencia es como el amor: hay que regarla para verla crecer. Jamás pude encontrar el río.
Creo que tengo algo de fiebre. Soñé que volaba. Debajo, quedaba mi banco. La fuente. El inmóvil Pensador de Rodin, con la mente caprichosamente perdida entre el matorral oloroso del cabello de Camille. Y el reducto con arena que diligentemente, alambraron para que los perros del vecindario hagan pis y suelten bultitos marrones mientras el dueño de la mascota lee el diario, desentendido.
Mis amigos duermen acurrucados en las escalinatas del Palacio y en los bancos de mi plaza. Mañana hay que seguir trotando, gorra en mano.
CARMEN ROSA BARRERE.
En un lugar bien seleccionado colocaron la fuente. Todas las religiones del mundo se valen del agua. Para bautizar, para purificar. La vierten dentro de la pila, a la entrada de los templos, para mojar los dedos y persignarse. Al Jesús de los judíos lo acristianaron en el Río Jordán. Nuestro cuerpo aloja un altísimo porcentaje de líquido. Algunos dicen que aparecimos en el agua. Diminutos e Insignificantes. (En lo personal, soy el ejemplo viviente de los que no logramos escabullirnos para crecer. Casi anciano, me doy cuenta de mi escasa estatura).
Pero estábamos en lo de la fuente. Para las Fiestas Patrias aparece el personal especializado que convierte el débil, cotidiano chorro de agua en un mensaje cantarino, que se eleva iridiscente cuando lo atraviesan los rayos del sol. Una vez tuve en mis manos una colección pequeña de obras de Dalí que jamás había visto antes. Su maravillosa genialidad, aprisionando mariposas y peces. Barcos etéreos navegando en mares de ensueño. El velamen de las embarcaciones idealizadas por mariposas de alitas leves. Benditos los artistas que nos hacen distinguir ángulos impensados a los que ellos acceden con la imaginación abierta. Si me instalo en un asiento para contemplar la fuente, esos seres bailan dentro del líquido, que sube y baja al compás de la música más hermosa que un anciano solitario pueda disfrutar. Con los ojos cerrados percibo, junto al murmullo confesional del agua, el estremecimiento del aire, que danza con los sonidos de la música.
Sonrío al recordar mi juventud. Aquél maestro de solfeo, que mi afanosa madre contrató para que me desasnara. Las aburridas escalas. Mis dedos tercos, aporreando las teclas del piano con el ceño fruncido y un atroz aburrimiento matando impiadoso toda esperanza del infortunado maestro. La perseverancia estaba lejos de ser mi amiga. Abandoné las lecciones de piano, primero. Recordar postergaciones sucesivas me producen punzadas en el pecho. Fracasos que no se debieron a la falta de oportunidades. Yo las tuve a todas, pero me creía tan vivo, capaz hasta de ser astronauta sin terminar de cursar el secundario. No soportaba la disciplina de la escuela y me recibí de maestro en el arte de perder el tiempo. Un día el buenazo de mi padre colgó una cartulina en la pared de mi cuarto:” EL ÚNICO TRABAJO QUE SE EMPIEZA DE ARRIBA ES EL POZO”. Riendo, yo se lo enseñaba a los amigos que caían a casa como moscas a la hora de comer, se instalaban en los sillones de pana de mi madre, masticando maníes si era invierno, o helado si llegaba el verano. Al día siguiente, veía a mi madre frotar almohadones y alfombritas pisoteadas por esos tarambanas con los que yo perdía las horas. No me regañaba. Soy hijo único, sobreprotegido por ella, que era crédula y pensaba que con los buenos ejemplos del hogar esta oveja descarriada volvería mansita al redil. Atolondrado, no me daba cuenta de su paciencia benedictina y no alcanzaba a entender la calidad de su ternura. Soportó mis enamoramientos furtivos, mi holgazanería, mis mentiras y debe haber llorado mis fracasos, pero nunca me pasó facturas.
Desde el mostrador de un boliche de barrio, bebiendo con amigos casuales, no se resuelven los problemas del mundo y a los personales se los deja de lado. Aceptar lo que sucede en nuestro centro, es un menester que los jóvenes postergamos a un eterno mañana. A lo mejor porque duele exponer la mala semilla que crece fortachona, cuando lo que se espera es que nos recibamos de hombres centrados, aptos para ser felices.
Mi solitaria indigencia tiene un solo culpable. Hurgando en mi interior, reconocer las veleidosas y cambiantes aristas de mi personalidad, me otorgan esta benevolencia, esta ausencia de rencor. Soy el editor responsable de todos los hechos de mi vida, que se alarga más de lo deseado. Hasta para esperar la muerte me ataca la impaciencia.
Abandono la revisión de mis defectos. Dentro de un rato llegará la camioneta de Caritas, que nos reparte las bandejas de comida. Los sin techo — a pesar de los esfuerzos gubernamentales — somos muchos.
Recorremos las calles de día, cada uno por su lado. En un bar de la Avenida de Mayo, un académico y generoso valenciano me sirve gratis un café con leche con medialunas. Cuando hay poca gente, se desliza en la silla frente a mí. No filosofamos para arreglar un mundo que ya es un rompecabezas hasta para su Creador. Hablamos de fútbol, de libros, de la vulgaridad de los programas de televisión, contra los que suelta palabrotas y críticas atinadas. Por supuesto, con la voz a medio tono, para no perder la compostura delante de los clientes que pagan. Una vez a la semana, antes de abrir el negocio, permite que me pegue un buen baño, me rasure y defeque con ritos olvidados. Cuando los turistas se despabilan y trotan por Florida, reparto volantes de una casa que vende artículos de cuero. Para eso debo refrescar algo de mi antigua facha, que groseramente, cuando envejecemos huye lo más lejos posible.
A mi amigo español le encantó la charla que sostuvimos una mañana fría. El humo del café me aislaba la expresión de su cara. Tal vez creía que lo estaba inventando. Igualmente, proseguí mi historia. Le conté de la existencia de Camille Claudel. De la tormentosa unión de dos genios de la escultura, que terminó de manera nefasta para la discípula. Rodin era ya el artista famoso. Ella, una joven de familia convencional, perdida en el tumulto de su corazón, que clamaba por el maestro y sus manos. No en la piedra. No en el metal. Las manos del amado recorriendo su piel, cincelando esculturas de amor sobre sus pechos casi adolescentes. Una pasión fuera de época. Rodin era casado y Camille, una florecita olorosa colocada a sus pies.
— La estatua del Pensador, la que está ubicada al lado del mojón que indica el punto de partida del país hacia cada confín, la hizo Rodin. – Explico a mi benefactor, que se compromete ir el sábado para echarle una mirada. Me despido apurado. Son las nueve y media. A las diez, Florida es casi un manicomio.
Entrego volantes. Pero me divierto observando a los transeúntes. Identificables a través de sus modales, de las formas de mirar, posturas del cuerpo o maneras de comer. En la fugacidad del instante, acecha el recuerdo de mi hogar. Mi infancia, con mamá detenida en cada detalle de nuestro desarrollo. Tuve una hermanita, que falleció pequeña. Sobreviví yo. Alto, buen mozo, según decían. Pero ocioso. Perdedor desde el vamos. Sabias palabras de mi progenitor. Un abogado exitoso, mi padre.
El atardecer cosquillea sobre los bancos y los árboles de la plaza. En su recorrido, la luz debilitada nos reconoce y se diluye detrás de los edificios. Estamos en nuestro lugar. Los sin techo no discutimos. Un entendimiento de buena voluntad, impuesto por las circunstancias. Si nos miramos, sacudimos levemente la cabeza. El hartazgo generalizado aparece cuando muere el día.
Creo que en el fondo, nos quedamos en las cercanías del monumental edificio para elevar la autoestima. No es lo mismo ser linyera en un charco, que teniendo enfrente este palacete imponente. Fue levantado en el año 1906 por un
arquitecto venido de Italia, apellidado Meano. Vista desde mi banco, la cúpula es majestuosa. Me encanta cuando el sol de la mañana ilumina las imágenes aladas, soplando trompetas que proclaman la igualdad de los hombres de mi patria y el ejercicio de la ley. Como son de piedra y los preclaros representantes, actuales son sordos, adentro del recinto nadie las escucha.
Transitar desde la Plaza de Mayo, que imita a La Gran Vía de Madrid, para rematar en nuestra plaza — hogar — y contemplar desde ahí su estructura en detalle, es uno de los goces que nos permite el pertenecer al vecindario. Dentro del Palacio han hablado, protestado y discutido grandes políticos y estadistas. Fueron días de gloria. Los oradores de las bancas y sus decisiones se apoyaban en la Constitución y leyes, decretos y ordenanzas eran respetados sin discusión por un pueblo que ambicionaba desarrollarse en paz. Pero nada es eterno. El mundo es una pelota que gira sobre su eje. La gente cambia. Las conciencias ya no son tan conscientes. Hoy, si alguien pretende proclamar una sola verdad, primero debe aferrarse al piso con botines de cemento. Mi amigo el valenciano quiere consolarme: “Hoy por hoy esta calamidad sucede en el mundo entero”. Asiento, como dándole la razón. Pero mi interior está sublevado. No entiendo mucho de política. Pero pensar en algunos que se creen personajes intocables porque roban mucho, me revuelve las tripas.
Los bien trajeados, altaneros que pasan por la plaza nos miran despectivamente. ¡Si supieran cuán sólidas son las verdades que se aprenden en la calle! Hasta los vejetes cegatones como yo, vemos más de lo que algunos de los señorones de enfrente quisieran que veamos. Hombres sigilosos que aguardan en un banco oscuro para tomar o entregar sobres abultados o sobrecitos polvorientos. Haraganes favorecidos por un pariente con poderes que aparecen los primeros días del mes a cobrar subvenciones de tareas que jamás hicieron. Acá, la gente que trabaja los apoda “ñoquis”. Repaso mi cara con una servilleta de papel, en el intento de detener el olor a caca cuando estos pensamientos perturbadores me atropellan.
El anochecer se aproxima. El vientito del Río de la Plata se cuela por la costanera, avanza por la Avenida y nos cala el frío. Me envuelvo en la manta salteña, hecha de pura lana, que exuda, cuando se calienta, el olor de la piel de la llama y los sonidos de la soledad del altiplano.
Me recuesto en mi banco y cierro los ojos. Antes de dormirme, escucho cómo trepida el piso. Debajo, bien abajo, el primer subterráneo construido en
América del Sur, rechina en una frenada de estación. Las vías se estremecen, aplastadas por el convoy. Los pasajeros, ateridos, corren hacia sus casas, peleando al viento. Me pongo a imaginar: Hogares tibios. Niños porfiados. Mujeres que hacen milagros para agrandar el caliente pan de cada día. Los maliciosos no hablan de inflación. La mal apodan “inflamación”.
Hace mucho dejé de beber. Pero si me libero del presente, me asaltan estos pensamientos del tiempo mal gastado, pegoteados a mi naturaleza como la marca hecha a fuego y hierro sobre la piel de un vacuno. Quisiera no tener memoria. O perderla, bebiendo vino a grandes tragos. Vasos repletos del líquido transparente capaz de idiotizarme. Si pierdo la lucidez, a lo mejor consigo elevarme alto sobre las miserias de las que somos capaces los humanos. No pisar los desechos. Tanta charla barata, tanto tiempo gastado en mirar hacia afuera, despreciando la débil lucecita de mi inteligencia. La inteligencia es como el amor: hay que regarla para verla crecer. Jamás pude encontrar el río.
Creo que tengo algo de fiebre. Soñé que volaba. Debajo, quedaba mi banco. La fuente. El inmóvil Pensador de Rodin, con la mente caprichosamente perdida entre el matorral oloroso del cabello de Camille. Y el reducto con arena que diligentemente, alambraron para que los perros del vecindario hagan pis y suelten bultitos marrones mientras el dueño de la mascota lee el diario, desentendido.
Mis amigos duermen acurrucados en las escalinatas del Palacio y en los bancos de mi plaza. Mañana hay que seguir trotando, gorra en mano.
CARMEN ROSA BARRERE.
4.8.10
FERMÍN VIAJA EN TREN.
FERMÍN VIAJA EN TREN.
Fermín entreabre los ojos pegoteados durante los sobresaltos del sueño y la duermevela posterior. Acto seguido pasea su mirada distraída por el techo del cuarto. Como nació medio atontado, enredado por el cordón umbilical y de madre primeriza, cuando logra despabilarse recuerda que en los años mozos se desperezaba lleno de energía, planificaba el quehacer y saltaba de la cama con las neuronas saludables, alertas para percatarse de las novedades. Como sobreviviente de una existencia solitaria y pobre, su huesudo esqueleto carga porrazos, desencantos, golpes contra las paredes y miserias sin feriados. Pesadumbre ósea que inclina su cuerpo hacia abajo, como si buscara algo. Las alpargatas puro fleco abren una bocaza hambrienta obligándolo a la pereza de los pies, a los que arrastra.El Fermín de este amanecer no es el eufórico de los años jóvenes. Introvertido, convive con su interior, lejos de la luz, como un caracol. Para el observador, el vejete se presenta como un paquete mal envuelto, desaliñado, cuyo contenido es el viejazo. Para colmo, no vino para irse pronto. Se coló hasta sus entrañas, trepó hasta la cabeza y se hizo inquilino permanente, haciéndole jaque mate a sus neuronas. De ahí su alojamiento gratuito en “el ropero para esconder esqueletos viejos”, el albergue de pobres mantenido por la caridad. No espera nada de la vida. Ni sorpresas ni cambios. Se limita a vegetar. Detesta el agua y repele todo trato con el jabón de la misma manera que evita la maledicencia. Su mirada es vaga y su mente es un rompecabezas sin armar. El doctor opina que Fermín transita una senectud sin remedio y que esa declinación lo hace olvidar hasta el año de su nacimiento y cuales fueron los nombres de sus padres. Lo de los años es cierto. Si lo dejan pensar, rápidamente suelta el nombre de la madre: Ana. La incógnita recae en el nombre del padre. Jamás pudo sacar de boca de su progenitora ni siquiera una leve señal a su respecto.
— Y te llamé Fermín, decía, — porque así se llamaba el cura que te acristianó. Concluyendo: Fermín habla poco porque si el interrogatorio lo atosiga, no sabe para qué lado agarrar.
De lo que puede hablar como un libro abierto, es de su vinculación con los trenes. Los trenes operan sobre Fermín una mudanza vital, mucho mejor que los tónicos o las vitaminas que reparten a veces entre los atrincherados en la casa aquélla. Pensándolo bien, esa relación es tan antigua, que ni él mismo podría explicárselo. Su primer viaje dentro de un vagón lo hizo hamacado dentro del líquido amniótico, en el vientre de su madre. Y en ese medio, fue arrullado por el tránsito parejo del convoy y el sentimiento de estar protegido. Ignora estos hechos, pero ellos nadan como pececitos dentro de su inconsciente. Y afloran en ráfagas cuando se pone cabizbajo espiando el reloj.
Si la casualidad le regala un oyente, con voz monocorde y envuelto en una nube de imágines, que atrapa antes que se le escapen, suelta una historia tras otra, todas vinculadas a sus portentosos trenes. Le parece verlos, como enormes monstruos de puro hierro, rechinando en la curva de los López sobre durmientes sacudidos por ese peso fenomenal. Enseguida, la frenada bien calculada por el maquinista, porque apenas termina la curva se avista la estación.
A los cargueros los espera el pobrerío y los chiquilines con el pantalón a media asta, que estiran las manos pedigüeñas hacia los peones que vigilan el ganado en pié. Suelen arrojar caramelos y algunas veces moneditas y los que cargan fruta suelta que viene del sur, son más generosos porque la fruta no es de ellos. Manzanas o duraznos que pertenecen a un patrón miserable, que no alcanza a contarlas. Así que fruta más, fruta menos, no se notarán como faltantes cuando las descarguen.
Dos veces a la semana, a las quince casi en punto, llega a la estación de Fermín el tren de pasajeros arribando desde la Capital. Retorna al día siguiente, desde el sur, a la misma hora. El paso del tren por un pueblito de mala muerte como es el sitio donde vive Fermín, es un evento social trascendente. Los trabajadores del campo se lavan la cara a los apurones, acomodan el chambergo o la gorra, anudan con esmero el pañuelo con pintas de perdiz, toman del bracete a sus mujeres y parten a esperar el arribo. Los muchachitos se entrechocan con los perros, divertidos y ansiosos y la gente pudiente se acerca en grupitos y se acomoda sobre cajones de fruta vacíos para esperar que haga su aparición el convoy en la famosa curva de los López. Que hoy por hoy, son los Lopecitos. Los viejos, españoles de pura cepa, murieron enriquecidos trabajando hasta en las fiestas de guardar, para que su par de herederos, medio idiota uno y jugadora compulsiva la otra, apostaran a dúo hasta las estanterías del negocio, en carreras de caballo, mujeres desesperadas y vendedores ambulantes alcoholizados. Fermín se hace el sordo cuando alguien ataca a ese par, alcahuetando otras costumbres que no se deben mencionar, ni siquiera en cuentos.
El oído aguzado del público percibe, a lo lejos, un bufido que el maquinista usa de preaviso. Los durmientes salen del sopor de la siesta, sacudidos por la vibración de las vías y los chispazos del hierro contra el hierro en la frenada. El armatoste lanza flujos pujantes y el vapor de la locomotora se eleva en una copa, que se expande con blandura hacia los postes y techos. Los espectadores reacomodan el trasero sobre los cajones, movilizados, urgidos por el ventarrón del vértigo para no perder detalle. Las mujeres de pollerones largos, adornadas con baratijas, llevan la mano al pecho, pudorosas de dejar traslucir el interés inmoral que el momento produce en el mundillo de sus pecados meramente veniales. En cada rostro se insinúa la sonrisa tímida de la gente de campo, que a veces ribetea la socarronería natural del gaucho.
