28.7.11

HUELLAS EN EL FARO



HUELLAS EN EL FARO.



1890 fue un año agitado y memorable para los habitantes del desolado trozo de la costa marítima Argentina llamada antiguamente Cabo Santa Polonia. Hoy, Cabo San Antonio. La noticia corrió como reguero de pólvora; del estanciero al encargado, de éste a la peonada; de la pulpería a la tapera y de gaucho a gaucho. Y no era para menos tamaño alboroto: desde la Batalla del Tuyú, peleada por soldados argentinos y una tropa de guaraníes evangelizados contra los brasileros, hasta ese año, nada apasionante pudo conmoverlos hasta estos extremos. Los dichos anuncian que el gobierno encargó a Francia la construcción de un faro; que dicho aparato llegará desde París totalmente desarmado, a bordo de un barco custodiado por ingenieros y ayudantes que desembarcarán en el puerto de Buenos Aires. Y desde ese puerto y la capital, que para el gauchaje son como de leyenda, seguirán la marcha en carretas tiradas por bueyes, peleando con costas arenosas, barrizales y un clima más cambiante que carácter de mujer. Alardea el paisanaje en comadreos y chismes, en tanto que en su fondo desborda el orgullo ya que el faro y su procedencia en francés los sacarán del anonimato y les darán el lustre que no tienen. La otra cara de esta moneda es más práctica y humana: El salvataje de las barcazas de los pescadores que viven de los productos del agua y la ambicionada señalización para barcos de carga y con pasajeros que viajan al sur.



Ya han sucedido varios naufragios. Dos de ellos inolvidables por el porte de las embarcaciones. En 1883, un barco altanero que se dirigía al sur encalló y se hundió, demasiado arrimado a la costa; en el mismo año, la nave llamada “Su Alteza Real”, construida en Quebec en un astillero famoso, quedó atrapada en el arenal, a 13 kilómetros de la costa. Se hundió lentamente, permitiendo el rescate de personas y de material, conservado en el tiempo y en perfecto estado. Al principio quedaron Ea la vista el palo mayor, que fue arrancado de cuajo por un vendaval, permaneciendo como sobrevivientes pedazos del costillar del casco y su leyenda fantasmal: si la marea baja mucho, los andarines costeros divisan a lo lejos los restos esqueléticos de las cuadernas; el pescador solitario en su barcaza se despabila y rema con la vista fija hacia donde flotan los restos. Hará buena venta a su regreso. El sitio — por alguna razón que él desconoce — atrae a los mejillones, seduce a los cangrejos y congrega gran cantidad de peces con sabor salado.





Alguna mente veterana guarda el recuerdo del pontón Manuelita, mandado a instalar por el que entonces fuera Presidente argentino, Don Nicolás Avellaneda. Armado sobre un bergantín resistente y pintado luego de un desafiante rojo vivo; no obstante la solidez de sus amarres costeros y sus tres anclas poderosas, se sumergió a los siete días ya apagadas sus tres lámparas de aceite, víctima de las embestidas bravías de un mar caprichoso y por demás violento, provocador de otros naufragios y encalladuras en las inmediaciones de la barra arenosa de Bahía Blanca.



Destruida esta única señalización, el Océano Atlántico continúo sin impedimentos su agresión estrepitosa sobre costas y embarcaciones pequeñas o de gran porte. El país se poblaba velozmente y fue perentorio para el gobierno ocuparse de la provisión de un faro, esta vez a resguardo sobre tierra firme, al amparo de tempestades o estallidos de mal genio del portentoso mar.



Entonces se determinó que dicha construcción sería encargada a Francia, quedando a cargo de su diseño y fabricación tres reconocidos ingenieros y varios ayudantes. Uno de ellos es viudo reciente. Se llama André y vigila con atención a su hijo adolescente, única herencia de la que fuera su compañera de vida. Él y su hijo conforman un dúo con instintos especiales: hurguetear dentro de bibliotecas y lugares que archivan información geográfica e histórica sobre la Argentina. Alisan planisferios, persiguen corrientes de agua y datos hidrográficos, que afanosamente resumen a mano en un voluminoso cuaderno para compartir los hallazgos con los compañeros de tarea. Pierre, el hijo, hace un aporte especial sobre la biodiversidad de la fauna y de la flora de ese país remoto; pájaros migratorios, cangrejos, delfines y ballenas que junto con las leyendas, sumergen al chico dentro de un paisaje de fantasía que le provoca desvelos y sueños de aventura. Con su parloteo liviano, extrae del ensimismamiento técnico a los ingenieros, que sonríen apenas aparece, festejan sus ocurrencias y le piden que apure la oferta de café. Padre e hijo optimizan el contacto con los nuevos amigos. Ser parte de este evento les parece un regalo del cielo.



El adolescente mira de frente, es obstinado y muy hábil para escurrirse entre tableros de dibujo, escuadras y cálculos, acariciando, espiando papeles distantes de su conocimiento y próximos a su ansiedad. Consigue las mejores medialunas del barrio y recoge en silencio las colas de cigarro que los mayores, distraídos, arrojan al piso. A veces opina sin que nadie le preste atención, encajado en la obra como un predestinado a acompañarla de por vida.



Al esbozo de planos y al cálculo de materiales convenientes, se agregan las imprevisibles variantes en las corrientes marinas, los caprichos del viento y la clase de suelos. El pedido es de tal importancia que el equipo entero trabaja con denuedo, sin bajar el nivel de entusiasmo.



Alejadas de tecnicismos y más bien como sueños visionarios, danzan en las mentes del personal las imágenes milagrosas del salvataje de barcos y barcazas extraviadas en la niebla o la tormenta. Dentro de esas imágenes aparece la Bahía de San Borombón, un accidente geográfico desconocido para ellos hasta hace escaso tiempo. La fábrica se convierte en un enorme panal, donde multitud de abejas — hombres— zumban empeñosas buscando arribar exitosamente al compromiso.



La emoción del grupo crece a medida el proyecto cobra forma. El material elegido es el hierro. Si el famoso ingeniero Eiffel la utilizó para su fantástica torre, deben seguir por la misma ruta. Saben poco de esta joven nación y casi nada de sus habitantes; un día, en medio de su perpetuo escudriñar, Pierre encuentra, entre hojas amarillentas el primer intento hecho en Argentina para asistir a los navegantes: el Pontón Manuelita y su fugaz estadía en el agua. Cada hallazgo que realiza sobre el país lo colma de una maravillosa sensación: la misma que sintieron en cada tiempo de la historia los aventureros que pisaron un suelo por primera vez. El país ya es independiente. A ellos les corresponde frenar la locura del mar. Y esa fascinación la deja caer en los oídos del padre contagiado de su locura como de la viruela.



— Nuestro faro está destinado a un lugar de ensueño, queridos amigos. De ensueño por la belleza del entorno y sorprendente porque justo en ese sitio, se une el imponente Río de La Plata con el Océano Atlántico… — André arroja la chaqueta sobre una silla y con las mejillas arreboladas por el entusiasmo, sigue: — Imaginen, amigos…Por la izquierda, fluye el agua mansa y rojiza del río hacia la bahía. Avanza en el intento de meter sus partículas ferrosas en el agua salada para crecer y convertirse en parte del mar que se avista a su izquierda…Y el mar, que se revuelve molesto ante la invasión de este intruso juguetón e irrespetuoso. Ese sitio se llama Punta Rasa…Una línea imaginaria que divide ambas corrientes… Una lucha despareja porque el titán engulle dentro de sus fauces la melena rojiza del río…Sin nadie que salga en su defensa.



— Se te metió en el corazón la Argentina ¿verdad? — Uno de los ingenieros habla y apura una taza de café. — Mi madre también rebusca en diccionarios y mapas esto que tú nos cuentas…Y averiguó algo más: que el sitio para el faro será esa Punta Rasa a la que aludes…y que en homenaje al descubridor de dicha punta, Don Hernando de Magallanes que navegaba un barco llamado San Antonio, nuestro faro se llamará así: San Antonio.



— Señor…Yo quiero hacerle un pedido. — Pierre da vueltas entre las manos su gorra a cuadros, medio asustado aunque no arrepentido de su atrevimiento… y esquivando la mirada sorprendida de André.



— Adelante, muchacho. En este mundo, mientras estamos vivos la esperanza debe acompañarnos.



— Cuando la obra se termine…Ustedes viajarán en barco para llevarla al puerto de Buenos Aires ¿Verdad?...Y me informé que después el transporte lo harán en carretas. Si llueve, en medio de barrizales y paradas en medio de la nada…Yo…A mí… ¿Me podrán llevar?