A Fermín le parece que la máquina tiene sentimientos y que le duele separar su presencia imponente de esa parada, porque volver a partir siempre es como morirse un poco. El jefe de estación viste su uniforme y aguarda de pié, como un general en revista. El guarda agita un banderín verde y la viajera resopla, frena y suelta otro silbato de advertencia a los dormilones, que aparecen con bultos y herramientas, corriendo por el andén buscando aferrarse a los pasamanos del vagón de carga, para viajar colados.
La presencia de la gente calienta el pulso de la transportadora, que trae periódicos en paquetes que el guarda arroja al andén, mientras descienden los pasajeros y se baja la carga delicada. Los parientes que llegan traen airecitos citadinos. La ropa es moderna, los modales cambiados. Pero el abrazo campechano se suelta y alguno hasta llora, de tanta emoción que produce el retorno. Se amontonan cajas con medicamentos para el hospital, repuestos para el bicicletero y la maquinaria agrícola, rollos de tela para la tiendita y mercadería para surtir el almacén de ramos generales. Uno flamante, de reciente inauguración, que pertenece a un turco con mirada de águila y bolsillo hermético. El movimiento se torna cinematográfico. Un fugaz contacto con la Capital, que los hace sentir el orgullo de pertenecer a un país enorme y próspero, que los tiene en cuenta con el arribo y la partida de los trenes.
Fermín se sabe de memoria horarios, destinos y categorías de la gente que traslada la formación de carga que arranca al amanecer y tiene un solo vagón destinado a pasajeros. Ahí trepan obreros y domésticas que no pueden llegar tarde porque el trabajo escasea y sobran inmigrantes que se ofrecen por menos dinero. Hombres con ropa limpia y madres que tironean niños empacados que detestan visitar a la abuela gruñona o vacunarse contra la difteria. Las mujeres jóvenes retocan los labios y sonríen a los mozalbetes con el periódico bajo el brazo, con la parte de empleos subrayada en rojo y la ilusión aleteando dentro del alma. Cuando el reloj de la iglesia suelta cinco campanadas, Fermín ya está instalado sobre el muro del asilo donde vive y ahí permanece, mirando trenes que llegan y que salen de verdad, o inventados dentro de su mente, hasta que suena la campana que los llama a comer.
Se puede decir con propiedad que Fermín está vinculado al ferrocarril desde su gestación. Cuando su madre — apodada La Polaca por el vecindario — se dio cuenta que el momento de parirlo se acercaba, caminó hasta la parada del tren y trepó ayudada por dos indigentes al furgón de carga del tren lechero. El bolso raído que apretaba contra las costillas contenía dos toallas viejas, un saquito de lana diminuto, muy usado y la fotografía en sepia del padre y de la madre, haciendo adiós a la pareja que partía esa noche en barco rumbo a América. La pareja romántica, compuesta por un candidato meloso y una rubia importada de caderas redondas, promisorias.
Apenas despegó el barco, Ana, que era joven y hermosa y para nada tonta, empezó a dudar de la sinceridad del encantador consorte. Que se escabullía de la bodega donde viajaban, para subir a emborracharse con los marineros, que cantaban y soltaban palabrotas en todos los idiomas y tentaban a Efraín, su marido, con dinero para tomarla en préstamo por un rato. Efraín trajo la propuesta mientras la acariciaba y recibió de la joven herida, como respuesta, un memorable empujón sobre una viga y un escupitajo a lo gitano, dejando en claro cuán voluntarioso era su carácter.
Durante las noches de juerga de Efraín, se aproximaba a la muchacha un hombre maduro, que hablaba su idioma y viajaba hacia un pueblito que no figuraba en el mapa, donde ya estaban instalados sus parientes. Arrendaban una pequeña chacra, trabajaban de sol a sol, pero estaban contentos porque tenían techo, había hospital, sus mujeres tenían hijos y los hijos, escuela gratuita y obligatoria. Nadie hablaba de guerra y la tierra era tan, pero tan fértil, que si se enterraba una paja, brotaba una escoba con sus cinco hilos. Ana escuchaba atenta y fue fácil, transcurridos los días, hacer confidente a este desconocido, de sus miedos.
— Cualquier cosa que le pase…— Ofreció su paisano.— Este es el nombre del pueblo…y éste mi apellido.
Ana hizo un rollito con la nota y la escondió dentro del corpiño, agradecida. Tenía el presentimiento que a este hombre lo volvería a tropezar alguna vez, transitando por su misma senda.
El viaje, penoso y largo se volvió la antesala del infierno para la muchacha que, respetuosa de lo aprendido de boca de su madre, se negaba, una y otra vez a caer en pecado por dinero. Efraín resultó un castigador violento y ella, enjaulada dentro del Hotel de los Inmigrantes, empezó a sentir que su cuerpo cambiaba. La cintura, engrosada y la sangre mensual, desaparecida.
— Efraín…Creo que vamos a tener un hijo. — Confesó con más miedo que alegría, esperando el estallido del hombre.
Efraín no volteó la cabeza para verla. ¡Como diablos se pudo descuidar! ¡Qué explicación le daría a su jefe! ¿Y qué hacer con la mercadería dañada?
— Salgo a buscar algo que nos lleve hasta el centro. — Respuesta dada entre dientes, sin mirarla y cerrando con rapidez la valija.
Ana esperó varios días el regreso, pero Efraín parecía tragado por la tierra. La policía sacudía la cabeza, el que regenteaba el Hotel precisaba la cama…El nuevo amigo, Stanislav, esperaba con paciencia. Con paciencia, algo de ternura y enterado que en el pueblito hacia donde iba, las solteras eran escasas, no dudó ni un segundo. Parco en palabras, pero responsable, compró dos boletos y partió rumbo al sur con la embarazada a cuestas. El hombre se sabía fuerte y la tímida Ana era sana. Sobraba trabajo y mirando el vientre de la joven, de a poquito, empezó a quererla. A desear protegerla. El que se llamaría Fermín no lo sabía, pero ese fue su primer viaje al sur a bordo de un tren con coche comedor y dormitorio. Un tren de lujo, llamado “Los Arrayanes” que terminaba su recorrido de surcador de pampas en las proximidades de un hermoso lago con nombre indígena.
“El hombre propone”…Ana afirma que el hombre nunca debe dar por sentado ni proyectos ni planes. Porque todo lo que el hombrecito cree, puede ser torcido y retorcido por un Ser Superior.
La tarde anterior a la llegada a destino, Ana entró al camarote para despertar al dormido Stanislav. Estaba boca arriba, inmóvil. Una leve sonrisa marcaba la piel de la cara. No respondió al llamado, ni abrió los ojos con los sacudones. Dando alaridos y chapurreando palabras que ninguno entendía, consiguió la atención del guarda. El hombre estaba muerto. “Un ataque al corazón”, diagnosticó un joven doctor que iba al sur en viaje de bodas y se hizo cargo del acta de defunción.
Ana giró a ciento ochenta grados sin pensar dos veces. Bajó del tren una estación antes, para que la policía no la interrogara, desorientada y en pánico. Caminó hacia el pueblo, mezclándose con la gente que volvía a sus casas y esa noche durmió acurrucada y hambrienta en un hueco cerca de la Iglesia. El sacerdote, enterado por las piadosas feligresas de la primera misa de la presencia de ese personaje envuelto en trapos, la invitó con el desayuno y por señas, trataron de entenderse. Empezaron a llamarla La Polaca, porque venía de Polonia. Nadie, en kilómetros a la redonda, descifró jamás su lugar de nacimiento y menos qué hacía esa mujer joven, con una panza alzada, en medio de la pampa húmeda, que afirmaba o negaba con la cabeza lo poco que entendía.
Cuando se enteró que en el pueblito había solamente una sala de primeros auxilios, fue cuando se despidió del cura para incursionar sobre el tren de carga hasta la ciudad más próxima, que sí tenía hospital, plaza con juegos para chicos y empleos de sobra para mantenerla a ella y al niño moviéndose en su vientre. Bajó en esa estación sin nombre apretando su bolsa, buscó un banco, se encogió sobre el vientre, rezó por sus padres y durmió un par de horas. La esposa del jefe de estación la miraba con curiosidad a través del visillo, hasta que Ana empezó a moverse, estirar la falda y mirar a derecha e izquierda, como buscando a alguien.
— Esa muchacha está embarazada…Y parece que la dejaron plantada…— ¡Y debe tener tanto frío!— Dijo atando el cinturón del delantal sin apartar los ojos del banco de la estación.
El jefe abandonó el diario para enterarse mejor de los acontecimientos. Su mujer era sensiblera y crédula y llevaban más de una discusión porque ella se compadecía de vagabundos malolientes, perros sarnosos y muchachos de pelo largo y navaja escondida en los pantalones. Y estaba aquélla vez en la que llamó a la policía para desalojar a unos gitanos que se adueñaron del galpón de atrás. No quería hacerse mala sangre con desconocidos, así que apartó la vista y puntualizó sin restos de lástima: — Tiene cara de gringa con la panza llena…Si le das un plato de comida, está bien…Pero después, vía, ¿eh?
Ana aprendió bastante rápido el lenguaje y las exigencias de las cuatro familias que la tomaron para trabajar por hora. Fermín tuvo dificultades para aprender a sumar y cuando llegó a la división se fugó de la escuela. Empezó haciendo changas de carga y descarga y canturreaba o silbaba si lo ganado alcanzaba para vivir mejor. Sabía que la madre pensaba comprarle una bombacha de campo festejando sus quince años y él tenía apretado en el puño el dineral que los gallegos pedían por un par de botas. Pero…”El hombre propone”…como decía Ana.
Fermín jamás festejó sus quince, y de ahí en más, en memoria de la madre, borró del almanaque la fecha por puro dolor. Ana se descompensó en el hospital y no lograron salvarla. Fermín huyó hacia los campos, a trabajar la tierra como le gustaba. Se puso de novio lento varias veces, pero como era lento, lo dejaban por otro. Su conchabo fue siempre en el vecindario de la estación, para no perder de vista los venturosos trenes, que iban o venían de lugares lejanos, siempre frenando al avistar la curva de los López.
CARMEN ROSA BARRERE.
Fermín entreabre los ojos pegoteados durante los sobresaltos del sueño y la duermevela posterior. Acto seguido pasea su mirada distraída por el techo del cuarto. Como nació medio atontado, enredado por el cordón umbilical y de madre primeriza, cuando logra despabilarse recuerda que en los años mozos se desperezaba lleno de energía, planificaba el quehacer y saltaba de la cama con las neuronas saludables, alertas para percatarse de las novedades. Como sobreviviente de una existencia solitaria y pobre, su huesudo esqueleto carga porrazos, desencantos, golpes contra las paredes y miserias sin feriados. Pesadumbre ósea que inclina su cuerpo hacia abajo, como si buscara algo. Las alpargatas puro fleco abren una bocaza hambrienta obligándolo a la pereza de los pies, a los que arrastra.El Fermín de este amanecer no es el eufórico de los años jóvenes. Introvertido, convive con su interior, lejos de la luz, como un caracol. Para el observador, el vejete se presenta como un paquete mal envuelto, desaliñado, cuyo contenido es el viejazo. Para colmo, no vino para irse pronto. Se coló hasta sus entrañas, trepó hasta la cabeza y se hizo inquilino permanente, haciéndole jaque mate a sus neuronas. De ahí su alojamiento gratuito en “el ropero para esconder esqueletos viejos”, el albergue de pobres mantenido por la caridad. No espera nada de la vida. Ni sorpresas ni cambios. Se limita a vegetar. Detesta el agua y repele todo trato con el jabón de la misma manera que evita la maledicencia. Su mirada es vaga y su mente es un rompecabezas sin armar. El doctor opina que Fermín transita una senectud sin remedio y que esa declinación lo hace olvidar hasta el año de su nacimiento y cuales fueron los nombres de sus padres. Lo de los años es cierto. Si lo dejan pensar, rápidamente suelta el nombre de la madre: Ana. La incógnita recae en el nombre del padre. Jamás pudo sacar de boca de su progenitora ni siquiera una leve señal a su respecto.
— Y te llamé Fermín, decía, — porque así se llamaba el cura que te acristianó. Concluyendo: Fermín habla poco porque si el interrogatorio lo atosiga, no sabe para qué lado agarrar.
De lo que puede hablar como un libro abierto, es de su vinculación con los trenes. Los trenes operan sobre Fermín una mudanza vital, mucho mejor que los tónicos o las vitaminas que reparten a veces entre los atrincherados en la casa aquélla. Pensándolo bien, esa relación es tan antigua, que ni él mismo podría explicárselo. Su primer viaje dentro de un vagón lo hizo hamacado dentro del líquido amniótico, en el vientre de su madre. Y en ese medio, fue arrullado por el tránsito parejo del convoy y el sentimiento de estar protegido. Ignora estos hechos, pero ellos nadan como pececitos dentro de su inconsciente. Y afloran en ráfagas cuando se pone cabizbajo espiando el reloj.
Si la casualidad le regala un oyente, con voz monocorde y envuelto en una nube de imágines, que atrapa antes que se le escapen, suelta una historia tras otra, todas vinculadas a sus portentosos trenes. Le parece verlos, como enormes monstruos de puro hierro, rechinando en la curva de los López sobre durmientes sacudidos por ese peso fenomenal. Enseguida, la frenada bien calculada por el maquinista, porque apenas termina la curva se avista la estación.
A los cargueros los espera el pobrerío y los chiquilines con el pantalón a media asta, que estiran las manos pedigüeñas hacia los peones que vigilan el ganado en pié. Suelen arrojar caramelos y algunas veces moneditas y los que cargan fruta suelta que viene del sur, son más generosos porque la fruta no es de ellos. Manzanas o duraznos que pertenecen a un patrón miserable, que no alcanza a contarlas. Así que fruta más, fruta menos, no se notarán como faltantes cuando las descarguen.
Dos veces a la semana, a las quince casi en punto, llega a la estación de Fermín el tren de pasajeros arribando desde la Capital. Retorna al día siguiente, desde el sur, a la misma hora. El paso del tren por un pueblito de mala muerte como es el sitio donde vive Fermín, es un evento social trascendente. Los trabajadores del campo se lavan la cara a los apurones, acomodan el chambergo o la gorra, anudan con esmero el pañuelo con pintas de perdiz, toman del bracete a sus mujeres y parten a esperar el arribo. Los muchachitos se entrechocan con los perros, divertidos y ansiosos y la gente pudiente se acerca en grupitos y se acomoda sobre cajones de fruta vacíos para esperar que haga su aparición el convoy en la famosa curva de los López. Que hoy por hoy, son los Lopecitos. Los viejos, españoles de pura cepa, murieron enriquecidos trabajando hasta en las fiestas de guardar, para que su par de herederos, medio idiota uno y jugadora compulsiva la otra, apostaran a dúo hasta las estanterías del negocio, en carreras de caballo, mujeres desesperadas y vendedores ambulantes alcoholizados. Fermín se hace el sordo cuando alguien ataca a ese par, alcahuetando otras costumbres que no se deben mencionar, ni siquiera en cuentos.
El oído aguzado del público percibe, a lo lejos, un bufido que el maquinista usa de preaviso. Los durmientes salen del sopor de la siesta, sacudidos por la vibración de las vías y los chispazos del hierro contra el hierro en la frenada. El armatoste lanza flujos pujantes y el vapor de la locomotora se eleva en una copa, que se expande con blandura hacia los postes y techos. Los espectadores reacomodan el trasero sobre los cajones, movilizados, urgidos por el ventarrón del vértigo para no perder detalle. Las mujeres de pollerones largos, adornadas con baratijas, llevan la mano al pecho, pudorosas de dejar traslucir el interés inmoral que el momento produce en el mundillo de sus pecados meramente veniales. En cada rostro se insinúa la sonrisa tímida de la gente de campo, que a veces ribetea la socarronería natural del gaucho.
A Fermín le parece que la máquina tiene sentimientos y que le duele separar su presencia imponente de esa parada, porque volver a partir siempre es como morirse un poco. El jefe de estación viste su uniforme y aguarda de pié, como un general en revista. El guarda agita un banderín verde y la viajera resopla, frena y suelta otro silbato de advertencia a los dormilones, que aparecen con bultos y herramientas, corriendo por el andén buscando aferrarse a los pasamanos del vagón de carga, para viajar colados.
La presencia de la gente calienta el pulso de la transportadora, que trae periódicos en paquetes que el guarda arroja al andén, mientras descienden los pasajeros y se baja la carga delicada. Los parientes que llegan traen airecitos citadinos. La ropa es moderna, los modales cambiados. Pero el abrazo campechano se suelta y alguno hasta llora, de tanta emoción que produce el retorno. Se amontonan cajas con medicamentos para el hospital, repuestos para el bicicletero y la maquinaria agrícola, rollos de tela para la tiendita y mercadería para surtir el almacén de ramos generales. Uno flamante, de reciente inauguración, que pertenece a un turco con mirada de águila y bolsillo hermético. El movimiento se torna cinematográfico. Un fugaz contacto con la Capital, que los hace sentir el orgullo de pertenecer a un país enorme y próspero, que los tiene en cuenta con el arribo y la partida de los trenes.
Fermín se sabe de memoria horarios, destinos y categorías de la gente que traslada la formación de carga que arranca al amanecer y tiene un solo vagón destinado a pasajeros. Ahí trepan obreros y domésticas que no pueden llegar tarde porque el trabajo escasea y sobran inmigrantes que se ofrecen por menos dinero. Hombres con ropa limpia y madres que tironean niños empacados que detestan visitar a la abuela gruñona o vacunarse contra la difteria. Las mujeres jóvenes retocan los labios y sonríen a los mozalbetes con el periódico bajo el brazo, con la parte de empleos subrayada en rojo y la ilusión aleteando dentro del alma. Cuando el reloj de la iglesia suelta cinco campanadas, Fermín ya está instalado sobre el muro del asilo donde vive y ahí permanece, mirando trenes que llegan y que salen de verdad, o inventados dentro de su mente, hasta que suena la campana que los llama a comer.
Se puede decir con propiedad que Fermín está vinculado al ferrocarril desde su gestación. Cuando su madre — apodada La Polaca por el vecindario — se dio cuenta que el momento de parirlo se acercaba, caminó hasta la parada del tren y trepó ayudada por dos indigentes al furgón de carga del tren lechero. El bolso raído que apretaba contra las costillas contenía dos toallas viejas, un saquito de lana diminuto, muy usado y la fotografía en sepia del padre y de la madre, haciendo adiós a la pareja que partía esa noche en barco rumbo a América. La pareja romántica, compuesta por un candidato meloso y una rubia importada de caderas redondas, promisorias.
Apenas despegó el barco, Ana, que era joven y hermosa y para nada tonta, empezó a dudar de la sinceridad del encantador consorte. Que se escabullía de la bodega donde viajaban, para subir a emborracharse con los marineros, que cantaban y soltaban palabrotas en todos los idiomas y tentaban a Efraín, su marido, con dinero para tomarla en préstamo por un rato. Efraín trajo la propuesta mientras la acariciaba y recibió de la joven herida, como respuesta, un memorable empujón sobre una viga y un escupitajo a lo gitano, dejando en claro cuán voluntarioso era su carácter.
Durante las noches de juerga de Efraín, se aproximaba a la muchacha un hombre maduro, que hablaba su idioma y viajaba hacia un pueblito que no figuraba en el mapa, donde ya estaban instalados sus parientes. Arrendaban una pequeña chacra, trabajaban de sol a sol, pero estaban contentos porque tenían techo, había hospital, sus mujeres tenían hijos y los hijos, escuela gratuita y obligatoria. Nadie hablaba de guerra y la tierra era tan, pero tan fértil, que si se enterraba una paja, brotaba una escoba con sus cinco hilos. Ana escuchaba atenta y fue fácil, transcurridos los días, hacer confidente a este desconocido, de sus miedos.
— Cualquier cosa que le pase…— Ofreció su paisano.— Este es el nombre del pueblo…y éste mi apellido.
Ana hizo un rollito con la nota y la escondió dentro del corpiño, agradecida. Tenía el presentimiento que a este hombre lo volvería a tropezar alguna vez, transitando por su misma senda.
El viaje, penoso y largo se volvió la antesala del infierno para la muchacha que, respetuosa de lo aprendido de boca de su madre, se negaba, una y otra vez a caer en pecado por dinero. Efraín resultó un castigador violento y ella, enjaulada dentro del Hotel de los Inmigrantes, empezó a sentir que su cuerpo cambiaba. La cintura, engrosada y la sangre mensual, desaparecida.
— Efraín…Creo que vamos a tener un hijo. — Confesó con más miedo que alegría, esperando el estallido del hombre.
Efraín no volteó la cabeza para verla. ¡Como diablos se pudo descuidar! ¡Qué explicación le daría a su jefe! ¿Y qué hacer con la mercadería dañada?
— Salgo a buscar algo que nos lleve hasta el centro. — Respuesta dada entre dientes, sin mirarla y cerrando con rapidez la valija.
Ana esperó varios días el regreso, pero Efraín parecía tragado por la tierra. La policía sacudía la cabeza, el que regenteaba el Hotel precisaba la cama…El nuevo amigo, Stanislav, esperaba con paciencia. Con paciencia, algo de ternura y enterado que en el pueblito hacia donde iba, las solteras eran escasas, no dudó ni un segundo. Parco en palabras, pero responsable, compró dos boletos y partió rumbo al sur con la embarazada a cuestas. El hombre se sabía fuerte y la tímida Ana era sana. Sobraba trabajo y mirando el vientre de la joven, de a poquito, empezó a quererla. A desear protegerla. El que se llamaría Fermín no lo sabía, pero ese fue su primer viaje al sur a bordo de un tren con coche comedor y dormitorio. Un tren de lujo, llamado “Los Arrayanes” que terminaba su recorrido de surcador de pampas en las proximidades de un hermoso lago con nombre indígena.
“El hombre propone”…Ana afirma que el hombre nunca debe dar por sentado ni proyectos ni planes. Porque todo lo que el hombrecito cree, puede ser torcido y retorcido por un Ser Superior.
La tarde anterior a la llegada a destino, Ana entró al camarote para despertar al dormido Stanislav. Estaba boca arriba, inmóvil. Una leve sonrisa marcaba la piel de la cara. No respondió al llamado, ni abrió los ojos con los sacudones. Dando alaridos y chapurreando palabras que ninguno entendía, consiguió la atención del guarda. El hombre estaba muerto. “Un ataque al corazón”, diagnosticó un joven doctor que iba al sur en viaje de bodas y se hizo cargo del acta de defunción.
Ana giró a ciento ochenta grados sin pensar dos veces. Bajó del tren una estación antes, para que la policía no la interrogara, desorientada y en pánico. Caminó hacia el pueblo, mezclándose con la gente que volvía a sus casas y esa noche durmió acurrucada y hambrienta en un hueco cerca de la Iglesia. El sacerdote, enterado por las piadosas feligresas de la primera misa de la presencia de ese personaje envuelto en trapos, la invitó con el desayuno y por señas, trataron de entenderse. Empezaron a llamarla La Polaca, porque venía de Polonia. Nadie, en kilómetros a la redonda, descifró jamás su lugar de nacimiento y menos qué hacía esa mujer joven, con una panza alzada, en medio de la pampa húmeda, que afirmaba o negaba con la cabeza lo poco que entendía.
Cuando se enteró que en el pueblito había solamente una sala de primeros auxilios, fue cuando se despidió del cura para incursionar sobre el tren de carga hasta la ciudad más próxima, que sí tenía hospital, plaza con juegos para chicos y empleos de sobra para mantenerla a ella y al niño moviéndose en su vientre. Bajó en esa estación sin nombre apretando su bolsa, buscó un banco, se encogió sobre el vientre, rezó por sus padres y durmió un par de horas. La esposa del jefe de estación la miraba con curiosidad a través del visillo, hasta que Ana empezó a moverse, estirar la falda y mirar a derecha e izquierda, como buscando a alguien.
— Esa muchacha está embarazada…Y parece que la dejaron plantada…— ¡Y debe tener tanto frío!— Dijo atando el cinturón del delantal sin apartar los ojos del banco de la estación.
El jefe abandonó el diario para enterarse mejor de los acontecimientos. Su mujer era sensiblera y crédula y llevaban más de una discusión porque ella se compadecía de vagabundos malolientes, perros sarnosos y muchachos de pelo largo y navaja escondida en los pantalones. Y estaba aquélla vez en la que llamó a la policía para desalojar a unos gitanos que se adueñaron del galpón de atrás. No quería hacerse mala sangre con desconocidos, así que apartó la vista y puntualizó sin restos de lástima: — Tiene cara de gringa con la panza llena…Si le das un plato de comida, está bien…Pero después, vía, ¿eh?
Ana aprendió bastante rápido el lenguaje y las exigencias de las cuatro familias que la tomaron para trabajar por hora. Fermín tuvo dificultades para aprender a sumar y cuando llegó a la división se fugó de la escuela. Empezó haciendo changas de carga y descarga y canturreaba o silbaba si lo ganado alcanzaba para vivir mejor. Sabía que la madre pensaba comprarle una bombacha de campo festejando sus quince años y él tenía apretado en el puño el dineral que los gallegos pedían por un par de botas. Pero…”El hombre propone”…como decía Ana.
Fermín jamás festejó sus quince, y de ahí en más, en memoria de la madre, borró del almanaque la fecha por puro dolor. Ana se descompensó en el hospital y no lograron salvarla. Fermín huyó hacia los campos, a trabajar la tierra como le gustaba. Se puso de novio lento varias veces, pero como era lento, lo dejaban por otro. Su conchabo fue siempre en el vecindario de la estación, para no perder de vista los venturosos trenes, que iban o venían de lugares lejanos, siempre frenando al avistar la curva de los López.
CARMEN ROSA BARRERE.
3.8.10
ROMANCES SOBRE EL PONTE VECCHIO
ROMANCES SOBRE EL PONTE VECCHIO.
Se citan en la mitad del Puente. El viste jubón de seda bordado en minúscula pedrería cubriendo un torso dentro del que late un corazón agitado. Gianna detiene sus ojos y la algarabía de su sangre justo ahí. Donde la zona noble del cuerpo de un hombre finaliza. Si la travesura de sus ojos desciende por debajo de la cintura, enrojece y tiembla. No siempre domina a sus ojos. Cuando se deslizan, atrevidos y desobedientes, está segura que el final terminará en tragedia.
Ver a Renato desquicia a la púber. Se apretujan los nervios, entrechocan sus huesos y el aire se resiste a entrar a sus pulmones. Es que Gianna apenas alcanza los trece años, es italiana, apasionada desde los etruscos y alocada porque el sol caía a plomo sobre Florencia cuando fue engendrada. No camina yendo al encuentro del joven. Flota, enrareciendo al viento. Junto al aliento desprende burbujitas calientes, como las cacerolas de Donata en la cocina.
El piso del Puente se balancea, en un vaivén de cuna y corcovea, acto seguido, como el caballo negro que monta su progenitor cuando la madre se distrae y él abandona la casa con sigilo culpable, para tumbar a placer a la hembra de grandes senos, refugio donde eleva su machismo en el encuentro y lo reposa dentro del hogar.
Repica el campanario de la Catedral, se arrullan las palomas enamoradas en la Piazza del Duomo, cuando ella y Donata, su aya, escapan de la vigilancia rumbo al encuentro. Viven a Oltrarno (del otro lado del Arno) y deben correr para tener tiempo de enjugarse el rostro, antes del encuentro.
Renato la ve llegar. Se zambulle en el océano vertiginoso de esos ojos grises que lo atrapan. Con la mano izquierda alarga un ramillete perfumado. Detiene la mano enguantada de la núbil y deposita un beso. Su otra mano, la libre, está en los fondos del bolsillo, lidiando con la fiera encabritada de su sexo.
Donata susurra una recomendación a los oídos sordos de su niña. Se aparta para distraerse con el pasar del agua en el cauce del río, pero espía a la pareja con el rabo del ojo. Su patrona la desuella si a la niña le sucede algo.
Renato retiene la manito enguantada. Unidas, exudan gota a gota, las emanaciones juveniles, que extraviadas, buscan vía libre por algún rincón del cuerpo. Mirarla, poseerla vestida, con el solo roce de las yemas de los dedos, son proezas que entibian, que calientan, que se viven a los quince y se escabullen en la vejez. Bendita sea la memoria anciana, si es capaz, en tiempos de senectud, de recordar las glorias gozadas con el cuerpo y el alma en el pasado.
Entretanto, en el escenario mil veces pisado por amantes de razas y latitudes distantes, sobre el Ponte Vecchio, las piedras amarillentas que son duras aunque de corazón poroso, se retuercen, como recién estrenadas, al ritmo de la pasión de la novel pareja. Cosquillea la corteza, se filtra la energía y el arqueado vejestorio resucita.
Gianna une la entrepierna. Está roja como la entraña de una granada. Estalla con la mirada baja. El delicioso efluvio se detiene cuando tropieza con el borde de su botincito. La joven suspira. Se abanica con el ramo para sosegarse. Recién entonces es capaz de enfrentar al amor de su vida. Inocente, idealiza a Renato como al primero, único y último hombre de su vida.
Donata se empecina en el agua. Aunque sierva, ningún amo puede quitarle derechos a su mente imaginativa. El líquido del río se mueve. Ella, en el fluir, visualiza su encuentro del anochecer, cuando se revuelque en la paja de la caballeriza. Con el caballerizo, que no es manco y nada perezoso. Lástima que tenga mujer. Una siciliana corpulenta y celosa. Sospecha estos encuentros. La insulta con un violento “putana”, si la tropieza en el mercado, obligando a Donata a escapar.
— "Si viviéramos en el siglo XXI, usaríamos condones". — Inventa el jadeante Renato liberando a la fiera desahogada. Olvidé mencionar que Renato, que asegura descender del venerado arquitecto Brunelleschi, diseñador del frente del Palacio Pitti, es en realidad nieto de una vieja agorera que viste a la usanza gitana y adivina la suerte sin necesidad de tener frente a frente al consultante. Al parecer los genes de la magia son hereditarios.
—“Si viviéramos en ese siglo... sería prostituta”. Musita la joven con una voz tan baja, que solo la oye su conciencia.
— Levántate, holgazana. — Gianna es sacudida vigorosamente por la madre. — Si llegas tarde nuevamente, te despiden. El cobrador de la renta ya pasó dos veces...Un mal bicho, este hombre...Y tu padre, otra vez borracho. De tu hermano…no quiero hablar. Algo malo debo haber hecho en mi otra vida, para que el de arriba, nuestro Creador, me castigue de este modo.
La primera reacción de la muchacha es tapar la cabeza con la almohada. La madre tiene razón, por supuesto. Lo que no entiende es porqué en lugar de enojarse y retar a los culpables, se las toma con ella. Pasa las manos encallecidas por los ojos. Son pobres como ratas. Su único desahogo son los benditos sueños. Pero ni soñar puede, con esa madre que la azuza inmisericorde todas las mañanas. Calza rápidamente las zapatillas, los pantalones de trabajo, el pañuelo que sostiene la rebeldía del ensortijado cabello de color miel y parte.
Es temprano. Amanece un día glorioso sobre el Río Arno. La muchacha contempla las colinas, los Jardines Boboli, vigilando a Florencia desde arriba. La claridad, insinuada entre nubecillas pequeñas, pronto será luz candente, cuando corran las horas. El sol trae la consigna de iluminar a pleno los edificios, la Iglesia de Santa María de las Flores, la ciudad, que eterniza el arte, la belleza y el poderío de familias nobles. De sangre azul, la historia los revela iguales a cualquier mortal. Nadie ignora a los artistas que se codearon con mecenas deseosos de inmortalizase en pinturas, en monumentos, en sepulcros, en plazas y palacios que dejan boquiabiertos a turistas que no leyeron antes de viajar la magnificencia del Renacimiento.
No obstante la pobreza Gianna lee y escribe con soltura. Revisa los recipientes con basura, antes de volver a casa. Elige diarios, revistas ajadas y cintas y papeles de colores que arrojan los turistas. Con los desechos de los ricos, ella engalana con gusto el cuartito encalado, donde tiene su catre. El lecho con doseles, donde vaga de noche, inventando lo que no posee.
Otros compañeros de limpieza recogen desperdicios arrojados por los últimos transeúntes de la noche. Las puertitas de color verde, encierran negocios que cuelgan como alerones precarios desde el Puente. Los dueños mezclan hábilmente, para los incautos, la joyería costosa, con baratijas que la gente compra “para quedar bien con alguien”. El pariente pobre que no pudo viajar.”Te lo traje de Florencia”, dirán con aires de generosa benevolencia, entregando el obsequio.
Gianna abre la puerta con la llave que Donata, la fenicia dueña del negocio, le confía con la intención de encontrar todo impecable a la hora de abrir. Por detrás, Renato espía escondido tras un montón de cajas. La apura con un gesto burdo. Una vez adentro, se besan envueltos en sudor, hechos un nudo. La musculosa roja de Renato pegada al corpiño barato de la amante. Hábilmente, él la empuja hacia el baño. Bajos los pantalones, el inodoro blanco los recibe. A horcajadas Gianna se sacude en la realidad del sexo. Del amor de verdad. Apretados. Calientes. Sin ramos de flores ni chaleco con piedras. Estremecidos, gritan juntos el alarido inmemorial. Se vuelven a besar. Un toqueteo final. Se visten con la velocidad del rayo. El huye a tomar su escobillón, ella, el plumero. No obstante la fugacidad del calor, las salamandras festejan bailando alegremente, acompañando el fuego. Mañana no existe. ¡A celebrar el hoy!
El Ponte Vecchio es sordo, viejo y memorioso. Recuerda que lo construyeron en el año 1345. Que ahora, en pleno siglo veintiuno, sobrevive por milagro. La guerra no respeta ni templos ni palacios. Alguien decidió que él no recibiera bombazos mortales. Tal vez el piloto, dentro de la cabina del bombardero, pasó por allí de niño, con sus padres. La nostalgia lo llevó a desviar la dirección del proyectil. O el recuerdo de una aventura, o el respeto. Quien lo sabe. La realidad, es que sigue vigente. Al servicio de los paseantes. De los vendedores, de los enamorados y de la caterva de ladronzuelos, que sustraen hábilmente billeteras de hombres distraídos, o huyen como galgos con carteras de mujeres absortas en el oropel de los escaparates.
Su paseo en el tiempo se detiene para sonreír con las imágenes de los miles de Renatos y Giannas que hicieron el amor encima de sus piedras. Jóvenes y no tanto. Infieles furtivos o descarados buscadores de placer. Ancianos, que fornicando sobre sus recodos, pretendían retener el tiempo con nostalgia. Entusiastas mochileros de la nueva era, que se relacionan por mandato de la naturaleza, sin conocer ni tan siquiera el nombre de la contrincante. Como si comieran un trozo de pizza, o bebieran una cerveza rápida.
El Río Arno es el amante incansable de este puente. En su perpetuo pasar, lame sensual, detenidamente, los bordes carcomidos de sus estructuras, sin detenerse nunca. Noche y día. Día y noche. No importan las estaciones. No importan ni el frío ni el calor. Los gastados pilares permanecen friccionados tiernamente. El vejete se encaracola dentro de sí mismo, goloso en sus orgasmos de agua, que huelen a eternidad. Sus amoríos son nada más y nada menos, que lo que el hombre llama su destino. Un hecho ineludible, escrito tal vez en el Registro Akashico de la humanidad. Ese libro donde la letra pequeña y amorosa del Creador, sin distinciones de razas o de credos, igualando a los ricos junto a los menesterosos, anota historias de valor, de espiritualidad o de enajenación en el vicio.
La estructura amarillenta ya aprendió que en este universo nada se pierde y todo se transforma.
La luz se debilita. En el claroscuro, se adivina el Campanario Del Giotto. Se alza sobre sus ochenta y cinco metros, negándole el cuerpo a la oscuridad. Las cinco magníficas puertas representan a los siete Planetas, los siete Sacramentos y las siete Virtudes. Por el otro lado, el reconocimiento de las Artes Liberales: Gramática, Filosofía, Música, Astrología y Aritmética. El edificio viene envuelto en el misterio, la leyenda y el mito. Se susurra que fue levantado en honor a Marte, dios sanguinario de la guerra, para celebrar la fundación de Florencia. Torciendo el denigrante belicismo de la ciudad, el espíritu del hombre, insuflado de grandeza, se encargó de completar la fabulosa obra del Gran Iniciador, para convertirla en una real catedral del arte.