— Caramba, caramba. — El interpelado recorre al esmirriado muchacho sonriendo y aprobando. — Por supuesto que serás de la partida…Siempre que tu padre lo apruebe.



André otorga el permiso a desgano. Pierre vino al mundo delicado de salud, el viaje en barco es largo y lo que a su hijo enardece queriendo vivir una aventura dentro de una carreta tirada por bueyes, lejos de la civilización, a él le resulta un reto por lo endeble de la salud del ser que más ama en el mundo. Europa está muy lejos de América del Sur y el común de la gente ni siquiera sabe que son independientes desde 1812, que los habitantes ya no usan taparrabos, y que la gran mayoría son inmigrantes de la misma Europa que ellos. André aparta el presentimiento, abraza al hijo y esa noche cenan juntos una estupenda sopa de cebollas, festejando.





Un faro no se diseña ni se construye en dos días. Casi finalizada la tarea el grupo es impactado por la desgracia de André. Pierre, correteando en sus búsquedas se distrajo mirando un par de pájaros intentando el amor en lo alto de un árbol. Cruza una avenida olvidando los riesgos. Un carruaje y su cochero adormilado lo llevan por delante. Asistido por los transeúntes, cuando al fin aparece el socorro, Pierre y su paquete de sueños son un manojo de huesos rotos y carne desangrada, que una vecina oficiosa cubre con una manta.



Al padre, quebrado por el dolor le cambia la fisonomía. El entusiasmo desaparece y la congoja se instala en su reemplazo. Empieza a usar anteojos argumentando una ficticia pérdida de visión; los amigos que lo acompañaron a despedir al hijo al cementerio saben que caminan lado a lado con un hombre a medias. La mitad faltante tratará de recuperar al niño a través del recuerdo, de los olores, de la tibieza de la mano o de aquéllas lágrimas que vertieron juntos cuando murió la esposa. En nuestro voluminoso diccionario sobran calificativos para definir multitud de cosas. No se encontró la palabra adecuada para cuando se pierde a un hijo.



El ingeniero jefe hace gala de una psicología meramente intuitiva: Requiere de André trabajos más comprometidos, al mismo tiempo que en voz baja el grupo acuerda contener dentro de lo posible al hombre solitario que perdió la risa. Para devolverlo a la vida, lo conminan a continuar juntos hasta tener el faro en su sitio, cumpliendo la faena idealizada en conjunto. La zona bondadosa de la dicotomía humana brota de esas personas que unen las cabezas para trabajar; esta vez construyen un puente por donde un amigo camina para abrazar a otro amigo.



Un mes más tarde empiezan a ocurrir llamativos fenómenos en los escritorios del personal que trabaja en la fábrica. Un compás que uno de ellos asegura guardar en un cajón, se halla misteriosamente dos días más tarde sobre una repisa; una mañana, cuatro tazas donde el nuevo ayudante prepara café, aparecen con azúcar en el fondo. Libros que son olvidados sobre una silla, se presentan alineados en perfecto orden dentro de las estanterías. Y si dejan una ventana abierta, una sorpresiva ráfaga traviesa desparrama papeles y empuja las colas de cigarros tiradas en el suelo, como llamando la atención al novato, al que le tiemblan las piernas y tiene ganas de renunciar.





Transcurren los meses y ya en el año 1891 llegan las primeras carretas hasta el caserío. El recibimiento a los viajeros y su cargamento es impresionante. Se agolpa una multitud para seguir a la caravana rumbo a la costa. Un gentío trepado sobre carros, sulky, a caballo o a pie. Hacendados, autoridades, algunos gringos contratados para tareas especiales dentro de las enormes estancias y el poblador más entusiasta, el gaucho y su familia; baqueanos conocidos, perros seguidores, guitarreros con poncho y el venado y el ciervo espiando asustados entre juncos, cortaderas y pastizales altos. Los ingenieros y especialistas en montar la obra en el sitio elegido previamente, examinan y miden los terrenos donados al gobierno por un estanciero rico y generoso, tal vez contagiado del espíritu gaucho de Santos Vega, el payador invencible nacido en esos pagos y sepultado cerca del Río Las Tijeras, ahí nomás.



Duras y largas son las jornadas de trabajo. Los franceses aprenden la lengua, adaptan sus paladares a las nuevas comidas donde abunda el pescado y sobra la carme de primera. Las distancias son enormes. Muchas son las veces que arman su paciencia para esperar el arribo de los barcos o de las carretas que transportan combustible, remedios o material de construcción faltante para la obra. Los mirones se turnan y si los dejan, ayudan por un plato de guiso engullido con la picazón de estar viviendo una hazaña digna de contarla a los nietos.





El primero de enero de 1893 marcó hitos en la geografía costera y en el alma de los que tuvieron la gloria de participar en la construcción del faro y en miles de pobladores que se arracimaron a ponderarla, entreverados el gaucho de alpargatas bigotudas con el hacendado y las autoridades de la Armada Argentina y los especialistas del Servicio de Hidrografía Naval. En nuestro país de antes y a veces en el de ahora, los festejos acaban con un buen asado, acompañado por un vino tinto vigoroso y detrás, como cortina, el rasgueo de una o dos guitarras.



Las 25 hectáreas de terrenos arenosos que terminan en Punta Rasa modificaron el ambiente. El faro es instalado sobre una sólida base de hierro y cemento, lejos de mareas y a resguardo de invasiones de corrientes marinas peligrosas. Mide 58 metros de altura, un diámetro de 1,80 CMS. y sus férreas patas en forma de trípode están sólidamente amurados a la plataforma. Se asciende por dentro de la estructura redondeada por una escalera de caracol de 298 peldaños. Trepar quita la respiración. El corazón late de prisa. Arribar y contemplar desde la plataforma la grandiosidad de esa mole que nunca deja de moverse, conmueve hasta la grasa de los huesos; la comparación entre el humano minúsculo y endeble que somos, amilana a los visitantes. Resalta la idea de que si nos atrevemos a enfrentar a la brutal y bella naturaleza, debemos estar preparados para cuando ella, disgustada, inicie su reacomodo cósmico.



La fuente que moviliza los haces de luz es el gas. Y esa sustancia potente alcanza a iluminar entre agua y cielo en giros perfectamente calculados, hasta 46 kilómetros mar adentro. Cuando se encienden las luces, cambia la atmósfera y vuela la fantasía. Al silencio no lo rompe nadie. Las gaviotas revolotean curiosas. Aletean pasando y pasando, diseminando sombras pequeñas entre la luz y el confín donde la vista pierde al horizonte.



Los ingenieros y los ayudantes están mudos, aunque algunos lagrimones son hábilmente disimulados. Desde el sitio donde se festeja, “su faro” los despide con destellos vivaces que atraviesan al viento para iluminar caminos de agua útiles a todo marinero.



André toma distancia del grupo con los pies hundidos en el arenal. Un médano alejado lo recibe. André revive el sueño de la noche anterior. Se presentó su hijo con la gorra a cuadros en la mano y una gran sonrisa alumbrando su cara. Se apoyaba livianamente a los pies de André y le señalaba el cuaderno donde escribieron juntos todas las historias.



— Padre…No se asuste. Soy yo…Pierre…Estoy muy bien padre…Si usted se queda a vivir acá siempre estaré a su lado…Yo…



André despertó traspirando. Como alucinado, sus ojos buscaron el retorno de la imagen perdida. Estaba solo…Se pellizcó y tosió hasta recobrar la sensatez y la razón. André es un hombre realista. Otorgar crédito al sueño será su secreto. Esta seguro de la fugaz visita del hijo. Su pedido debe ser atendido.



Cuando la caravana parte rumbo a Buenos Aires, André no los acompaña.



— Me quedaré por un tiempo…Tal vez alguien precise mi ayuda. — Explicación que nadie toma como cierta, pero que es acogida con asentimientos de cabeza y comprensión.





André recorre a pie largas distancias investigando. Espera la avalancha de aves migratorias que cada año viajan miles de kilómetros guiados por el instinto, cercanos a las costas que usan para descansar. Cuando llega la bandada, en medio de un cuchicheo imperdible, se aposentan en los eucaliptos de tronco frío o en los otros, de tronco cálido. Son chorlos, gaviotines y chorlos rojos inteligentes y memoriosos; hamacados por la brisa, abrazados por ramas conocidas, investigan los cambios de su hogar temporario. Acá sobran alimentos que provee el mar, comida cierta para ellos y su cría. Alaska, Canadá y el norte de los Estados Unidos, los recibirán nuevamente cuando el instinto les avise — mucho antes que lo sepan los del observatorio — el cambio de clima que ordenará el regreso a casa.



Andando y observando André descubre otras especies que se instalan en pleno invierno. Las linícolas, menos abundantes que las anteriores, que se resguardan para un reposo sexual dentro de las copas de especies de árboles que no pertenecen a la zona. Brotaron de las semillas defecadas por los visitantes. Se adaptan y se desarrollan como ejemplares elegantes, parloteando con el viento costero sobre su lejana procedencia. Como nadie conoce su nombre verdadero, los llaman falsa pimienta. Los frutos de ambas plantas se parecen mucho.



Cuaderno en mano describe sus sensaciones y experiencias con la gente humilde que vive en taperas de barro, o en las cocinas de las estancias donde aprende a saborear un locro capaz de resucitar a un muerto. Encendidos los cigarros, todos tienen algo para contar. Uno aborda el tema del payador al que apodan “invencible”; fue un gaucho de pura cepa y ningún otro verseador y guitarrista alcanzó la fama de este nacido y enterrado en los parajes de San Clemente del Tuyú, que respondía al nombre de Santos Vega.



— Cuando joven era una gauchito alegre y chistoso. Ponía color en la cara de las mujeres y se sabía historias de otros parajes que divertían a los hombres…Después dicen que tropezó con un mal destino…mató a su mejor amigo, vaya a saber porqué…Y en los otros años que supo cabalgar por estos pagos, montaba su caballo alazán y era seguido por su potrillo Mataco el panzón. Dormía donde le llegaba el sueño, a la intemperie, mirando las estrellas, con la cabeza apoyada sobre la montura y el facón cerquita de la mano…Por si acaso, ¿no?



Otro de la rueda sigue el cuento, mientras André escribe.



— Yo escuché que una vez se enamoró de una mujer que no era gaucha…y que nunca le correspondió…Eso lo volvió huraño…Sus décimas se volvieron amargas…Hablando del destino del gaucho, que vino a la tierra solo para sufrir…Le cambiaron el nombre…Lo apodaban el payador sombrío…



Se abre paso en la conversación un hombre que trabaja en tareas de limpieza en el faro. Está agitado, hasta miedoso.



— Señor…— Se dirige a André al mismo tiempo que seca sus manos y frente sudadas por la emoción y el verano, que aprieta. — Pasan cosas raras en el faro…



— ¿Cosas raras? ¿Algo funciona mal? André ya está de pié y a punto de marcharse.



— No, no son cosas malas…Al contrario. Ustedes sintieron los gemidos del viento, anoche ¿no?



— Siii, sentimos…— Contestan a coro.



— Yo andaba medio desvelado…Con miedo por los barcos, esas cosas, saben…Miro para arriba y la luz no estaba…Se había apagado…Estoy por trepar la escalera…y ¡zas! Pasa un aire, una sombra, que se yo que era…y vuelve la luz…Volvió solita…Me pegué un julepe bárbaro, de veras. ¿Será que este faro tiene fantasmas?



— Por acá somos gente sencilla…Pero pasan cosas…— El que habla es anciano, desdentado y flaco como caña de pescar (así lo apodan los que lo conocen) Echa un escupitajo al fuego y sigue: — Ustedes habrán oído del cura aquél…Creo que se llamaba Cardiel o algo parecido…Se metió lo más campante dentro de la ría, que se lo empezó a zampar para adentro…El curita alzó los brazos, rezando a San Clemente Romano…y ya miraba los pececitos del fondo, cuando un baquiano le largó una soga. El cura se salvó…y nosotros heredamos parte de ese nombre…La otra mitad es de los indios…



Las mujeres aprovechan para hablar de aparecidos y cuchichear sobre el brujo que les augura patente si algún envidioso le echa sal a la tranquera. Los hombres se silencian e intercambian miradas recelosas. El único que sonríe es André.



Mira ese cielo estrellado donde alguna que otra nubecita danza, se desplaza y desaparece; aspira una bocanada de aire de mar y camina haciendo crujir la arena bajo el pie. Otro pie muy leve pisa el sitio que su planta acaba de abandonar. Una sombra tenue se encima a su sombra. André percibe su perfecto equilibrio, rozando la paz, en un lugar hasta ayer, extraño. Se sabe acompañado. Está en el sitio y lugar exacto, elegido por su hijo para su vejez. El mensajero de milagros que encasqueta su cabeza dentro de una gorra a cuadros, es un vigía alerta. Las barcas con pescado están a salvo, no hay mujeres que esperen en la costa con los ojos llorosos a su hombre que no volverá. Los navíos enormes tocarán puerto seguro...sin nada que detenga la fábula, las leyendas y el misterio.



CARMEN ROSA BARRERE.






































25.7.11

DERRUMBE


Están acostados sobre la cama matrimonial. Mirando al techo. Separados y compartiendo el silencio.

Al rato él se esfuerza. Lleva la mano a la altura de la boca. Aparta penosamente el bozal de hierro.

— ¿Quieres hablar? — Tartajeo de hombre con la lengua seca.

Ella levanta un centímetro el brazo derecho y arrima los dedos:”De qué”.

— De las patas de la cama… están rotas. — Reclama él.

“Todo se viene abajo”. — Remarca ella sin hablar. Gesto con amplio contenido: El ropero desvencijado. El retrato de casamiento con el vidrio en añicos diminutos esparcidos en el suelo.

— En media hora se derrumba el techo. — Calcula él que es ingeniero hasta la médula.

— Es duro calcular el tiempo. — Puntualiza al rato, suspirando.

Penosamente, voltean las armaduras. Los cuerpos encajados adentro. Espaldas separadas. Miran sin ver a su propia pared. Esperando.

El techo se raja. Suelta hilitos de arena. Cruje el maderamen. La pared detrás de la cama se disuelve. Resbala el cuadro de los hijos remotos. Ambos callados. Inmersos en el fango de la rabieta. Falta tan poco.

CARMEN ROSA BARRERE.

11.7.11

EPIFANÍA

EPIFANÍA

Una fracción de tiempo. Segundos. ¿O serán horas? Floto livianamente sobre relieves confusos. Los distingo apenas, atravesando una telaraña. Están debajo de mi cuerpo. Tengo los brazos extendidos dentro de las mangas infladas de mi campera plástica. Poseo la certeza de dirigirme a alguna parte. Ignoro adónde ni porqué. La ingravidez viene acompañada de un infinito sosiego en este balanceo de pájaros donde escasea la conciencia. No obstante, algo me sostiene y me liga al piso. Estoy boca abajo y mis sentidos despiertan a la realidad. No la realidad de todos los días. Otra. Muy definida, saludable y fulgurante, desplazando sombras. Un canto a la maravilla de la luz que buscaba cuando soñaba pintar.
Debajo, el piso próximo es de un grisáceo sucio, desparejo y hostil. Los rastros de sangre empiezan a cubrirse de una fina telita contenedora por obra y gracia del viento y del sol. Mi olfato rechaza un fuerte hedor a heces humanas. En los rincones se refugian los gritos de auxilio, la pisada angustiada de los que huyeron y los insultos soeces de los uniformados. Entre las chapas de zinc del techo se han arrebujado el eco del retumbar de las armas de fuego y el olor a miedo. Huérfanos, los casquillos se mezclan en el suelo con puchos, papeles y escupitajos. Nuestras pancartas pidiendo trabajo y pan, arrugadas y sin oficio son pateadas por los uniformados que representan la ley. ¡Qué ironía! En la inocencia del papel nosotros clamábamos por la ley. Nos atacaron los que pretenden representarla agazapados tras chalecos antibalas y botas altas.
Como un clarividente con conciencia ampliada, de pronto veo a mis amigos y distingo mi cuerpo, entre la mugre del piso de la estación de los trenes que van y vienen desde y hacia el sur. Somos tres. Despatarrada como una muñeca rota, los sesos de Mabel escapan del matorral de pelos enrulados en hilitos oscuros, obstinados hacia el nivel más bajo. Estalagmitas del horror. Descubro a José. Acurrucado como un feto. Un nonato expulsado del vientre desamparado ante la saña ciega.
— Vayan ustedes — Decía con su voz educada sin dejar de mezclar harina y agua. Yo los espero con el pan calentito. Lo convencimos para que dejara el pan. Estuvo paso a paso al lado mío.
José. El que rechazaba el plato de la olla popular cuando a último momento se presentaba alguien más hambriento. El artesano de los hornos de barro para cocinar el alimento básico para el pobrerío. Filósofo paciente, esperaba confiado la capacidad del señor Comisionado. Nombraría maestros. Aprenderíamos a armar cooperativitas barriales de ocho o diez manzanas. Nos traerían semillas y herramientas. Llegaría después un camión con una vaca, dos cerdos y gallinas para unir a hombres, mujeres y niños en una labor compartida. Corrales alambrados. Agua corriente y postes para luz. La responsabilidad conjunta nos devolvería la dignidad perdida. Su visión se agigantaba. Fábricas abiertas. Escuelas remozadas y hospitales humanizados. Si alguien se burlaba—no pocos—, el insistía: Un hombre sin sueños no merece vivir. Ese era su lema, fruto de la esperanza que jamás perdía.
Me detengo en mi propio cuerpo. Una bala me quebró la espalda. Doblado, me deslicé hacia el suelo. Al milico que me reventó las manos con la bota, le caía una baba espesa de odio. Resentimiento de pobre contra pobre. Inexcusable pero posible dualidad de los que nos proclamamos humanos.
— Negro de mierda. — Escupió con odio. — Andá a pintarle el culo a tu madre.
Partió mi mano. La que ambicionada pintar. Pintar de verdad, como Picasso, convertida en una bolsa sangrienta con los huesos rotos. La observo como ni no fuera mi mano ni el cuerpo fuera el mío. Flotando, mi columna está sana y mi mano entera. Sin dolor alguno. Sin pesar. Y sin odio. Sobrenado inmerso en una claridad absoluta. Entiendo que José no está solo. Lo contienen sus proyecciones humanitarias en una red cálida de puro amor. Mabel sonríe dentro de su ropaje de gasas vaporosas. No viste pantalón. Su proyecto era bailar algún día en el Colón. Cuando estamos apresados por voluntades perversas los sueños mueren como sueños.
Diminutas escamas luminosas caen en mi pelo, encaneciéndolo. Resbalan por el pabellón de mis orejas. Bañan mi cara. Mi olfato de reptil antiguo, alerta, olfatea lilas, pasto recién segado. Mis códigos están cambiados como en una película extraña, sicodélica. Sé que el hilo se corta. Me alejo de la trágica realidad de nuestras vidas. Los que ya caímos y los que huyeron, marcados para ejecuciones próximas. Mi película personal es mi epifanía. Una visión fabulosa de lo por venir.