Las puertitas verdes de los negocios ciegan sus luces. El anciano Puente bosteza. Nadie sobre su lomo. Canturrea una tarantela y se adormece en la sensual entrega con su amante de agua.
Carmen Rosa Barrere.
Se citan en la mitad del Puente. El viste jubón de seda bordado en minúscula pedrería cubriendo un torso dentro del que late un corazón agitado. Gianna detiene sus ojos y la algarabía de su sangre justo ahí. Donde la zona noble del cuerpo de un hombre finaliza. Si la travesura de sus ojos desciende por debajo de la cintura, enrojece y tiembla. No siempre domina a sus ojos. Cuando se deslizan, atrevidos y desobedientes, está segura que el final terminará en tragedia.
Ver a Renato desquicia a la púber. Se apretujan los nervios, entrechocan sus huesos y el aire se resiste a entrar a sus pulmones. Es que Gianna apenas alcanza los trece años, es italiana, apasionada desde los etruscos y alocada porque el sol caía a plomo sobre Florencia cuando fue engendrada. No camina yendo al encuentro del joven. Flota, enrareciendo al viento. Junto al aliento desprende burbujitas calientes, como las cacerolas de Donata en la cocina.
El piso del Puente se balancea, en un vaivén de cuna y corcovea, acto seguido, como el caballo negro que monta su progenitor cuando la madre se distrae y él abandona la casa con sigilo culpable, para tumbar a placer a la hembra de grandes senos, refugio donde eleva su machismo en el encuentro y lo reposa dentro del hogar.
Repica el campanario de la Catedral, se arrullan las palomas enamoradas en la Piazza del Duomo, cuando ella y Donata, su aya, escapan de la vigilancia rumbo al encuentro. Viven a Oltrarno (del otro lado del Arno) y deben correr para tener tiempo de enjugarse el rostro, antes del encuentro.
Renato la ve llegar. Se zambulle en el océano vertiginoso de esos ojos grises que lo atrapan. Con la mano izquierda alarga un ramillete perfumado. Detiene la mano enguantada de la núbil y deposita un beso. Su otra mano, la libre, está en los fondos del bolsillo, lidiando con la fiera encabritada de su sexo.
Donata susurra una recomendación a los oídos sordos de su niña. Se aparta para distraerse con el pasar del agua en el cauce del río, pero espía a la pareja con el rabo del ojo. Su patrona la desuella si a la niña le sucede algo.
Renato retiene la manito enguantada. Unidas, exudan gota a gota, las emanaciones juveniles, que extraviadas, buscan vía libre por algún rincón del cuerpo. Mirarla, poseerla vestida, con el solo roce de las yemas de los dedos, son proezas que entibian, que calientan, que se viven a los quince y se escabullen en la vejez. Bendita sea la memoria anciana, si es capaz, en tiempos de senectud, de recordar las glorias gozadas con el cuerpo y el alma en el pasado.
Entretanto, en el escenario mil veces pisado por amantes de razas y latitudes distantes, sobre el Ponte Vecchio, las piedras amarillentas que son duras aunque de corazón poroso, se retuercen, como recién estrenadas, al ritmo de la pasión de la novel pareja. Cosquillea la corteza, se filtra la energía y el arqueado vejestorio resucita.
Gianna une la entrepierna. Está roja como la entraña de una granada. Estalla con la mirada baja. El delicioso efluvio se detiene cuando tropieza con el borde de su botincito. La joven suspira. Se abanica con el ramo para sosegarse. Recién entonces es capaz de enfrentar al amor de su vida. Inocente, idealiza a Renato como al primero, único y último hombre de su vida.
Donata se empecina en el agua. Aunque sierva, ningún amo puede quitarle derechos a su mente imaginativa. El líquido del río se mueve. Ella, en el fluir, visualiza su encuentro del anochecer, cuando se revuelque en la paja de la caballeriza. Con el caballerizo, que no es manco y nada perezoso. Lástima que tenga mujer. Una siciliana corpulenta y celosa. Sospecha estos encuentros. La insulta con un violento “putana”, si la tropieza en el mercado, obligando a Donata a escapar.
— "Si viviéramos en el siglo XXI, usaríamos condones". — Inventa el jadeante Renato liberando a la fiera desahogada. Olvidé mencionar que Renato, que asegura descender del venerado arquitecto Brunelleschi, diseñador del frente del Palacio Pitti, es en realidad nieto de una vieja agorera que viste a la usanza gitana y adivina la suerte sin necesidad de tener frente a frente al consultante. Al parecer los genes de la magia son hereditarios.
—“Si viviéramos en ese siglo... sería prostituta”. Musita la joven con una voz tan baja, que solo la oye su conciencia.
— Levántate, holgazana. — Gianna es sacudida vigorosamente por la madre. — Si llegas tarde nuevamente, te despiden. El cobrador de la renta ya pasó dos veces...Un mal bicho, este hombre...Y tu padre, otra vez borracho. De tu hermano…no quiero hablar. Algo malo debo haber hecho en mi otra vida, para que el de arriba, nuestro Creador, me castigue de este modo.
La primera reacción de la muchacha es tapar la cabeza con la almohada. La madre tiene razón, por supuesto. Lo que no entiende es porqué en lugar de enojarse y retar a los culpables, se las toma con ella. Pasa las manos encallecidas por los ojos. Son pobres como ratas. Su único desahogo son los benditos sueños. Pero ni soñar puede, con esa madre que la azuza inmisericorde todas las mañanas. Calza rápidamente las zapatillas, los pantalones de trabajo, el pañuelo que sostiene la rebeldía del ensortijado cabello de color miel y parte.
Es temprano. Amanece un día glorioso sobre el Río Arno. La muchacha contempla las colinas, los Jardines Boboli, vigilando a Florencia desde arriba. La claridad, insinuada entre nubecillas pequeñas, pronto será luz candente, cuando corran las horas. El sol trae la consigna de iluminar a pleno los edificios, la Iglesia de Santa María de las Flores, la ciudad, que eterniza el arte, la belleza y el poderío de familias nobles. De sangre azul, la historia los revela iguales a cualquier mortal. Nadie ignora a los artistas que se codearon con mecenas deseosos de inmortalizase en pinturas, en monumentos, en sepulcros, en plazas y palacios que dejan boquiabiertos a turistas que no leyeron antes de viajar la magnificencia del Renacimiento.
No obstante la pobreza Gianna lee y escribe con soltura. Revisa los recipientes con basura, antes de volver a casa. Elige diarios, revistas ajadas y cintas y papeles de colores que arrojan los turistas. Con los desechos de los ricos, ella engalana con gusto el cuartito encalado, donde tiene su catre. El lecho con doseles, donde vaga de noche, inventando lo que no posee.
Otros compañeros de limpieza recogen desperdicios arrojados por los últimos transeúntes de la noche. Las puertitas de color verde, encierran negocios que cuelgan como alerones precarios desde el Puente. Los dueños mezclan hábilmente, para los incautos, la joyería costosa, con baratijas que la gente compra “para quedar bien con alguien”. El pariente pobre que no pudo viajar.”Te lo traje de Florencia”, dirán con aires de generosa benevolencia, entregando el obsequio.
Gianna abre la puerta con la llave que Donata, la fenicia dueña del negocio, le confía con la intención de encontrar todo impecable a la hora de abrir. Por detrás, Renato espía escondido tras un montón de cajas. La apura con un gesto burdo. Una vez adentro, se besan envueltos en sudor, hechos un nudo. La musculosa roja de Renato pegada al corpiño barato de la amante. Hábilmente, él la empuja hacia el baño. Bajos los pantalones, el inodoro blanco los recibe. A horcajadas Gianna se sacude en la realidad del sexo. Del amor de verdad. Apretados. Calientes. Sin ramos de flores ni chaleco con piedras. Estremecidos, gritan juntos el alarido inmemorial. Se vuelven a besar. Un toqueteo final. Se visten con la velocidad del rayo. El huye a tomar su escobillón, ella, el plumero. No obstante la fugacidad del calor, las salamandras festejan bailando alegremente, acompañando el fuego. Mañana no existe. ¡A celebrar el hoy!
El Ponte Vecchio es sordo, viejo y memorioso. Recuerda que lo construyeron en el año 1345. Que ahora, en pleno siglo veintiuno, sobrevive por milagro. La guerra no respeta ni templos ni palacios. Alguien decidió que él no recibiera bombazos mortales. Tal vez el piloto, dentro de la cabina del bombardero, pasó por allí de niño, con sus padres. La nostalgia lo llevó a desviar la dirección del proyectil. O el recuerdo de una aventura, o el respeto. Quien lo sabe. La realidad, es que sigue vigente. Al servicio de los paseantes. De los vendedores, de los enamorados y de la caterva de ladronzuelos, que sustraen hábilmente billeteras de hombres distraídos, o huyen como galgos con carteras de mujeres absortas en el oropel de los escaparates.
Su paseo en el tiempo se detiene para sonreír con las imágenes de los miles de Renatos y Giannas que hicieron el amor encima de sus piedras. Jóvenes y no tanto. Infieles furtivos o descarados buscadores de placer. Ancianos, que fornicando sobre sus recodos, pretendían retener el tiempo con nostalgia. Entusiastas mochileros de la nueva era, que se relacionan por mandato de la naturaleza, sin conocer ni tan siquiera el nombre de la contrincante. Como si comieran un trozo de pizza, o bebieran una cerveza rápida.
El Río Arno es el amante incansable de este puente. En su perpetuo pasar, lame sensual, detenidamente, los bordes carcomidos de sus estructuras, sin detenerse nunca. Noche y día. Día y noche. No importan las estaciones. No importan ni el frío ni el calor. Los gastados pilares permanecen friccionados tiernamente. El vejete se encaracola dentro de sí mismo, goloso en sus orgasmos de agua, que huelen a eternidad. Sus amoríos son nada más y nada menos, que lo que el hombre llama su destino. Un hecho ineludible, escrito tal vez en el Registro Akashico de la humanidad. Ese libro donde la letra pequeña y amorosa del Creador, sin distinciones de razas o de credos, igualando a los ricos junto a los menesterosos, anota historias de valor, de espiritualidad o de enajenación en el vicio.
La estructura amarillenta ya aprendió que en este universo nada se pierde y todo se transforma.
La luz se debilita. En el claroscuro, se adivina el Campanario Del Giotto. Se alza sobre sus ochenta y cinco metros, negándole el cuerpo a la oscuridad. Las cinco magníficas puertas representan a los siete Planetas, los siete Sacramentos y las siete Virtudes. Por el otro lado, el reconocimiento de las Artes Liberales: Gramática, Filosofía, Música, Astrología y Aritmética. El edificio viene envuelto en el misterio, la leyenda y el mito. Se susurra que fue levantado en honor a Marte, dios sanguinario de la guerra, para celebrar la fundación de Florencia. Torciendo el denigrante belicismo de la ciudad, el espíritu del hombre, insuflado de grandeza, se encargó de completar la fabulosa obra del Gran Iniciador, para convertirla en una real catedral del arte.
Las puertitas verdes de los negocios ciegan sus luces. El anciano Puente bosteza. Nadie sobre su lomo. Canturrea una tarantela y se adormece en la sensual entrega con su amante de agua.
Carmen Rosa Barrere.
2.8.10
COMO VUELAN LAS AVES.
COMO VUELAN LAS AVES
El hombre viajó con su mujer embarazada y unos pocos bultos atravesando la cordillera. Era joven, pero estaba harto de las huelgas en las minas. En épocas de faena, le preocupaba también el resoplar de sus pulmones, saturados de hollín y la renguera de la pierna derecha. Cuando sucedió el desmoronamiento en el túnel, sus quince años y sus sueños quedaron atrapados junto con la pierna. El salvador del dramatismo de esos dos años que tardó en volver a caminar, fue su abuelo. Regresado del trabajo, comían una sopa espesa y se dedicaba a enseñarle a leer y a contar. Los compañeros de la mina no eran compasivos. Lo apodaban Rengo y lo miraban con lástima.
Eso, y el dolor de su pierna mal curada, lo fueron transformando en un joven callado y huraño, que no frecuentaba el almacén de ramos generales donde la mayoría dejaba los raquíticos pesitos ganados tan duramente, en un juego de cartas, o viendo matarse a dos gallos a los picotazos, motivados con los buenos vinos de la patria.
En las horas de descanso, leía unos libros sin tapas que habían sido del abuelo, quien ya rondaba entre las nubes del cielo. Algunos los entendía. Otros no. Como ese que se llamaba La República. ¿Que sentido tendrían esos personajes atados a un muro de una caverna, que no veían la luz ni conocían nada del mundo que los rodeaba? El escritor se llamaba Platón. Debió ser un sabio. Algún día encontraría un maestro que le explicara.
Cuando se casó y la mujer le anunció que venía un hijo, la siniestra falta de horizontes se le plantó delante de los ojos. Emocionado, abrazó a la esposa, y le susurró al oído:
— Quiero que nuestro hijo sea libre...Que no conozca solamente el frío de los túneles, la falta de aire, la humedad y la luz de las linternas...Como me pasó a mí... y antes a mi padre y a mi abuelo...
La mujer callaba. Las dos manos apretaban el vientre, palpando el movimiento del nonato.
— Tu hijo escucha...Patea como un preso que quiere romper barrotes de una cárcel...Apuremos el viaje, el peso ya recae sobre cada músculo de mi cuerpo —. Contestó con su vocecita reposada, de mujer sumisa, pero decidida a seguir a su marido adonde fuera.
El esperado nació sietemesino, a los pocos días de pisar la tierra de adopción. Flacuchento. Largo pelo de poeta y un par de ojos de mirar desmesurado. Atento a los movimientos de la madre, o llevando hacia arriba la mirada, persiguiendo la punta de la cinta roja — contra el ojeo y el hipo — que la madre adhería a su frente mojándola con un poco de saliva.
—Sos inteligente y vas a ser libre—. Sentenciaba el padre, acariciándolo con timidez, con el dorso de la mano. No usaba la palma. Era tan áspera, que podía lastimar la piel de la criatura.
Pronto la pareja descubrió su realidad: La nueva tierra estaba regida por reglamentaciones obsoletas. Las venalidades gubernamentales, arrastradas desde la colonia, favorecían a una sola clase: la de los ricos. Y esos ricos, que eran sus patrones, no eran criollos. Eran gringos en su mayoría. Hablaban otros idiomas y miraban hacia el horizonte para no tropezar con los morochos y la lacra de la miseria, evidente. En esas lejanías sureñas, la ley era solamente una palabra, sin sentido alguno. Se degradaron — para no perder el trabajo—, en tres autómatas anónimos. Indocumentados. Sin derecho a protesta. Sin autorización para mirar de frente al capataz, respetado por el látigo y el facón en dos manos inmisericordes.
A la joven madre la mandaron a la cocina. Al marido, a cuidar de los rebaños de ovejas.
—Pero yo soy bueno con los números—. Se defendió el lisiado.
—Vos...conformáte con contar ovejas...Si no te gusta, volvé por el mismo caminito que viniste.
La mujer se afanaba con las cacerolas. Siempre apresurada. Esperando el ratito libre para arremangar las faldas y correr hacia las barracas donde tenían una habitación pequeña y oscura. Pero donde estaba el hijo. Lo amamantaba con ternura, lo apretaba contra su cuerpo, para darle seguridad y lo lavaba dentro del piletón de agua fría. Unos poquitos mimos y el retorno disimulado hasta la cocina, antes que alguno la denunciara.
Con el transcurso de los meses, optó por apoyarlo en el piso de tierra. Lo ataba de una pierna, con un trapo, a la pata del catre. El chico no podía moverse mucho, pero a ella le quedaba la seguridad de encontrarlo a salvo cuando al fin estuviera de regreso.
Cuando finalizado el quehacer encontraba a su marido, se miraban cansados y comían en silencio. La única esperanza era ese hijo, que crecía viendo cada amanecer un cielo totalmente azul. Un duendecito, que podía abrir los brazos y recibir el frío del aire puro. El heredero, que correteaba libremente desde la cocina al sitio donde ese día el padre atendía los rebaños. Un hombre blando, que en algún momento dejó de soñar con la famosa libertad.
Las noches en el sur eran extremadamente frías. El viento se estrellaba contra las paredes. Silbando, como dueño, se colaba por las hendijas, trayendo a cuestas un polvillo fino, que les endurecía el pelo y se les introducía para siempre debajo de las uñas. Afuera, el silencio de la montaña y el alerta de las aves de rapiña, mantenía las tres cabezas juntas, los cuerpos arrebujados, uno contra otro para calentarse y alejar el miedo.
Amanecían callados. Pero la sal de las lágrimas dejaba caminos de arena en los ojos y en las caras. Ya no mencionaban ni de paso la palabra libertad. Se limitaban a extrañarla en el resignado silencio de los oprimidos.
Cumplidos los diez años, el muchachito ayudaba al padre con las ovejas. Persiguiendo a una fugitiva, una mañana encontró la cámara de la rueda de una bicicleta. Se fabricó una honda. Su único juguete. Apartado de su padre, a la orilla del arroyo, aprendió a afinar la puntería. Primero contra las rocas. Más adelante, contra los troncos de los árboles. Pronto, a los pájaros en vuelo.
Esa tarde no soplaba el viento por milagro. Empezaba el calor y las ovejas estaban casi listas para ser esquiladas. Comían tranquilas, en grupos diseminados en la proximidad del agua. El muchacho tenía su gomera y las piedritas cerca de la mano, esperando el instante justo. A lo lejos, divisó a su presa. Con primitivismo de cazador, tensó el cuerpo. Los sentidos aguzaron sus implícitos mandatos. Los ojos no parpadeaban. Apuntó y tiró. La piedra dio contra el cuerpecito del ave, que cayó a plomo, cerca .de donde se encontraba. Sonreía cuando se paró y se acercó al animalito. Lo tomó entre las manos. Era un pajarito pequeño, con plumaje gris. El vientre abierto, el interior desgarrado. El calorcito de la sangre le entibió y ensució la palma de la mano, que empezó a temblar. El pájaro lo miraba fijo, traspasándolo. Como preguntándole: ¿Por qué?