CARMEN ROSA BARRERE


22.2.11

PASIÓN Y ALHEÑA PARA UNA NOVIA

PASIÓN Y ALHEÑA PARA UNA NOVIA.



El torso del joven moreno se enjoya con las perlitas que la transpiración instala sobre la piel lisa y acalorada. Mecánicamente el brazo se eleva y la mano se detiene en los ojos. La palma que enjuga el sudor es ruda. Cuando la mano cae, la tela de la pierna del pantalón corto absorbe restos de humedad nerviosa. Responde al nombre de Moemo y vive en una aldea portuaria del continente negro, de cuyos límites nunca se apartó. Sus gestos son automáticos. La mano responde a sus órdenes, mientras la otra parte del joven se rebela y agitada, vibra en otra dimensión. Andurriales dentro de territorios ajenos que debe respetar porque ésas son las enseñanzas de su hogar. ¡Si pudiera quitar el dolor del corazón...! ¡Si supiera como enterrar la urgencia de la carne y de la sangre en el fondo de un pozo o tuviera coraje para ahogarla en el mar! Todo le está vedado. Hasta llorar. Un hombre de su raza no derrama lágrimas sin motivo. Y su motivo es un secreto que lo acompañará a la tumba.
De noche, acostado boca arriba sobre la estera, lo acorralan pesadillas, le duele el estómago y tiene náuseas. Quiere convencerse que nada está sucediendo. Que su revolución es producto de las hechicerías del brujo en una noche de aquelarres maléficos. Tal vez una sombra maligna cayó sobre él sin que lo advirtiera. Desgracia que supuran las paredes de su casa. Que lo persigue girando en derredor, metiéndose adentro de sus órganos para volver putrefactas sus entrañas. Una brujería que se enrosca en su columna vertebral, trepa sigilosa como víbora ponzoñosa y concluye su viaje instalada en el centro de su pecho, enlodando su orgullo, borroneando el respeto debido a la gente de la tribu. Mentir a sus amados padres. Simular amistad a su tío. Ese buen hombre que lo inició como guerrero en la defensa y lo adiestró en la cacería y en la pesca. Arrimado a ese cuerpo confiable, buceó para salir a la superficie con las manos heridas y una cantidad de trofeos marinos de tonalidad maravillosa. El tío consejero. El respetado, el que aquietó su atrevimiento cuando alocadamente, quiso introducir la mano en el hueco de la cueva donde gimoteaban cachorritos de una madre salvaje, al acecho. Ese es el pariente al que su corazón engaña.
Mueve sus huesos, traga saliva amarga y monologa:”No soy más que un pedazo de bosta seca de una vaca vieja”.
Un par de ojos oscuros y maliciosos, un diminuto pié, una carcajada de niña, son la causa del desvarío. Proceder y actuar mintiendo le produce mayor dolor que pisar brasas con el pie desnudo. Despierta asfixiado. Soñó que navegaba en la barcaza de pesca. Que un viento sorpresivo volcó la embarcación, poniéndola de campana sobre su cabeza. Sintió que la vida se le iba, sin oxígeno. Desesperado, manoteó el agua revuelta. El tío lo observaba desde la costa. Le decía adiós alejándose, como aliviado.
Fuera de la cocina evade la mirada materna y huye al bosque con el pretexto de cazar más animales que serán macerados con yerbas hasta que llegue el momento de la cocción. Los días con sus noches se suceden en medio de su tormenta interior. El compromiso matrimonial de su tío — un hombre mayor —, ya fue formalizado. Los padres intercambiaron las dotes con el novio. La familia de la novia recibió una yunta de caballos de raza, un rebaño de cabras, tierras, collares y brazaletes de plata labrada. Aretes y anillos de oro para asegurar a los suegros la riqueza del novio y el futuro bienestar de la púber.
Alhajas que pretenderán aumentar la belleza de la novia, radiante por naturaleza. El hombre mayor se une a una joven que no alcanza a los doce años. Los padres de la novia confían en el vigor masculino del rico consorte, para garantizar la descendencia. Que si Alá lo dispone, vendrán de corrido, uno cada año.
La curiosidad y el azar conforman una mezcla peligrosa. ¿Quién introdujo en la cabeza de Moemo la idea de caminar cerca de la costa aquella mañana idéntica a tantas otras? ¿Quién o quienes tejen la urdimbre de los sucesos que no buscamos pero que igual nos pasan?
El día que cambió su destino el cielo estaba límpido. El calor ya era tórrido desde el alba. Moemo, de cacería, pega saltitos cuando los guijarros y los matorrales espinosos lo agreden. De pronto gruesos nubarrones tapan la luz del sol. Él busca una presa caída entre la maleza. En ese momento escucha risas de niñas y talones descalzos corriendo sobre la arena de la playa. Cuatro morenitas juegan a esconderse las unas de las otras. Divertidas, sin miedo, como las niñas que realmente son.
Oculto detrás de una piedra como un ladrón, las observa bailar y aplaudir. La que parece más audaz aprieta el pié sobre la arena con fuerza y espera el momento que la ola robe la marca dejada por su diminuta planta para diluirla revuelta entre la espuma. Con un palito, otra dibuja corazones, lavados por el ir y venir de las pequeñas olas.
El muchacho no las conoce, aunque tienen edades parecidas a la suya. Visten ropajes coloridos y largos. Los brazos menudos están adornados con brazaletes que tintinean cuando corren. Los velos, movidos por el viento, escurridizos, permiten a sus ojos pecadores divisarla a “ella” en toda su belleza. No obstante la distancia que los separa, los ojos negros como tinta de la hermosa refulgen. Un hondero entusiasta aparece portando su carcaj con flechas. Un imán que inventa un puente entre las hormonas adolescentes como un hecho casual. Ensueño que se niega a desaparecer, ya que también ella, con cierta desvergüenza, lo mira. Un instante fugaz. Un relámpago en el cielo. Una eternidad dolorosa que le rasguña el alma. Moemo contiene la respiración. Si respira tal vez la imagen se esfume. Ella, rezagada, sigue plantada en la arena, desafiante.
El joven toma la iniciativa en la retirada. Lo enloquece el presentimiento. “Esta niña es la novia”, chillan los ratones dentro de su cabeza. La novia que pacientemente su amado tío espera para desposar y depositar en su vientre las semillas.
El Que Todo Lo Ve, ¿Entenderá estos sucesos que trastornan corazones terrenales para transformar el día en noche oscura y poblar Huelva la noche con fantasmas malignos con mandíbulas abiertas? ¿Perdonará esta casualidad, más reveladora que las mismas letras del Libro de la Ley? ¿Tendrá indulgencia con un pobre muchacho encandilado por la mujer perfecta en el lugar y el tiempo inadecuados?
Moemo desconfía. Su pueblo es antiguo y sabio. Las costumbres son leyes. Las leyes tribales se respetan porque no fueron inventadas por el hombre. Han llegado de arriba. Están escritas en sus huesos y perduran en la memoria de los muertos. Forman parte de la naturaleza que los sustenta y moran en el ojo de los huracanes que castigan las aldeas de los pescadores junto al mar.
El encuentro sucedió hace dos lunas. Un tiempo en que la vida se tornó miserable para él. De aventurero y cómplice de los hermanos menores, vive encogido como los que pierden el alma estando vivos. Como marino que extravió la brújula.
La bolsa con frutos y flores de alheña ha llegado al tope. Debe regresar con la cosecha. Su casa parece un panal de abejas zumbadoras. Su familia y la madre y hermanas de la novia trabajan afanosas. Las tías que son multitud; las primas, que trituran dentro del mortero los frutos y las flores que él recoge y sirven para fabricar tinturas. Olorosos, aceitosos tintes con los que delinearán arabescos sobre el cuerpo de la novia. Colibríes traslúcidos. Flores con pétalos pálidos, ramitas entrelazadas, realzando la tersura de la piel de la preciosa novia. Tatuajes primorosos que delicadamente, iluminarán para el esposo esas caderas, que apenas si se redondean. Los muslos donde la carne oscura madurará con las caricias de un hombre experto, porque el futuro consorte ya es viudo. Una especialista rasurará la nuca graciosa y la untará con aromáticos aceites. La sensualidad natural será resaltada, maximizada para un esposo que jamás vio su rostro ni conoce la tenacidad de los inquietantes ojos.
Los pensamientos y las imágenes duelen tanto en el corazón de Moemo, que se niega a comer. De jovial y comedido, huye del contacto de los que lo conocen bien.
Una prima aporta un tesoro prohibido: un frasco con esmalte de uñas. El joven escucha que sin pedir permiso pintarán las diminutas uñas — aquéllas de la playa — con esa laca que utilizan mujeres alocadas que olvidan el recato y desafían mandatos.
Merodea alrededor de las mujeres como un perrito que perdió a su dueño, olfateando la gloria que pertenecerá a otro hombre.
— Hacen falta más alheña y tres cocos. — La madre devuelve la bolsa a sus manos. Lo observa preocupada. Tiene el presentimiento de que algo terrible enloda la mente de su hijo. Sus cambios de carácter son notables, su tristeza, una sin razón en este momento en el que todos en la aldea están de fiesta. Permanece un largo rato viendo cómo se aleja, moviéndose con la lentitud de un anciano hacia los arbustos florecidos de la alheña. Sacude la cabeza, apartando un molesto mosquito imaginario. La rueda de mujeres de la familia espera. Debe continuar su labor, organizando.
— Sobrino...hijo de mi hermano querido. — El futuro esposo lo abraza con tal regocijo, que el joven tiembla negándole la respuesta de los ojos.
— Sí, tío...
— No preciso decir cuanto te amo...Lo sabes. Como eres mi elegido, el día de mi boda serás el encargado de trasladar a mi esposa a mi casa...Si llue ve debes cargarla en brazos...Como cargas tus bolsas con alheña... Livianamente...Y otra cosa: No le permitas mirar hacia atrás…Trae mala suerte.
— Pero...— Moemo carraspea. —Tal vez mi hermano mayor se ofenda. Argumenta débilmente, a punto de echar a correr.
— Hablé con tu hermano mayor. Le parece bien. En la gente de la misma sangre las ofensas no valen.
Moemo enrojece y ambos brazos caen lacios a los lados del cuerpo.
En el hogar de la novia el alboroto es de otra naturaleza. Este enlace significa mucho. Casar a Ndeybi con un hombre rico y fuerte eleva a la familia en rango y en respeto. Por Voluntad del Creador de Todas las Verdades, la joven tiene solamente hermanas mujeres. El padre alimenta el ego haciendo cálculos sobre el valor de los nuevos rebaños; en las robustas patas y el escarceo viril de los caballos que ahora le pertenecen; en las cosechas abundantes de las nuevas tierras y golpea su vientre, satisfecho. Encontrar maridos adecuados para las más pequeñas ya no será un problema.
Los preparativos de la boda se extienden. La madre de la novia mantiene largas conversaciones a solas con la consejera contratada para instruir a Ndeybi. La joven sangró una sola vez. La experta debe explicarle, paso a paso, cómo comportarse al llegar a la casa del esposo. Simular temor y sonrojos inocentes. Mantener la vista baja. Sonreír agradecida cuando él le coloque collares adornando el cuello. Mover levemente el vestido para expandir el perfume de la piel, destinado a enervar el deseo masculino. Si fuera necesario, ella se ocultará — a sabiendas de la pareja — debajo de la alta cama velada con mosquitero, para asistir a la pareja a consumar la unión.
Como es persona respetada en el oficio se encargará, llegado el amanecer, de anunciar a los padres, a los parientes y a los invitados, agitando campanillas y abriendo y cerrando los brazos, que pronto vendrán los niños. Juntará los dedos de ambas manos: — “Montones de niños” —, gritará, mientras las mujeres se abrazan y los hombres se agitan orgullosos e incómodos dentro de los trapos pesados de la ceremonia. Al rato la mujer cambiará su ropaje ceremonial detrás de un arbusto y bailará y tomará como un hombre, hasta caer redonda y sin sentido a la tierra, totalmente borracha.
Moemo, agachado sobre el camino, limpia de ramas, de hojas, de piedritas, el sendero que une la casa de la novia con el hogar del tío. Debe asegurarse que de las ramas de los árboles no cuelguen nidos de pájaros con pichones que ensucien la lujosa vestimenta de Ndeybi. Ahuyentar avispas. Investigar las cuevas por si alguna alimaña saliera del escondite justo al paso del cortejo. Podar enredaderas, pisotear insectos. Mirar el cielo a cada instante, por si amenaza lluvia. Porque si llueve...Serán sus brazos los que sostengan el cuerpecito tibio de la novia núbil.
Y si el viento ayuda...Y el velo se hace cómplice por un segundo…Tal vez sus ojos se encuentren. Y ella lo reconozca. Vea rodar las lágrimas de tristeza que surcarán su rostro. Sienta el dolor sin remedio que soporta, cuando al finalizar la travesía seguido por la gran familia y los amigos, llegue el fatídico momento de depositarla en brazos del esposo.
El moreno sabe que se le acaba el tiempo. Mañana, el largo preparativo finaliza. ¿Resistirá la más dura de las pruebas con la debida entereza? Moemo es poseedor de miles de cartoncitos con mandatos ancestrales que le exigen honradez y comportamiento de hombre. Tiene que poder controlar el devaneo alocado de su mente.
La noche se eterniza para el joven. Se levanta al alba y mira el cielo.
Oscuro. Amenazante. Parece que El Que Todo Lo ve, lo limpiará con la lluvia del perdón cuando cargue a la novia.
La madre lo ayuda con la ropa y coloca su mano ajada sobre su cabeza, en completo silencio. Es la madre, pero es mujer. Moemo es casi un hombre. Ella no tiene derecho a interrogarlo. Lo despide con los sentimientos revueltos. Por un lado las alegrías del festejo. Por el otro...Un miedo visceral, que no comprende. El mismo que tuvo la tarde que su padre no regresó a la casa. Jamás lo encontraron. El rastro terminó cuando los conocedores, hurgando entre la maleza, hallaron el amuleto contra la desgracia, que usaba desde niño en el cuello. Lo que restaba de él, estaba tirado en la espesura. La leona que el hombre perseguía había parido dos cachorros nuevos. Debía comer para amamantar su cría.
En casa de la novia, el padre de Ndeiby la despide ritualmente. Aparta el ropaje bellamente recamado de la novia y vierte leche en ambos pezones. La tradición asegura que el líquido vertido con esa intención, hará el milagro de una descendencia sana. Guerreros con sangre caliente, agresivos con el enemigo. Mujeres solícitas y conservadoras. La madre, que presencia la despedida, abraza a la niña, besa sus rodillas y se permite el escape de una lágrima solitaria.
Afuera llueve. Moemo y el cortejo de varones aguardan respetuosamente. La casa del novio queda lejos. Hay viento. La novia no alcanza a pesar ni la mitad de lo que pesa un cachorro. Moemo la sostiene protegiéndola del viento. El corazón de ambos, desaforados por un segundo, se alía en un ritmo idéntico. Unificados y en falta, al unísono por primera y única vez. Los ojos en los ojos. La piel, rozando la otra piel, con total conciencia del pecado. El se convierte en abeja, que liba a hurtadillas de la corola de una flor ajena. No hacen falta palabras. El perfume del brazo que rodea su cuello lo sube a la cumbre del cerro más alto que conoce. Un arete de oro golpea su mejilla. Tambaleante, ebrio de placer, Moemo quiere detener el viaje. Escapar del cortejo. Perderse en el bosque y besarla. Detenidamente. Trozo a trozo. Formar con sus dedos en la piel de seda, los arabescos que dibuja el viento en las arenas del desierto.
Ella no conoce su nombre. El nunca la verá desnuda. Si la encuentra, ella estará velada, con los ojos bajos. Jamás lo volverá a mirar de frente, con ese delicioso desafío infantil. Ambos saben que ésta es la realidad. Pero no obstante y a pesar de ella, la pertenencia del momento es total. La sabiduría impecable de los enamorados que no pasaron por el cedazo de la civilización, unirá a estas almas para siempre.