El jovencito no podía reaccionar. Le sucedían hechos como de sueños, pero reales. Dejó de ser el de siempre, para convertirse en ave. Como tocado por una varita mágica, se transformó en un pequeño pájaro de plumaje gris acerado y ojos vivarachos. Sus alas se movieron sin esfuerzo sobre la copa de los árboles. Sobrevolaron campos y rebaños. El arroyo se convirtió en una víbora sinuosa, que reflejaba al sol. Había música de piedras en el cauce. Líquenes y musgos, extendiendo tímidamente las ramitas hacia la luz. Se dejó llevar por las ráfagas de aire, mecido en una cuna esponjosa. Las térmicas de la atmósfera lo empujaban, embriagándolo en las ondas de su constante movimiento. La savia se filtraba a través de su piel y los perfumes del pasto, unidos a los del polvo de la tierra, al polen de las flores, conformaban un universo diáfano, preñado de belleza, con haces luminosos que se quebraban, caprichosamente, en las altas ramazones de los árboles.
Era tal su sensación de dignidad, de libertad y de orgullo, que tuvo miedo de caer al suelo. El follaje se abría, ofreciéndole reposo en una ramita. En otra. En un vaivén sin tiempo, se dejó hamacar. La garganta en un trino mitad canto y mitad grito, que le brotó desde adentro, para dejar una huella de energía en el entorno, para perderse finalmente en las alturas.
De repente, el ensoñar pasó. Era él, de nuevo. Con la gomera asesina en una mano y el pajarillo muerto, ahora frío, en la otra. Se agachó y tapó al animalito con las piedras usadas para la crueldad. Un grueso lagrimón corría por su cara.
Se acercó al arroyo y arrojó la gomera a la corriente. Si estamos atentos, la sabiduría se nos revela en un instante. Ese fue su momento. El niño quedó atrás. El adulto que corrió en busca de su padre, era un compendio de descubrimientos. Un conocedor del contenido de mil volúmenes que hablaron de liberación, en un universo paradisíaco donde cada hombre o mujer podía obrar y vivir de acuerdo a sus conciencias. Los hechos de sus rudas existencias podían cambiarse. Quería hablarlo con su padre. Explicarle que la famosa libertad no se consigue cambiando de país o de gobiernos. Que se halla en nuestro profundo interior y que se hace evidente cuando un humano conserva la esperanza y logra, por un breve instante, transformarse en ave.
CARMEN ROSA BARRERE
El hombre viajó con su mujer embarazada y unos pocos bultos atravesando la cordillera. Era joven, pero estaba harto de las huelgas en las minas. En épocas de faena, le preocupaba también el resoplar de sus pulmones, saturados de hollín y la renguera de la pierna derecha. Cuando sucedió el desmoronamiento en el túnel, sus quince años y sus sueños quedaron atrapados junto con la pierna. El salvador del dramatismo de esos dos años que tardó en volver a caminar, fue su abuelo. Regresado del trabajo, comían una sopa espesa y se dedicaba a enseñarle a leer y a contar. Los compañeros de la mina no eran compasivos. Lo apodaban Rengo y lo miraban con lástima.
Eso, y el dolor de su pierna mal curada, lo fueron transformando en un joven callado y huraño, que no frecuentaba el almacén de ramos generales donde la mayoría dejaba los raquíticos pesitos ganados tan duramente, en un juego de cartas, o viendo matarse a dos gallos a los picotazos, motivados con los buenos vinos de la patria.
En las horas de descanso, leía unos libros sin tapas que habían sido del abuelo, quien ya rondaba entre las nubes del cielo. Algunos los entendía. Otros no. Como ese que se llamaba La República. ¿Que sentido tendrían esos personajes atados a un muro de una caverna, que no veían la luz ni conocían nada del mundo que los rodeaba? El escritor se llamaba Platón. Debió ser un sabio. Algún día encontraría un maestro que le explicara.
Cuando se casó y la mujer le anunció que venía un hijo, la siniestra falta de horizontes se le plantó delante de los ojos. Emocionado, abrazó a la esposa, y le susurró al oído:
— Quiero que nuestro hijo sea libre...Que no conozca solamente el frío de los túneles, la falta de aire, la humedad y la luz de las linternas...Como me pasó a mí... y antes a mi padre y a mi abuelo...
La mujer callaba. Las dos manos apretaban el vientre, palpando el movimiento del nonato.
— Tu hijo escucha...Patea como un preso que quiere romper barrotes de una cárcel...Apuremos el viaje, el peso ya recae sobre cada músculo de mi cuerpo —. Contestó con su vocecita reposada, de mujer sumisa, pero decidida a seguir a su marido adonde fuera.
El esperado nació sietemesino, a los pocos días de pisar la tierra de adopción. Flacuchento. Largo pelo de poeta y un par de ojos de mirar desmesurado. Atento a los movimientos de la madre, o llevando hacia arriba la mirada, persiguiendo la punta de la cinta roja — contra el ojeo y el hipo — que la madre adhería a su frente mojándola con un poco de saliva.
—Sos inteligente y vas a ser libre—. Sentenciaba el padre, acariciándolo con timidez, con el dorso de la mano. No usaba la palma. Era tan áspera, que podía lastimar la piel de la criatura.
Pronto la pareja descubrió su realidad: La nueva tierra estaba regida por reglamentaciones obsoletas. Las venalidades gubernamentales, arrastradas desde la colonia, favorecían a una sola clase: la de los ricos. Y esos ricos, que eran sus patrones, no eran criollos. Eran gringos en su mayoría. Hablaban otros idiomas y miraban hacia el horizonte para no tropezar con los morochos y la lacra de la miseria, evidente. En esas lejanías sureñas, la ley era solamente una palabra, sin sentido alguno. Se degradaron — para no perder el trabajo—, en tres autómatas anónimos. Indocumentados. Sin derecho a protesta. Sin autorización para mirar de frente al capataz, respetado por el látigo y el facón en dos manos inmisericordes.
A la joven madre la mandaron a la cocina. Al marido, a cuidar de los rebaños de ovejas.
—Pero yo soy bueno con los números—. Se defendió el lisiado.
—Vos...conformáte con contar ovejas...Si no te gusta, volvé por el mismo caminito que viniste.
La mujer se afanaba con las cacerolas. Siempre apresurada. Esperando el ratito libre para arremangar las faldas y correr hacia las barracas donde tenían una habitación pequeña y oscura. Pero donde estaba el hijo. Lo amamantaba con ternura, lo apretaba contra su cuerpo, para darle seguridad y lo lavaba dentro del piletón de agua fría. Unos poquitos mimos y el retorno disimulado hasta la cocina, antes que alguno la denunciara.
Con el transcurso de los meses, optó por apoyarlo en el piso de tierra. Lo ataba de una pierna, con un trapo, a la pata del catre. El chico no podía moverse mucho, pero a ella le quedaba la seguridad de encontrarlo a salvo cuando al fin estuviera de regreso.
Cuando finalizado el quehacer encontraba a su marido, se miraban cansados y comían en silencio. La única esperanza era ese hijo, que crecía viendo cada amanecer un cielo totalmente azul. Un duendecito, que podía abrir los brazos y recibir el frío del aire puro. El heredero, que correteaba libremente desde la cocina al sitio donde ese día el padre atendía los rebaños. Un hombre blando, que en algún momento dejó de soñar con la famosa libertad.
Las noches en el sur eran extremadamente frías. El viento se estrellaba contra las paredes. Silbando, como dueño, se colaba por las hendijas, trayendo a cuestas un polvillo fino, que les endurecía el pelo y se les introducía para siempre debajo de las uñas. Afuera, el silencio de la montaña y el alerta de las aves de rapiña, mantenía las tres cabezas juntas, los cuerpos arrebujados, uno contra otro para calentarse y alejar el miedo.
Amanecían callados. Pero la sal de las lágrimas dejaba caminos de arena en los ojos y en las caras. Ya no mencionaban ni de paso la palabra libertad. Se limitaban a extrañarla en el resignado silencio de los oprimidos.
Cumplidos los diez años, el muchachito ayudaba al padre con las ovejas. Persiguiendo a una fugitiva, una mañana encontró la cámara de la rueda de una bicicleta. Se fabricó una honda. Su único juguete. Apartado de su padre, a la orilla del arroyo, aprendió a afinar la puntería. Primero contra las rocas. Más adelante, contra los troncos de los árboles. Pronto, a los pájaros en vuelo.
Esa tarde no soplaba el viento por milagro. Empezaba el calor y las ovejas estaban casi listas para ser esquiladas. Comían tranquilas, en grupos diseminados en la proximidad del agua. El muchacho tenía su gomera y las piedritas cerca de la mano, esperando el instante justo. A lo lejos, divisó a su presa. Con primitivismo de cazador, tensó el cuerpo. Los sentidos aguzaron sus implícitos mandatos. Los ojos no parpadeaban. Apuntó y tiró. La piedra dio contra el cuerpecito del ave, que cayó a plomo, cerca .de donde se encontraba. Sonreía cuando se paró y se acercó al animalito. Lo tomó entre las manos. Era un pajarito pequeño, con plumaje gris. El vientre abierto, el interior desgarrado. El calorcito de la sangre le entibió y ensució la palma de la mano, que empezó a temblar. El pájaro lo miraba fijo, traspasándolo. Como preguntándole: ¿Por qué?
El jovencito no podía reaccionar. Le sucedían hechos como de sueños, pero reales. Dejó de ser el de siempre, para convertirse en ave. Como tocado por una varita mágica, se transformó en un pequeño pájaro de plumaje gris acerado y ojos vivarachos. Sus alas se movieron sin esfuerzo sobre la copa de los árboles. Sobrevolaron campos y rebaños. El arroyo se convirtió en una víbora sinuosa, que reflejaba al sol. Había música de piedras en el cauce. Líquenes y musgos, extendiendo tímidamente las ramitas hacia la luz. Se dejó llevar por las ráfagas de aire, mecido en una cuna esponjosa. Las térmicas de la atmósfera lo empujaban, embriagándolo en las ondas de su constante movimiento. La savia se filtraba a través de su piel y los perfumes del pasto, unidos a los del polvo de la tierra, al polen de las flores, conformaban un universo diáfano, preñado de belleza, con haces luminosos que se quebraban, caprichosamente, en las altas ramazones de los árboles.
Era tal su sensación de dignidad, de libertad y de orgullo, que tuvo miedo de caer al suelo. El follaje se abría, ofreciéndole reposo en una ramita. En otra. En un vaivén sin tiempo, se dejó hamacar. La garganta en un trino mitad canto y mitad grito, que le brotó desde adentro, para dejar una huella de energía en el entorno, para perderse finalmente en las alturas.
De repente, el ensoñar pasó. Era él, de nuevo. Con la gomera asesina en una mano y el pajarillo muerto, ahora frío, en la otra. Se agachó y tapó al animalito con las piedras usadas para la crueldad. Un grueso lagrimón corría por su cara.
Se acercó al arroyo y arrojó la gomera a la corriente. Si estamos atentos, la sabiduría se nos revela en un instante. Ese fue su momento. El niño quedó atrás. El adulto que corrió en busca de su padre, era un compendio de descubrimientos. Un conocedor del contenido de mil volúmenes que hablaron de liberación, en un universo paradisíaco donde cada hombre o mujer podía obrar y vivir de acuerdo a sus conciencias. Los hechos de sus rudas existencias podían cambiarse. Quería hablarlo con su padre. Explicarle que la famosa libertad no se consigue cambiando de país o de gobiernos. Que se halla en nuestro profundo interior y que se hace evidente cuando un humano conserva la esperanza y logra, por un breve instante, transformarse en ave.
CARMEN ROSA BARRERE
20.4.10
GUISO DE ZAPALLO.
GUISO DE ZAPALLO
Con Héctor nos conocemos desde el parvulario. En ese tiempo la mamá, que era una simpática señora, lo apodaba como de entre casa: Piquito. Al cursar la primaria lo llamábamos por su nombre real: Héctor. Nombre perdurable hasta el día que nos encontramos para empezar los estudios secundarios. Para los que lo conocíamos casi desde la época del chupete, no era el de antes. Hablaba con vozarrón de hombre. Había crecido. No un crecimiento limitado a la estatura. Los tres meses de vacaciones, lo habían remodelado. Maduró mientras el resto permaneció navegando en tonterías.
— Falleció la madre.— Nos aclaró una compañera que vivía en su vecindario.
Se convirtió en el amigo por excelencia. El grupo mixto se reunía temprano a la mañana, para estudiar juntos. Nos resultaban fáciles la historia, la geografía o los idiomas. La guerra era contra las matemáticas, la física y la química que eran el fuerte de Héctor. Tenía más paciencia que Job para hacernos entender fórmulas. Desentrañaba raíces cuadradas velozmente, en una época que nadie presentía que algún día esas complejidades las resolvería una humilde cajita con trajecito negro.
Lila, mi amiga del alma, vivía en la casa contigua a la de mis padres. Era chispeante. Tenía una facilidad enorme para enamorarse: de un actor de cine; de un profesor de buena planta pero odioso, del atlético maestro de gimnasia...Hasta que colocó sus ojos sobre Héctor.
— ¿Ustedes no se fijaron?. —Dijo arrojando los cuadernos sobre la mesa...Héctor tiene mirada de dormitorio...
Paramos de reír cuando apareció en la puerta el susodicho. Desde ese mismísimo instante, lo apodamos: MDD. Por mas que nos persiguió, amenazándonos con abandonar la aclaración sobre el benceno de Kekulé, o los enunciados Pitagóricos, no logró arrancarnos la razón del apelativo, susurrado entre dientes. La época del secundario es la más preciosa de la juventud. Como todo lo bueno se nos fue en un soplido. Me contaron que Héctor había partido hacia otra provincia, a estudiar arquitectura donde su padre era veterinario. Nuestros caminos se bifurcaron. Elegí la medicina. Carrera que tenía una facultad en nuestro pueblo.
Apenas obtuve el título, me sorprendió la fortuna, esquiva si la perseguimos e inesperada si no le prestamos demasiada atención. Un hermano de mi madre falleció sin dejar herederos reales. Cuando enfermó, me convertí en su médica clínica. Le recomendé un par de buenos especialistas, que llegaron tarde. No había mucho por hacer. Para sorpresa de todos, cuando abrieron el testamento, me había nombrado su heredera universal. Vivió como un ermitaño, sin comer huevos para no tirar las cáscaras. Austero, cabizbajo y metido hacia adentro como una tortuga miedosa de vivir. En medio del duelo, supe de su peregrinar por este mundo y sentí compasión por sus soledades y me recriminé no haberle prestarle más atención mientras estuvo vivo.
Me legó una enorme casa antigua, descascarada y deslucida pero sólida. Rodeada por un terreno sorprendente, con plantas antiguas bien cuidadas, que me iluminaron de lleno el corazón.
Lila, que se casó con un novio que además de mirarla con ojos de dormitorio tiene buenas y expertas manos para la caricia, me cuenta que MDD, al que encontró en una conferencia, dirige un próspero estudio de arquitectos jóvenes…Que le pidió el teléfono de los amigos, que nos quiere ver.
Nos vemos. Notable. Nos reímos como si jamás nos hubiéramos separado. Lo arrastro a ver mi casa. Le encanta. Le encargo las modificaciones. Algunos arquitectos tienen el don de darse cuenta que los hogares serán el contenedor estructural y emocional que una mujer precisa. El caserón conserva el viejo estilo. Adentro, los cuartos son espaciosos, aireados. Con la luz natural colándose libremente por los ventanales. Los baños son grandes, confortables. La cocina no es moderna. MDD baja los techos con listones de madera. Libero mi imaginación y cuelgo de él mi cacharrería de cobre para cocinar, una brujita de paja con una larga cola y la infaltable ristra de ajos rematada en un moño rojo. Folclore basado en la inocencia: los ajos ahuyentan a las malas ondas.
Mientras dura la remodelación, comparto mi tiempo libre de trabajo con el recuperado MDD. Salimos a comer con los amigos rescatados. Colgamos juntos en las paredes de la sala las reproducciones que elegí: Un Klimt que ejerce sobre mí un atractivo casi visceral, ásperamente censurado por mi padre. Mi padre que me ama y se resiste a soltar mi mano. (Menos mal que no encuadré el fascinante Nuda Veritas, o el desnudo de Egon Schiele). Le hubieran provocado un infarto. Ponderan el luminoso Monet soñado por el pintor al borde de un estanque, que se enfrenta, en los muros, a una litografía increíble de Picasso en su época azul. El cuadro me lo regaló mi arquitecto, que defendió con coraje y mejor gusto que yo, cuál seria su sitial definitivo.
— Aquí tengo los planos del jardín. —Los extiende sobre una mesa y me observa socarronamente. ¿O lo imagino?
La subversión calienta mis mejillas. Simulo que los estudio. Héctor es paisajista, de los buenos. Pero...Me atolondro buscando explicar cual ha sido, desde niña, mi sentimiento respecto de la naturaleza. Detesto el arte al que llaman Bonsai. Creo que un árbol o una planta, corresponden a un diseño perfecto, que no debe ser trastocado en su forma o crecimiento ni por la mejor ingeniería agronómica del mundo. Que los famosos jardines franceses, recortados a mansalva, alineados como para entrar en guerra nunca me gustaron...
— Héctor. —Acudo a mi mejor y convincente tono de voz.— Realmente, sos un maravilloso paisajista...
Carraspeo. Este tipo me paraliza. No lo quiero ofender, pero este…! No es mi jardín!..¿Parezco o soy realmente una tarada?...Acotando: ¡Yo quiero otra clase de jardín! No emito palabra, pero MDD me entiende.
Tranquilamente, envuelve su rollo con los planos. Me mira...y descubro su famosa, cálida, envolvente mirada…La perturbación que siento me agarrota. ¿MDD...siente lo que yo siento...o los ratones son de mi exclusiva pertenencia?