Incapaz de mentir, el joven huye hacia la ciudad cercana. Circula por el hospital. Ayuda a los enfermeros en la asistencia nocturna, momento en el que muchos pacientes empeoran. Aplastados por el abandono, sienten que se les escapa la energía vital. Moemo se aturde al enfrentar la vida que llega de los vientres y la impiadosa muerte que cercena cuerpos. La falta de información y de recursos es enorme. Niños ciegos, mayores andrajosos sin identidad, conectan a Moemo con la intensidad de la miseria.
Entiende su pérdida como una fatalidad del destino. Lo señalado. Lo que estaba en su camino. El sufrimiento que le correspondía para robustecer su temple y transformarlo en hombre.
Jamás regresó a su pueblo. En la ciudad no hay mar. Los monzones no aterrorizan a los pescadores. No existe la costa, ni la arena fina, ni las risas de un grupo de niñas, escapadas de casa, una mañana antigua. El cuarto que comparte con los enfermeros huele a formol. Muy adentro, la piel de sus fosas nasales retiene porfiadamente, el perfume delicado de la alheña.
Si visitan África, no olviden buscar una de sus flores blancas. Si los acompaña una dama, la flor será un obsequio amoroso. Si viajan solitarios, corten una en capullo. Guárdenlo entre las páginas del libro que leen. No se puede calcular el tiempo y nadie conoce el destino por adelantado. Tal vez algún día, algo ya escrito en su sendero, pasará. Una nieta moza abrirá el libro aquél, hoy de hojas que amarillean, ajadas. Joven entristecida en ese atardecer de otoño, que suspira por el infeliz desenlace de su historia de amor. Encuentra la flor aprisionada. La huele. Rescata un tenue perfume y una energía que linda con lo mágico recupera a la esperanza, que ronda. Nada se pierde y todo se transforma, es la ley. Resucitan Moemo y Ndeybi que fueran el uno del otro sin jamás tocarse. Sonreirán desde lo alto los grandes amantes de la historia cuyas relaciones fueran pasionales, frustrantes, o imprevisibles. Si adquirimos la capacidad portentosa de cambiar nuestras tinieblas interiores dando espacio a los nuevos amores y a la generosidad del compartir, la nueva vida merecerá vivirse.


Carmen Rosa Barrere

10.2.11

EL HOMBRE QUE AMABA LA MONTAÑA

EL HOMBRE QUE AMABA LA MONTAÑA.


Es domingo. Amanece sobre la cama de Valentina, colándose por la ventana con el sol a rastras. Ella permanece quieta. Un pájaro madrugador alardea en un árbol lejano, en un llamado de urgencias tan viejas como su especie. Las sábanas no están arrugadas. No emana de ellas ese tenue, leve perfume a sexo que satura la tela y convoca remedos de campanitas en la risa. Dentro de Valentina, sonidos y remembranzas no existen. La noche fue un transcurrir de horas, descansando el cuerpo y armando el rompecabezas emocional; los sueños con imágenes sirven para equilibrar los fracasos y permiten en a su mente actuar en el nuevo día sin que la llamen loca.
Cuando el entrometido ilumina a pleno, ella decide que es hora de moverse. Casi desnuda y con pereza ata su cabello con una cinta y enfrenta el fulgor del espía visitante en franco desafío. Confianzuda, la claridad se adueña de espacios, muebles y espejos. Valentina se mira en el óvalo biselado, posando con una mano apoyada en una cadera; juega a las estatuas, eleva un brazo y analiza la redondez del seno sostenido por un bendito músculo que se mantiene firme. Extiende la lengua, hace girar los ojos mientras piensa qué será de su vida en ese tercer domingo del mes, domingo de mierda. Domingo porque está detrás del sábado. De mierda porque nadie la llamó para compartir un plan de salida. El aislamiento la deprime. Ronronea quejándose de su suerte y alarga el cuerpo sobre las sábanas quietas. Si cierra los ojos y se relaja puede inventar que el resplandor la roza a lo macho, jugueteando como si la tocara un hombre…si tal hombre existiera. Entretanto, bendita sea la imaginación.

Valentina es buena moza, elegante y de buen gusto para vivir; selecciona amigos inteligentes, sin calcular honduras de bolsillo. Con ellos gasta el tiempo tratando de matarlo para que la odiosa soledad no la hunda. La inclemencia del almanaque es tremenda: Está arribando a los cincuenta, bien llevados aunque la verdad es que está harta de intentar el hallazgo de una media naranja sana, dulce e incontaminada. La lectura no la atrapa como antaño y escuchar la trompeta de Armstrong alcanza su oído sin rozar su corazón. Sintetizando: Toda ella contiene la madurez y la belleza de una fruta a punto…Sin encontrar al hambriento que la quiera paladear.
Recurre a su caparazón de tortuga para impedir incursión de ajenos a sus días grises; como la tarde que encontró en el fondo del ropero el par de zapatillas de fieltro olvidadas por un inmaduro fabulador de amores de novela, hasta que ella descubrió que la rúbrica era falsificada. O el revolcón sobre la alfombra, totalmente histérica, al tropezar en su barcito con la botella de vodka que escondía en ese sitio su último borrachito. El que se perdonaba llamándose a sí mismo “bebedor social”.

En los días buenos, Valentina usa la lupa de las aburridas. Investiga si hay tierra en el marco de los cuadros, acomoda almohadones tiesos por la falta de uso o enjuaga ceniceros de cristal impecables. En coloquios sinceros con su otro yo, le gustaría retroceder el calendario. A la época en que las señoras no trabajaban; no se metían en política ni estorbaban en cargos importantes. Preparadas para el rol de madres, bajaban la vista ante el marido regañón y con ayuda de la astucia, el respeto y el acceso fácil a su dormitorio, el mantenimiento y sostén de la familia recaía sobre el súper ego del responsable del hogar. Hoy la realidad es otra. La mujer trabaja y aporta a la par del hombre. Ni el tiempo ni el progreso se detienen. Ella y toda su generación son productos de esa evolución. Por lo tanto, a joderse.
Decide buscar en el periódico algo para ver en el centro. Ya está: en el Teatro San Martín un montañista famoso da una conferencia sobre sus experiencias en el Aconcagua. Antes de salir investiga en un mapa características de la mole nevada. La encuentra en la mitad de la cordillera mendocina, erguida desde la base en sus 6.982 metros dividiendo Argentina de Chile. Anciana — sobrevive plantada como un vigía imponente en el mismo sitio, con cifras que dan escalofríos — ¡280 millones de años! Valentina salta de una sorpresa a otra: En el año 1897, un suizo se atrevió a pelear contra sus paredes; creyó ser el primero y no era verdad. Sus seguidores de todas partes del mundo, fueron descubriendo momias y esqueletos de incas que mucho antes de la aparición de los españoles, sin medios sofisticados, gritaron en su idioma y a los cuatro vientos desde sus cumbres y hondonadas el éxito de la llegada. Los quechuas lo llamaron Acconcahuah, Centinela de Piedra. Cualquier humano que la observa desde la base de su pared lisa, de tres mil metros en la parte más peligrosa y piensa en escalarla, lo hace con la adrenalina metida en la sangre y la pizca de locura necesaria para el desafío. Vencer al frío, adivinar el deslizamiento silencioso de una alud, apartar al viento que se arremolina restándoles visión, el cansancio y la soledad, son algunas de las malicias que la invadida les reserva para que desistan. Valentina piensa en el heroísmo embanderado con el hambre de libertad de la gesta Sanmartiniana. Soldados en una mezcla harto rara: criollos, negros e hijos liberados, cien inglesas con el pelo claro y la indiada de origen guaraní. Mal abrigados, escasos de comida, temerosos del traspié de la cabalgadura sobre el suelo volcánico, con el abismo abajo; porteadores y baqueanos con los ojos llorosos, enmudecidos pero marchando disciplinados a prestar salvataje a los vecinos. El jefe está formado en tácticas de guerrero entrenado; ellos son aprendices de un brujo con mirada de águila.

El recibidor del teatro desborda; hombres con cuadernos y bolígrafos, otros con grabadores y dos con pequeños ordenadores de última serie pasean esperando que abran las puertas.
Valentina se ubica en un asiento y el teatro se colma rápidamente. Un hombre alto y flaco se desliza a su lado. Pide disculpas y se arrellana en su butaca sin mirarla. De reojo, Valentina lo rotula: Un hombre viejo, parecido a Jacques Cousteau, el que amaba el agua. A este le interesa la montaña. No trae ni papel ni ayuda memoria alguna, pero sigue atentamente la palabra del explorador. Cuando la conferencia termina, los asistentes aplauden de pié. Valentina también. Al levantarse, la cartera se resbala al suelo. Jacques la rescata con una agilidad que deja regulando a Valentina: “No es tan viejo”. Y se alegra, sin saber porqué.
La mujer se distrae y los cuadernillos de regalo se agotan cuando ella los requiere. Jacques la observa desde lejos, agitando el papel en su dirección.
— Tomé uno para usted. — Anuncia sonriendo. — Supuse que iba a llegar tarde.
— ¿Porqué supuso eso? ¿Acaso nos conocemos?— La irritación de Valentina brota de inmediato.
— A usted no la conozco…Pero si a las criollas. — Abre la boca sonriendo y los ojos se le iluminan. Se divierte con el arranque de mal genio. — No quise ofenderla, es que mis amigas jamás llegan a horario a las citas.
— Pero yo no soy su cita, señor. —Valentina está colorada e indignada hasta las uñas de los pies… pero acepta el folleto. ¿Por que acepta el papel? ¿Qué polvareda mágica se agita entre el gentío para que Valentina, correcta y estricta como es, adivine, perciba o como se le llame, un atractivo inusual en el socarrón que ahora la recorre de cabeza a pie, tan seguro de si mismo como Colón cuando creyó desembarcar en la India?
— Perdón, perdón, perdón…— Se inclina, golpea los tacos del zapato a lo militar, sin borrar la ligera ironía en la voz. — ¿Me perdona?... ¿Acepta tomar un te conmigo?... Aclaremos para su tranquilidad: No es una cita. Es solamente una charla para comentar las aventuras de este osado que trepó al Aconcagua…
Valentina de dieciocho años sacude la cabeza asintiendo. Un titiritero invisible mueve hilos para que su sangre bulla. Y zonas desconocidas de su piel, de su estómago, de todo lo que cuidadosamente cubre con trapos, se remueve desestabilizándola. Se muerde la lengua en un inicio de rabieta. Está segura que parece una idiota.

Lectores masculinos: No alardeen sobre comportamientos femeninos, mascullando que apenas aparece un flaco con aire remoto y acento extranjero, a la solitaria se le caen las medias. Tengan presente que a ustedes les pasa lo mismo, o peor. La traviesa visión de un trasero pulposo los hace llevar la mano al bolsillo poniendo a aquietar las urgencias viriles. Acto seguido murmuran un piropo elegante o burdo. Valentina sonríe. Cuando era joven, el dueño de una pescadería le zampó una alabanza memorable: “Me gustaría hacerte un calzón de saliva”. Tiempo pasado, de fruta fresca rezumando almíbar.

Valentina resbala sin que nadie la empuje. Ignora los porqués de iniciar una relación casual con un tipo de ojos azules de mirada chirle, que avanza destruyendo blindajes y salta sin lastimarse sobre sus alambres de púa. El hombre que la conduce hábilmente amarrando su brazo sigue sonriente, mientras ella tropieza con baldosas desparejas como una senil con anteojos sin vidrio.
Vladimir, ése es su nombre, es un seductor innato y conoce de memoria que notas usar en la melodía de conquista. También sabe que cada mujer es un mundo y que Valentina no es un territorio plano de fácil acceso. Se desliza en la conversación con cautela. Enfrentarse con lo difícil añade encanto a la tarde. Entretanto, Valentina se da cuenta de la insurrección que el señor de las patas largas produce en su sangre y el atropello de la respiración. Quiere rebelarse pero sabe que la piel encogida y los órganos tumultuosos son la respuesta orgánica a este instante ribeteado de magia. La gente los llama fenómenos químicos. Para la madre de Valentina son milagros. Para los que la conocen, un salto al vacío. Y para la interesada, una transgresión que seguramente le costará cara. Pero… (A las mujeres nos pierden los peros), le urge averiguar qué hay detrás del aire desganado, de la desenvoltura, de su manera de hablar, de la velocidad con que la transporta, usando tres frases bien conformadas al interior de universos cinematográficos. Automóviles antiguos rodando penosamente entre la nieve de las calles de su San Petersburgo natal. Hogares alfombrados, padres de gustos refinados y él y su hermana pequeña a cargo de maestros e institutrices para aprender idiomas. Le muestra una fotografía de su único vástago que vive en Europa. Valentina sacude la cabeza para ahuyentar esqueletos que arrastran cadenas. Lo vio y la vio. Son dos adultos. Fin del análisis.
Durante el te la informa que es ingeniero, que trabaja como traductor de idiomas…y que emerge de su tercera separación. Esta frase la pone en guardia. ¿Estos divorcios se producen por culpa de quien? ¿Será raro? ¿Será miserable? ¿O tropezó con mujeres equivocadas pretendiendo cambiarlo? A esta hora de la nochecita Valentina está convencida que a este flaco no lo cambia nadie. Es inteligente y culto. Desgarbado por fuera, pero sus huesos deben ser de hierro puro; sus piernas largas pisan firmes; las manos grandes cuentan historias paralelas a lo que habla, moviéndolas un rato con suavidad, otras con el puño cerrado, como quien esconde dolores o recuerdos. Valentina lo analiza como hace con ella el profesional que la ayuda a entenderse. Aparece un nuevo “pero”… ¿Cuánto tiempo hace que dejaron de interesarle los singles que pululan por conferencias o contemplan como si supieran cuadros pintados para que nadie entienda? Meses. Años de andares solitarios sin encontrar su Adán para compartir la manzana del pecado. Abre las compuertas de acceso y permite al extraño sin cornamenta iniciar la lidia dentro del ruedo de su mente.
Conversan y se estudian. Ella pretende impresionarlo. Él no pretende nada. Está, la mira y la mirada absuelve. Ruborizada, Valentina aporta retazos de su pasado carente de automóviles o mastines de raza durmiendo junto a chimeneas donde chismosean salamandras y se estiran sombras. Él suaviza con caballerosidad los inconvenientes que soportó con sus parejas. Incorpora en medio de la conversación su gran sentido del humor —a veces negro — burlándose de si mismo y de los remilgos burgueses de una Valentina hipnotizada, que tolera ser etiquetada con rigor de verdad en un primer encuentro.
— Todos los años hago excursiones por el mismo sitio…Bariloche es lo más parecido a lugares de Europa donde empecé a amar a la montaña…La montaña es mi confidente, mi amiga incondicional… Merece todo mi respeto. Absorbe mis quejas calladita…o repite en ecos mi alegría si la visito estando enamorado…
— ¿Muchas veces enamorado? ¿De una o de muchas? — Valentina sonríe antes de concluir el interrogatorio. A los ojos de este ejemplar visitador de mundos, ducho en amores y amoríos, sus preguntas traslucen la inseguridad que es capaz de provocar en ella el sujeto masculino y plural que tiene enfrente.
— Muchas no. Algunas, si. — Estira el brazo y toca levemente la mano de Valentina. Un toque casual, que en Valentina hace el efecto de un chispazo eléctrico. Vladimir disfruta el alcance de su avanzada en un domingo que dejó de ser mierdoso.
—Nu…Nunca estuve en la montaña. — Tartamudea la profesora en lengua, aplazada.
— Bueno…ya la estoy invitando. Salgo todos los años después de las fiestas…Tengo reservada una cabaña dentro del complejo del hotel…Eso me permite aislarme para leer o escuchar música…o armar paseos, trepar un monte, escudriñar entre la fronda los ojos amarillos de un gato salvaje, tomar buenas fotografías…y advertir a los novatos de los riesgos de ser engañados por el mallín…
— ¿Qué es el mallín? ¿Un animal?
— Nooo…mallín es una palabra Mapuche…quiere decir tierra pantanosa. Si la pradera es grande, esteros y bañados pueden ser invadidos por matorrales de hidrófitas. El peligro está en caminar sobre ellas… se cubren de un pastito corto, bien verde, de apariencia inocente… hasta que el desconocedor se hunde sin remedio y hay que ayudarlo a salir.
— ¿Nunca tuvo miedo?
— A la naturaleza, jamás. No hay nada que corregir en su fabuloso holograma…Tengo más miedo a los hombres, a la angurria de poder, a su capacidad de traicionar…a los locos que provocan incendios que exterminan aves y devastan el suelo. Desaparecen ejemplares de árboles que tardaron cientos de años en crecer…Me horrorizan los gobiernos que no prestan atención a estos hechos y otros parecidos. Privilegian sus bolsillos haciéndonos creer que la naturaleza— por arte de magia— restaurará los desastres que hombres insensibles e inmorales desarrollan planificando desmontes, sometiendo a los dueños primitivos a reductos miserables, matando ejemplares de animales únicos en su especie, en un caos que aterra…
Con un giro de ciento ochenta grados, vuelve a la mesita de te y a su nueva amiga. Estira la mano hacia la de Valentina. La atrae hacia sí y deposita en el hueco interior la punta de la lengua.
— Tengo un único miedo…— Un mechón gris de su cabeza cae hacia delante. —Entregar la mitad de mi alma a una mujer fría, que no comparta conmigo estas inquietudes o esté incapacitada para admirar lo que yo tanto amo…
Avanzar en el conocimiento de Vladimir es una expedición de alto riesgo. Oscilante, tambalea en mitad de un puente colgante que mira a un precipicio. Vladimir escapa hábilmente si la conversación se torna intimista respecto a su pasado o proyectos de vida. Se explaya cuando, vestido de montañés, detalla a la Patagonia que ama. Considera que ella es un regalo que El Creador hizo a los argentinos. Animales salvajes, pájaros, árboles, paisajes lunares y revoloteos de cóndores brotan de su boca para transportar a Valentina a un mundo donde la naturaleza derrochó belleza y armonía. La descripción fluye y cautiva. El interior, la cajita del pasado, continúa vallada, rodeada de misterio. Y son esas medias verdades las que atan el interés de la mujer, que se limita a escuchar. Desde hace pocas horas, la experta en letras e hilvanar palabras perdió el abecedario.
Otra tarde te le cuenta que es dueño de una quinta en las afueras donde cada árbol ha sido plantado por sus manos. — Tiene nombre indígena, — agrega. — Como está situada al norte, la llamé Picunche…Picu significa norte en la lengua de los nativos.
— Fui a mirar el lote con mi segunda esposa. — Continúa tras una ligera pausa. — Ella vio una selva donde jamás pondría un solo pie. En cierta forma, era cierto. Los cardos me taparon y me llenaron de pinchos. Y esquivé una que otra víbora en el recorrido. Compré la tierra y volvimos a casa sin hablarnos, actitud de rechazo que mantuvo y agravó las distancias que ya eran de uso cotidiano.