—No te aflijas…— Dice con perfecta humildad…—Haremos el jardín como te guste...No vamos a disentir, cuando todo resultó tan hermoso.
Lo miro a los ojos. No hallo ni enojo ni dignidad herida. Lo que creo ver, me hace hablar hasta por los codos, simulando entusiasmo para ocultar mi entrevero emocional.
Cuando terminamos, sentarse en las galerías es una gloria. Dejamos en su sitio una magnolia grandiflora y la maraña de las bougambilias contra los muros del fondo. Del techo de .la galería que da a la cocina, colgamos cadenas que sostienen macetones con helechos plumosos. En la pérgola enredé unas glicinas y plantamos dentro del mismo pozo tres colores diferentes de laurel. En un vivero de las afueras rescatamos cuatro variedades de jazmines olorosos y unos diminutos rosales. En un lugarcito especial, una variedad de plantitas aromáticas para mejorar el sabor del aliño de las ensaladas. En otro, elegido al azar, los tallos altos de las flores de pájaro amarillean, elegantes.
— Tu jardín es un despelote. — Lila no mejoró el vocabulario, ni le importa. Suelta una de sus carcajadas, me mira y sigue:— Un desvarío vegetal, que me encanta. Este banquito aquí...medio escondido... ¿No lo tienta a MDD?
Lila habla y se lleva la mano a la pancita que ya se nota. Tiene un marido Manos Hábiles, que la contiene de cabeza a pies. Al rato entran Edina y Valentín. Los invitamos a comer guiso de zapallo. La comida la prepara Héctor. Es una receta que trajo del campo, fácil de preparar: Un zapallo de regular tamaño...Con un serrucho, se separa una tapa…como la tapa de una cacerola. Se quitan las semillas y se lo lava muy bien.. Mientras, colocás en una sartén honda, aceite de oliva, dos cebollas medianas...Se reabogan en el aceite, a fuego controlado. Agregás tres dientes de ajo, medio kilo de carne muy tierna, picada a cuchillo...Tomás dos choclos frescos y les sacás el grano con un cuchillo...Volcás todo dentro de la sartén...Aderezás según tu gusto...No olvidar tres hilitos de azafrán...Entretanto, sobre una plancha, introduces tu zapallo tapadito dentro del horno suave...Si te agradan, también podés poner dos zanahorias ralladas...Nuestro zapallo debe estar caliente para recibir su relleno. Se calcula el número de comensales, para el arroz. Una tacita de arroz lleva tres tacitas de agua... Se vierte el guisado dentro del zapallo, lo llevás al horno...vigilando. El horno, con temperatura media, pues la comida contiene elementos que necesitan tiempo de cocción. Héctor termina la receta, que Edina copia para no olvidarla.
— ¡Vamos a poner la mesa! —Propongo alegremente a mis amigas.
Héctor nos detiene: — Esta comida es campestre...Usemos la mesa del jardín. Sin sillas. Esta madera gruesa, va al centro, para apoyar el zapallo...Copas para el vino tinto...Una cuchara para cada uno, las servilletas... Todo listo!
Comimos parados, cada uno con su cuchara, divertidos como en los viejos, viejos tiempos. Sabrosa la comida. De buen cuerpo el vino. Mi alocado marco jardinero, de fondo. Uno de esos ratos que ambicionamos almacenar en la hucha de los recuerdos, como avaros.
— Inesita...— Lila me sopla en el oído.— MDD te mira con ojos...ya sabés...
Enrojezco. Hace rato que me dí cuenta. Lo que Lila no sabe todavía es que el sentimiento es mutuo y presiento que cuando lo soltemos, será tan voraz como un incendio.
Durante nuestra larga vida en pareja, compartimos muchos guisos de zapallo con amigos. A esta primera vez la recuerdo porque caí en la cuenta, ese famoso día, cuan grata era esta presencia moviéndose en mi cocina...y metiéndose en mi corazón. Si alguien quiere enamorarse...copien la receta del guiso de zapallo. No olviden pelear por su jardín...y seleccionen con cuidado y tino un buen ejemplar de MDD.
CARMEN ROSA BARRERE.
Con Héctor nos conocemos desde el parvulario. En ese tiempo la mamá, que era una simpática señora, lo apodaba como de entre casa: Piquito. Al cursar la primaria lo llamábamos por su nombre real: Héctor. Nombre perdurable hasta el día que nos encontramos para empezar los estudios secundarios. Para los que lo conocíamos casi desde la época del chupete, no era el de antes. Hablaba con vozarrón de hombre. Había crecido. No un crecimiento limitado a la estatura. Los tres meses de vacaciones, lo habían remodelado. Maduró mientras el resto permaneció navegando en tonterías.
— Falleció la madre.— Nos aclaró una compañera que vivía en su vecindario.
Se convirtió en el amigo por excelencia. El grupo mixto se reunía temprano a la mañana, para estudiar juntos. Nos resultaban fáciles la historia, la geografía o los idiomas. La guerra era contra las matemáticas, la física y la química que eran el fuerte de Héctor. Tenía más paciencia que Job para hacernos entender fórmulas. Desentrañaba raíces cuadradas velozmente, en una época que nadie presentía que algún día esas complejidades las resolvería una humilde cajita con trajecito negro.
Lila, mi amiga del alma, vivía en la casa contigua a la de mis padres. Era chispeante. Tenía una facilidad enorme para enamorarse: de un actor de cine; de un profesor de buena planta pero odioso, del atlético maestro de gimnasia...Hasta que colocó sus ojos sobre Héctor.
— ¿Ustedes no se fijaron?. —Dijo arrojando los cuadernos sobre la mesa...Héctor tiene mirada de dormitorio...
Paramos de reír cuando apareció en la puerta el susodicho. Desde ese mismísimo instante, lo apodamos: MDD. Por mas que nos persiguió, amenazándonos con abandonar la aclaración sobre el benceno de Kekulé, o los enunciados Pitagóricos, no logró arrancarnos la razón del apelativo, susurrado entre dientes. La época del secundario es la más preciosa de la juventud. Como todo lo bueno se nos fue en un soplido. Me contaron que Héctor había partido hacia otra provincia, a estudiar arquitectura donde su padre era veterinario. Nuestros caminos se bifurcaron. Elegí la medicina. Carrera que tenía una facultad en nuestro pueblo.
Apenas obtuve el título, me sorprendió la fortuna, esquiva si la perseguimos e inesperada si no le prestamos demasiada atención. Un hermano de mi madre falleció sin dejar herederos reales. Cuando enfermó, me convertí en su médica clínica. Le recomendé un par de buenos especialistas, que llegaron tarde. No había mucho por hacer. Para sorpresa de todos, cuando abrieron el testamento, me había nombrado su heredera universal. Vivió como un ermitaño, sin comer huevos para no tirar las cáscaras. Austero, cabizbajo y metido hacia adentro como una tortuga miedosa de vivir. En medio del duelo, supe de su peregrinar por este mundo y sentí compasión por sus soledades y me recriminé no haberle prestarle más atención mientras estuvo vivo.
Me legó una enorme casa antigua, descascarada y deslucida pero sólida. Rodeada por un terreno sorprendente, con plantas antiguas bien cuidadas, que me iluminaron de lleno el corazón.
Lila, que se casó con un novio que además de mirarla con ojos de dormitorio tiene buenas y expertas manos para la caricia, me cuenta que MDD, al que encontró en una conferencia, dirige un próspero estudio de arquitectos jóvenes…Que le pidió el teléfono de los amigos, que nos quiere ver.
Nos vemos. Notable. Nos reímos como si jamás nos hubiéramos separado. Lo arrastro a ver mi casa. Le encanta. Le encargo las modificaciones. Algunos arquitectos tienen el don de darse cuenta que los hogares serán el contenedor estructural y emocional que una mujer precisa. El caserón conserva el viejo estilo. Adentro, los cuartos son espaciosos, aireados. Con la luz natural colándose libremente por los ventanales. Los baños son grandes, confortables. La cocina no es moderna. MDD baja los techos con listones de madera. Libero mi imaginación y cuelgo de él mi cacharrería de cobre para cocinar, una brujita de paja con una larga cola y la infaltable ristra de ajos rematada en un moño rojo. Folclore basado en la inocencia: los ajos ahuyentan a las malas ondas.
Mientras dura la remodelación, comparto mi tiempo libre de trabajo con el recuperado MDD. Salimos a comer con los amigos rescatados. Colgamos juntos en las paredes de la sala las reproducciones que elegí: Un Klimt que ejerce sobre mí un atractivo casi visceral, ásperamente censurado por mi padre. Mi padre que me ama y se resiste a soltar mi mano. (Menos mal que no encuadré el fascinante Nuda Veritas, o el desnudo de Egon Schiele). Le hubieran provocado un infarto. Ponderan el luminoso Monet soñado por el pintor al borde de un estanque, que se enfrenta, en los muros, a una litografía increíble de Picasso en su época azul. El cuadro me lo regaló mi arquitecto, que defendió con coraje y mejor gusto que yo, cuál seria su sitial definitivo.
— Aquí tengo los planos del jardín. —Los extiende sobre una mesa y me observa socarronamente. ¿O lo imagino?
La subversión calienta mis mejillas. Simulo que los estudio. Héctor es paisajista, de los buenos. Pero...Me atolondro buscando explicar cual ha sido, desde niña, mi sentimiento respecto de la naturaleza. Detesto el arte al que llaman Bonsai. Creo que un árbol o una planta, corresponden a un diseño perfecto, que no debe ser trastocado en su forma o crecimiento ni por la mejor ingeniería agronómica del mundo. Que los famosos jardines franceses, recortados a mansalva, alineados como para entrar en guerra nunca me gustaron...
— Héctor. —Acudo a mi mejor y convincente tono de voz.— Realmente, sos un maravilloso paisajista...
Carraspeo. Este tipo me paraliza. No lo quiero ofender, pero este…! No es mi jardín!..¿Parezco o soy realmente una tarada?...Acotando: ¡Yo quiero otra clase de jardín! No emito palabra, pero MDD me entiende.
Tranquilamente, envuelve su rollo con los planos. Me mira...y descubro su famosa, cálida, envolvente mirada…La perturbación que siento me agarrota. ¿MDD...siente lo que yo siento...o los ratones son de mi exclusiva pertenencia?
—No te aflijas…— Dice con perfecta humildad…—Haremos el jardín como te guste...No vamos a disentir, cuando todo resultó tan hermoso.
Lo miro a los ojos. No hallo ni enojo ni dignidad herida. Lo que creo ver, me hace hablar hasta por los codos, simulando entusiasmo para ocultar mi entrevero emocional.
Cuando terminamos, sentarse en las galerías es una gloria. Dejamos en su sitio una magnolia grandiflora y la maraña de las bougambilias contra los muros del fondo. Del techo de .la galería que da a la cocina, colgamos cadenas que sostienen macetones con helechos plumosos. En la pérgola enredé unas glicinas y plantamos dentro del mismo pozo tres colores diferentes de laurel. En un vivero de las afueras rescatamos cuatro variedades de jazmines olorosos y unos diminutos rosales. En un lugarcito especial, una variedad de plantitas aromáticas para mejorar el sabor del aliño de las ensaladas. En otro, elegido al azar, los tallos altos de las flores de pájaro amarillean, elegantes.
— Tu jardín es un despelote. — Lila no mejoró el vocabulario, ni le importa. Suelta una de sus carcajadas, me mira y sigue:— Un desvarío vegetal, que me encanta. Este banquito aquí...medio escondido... ¿No lo tienta a MDD?
Lila habla y se lleva la mano a la pancita que ya se nota. Tiene un marido Manos Hábiles, que la contiene de cabeza a pies. Al rato entran Edina y Valentín. Los invitamos a comer guiso de zapallo. La comida la prepara Héctor. Es una receta que trajo del campo, fácil de preparar: Un zapallo de regular tamaño...Con un serrucho, se separa una tapa…como la tapa de una cacerola. Se quitan las semillas y se lo lava muy bien.. Mientras, colocás en una sartén honda, aceite de oliva, dos cebollas medianas...Se reabogan en el aceite, a fuego controlado. Agregás tres dientes de ajo, medio kilo de carne muy tierna, picada a cuchillo...Tomás dos choclos frescos y les sacás el grano con un cuchillo...Volcás todo dentro de la sartén...Aderezás según tu gusto...No olvidar tres hilitos de azafrán...Entretanto, sobre una plancha, introduces tu zapallo tapadito dentro del horno suave...Si te agradan, también podés poner dos zanahorias ralladas...Nuestro zapallo debe estar caliente para recibir su relleno. Se calcula el número de comensales, para el arroz. Una tacita de arroz lleva tres tacitas de agua... Se vierte el guisado dentro del zapallo, lo llevás al horno...vigilando. El horno, con temperatura media, pues la comida contiene elementos que necesitan tiempo de cocción. Héctor termina la receta, que Edina copia para no olvidarla.
— ¡Vamos a poner la mesa! —Propongo alegremente a mis amigas.
Héctor nos detiene: — Esta comida es campestre...Usemos la mesa del jardín. Sin sillas. Esta madera gruesa, va al centro, para apoyar el zapallo...Copas para el vino tinto...Una cuchara para cada uno, las servilletas... Todo listo!
Comimos parados, cada uno con su cuchara, divertidos como en los viejos, viejos tiempos. Sabrosa la comida. De buen cuerpo el vino. Mi alocado marco jardinero, de fondo. Uno de esos ratos que ambicionamos almacenar en la hucha de los recuerdos, como avaros.
— Inesita...— Lila me sopla en el oído.— MDD te mira con ojos...ya sabés...
Enrojezco. Hace rato que me dí cuenta. Lo que Lila no sabe todavía es que el sentimiento es mutuo y presiento que cuando lo soltemos, será tan voraz como un incendio.
Durante nuestra larga vida en pareja, compartimos muchos guisos de zapallo con amigos. A esta primera vez la recuerdo porque caí en la cuenta, ese famoso día, cuan grata era esta presencia moviéndose en mi cocina...y metiéndose en mi corazón. Si alguien quiere enamorarse...copien la receta del guiso de zapallo. No olviden pelear por su jardín...y seleccionen con cuidado y tino un buen ejemplar de MDD.
CARMEN ROSA BARRERE.
27.3.10

ALEJANDRINA CORAZON.
Esta es mi historia con Alejandrina López, a la que siempre llamé Alejandrina Corazón. Si la recuerdo livianamente, soslayando su interior, cometo el delito de ignorar el enorme significado que su presencia significó en mi vida. Y ella jamás será una señora del montón, a pesar de sus tacones bajos, su mirada quieta y los rollitos rodeando su cintura, que la avergonzaban. El cabello encanecido prematuramente, recogido dentro de la severidad de un rodete armado sin usar el espejo, de memoria y que a pesar de ello, consigue ennoblecer sus rasgos. Entró como servidora a la casa de mis padres justo el año en que mi madre, reconocida abogada, parió dos robustos varones gritones y exigentes, tarea para la que mi progenitora no estaba preparada. Cuando mis padres se casaron, hicieron un acuerdo satisfactorio para ambos: No buscarían herederos. Por lo tanto, el embarazo fue una sorpresa no deseada. Nos amamantó durante un mes, época en la que se le fue la leche y nosotros pasamos a ser cuidados, acariciados y malcriados por una madre supletoria jovencita, de risa fácil y mirada inteligente. La que nos trajo al mundo por un error de cálculo, había sido ascendida a juez. El exceso de problemas del oficio, irrecusables eventos sociales…y su incapacidad para contactarse y aceptar una vida puramente doméstica, dedicada en exclusividad a nosotros, la superaba. No estábamos en sus planes así que el evento fue además de sorpresivo, pavoroso. Como hija única, creció engreída y solitaria, en un caserón sin risas y escasos amigos con quienes compartir. Su naturaleza la convencía de que los niños solamente precisan buena comida, colegios severos, modales adecuados y vacunas vigiladas con rigor por nuestro padre médico. Lo demás, lo podía cubrir alguien eficiente, bien recomendada y sin antecedentes vergonzosos.
A los seis años, una noche soñé que volaba como un pájaro. Me levanté de la cama con sigilo, saqué el paraguas negro de papá, me trepé al techo de la cocina, lo abrí y me largué con un grito de victoria. Caí sobre el pasto que cuidaba Román el jardinero. Que estaba crecido porque había llovido y para gloria de mi instante de pájaro, el techo aquél no era muy alto. Alejandrina quitó mis mocos sin enojo y lavó mis rodillas magulladas con agua oxigenada. Al rato, como seguía el dolor, me hizo su brujería pasando la mano abierta sobre la lastimadura canturreando:”Sana, sana, culito de rana. Si no sana hoy, sana mañana”.
Cuando empecé a perder los dientes, se convirtió en fantástico Ratoncito Pérez. Tanteando debajo de la almohada, todavía adormilado, me esperaban la tradicional monedita y un dulce de los que me gustaban. Todo esto por partida doble, porque mi hermano recibía idénticas atenciones. Era más avispado que yo, así que en toda ocasión de ser sometidos a juicio por Alejandrina, ponía cara de yo no fui cuando el inventor de todas las cagadas era siempre él.
Mi guía casera corrigió los horrores ortográficos de la primera esquela de amor que me atreví a escribir en una notita cursi y sobrada de adjetivos, con una letra que subía y bajaba del renglón según se calentaba mi bragueta. Cursaba quinto grado, usaba separadores de dientes, anteojos con armazón de carey y enrojecía o tartamudeaba fácilmente. Muchos creían que era lento. Me comparaban indefectiblemente con mi hermano Pedro. Que era alto, deportista, atrevido y bailaba bien desde El Pericón de los actos escolares hasta el zarandeo sensual de una salsa. Para mis adentros, corroído de envidia, yo lo mal llamaba “el pluscuamperfecto”.
Recuerdo claramente esos años, saliendo de la adolescencia. Tal vez porque en esa época me di cabal cuenta que mi madre distante lo prefería, presintiendo que ese hijo sería el gran portador de satisfacciones. Pedro y yo éramos compañeros de curso. Aula donde reinaba como princesa azul mi dulce Maite. Yo me arrastraba en un eterno malestar: Que Maite, protagonista de mis sueños, productora de orgasmos solitarios y dibujos de su hermoso traserito en posturas pecaminosas, dejara de mirarme a mí para depositar su levísimo interés en el musculoso, exasperante Pedro.
La Alejandrina que mientras éramos criaturas cumplía su rol sin perdernos pisada, revisando los cuadernos de notificación, arrastrándonos al dentista sin aceptar fiebres repentinas o falsos dolores de cabeza; la que, si cedíamos el paso a las personas mayores en la vereda, o no soltábamos escupitajos cuando nos llevaba de la mano, nos premiaba con dulces que sacaba del fondo de su gran bolsillo al que llamábamos “el bolsillo de la maga”; la que cocinaba estupendo y entendía todos los chistes, hasta los más rebuscados que armábamos para hacerla reír, envejecía mirándonos crecer. Con ella compartimos fiebres, o miedos tumultuosos de los que asaltan a los niños en la oscuridad. Nos arrebujaba entre las cobijas y nos tarareaba canciones inventadas. “Cántanos la de la otra vez”, le rogábamos con Pedro. Ella sonreía. “La de la otra vez no me acuerdo. Pero escuchen bien. Esta es de las nuevas y tan, pero tan buena, que pone a bailar mi rodilla con artritis”.
Hoy peleo con mi enfermedad. Mis fuerzas disminuyen cada día. Me reprimo para no llamarla cuando la veo dormitar en el sillón de mimbre que tiene a los pies de mi cama, pero ella está alerta. Acude sin oír mi voz. Humedece mi frente, acomoda mi pelo y se inclina para hacerme la caricia esquimal: friega levemente su nariz contra la mía, sonriendo. Nunca supe si esa era en verdad una caricia conocida por habitantes polares, pero conseguía calmar mi angustia del momento, adivinada por ella. No se quien fabuló sobre las leyes de la sangre. Cuando mi salud se deterioró por motivos escandalosos, los de mi casa metieron la cabeza dentro del pozo del olvido. No soportaban bochornos y ninguno pensaba exponerse por un zángano que apenas recibido de arquitecto, eligió vivir en el campo, diseñando casas para pobretones, dejando de lado la clientela con plata. Un ser extraño al que era sencillo ignorar. Me borraron. Si alguien preguntaba por mí hacían un gesto con la mano. Significaba lejos.”No sabemos nada hace tiempo…Ustedes lo conocen, siempre fue egoísta y solitario…Hizo lo que quiso…Se compró esa chacra y por ahí deambula”…
No debo contar esta historia mintiendo. Porque ya he ocultado tanto, que el mero desvío de mi pensamiento hacia sucesos o hechos inventados reduce mi energía hasta agotarme. Siento que el lápiz se afloja dentro de mis dedos. Si quería que alguien rescatara el ideal de la generosidad y la entrega de personas humildes, debí empezar a escribir este relato hace un año, antes que me hicieran el último análisis de sangre. Cabeceando indeciso, el médico me miró con lástima: — Por las dudas mandé los análisis a dos clínicas diferentes…Te contagiaste el sida, muchacho…No pusiste cuidado en tu relación con Noelia…
En la calle tomé una enorme dosis de oxígeno y empecé a caminar hacia el auto como un autómata, sin detenerme en nada; asustado en el fondo, pero consciente que ese diagnóstico llegaría más tarde o más temprano. Mi vida a futuro estaba echada, no tenía posibilidades de salvación y tampoco pensaba presentar batalla. Gozar de un amor que fue físico y espiritual con una simultaneidad fluida, había llenado mi copa.
Era el instante de dejarme ir, recreando dentro de mi mente la figura de mi amada en el cruce del camino donde se que me espera con la flor azul que solía colocar detrás de su pequeña oreja. El día que reencontré a Noelia me arrojé al abismo de un amor de alto voltaje pero insustituible. Mi tiempo saludable será corto, según el parte médico. Y yo, que siento el hálito de la maligna pisándome los talones, partiré conservando en todo el cuerpo el roce inolvidable de la otra piel, dueña del retozo, floreciendo debajo de mi mano. Me acompañará el fabuloso contorno de su cadera inaugural de un sexo a gritos, desprolijo y caliente y trasladaré a la eternidad su mirada especial, ésa que todos los hombres buscamos en los ojos de la mujer amada.
Llevado por su mano levanté telones de mundos donde cohabitan sueños, imágenes, delirios y locuras entrelazadas, como las mujeres pintadas por Gustav Klimt dentro de una cama. Envueltas en sus sábanas de flores y de pájaros, lésbicas y dichosas. Lecciones fugaces en diminutas fracciones de un tiempo escaso, tremendamente ansiosos ante lo perentorio del correr del reloj. Sí, voy camino al desapego final de mi pobre alma con la realidad. Cargamento de huesos corroídos, músculos sin vigor y sangre infectada. La observación de un paisano de mi campo sería: ! Pero amigo, quien le quita lo bailado! Simpleza filosófica que traigo a mi mente cuando me introduzco dentro del automóvil. El plástico del respaldo donde ella reclinaba el cuerpo huele a la colonia cítrica que usaba. Por el rabo del ojo capturo el aleteo de sus faldas y yo, que nunca creí en el más allá, la escucho en su larga, cantarina carcajada — la que usaba para levantarme el ánimo — en alguno de mis días tristones. Porque ningún niño puede crecer como un adulto feliz si alguna vez sintió que la vida lo depositó por azar dentro de un regazo árido para infantes.
Sin ella pero con su espíritu conduzco hasta nuestra casita del bosque. El papel del sanatorio me condena. Las letras aterradoras son negras, como será también negro mi futuro. Debo seguir siendo sincero. Cuando la encontré me introduje pleno de razón a este final. Nadie me empujó y jamás estuve loco. Aunque muchas voces se elevan a diario proclamando la conveniencia de contratos prematrimoniales, de artículos firmados que legalizan a quien pertenece la porcelana y cómo repartirán el tiempo con los hijos, el solo hecho de aplastar la ilusión y la entrega, es asesinar al amor de antemano.
Siento que soy otro. Y el paisaje frene a mí es diferente también. Árido y resueltamente hostil. Muerto por dentro y resucitado en una galaxia con personajes tatuados macabramente por Bradbury. Donde los Hombres Ilustrados me rehúyen, tomando distancia como se hacía con los leprosos bíblicos.
Nacimos en provincia, de padres con títulos universitarios y corazón alevosamente práctico. Más interesados en que nos graduáramos que en observar nuestras inclinaciones naturales. Mi hermano Pedro se parece mucho física y mentalmente a nuestra madre. Le encanta figurar, conducir un auto caro y perseguir la pelotita de golf en el club. Conoce los mejores tragos y le cae bien a todo el mundo. Determina que su carrera es la abogacía. Para qué insistir: tengo pocos amigos, soy retraído y mi gran deporte es perder en el tablero de ajedrez. Mi rival es un amigo. Fuimos juntos al jardín de infantes, nos enamoramos siempre de las mismas chicas. Ahora está casado, con dos pibes. Desde mi aislamiento casi no lo veo. Pero estoy más que seguro que me entiende. Presiento que me observa. Sabe que cambié, sabe lo que siento y me absuelve.
Abandoné la bolsa al final del trabajo de parto. Debe ser por eso, porque di mas faena, o porque mi madre podía soportar un hijo, pero nunca dos, chillando al mismo tiempo. Tal vez, en ese preciso instante, la intuición — atributo femenino — la hizo verme diferente. Algo me delató. Ella supo, sin caber la duda, que yo sería el rompecabezas de su vida. Su vidita ordenada y sin sobresaltos. Socialmente, la señora que recibe amablemente a las visitas. La que tiene mejor casa, decorada por un “raro”, perdonado y aceptado porque nadie lo iguala en el buen gusto. (Con el agregado de no ser parte de nuestra familia). En el círculo de esa fingida aristocracia, mantener dos hijos, lograr que ambos nos tituláramos en la universidad y conseguir que Pedro escogiera por esposa a una flaca con pasado anoréxico y mandíbula de guardia cárcel, única heredera de un señor pudiente, que frecuenta el mismo club, la distrajo. No es que mi madre sea una mala persona. Al contrario. Es una activista de las sociedades de beneficencia, es coqueta y solamente lee los sociales del mejor matutino del pueblo. No es chismosa, pero obliga al buenazo de mi padre a asistir cada martes a la reunión de uno de esos clubes — con estatutos copiados de países con mentalidad diferente — donde son bienvenidos los que tienen plata o los pobres gatos que se matan por aparentar.
Mi padre agacha la cabeza, la mira con paciencia y parte a aburrirse y dormitar con lo único rescatable de la reunión de próceres pueblerinos: el buen tintillo del que no se priva.
Fue al comienzo de la facultad — Maite ya estaba a punto de casarse, perdida para siempre — cuando enarbolé todas las banderas por Noelia. Mi sangre, mis huesos, mis pensamientos, giraban como una calesita alrededor de su silueta, del mohín de su cara, de su risa, descarada y espontánea. De su cabello de un rubio ceniza que olía a magnolia. De su cintura, que era tan pero tan angosta, que apenas podía contener sus pequeñas, deliciosas nalgas y las piernas mejor esculpidas que ningún artista imaginara.
Empecé a caminar como un zombi, muerto de amor, de calentura juvenil por esta veleidosa. Que hoy me miraba y yo nacía. Que mañana coqueteaba con otro y yo agonizaba. No puedo decir que se sentaba en el banco del aula porque en ella no existía lo vulgar. Se asentaba. Como se asienta una mariposa sobre el tallo de una flor. Y simulando prestar atención a la explicación del docente a cargo, cruzaba sus pilares torneados, dejando ver más allá de lo permitido en esa institución. Dibujaba corazoncitos en un cuadernillo rojo y revoloteaba — ya lo dije — como una mariposa, sobre sus súbditos varones boquiabiertos. Toda la clase de machitos, embalados por conseguir una mínima atención de la diva. Fue mi primer año universitario y mi primer fracaso. Por supuesto, me quedé sin veraneo. Tenía que ponerle pila a las materias y salvar los restos de mi dignidad.
Cuando aparecí por las aulas, el que jugaba al ajedrez conmigo desde el secundario, tan deschavetado por ella como yo, me esperó para darme la noticia.
— Estoy de duelo, compañero. — Dijo tomándome del brazo.
— ¿De duelo? — Yo estaba distraído, buscando a Noelia entre el grupo de chicas, algo alejadas de nosotros.
Mi amigo me observó con cuidado antes de seguir: — ¿Pero... no te enteraste?
En ese instante me di cuenta que las chicas miraban hacia nosotros, cuchicheaban y entraban al aula agitando la mano, sin hablarnos. Un frío de muerte me paralizó.
— ¿Le pasó algo a Noelia?— Grité sacudiendo a mi amigo.
— No sé si lo que le pasó es bueno o malo...Noelia se escapó de la casa apenas terminaron las clases. Estabas en el campo, estudiando. Tu mamá no quiso que te avisáramos...Apareció un productor de cine...Un tipo que tiene que ver con la televisión...Le hicieron una entrevista, o un casting, algo así. Le tomaron fotos. En la casa, nadie estaba enterado...La historia es que huyó y nadie sabe donde está. — Mi amigo termina el chisme susurrando.
No pude presentarme a rendir. Volví a casa. Entré por la puerta de servicio y fueron los brazos de Alejandrina los que me recibieron. Me preparó un té de tilo, me obligó a meter mi cuerpo hecho hilachas bajo la ducha fría. Canturreando, como cuando era chico, me sumergió entre las sábanas, levantó la cabeza y entró a la sala a conversar con mi madre. No conozco sus argumentos. Lo que sí pondero es su coraje: una simple criada, pegándole un tirón de orejas a mi progenitora.
Pasó el tiempo en la ciudad donde estudiábamos. Un fin de año regresamos a casa. Cada uno con su título. Mamá organizó una gran fiesta. Una presentación en sociedad de dos buenos partidos. Muchachos de bien, con tres idiomas y el rótulo de “educados”. Sin olvidar: Y algo de fortuna. Pobre madre querida. Los hijos nacen. No se hacen a gusto de los padres.
Pedro se casó enseguida con la elegida por mamá. A los dos meses mantenía una amante gordezuela y divertida — elegida por él — con la que años más tarde tuvo mellizas mujeres. Yo me compré un campito y abrí mi estudio de arquitecto. Me deleito garabateando planos que me vinculen con el Gaudí que conocí primero en la universidad y luego en mí larga, detenida visita a Barcelona. Ese genio pertenece al cuaderno de mis héroes, como el cuadernito rojo donde Noelia jugueteaba con sus corazones. Hago milagros con presupuestos reducidos. Levanto departamentitos que me vuelven ciego repensando agujeritos por donde debe entrar el sol.
Todo normal. Hasta la noche que tropiezo en un boliche de onda con Noelia. Bebe tranquila y fuma como una veterana. La acompañan dos hombres mayores, que la miran embobados. El misterioso aire sensual es el mismo de la juventud. Una magia adherida a sus entrañas. Como ignora el impacto que produce, nada sumergida en aguas exclusivas, lejana, magnificando el encanto. Esta mujer me estupidiza, me pone de rodillas aunque no me mire. Tardo en recobrar estabilidad.
Me aproximo a saludarla. Es Noelia y no lo es. Sonríe. Pero no con los ojos, con toda la cara, como antes. La mueca está. Los ojos azules también. No puedo explicar bien el momento. En el fondo del alma una alarma me silba que voy hacia la oscuridad. Con la marca de perdedor que mi madre detectó en el momento de parirme. Nos alejamos de los dos vejestorios y nos atropellamos en un entrecruzado palabrerío lleno de ¿Te acordás? Y silencios plagados de nostalgia.
La llevo a vivir conmigo. Cada vez que intenta explicar su pasado le cierro la boca con un beso. No quiero que ninguna araña, ni su tela, enreden un presente que estoy enterado, será efímero y colmado a la vez.
—Tengo sida. — Me anunció la noche que la rescaté del bar.
—Tomaré las precauciones necesarias.— Afirmo mientras la desvisto con los nervios a punto de entrar en corto circuito. Palpo la seda de su piel. La cubro de besos, de saliva, de ternura.
— Si estás conmigo sabré cuidarte para que dures muchos, pero muchos años. Prometo, mirándola hondamente a los ojos. Ella está recostada. Desnuda. Perfecta. Esperando mi arribo.
Alejandrina se muda a nuestra casa. Ningún miembro de la familia de Noelia, ni mi hermano, ni mis padres nos visitan. Ya no ejerzo. Ella cose apaciblemente bajo un matorral de glicinas y yo garabateo planos que jamás se convertirán en el hogar de nadie.
Gracias a Dios, siempre fui cuidadoso con el dinero. Alcanzará hasta el final de los dos. El día se esfuma cuando parte Noelia. Mi dolor es tan intenso que me robotizo, me endurezco como un muñeco metálico sin comando. Alejandrina me consuela un tiempo y enseguida toma las riendas con la eficiencia inteligente de siempre. La envolvemos en la sábana de hilo que bordó especialmente y depositamos lo que queda de ella a la sombra de un árbol de Jacarandá. El Jacarandá, emocionado desprende sus flores violetas sobre la tierra que la tapa esparciendo color, imitando al pintor de mujeres austríacas.
Alejandrina ronda mi cama. Atenta por si tengo temblores. Intentando que beba un caldito de pollo. Cuando se inclina sobre mí, escucho su corazón. Un tambor dolorido donde rebullen el amor y el desinterés. Gracias Alejandrina Señora Corazón.
Cierro los ojos. Me dejo llevar por los recuerdos buenos. La época moza. El famoso primer año cuando el aire me faltaba si Noelia miraba para otro lado.
Los ataques de tos me extenúan. Alejandrina ya no se aparta de mí. Sostiene mi mano como ambiciona sostener mi vida.
— Alejandrina...tus manos son hermosas y tibias. — Tartajeo.
Ella se echa a llorar. Gordas son las gotas de su llanto. Contesta inventando despreocupación: —Sabe una cosa, niño...Este es el primer piropo que recibo...y el mejor.
CARMEN ROSA BARRERE.
Esta es mi historia con Alejandrina López, a la que siempre llamé Alejandrina Corazón. Si la recuerdo livianamente, soslayando su interior, cometo el delito de ignorar el enorme significado que su presencia significó en mi vida. Y ella jamás será una señora del montón, a pesar de sus tacones bajos, su mirada quieta y los rollitos rodeando su cintura, que la avergonzaban. El cabello encanecido prematuramente, recogido dentro de la severidad de un rodete armado sin usar el espejo, de memoria y que a pesar de ello, consigue ennoblecer sus rasgos. Entró como servidora a la casa de mis padres justo el año en que mi madre, reconocida abogada, parió dos robustos varones gritones y exigentes, tarea para la que mi progenitora no estaba preparada. Cuando mis padres se casaron, hicieron un acuerdo satisfactorio para ambos: No buscarían herederos. Por lo tanto, el embarazo fue una sorpresa no deseada. Nos amamantó durante un mes, época en la que se le fue la leche y nosotros pasamos a ser cuidados, acariciados y malcriados por una madre supletoria jovencita, de risa fácil y mirada inteligente. La que nos trajo al mundo por un error de cálculo, había sido ascendida a juez. El exceso de problemas del oficio, irrecusables eventos sociales…y su incapacidad para contactarse y aceptar una vida puramente doméstica, dedicada en exclusividad a nosotros, la superaba. No estábamos en sus planes así que el evento fue además de sorpresivo, pavoroso. Como hija única, creció engreída y solitaria, en un caserón sin risas y escasos amigos con quienes compartir. Su naturaleza la convencía de que los niños solamente precisan buena comida, colegios severos, modales adecuados y vacunas vigiladas con rigor por nuestro padre médico. Lo demás, lo podía cubrir alguien eficiente, bien recomendada y sin antecedentes vergonzosos.
A los seis años, una noche soñé que volaba como un pájaro. Me levanté de la cama con sigilo, saqué el paraguas negro de papá, me trepé al techo de la cocina, lo abrí y me largué con un grito de victoria. Caí sobre el pasto que cuidaba Román el jardinero. Que estaba crecido porque había llovido y para gloria de mi instante de pájaro, el techo aquél no era muy alto. Alejandrina quitó mis mocos sin enojo y lavó mis rodillas magulladas con agua oxigenada. Al rato, como seguía el dolor, me hizo su brujería pasando la mano abierta sobre la lastimadura canturreando:”Sana, sana, culito de rana. Si no sana hoy, sana mañana”.
Cuando empecé a perder los dientes, se convirtió en fantástico Ratoncito Pérez. Tanteando debajo de la almohada, todavía adormilado, me esperaban la tradicional monedita y un dulce de los que me gustaban. Todo esto por partida doble, porque mi hermano recibía idénticas atenciones. Era más avispado que yo, así que en toda ocasión de ser sometidos a juicio por Alejandrina, ponía cara de yo no fui cuando el inventor de todas las cagadas era siempre él.
Mi guía casera corrigió los horrores ortográficos de la primera esquela de amor que me atreví a escribir en una notita cursi y sobrada de adjetivos, con una letra que subía y bajaba del renglón según se calentaba mi bragueta. Cursaba quinto grado, usaba separadores de dientes, anteojos con armazón de carey y enrojecía o tartamudeaba fácilmente. Muchos creían que era lento. Me comparaban indefectiblemente con mi hermano Pedro. Que era alto, deportista, atrevido y bailaba bien desde El Pericón de los actos escolares hasta el zarandeo sensual de una salsa. Para mis adentros, corroído de envidia, yo lo mal llamaba “el pluscuamperfecto”.
Recuerdo claramente esos años, saliendo de la adolescencia. Tal vez porque en esa época me di cabal cuenta que mi madre distante lo prefería, presintiendo que ese hijo sería el gran portador de satisfacciones. Pedro y yo éramos compañeros de curso. Aula donde reinaba como princesa azul mi dulce Maite. Yo me arrastraba en un eterno malestar: Que Maite, protagonista de mis sueños, productora de orgasmos solitarios y dibujos de su hermoso traserito en posturas pecaminosas, dejara de mirarme a mí para depositar su levísimo interés en el musculoso, exasperante Pedro.
La Alejandrina que mientras éramos criaturas cumplía su rol sin perdernos pisada, revisando los cuadernos de notificación, arrastrándonos al dentista sin aceptar fiebres repentinas o falsos dolores de cabeza; la que, si cedíamos el paso a las personas mayores en la vereda, o no soltábamos escupitajos cuando nos llevaba de la mano, nos premiaba con dulces que sacaba del fondo de su gran bolsillo al que llamábamos “el bolsillo de la maga”; la que cocinaba estupendo y entendía todos los chistes, hasta los más rebuscados que armábamos para hacerla reír, envejecía mirándonos crecer. Con ella compartimos fiebres, o miedos tumultuosos de los que asaltan a los niños en la oscuridad. Nos arrebujaba entre las cobijas y nos tarareaba canciones inventadas. “Cántanos la de la otra vez”, le rogábamos con Pedro. Ella sonreía. “La de la otra vez no me acuerdo. Pero escuchen bien. Esta es de las nuevas y tan, pero tan buena, que pone a bailar mi rodilla con artritis”.
Hoy peleo con mi enfermedad. Mis fuerzas disminuyen cada día. Me reprimo para no llamarla cuando la veo dormitar en el sillón de mimbre que tiene a los pies de mi cama, pero ella está alerta. Acude sin oír mi voz. Humedece mi frente, acomoda mi pelo y se inclina para hacerme la caricia esquimal: friega levemente su nariz contra la mía, sonriendo. Nunca supe si esa era en verdad una caricia conocida por habitantes polares, pero conseguía calmar mi angustia del momento, adivinada por ella. No se quien fabuló sobre las leyes de la sangre. Cuando mi salud se deterioró por motivos escandalosos, los de mi casa metieron la cabeza dentro del pozo del olvido. No soportaban bochornos y ninguno pensaba exponerse por un zángano que apenas recibido de arquitecto, eligió vivir en el campo, diseñando casas para pobretones, dejando de lado la clientela con plata. Un ser extraño al que era sencillo ignorar. Me borraron. Si alguien preguntaba por mí hacían un gesto con la mano. Significaba lejos.”No sabemos nada hace tiempo…Ustedes lo conocen, siempre fue egoísta y solitario…Hizo lo que quiso…Se compró esa chacra y por ahí deambula”…
No debo contar esta historia mintiendo. Porque ya he ocultado tanto, que el mero desvío de mi pensamiento hacia sucesos o hechos inventados reduce mi energía hasta agotarme. Siento que el lápiz se afloja dentro de mis dedos. Si quería que alguien rescatara el ideal de la generosidad y la entrega de personas humildes, debí empezar a escribir este relato hace un año, antes que me hicieran el último análisis de sangre. Cabeceando indeciso, el médico me miró con lástima: — Por las dudas mandé los análisis a dos clínicas diferentes…Te contagiaste el sida, muchacho…No pusiste cuidado en tu relación con Noelia…
En la calle tomé una enorme dosis de oxígeno y empecé a caminar hacia el auto como un autómata, sin detenerme en nada; asustado en el fondo, pero consciente que ese diagnóstico llegaría más tarde o más temprano. Mi vida a futuro estaba echada, no tenía posibilidades de salvación y tampoco pensaba presentar batalla. Gozar de un amor que fue físico y espiritual con una simultaneidad fluida, había llenado mi copa.
Era el instante de dejarme ir, recreando dentro de mi mente la figura de mi amada en el cruce del camino donde se que me espera con la flor azul que solía colocar detrás de su pequeña oreja. El día que reencontré a Noelia me arrojé al abismo de un amor de alto voltaje pero insustituible. Mi tiempo saludable será corto, según el parte médico. Y yo, que siento el hálito de la maligna pisándome los talones, partiré conservando en todo el cuerpo el roce inolvidable de la otra piel, dueña del retozo, floreciendo debajo de mi mano. Me acompañará el fabuloso contorno de su cadera inaugural de un sexo a gritos, desprolijo y caliente y trasladaré a la eternidad su mirada especial, ésa que todos los hombres buscamos en los ojos de la mujer amada.
Llevado por su mano levanté telones de mundos donde cohabitan sueños, imágenes, delirios y locuras entrelazadas, como las mujeres pintadas por Gustav Klimt dentro de una cama. Envueltas en sus sábanas de flores y de pájaros, lésbicas y dichosas. Lecciones fugaces en diminutas fracciones de un tiempo escaso, tremendamente ansiosos ante lo perentorio del correr del reloj. Sí, voy camino al desapego final de mi pobre alma con la realidad. Cargamento de huesos corroídos, músculos sin vigor y sangre infectada. La observación de un paisano de mi campo sería: ! Pero amigo, quien le quita lo bailado! Simpleza filosófica que traigo a mi mente cuando me introduzco dentro del automóvil. El plástico del respaldo donde ella reclinaba el cuerpo huele a la colonia cítrica que usaba. Por el rabo del ojo capturo el aleteo de sus faldas y yo, que nunca creí en el más allá, la escucho en su larga, cantarina carcajada — la que usaba para levantarme el ánimo — en alguno de mis días tristones. Porque ningún niño puede crecer como un adulto feliz si alguna vez sintió que la vida lo depositó por azar dentro de un regazo árido para infantes.
Sin ella pero con su espíritu conduzco hasta nuestra casita del bosque. El papel del sanatorio me condena. Las letras aterradoras son negras, como será también negro mi futuro. Debo seguir siendo sincero. Cuando la encontré me introduje pleno de razón a este final. Nadie me empujó y jamás estuve loco. Aunque muchas voces se elevan a diario proclamando la conveniencia de contratos prematrimoniales, de artículos firmados que legalizan a quien pertenece la porcelana y cómo repartirán el tiempo con los hijos, el solo hecho de aplastar la ilusión y la entrega, es asesinar al amor de antemano.
Siento que soy otro. Y el paisaje frene a mí es diferente también. Árido y resueltamente hostil. Muerto por dentro y resucitado en una galaxia con personajes tatuados macabramente por Bradbury. Donde los Hombres Ilustrados me rehúyen, tomando distancia como se hacía con los leprosos bíblicos.
Nacimos en provincia, de padres con títulos universitarios y corazón alevosamente práctico. Más interesados en que nos graduáramos que en observar nuestras inclinaciones naturales. Mi hermano Pedro se parece mucho física y mentalmente a nuestra madre. Le encanta figurar, conducir un auto caro y perseguir la pelotita de golf en el club. Conoce los mejores tragos y le cae bien a todo el mundo. Determina que su carrera es la abogacía. Para qué insistir: tengo pocos amigos, soy retraído y mi gran deporte es perder en el tablero de ajedrez. Mi rival es un amigo. Fuimos juntos al jardín de infantes, nos enamoramos siempre de las mismas chicas. Ahora está casado, con dos pibes. Desde mi aislamiento casi no lo veo. Pero estoy más que seguro que me entiende. Presiento que me observa. Sabe que cambié, sabe lo que siento y me absuelve.
Abandoné la bolsa al final del trabajo de parto. Debe ser por eso, porque di mas faena, o porque mi madre podía soportar un hijo, pero nunca dos, chillando al mismo tiempo. Tal vez, en ese preciso instante, la intuición — atributo femenino — la hizo verme diferente. Algo me delató. Ella supo, sin caber la duda, que yo sería el rompecabezas de su vida. Su vidita ordenada y sin sobresaltos. Socialmente, la señora que recibe amablemente a las visitas. La que tiene mejor casa, decorada por un “raro”, perdonado y aceptado porque nadie lo iguala en el buen gusto. (Con el agregado de no ser parte de nuestra familia). En el círculo de esa fingida aristocracia, mantener dos hijos, lograr que ambos nos tituláramos en la universidad y conseguir que Pedro escogiera por esposa a una flaca con pasado anoréxico y mandíbula de guardia cárcel, única heredera de un señor pudiente, que frecuenta el mismo club, la distrajo. No es que mi madre sea una mala persona. Al contrario. Es una activista de las sociedades de beneficencia, es coqueta y solamente lee los sociales del mejor matutino del pueblo. No es chismosa, pero obliga al buenazo de mi padre a asistir cada martes a la reunión de uno de esos clubes — con estatutos copiados de países con mentalidad diferente — donde son bienvenidos los que tienen plata o los pobres gatos que se matan por aparentar.
Mi padre agacha la cabeza, la mira con paciencia y parte a aburrirse y dormitar con lo único rescatable de la reunión de próceres pueblerinos: el buen tintillo del que no se priva.
Fue al comienzo de la facultad — Maite ya estaba a punto de casarse, perdida para siempre — cuando enarbolé todas las banderas por Noelia. Mi sangre, mis huesos, mis pensamientos, giraban como una calesita alrededor de su silueta, del mohín de su cara, de su risa, descarada y espontánea. De su cabello de un rubio ceniza que olía a magnolia. De su cintura, que era tan pero tan angosta, que apenas podía contener sus pequeñas, deliciosas nalgas y las piernas mejor esculpidas que ningún artista imaginara.
Empecé a caminar como un zombi, muerto de amor, de calentura juvenil por esta veleidosa. Que hoy me miraba y yo nacía. Que mañana coqueteaba con otro y yo agonizaba. No puedo decir que se sentaba en el banco del aula porque en ella no existía lo vulgar. Se asentaba. Como se asienta una mariposa sobre el tallo de una flor. Y simulando prestar atención a la explicación del docente a cargo, cruzaba sus pilares torneados, dejando ver más allá de lo permitido en esa institución. Dibujaba corazoncitos en un cuadernillo rojo y revoloteaba — ya lo dije — como una mariposa, sobre sus súbditos varones boquiabiertos. Toda la clase de machitos, embalados por conseguir una mínima atención de la diva. Fue mi primer año universitario y mi primer fracaso. Por supuesto, me quedé sin veraneo. Tenía que ponerle pila a las materias y salvar los restos de mi dignidad.
Cuando aparecí por las aulas, el que jugaba al ajedrez conmigo desde el secundario, tan deschavetado por ella como yo, me esperó para darme la noticia.
— Estoy de duelo, compañero. — Dijo tomándome del brazo.
— ¿De duelo? — Yo estaba distraído, buscando a Noelia entre el grupo de chicas, algo alejadas de nosotros.
Mi amigo me observó con cuidado antes de seguir: — ¿Pero... no te enteraste?
En ese instante me di cuenta que las chicas miraban hacia nosotros, cuchicheaban y entraban al aula agitando la mano, sin hablarnos. Un frío de muerte me paralizó.
— ¿Le pasó algo a Noelia?— Grité sacudiendo a mi amigo.
— No sé si lo que le pasó es bueno o malo...Noelia se escapó de la casa apenas terminaron las clases. Estabas en el campo, estudiando. Tu mamá no quiso que te avisáramos...Apareció un productor de cine...Un tipo que tiene que ver con la televisión...Le hicieron una entrevista, o un casting, algo así. Le tomaron fotos. En la casa, nadie estaba enterado...La historia es que huyó y nadie sabe donde está. — Mi amigo termina el chisme susurrando.
No pude presentarme a rendir. Volví a casa. Entré por la puerta de servicio y fueron los brazos de Alejandrina los que me recibieron. Me preparó un té de tilo, me obligó a meter mi cuerpo hecho hilachas bajo la ducha fría. Canturreando, como cuando era chico, me sumergió entre las sábanas, levantó la cabeza y entró a la sala a conversar con mi madre. No conozco sus argumentos. Lo que sí pondero es su coraje: una simple criada, pegándole un tirón de orejas a mi progenitora.
Pasó el tiempo en la ciudad donde estudiábamos. Un fin de año regresamos a casa. Cada uno con su título. Mamá organizó una gran fiesta. Una presentación en sociedad de dos buenos partidos. Muchachos de bien, con tres idiomas y el rótulo de “educados”. Sin olvidar: Y algo de fortuna. Pobre madre querida. Los hijos nacen. No se hacen a gusto de los padres.
Pedro se casó enseguida con la elegida por mamá. A los dos meses mantenía una amante gordezuela y divertida — elegida por él — con la que años más tarde tuvo mellizas mujeres. Yo me compré un campito y abrí mi estudio de arquitecto. Me deleito garabateando planos que me vinculen con el Gaudí que conocí primero en la universidad y luego en mí larga, detenida visita a Barcelona. Ese genio pertenece al cuaderno de mis héroes, como el cuadernito rojo donde Noelia jugueteaba con sus corazones. Hago milagros con presupuestos reducidos. Levanto departamentitos que me vuelven ciego repensando agujeritos por donde debe entrar el sol.
Todo normal. Hasta la noche que tropiezo en un boliche de onda con Noelia. Bebe tranquila y fuma como una veterana. La acompañan dos hombres mayores, que la miran embobados. El misterioso aire sensual es el mismo de la juventud. Una magia adherida a sus entrañas. Como ignora el impacto que produce, nada sumergida en aguas exclusivas, lejana, magnificando el encanto. Esta mujer me estupidiza, me pone de rodillas aunque no me mire. Tardo en recobrar estabilidad.
Me aproximo a saludarla. Es Noelia y no lo es. Sonríe. Pero no con los ojos, con toda la cara, como antes. La mueca está. Los ojos azules también. No puedo explicar bien el momento. En el fondo del alma una alarma me silba que voy hacia la oscuridad. Con la marca de perdedor que mi madre detectó en el momento de parirme. Nos alejamos de los dos vejestorios y nos atropellamos en un entrecruzado palabrerío lleno de ¿Te acordás? Y silencios plagados de nostalgia.
La llevo a vivir conmigo. Cada vez que intenta explicar su pasado le cierro la boca con un beso. No quiero que ninguna araña, ni su tela, enreden un presente que estoy enterado, será efímero y colmado a la vez.
—Tengo sida. — Me anunció la noche que la rescaté del bar.
—Tomaré las precauciones necesarias.— Afirmo mientras la desvisto con los nervios a punto de entrar en corto circuito. Palpo la seda de su piel. La cubro de besos, de saliva, de ternura.
— Si estás conmigo sabré cuidarte para que dures muchos, pero muchos años. Prometo, mirándola hondamente a los ojos. Ella está recostada. Desnuda. Perfecta. Esperando mi arribo.
Alejandrina se muda a nuestra casa. Ningún miembro de la familia de Noelia, ni mi hermano, ni mis padres nos visitan. Ya no ejerzo. Ella cose apaciblemente bajo un matorral de glicinas y yo garabateo planos que jamás se convertirán en el hogar de nadie.
Gracias a Dios, siempre fui cuidadoso con el dinero. Alcanzará hasta el final de los dos. El día se esfuma cuando parte Noelia. Mi dolor es tan intenso que me robotizo, me endurezco como un muñeco metálico sin comando. Alejandrina me consuela un tiempo y enseguida toma las riendas con la eficiencia inteligente de siempre. La envolvemos en la sábana de hilo que bordó especialmente y depositamos lo que queda de ella a la sombra de un árbol de Jacarandá. El Jacarandá, emocionado desprende sus flores violetas sobre la tierra que la tapa esparciendo color, imitando al pintor de mujeres austríacas.
Alejandrina ronda mi cama. Atenta por si tengo temblores. Intentando que beba un caldito de pollo. Cuando se inclina sobre mí, escucho su corazón. Un tambor dolorido donde rebullen el amor y el desinterés. Gracias Alejandrina Señora Corazón.
Cierro los ojos. Me dejo llevar por los recuerdos buenos. La época moza. El famoso primer año cuando el aire me faltaba si Noelia miraba para otro lado.
Los ataques de tos me extenúan. Alejandrina ya no se aparta de mí. Sostiene mi mano como ambiciona sostener mi vida.
— Alejandrina...tus manos son hermosas y tibias. — Tartajeo.
Ella se echa a llorar. Gordas son las gotas de su llanto. Contesta inventando despreocupación: —Sabe una cosa, niño...Este es el primer piropo que recibo...y el mejor.
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