Vladimir no aprendió sexo por correspondencia. Es un artista que palpa pieles, sorbe humedades y susurra palabras sensuales en un oído hambriento. Se eterniza en un contacto profundo, en total entrega cuando Valentina toca el cielo con las manos desbordada por la intensidad del clímax. Amaneciendo, abren los postigos que miran hacia el campo para aprisionar juntos la maravilla del nacimiento del sol niño, que se convertirá en adolescente travieso para borrar todo rastro de sombra que intenta refugiarse en los rincones.
— ¿Cómo hiciste para esconderte de mí por tanto tiempo? — Murmura y desliza el camisón de Valentina hacia el piso. La chimenea suelta el calor que brota del rescoldo. Un gallo canta. Una mariposa amarilla lame el vidrio de la ventana. Sócrates, el perro gris, ladra a un caminante madrugador. Valentina tiembla. ¿Cómo aprisionar el instante? Guardarlo bajo llave. Eternizarlo dentro de la mente. Tiene miedo a perderlo, a que desaparezca. Valentina está enamorada. Vladimir se deja amar, aceptándola.
En enero viajan y se instalan en el hotel. El edificio fue diseñado por un buen arquitecto, que usó mucha madera y abrió enormes ventanales que miran al Lago Mascardi por la delantera y los costados. Atrás, un bosque de arrayanes ofrece sus hermosas flores blancas de cuatro pétalos; el tronco del árbol es gallardo y alto, la corteza lisa y suave; cuando las flores se ajen y caigan agonizando al suelo, el orgulloso ejemplar exhibirá el cautivante violeta de sus frutos mezclados al eterno verde del follaje.
— Mira, querida. — Vladimir corre las cortinas y señala el bosque. — Sabes ¿no?...Los árboles trasmiten energía…En mis épocas malas, cuando necesitaba olvidar…salir de una pena o de un desencanto, desnudaba mi torso y pasaba largas horas con la espalda apoyada en uno de esos troncos... Aquí aprendí que meditar quita la locura y el caos interior se suaviza si te dejas penetrar por la exudación de este asistente que atiende sin turnos y sin usar reloj…
La frialdad desaparece de este nuevo hombre. Conmovido, la voz fluye quebrantada. Abre y cierra las manos. Parece querer asilar dentro de la palma a una nube, bailar con las ráfagas de viento, colgarse de una enredadera y encaminarse hacia el majestuoso Tronador en largas zancadas, dejando a los pedruscos sueltos rodar hacia el Ventisquero Negro. Tromador al que los naturales mapuches llaman Anón, por el estrépito que produce al soltar sus hielos desde las altas cumbres. Estremecida, Valentina calla. Porfiado, un lagrimón solitario humedece su cara. “Este es el hombre que yo amo”, canta su corazón mientras lloran sus ojos.
Mimetizado con el ámbito, Vladimir se convierte en un guía irreemplazable. Los primeros días entrena a Valentina en caminatas que empiezan con un kilómetro y se alargan durante la semana. Dentro de la mochila, traslada la frugal comida para el almuerzo o te. El postre viene en un canastito de mimbre donde duermen cerezas justo a punto para ser comidas. Las horas de descanso se destinan a la instrucción de Valentina sobre los habitantes primitivos, que vagaban por esas tierras tapadas por la flor naranja del amancay o se detenían con la vista puesta en el ciervo pequeño, que desollarían para saciar el hambre. Liebres, jabalíes salvajes, huemules de ojos tímidos, pumas sigilosos, zorros de hermosa pelambre, padúes y choikes (Ñandú pequeño), corrían libres por praderas donde el maitén era abrazado en su tronco por la bella muticia o la reina dorada. Amaneceres diáfanos, atmósferas sin residuos tóxicos, nidos de lechuzas agoreras, loros parlanchines, zorzales patagónicos, bandurrias y pechitos amarillos atentos a la labor incesante del escandaloso pájaro carpintero ocupado en agujerear un tronco añoso para hacer su hogar. Canelos y cipreses acariciados por la brisa de un arroyo que fluye y canta entre las piedras; cascadas escondidas, retamas amarillas que salpican el verde de un entorno donde el sol se filtra, puro oro, entre frondas y nubes. Enseguida diferencia al lenga y a los ñires que airosamente desnudan sus follajes tiernos; en el momento del regreso, cuando el lago remolonee agitado por el viento que anuncia al otoño, ellos usarán el trajecito amarillo de la nueva estación. Vladimir fotografía un ejemplar de un portentoso coihue, nombre mapuche que significa: Co: agua. Hue: lugar. Enfoca con arte un pájaro posado en la rama baja de un calafate y sorprende a un cormorán imperial de agua dulce en la Isla Victoria. Valentina olvidó los dolores de piernas. Acompasa sus pies con los de este hombre feliz, que proclama ser una diminuta partícula de la fenomenal montaña. Subiendo laderas, palpando rocas o espiando el ocaso, Vladimir es parte de la creación. Deja de ser anónimo para pertenecer. Pertenecer en cuerpo y alma elevando el espíritu, compitiendo a la piedra. En un recodo enfrentan un sitio árido por la quemazón. Un árbol solitario, seco, parecido a un monje pintado por El Greco que se esfuerza por permanecer de pie. Un ejemplar dramático. Y de verdad lo es. ¡Que tristeza da verlo arraigado al suelo, con los brazos escuálidos pidiendo a la madre naturaleza la devolución de una vida que se extingue! Pasan los días y Valentina entiende, valora… y se enamora más de su instructor montañés.
Como es novata, la ascensión al Cerro Tronador se posterga. Vladimir se asegura que las piernas de su compañera resistan el descenso; para un principiante, subir es más sencillo. Las extremidades responden, el entusiasmo aleja al cansancio, pero son 3.478 metros hasta alcanzar el refugio del lado argentino. Ahí se descansa, se come algo; al rato, afuera, la mirada resulta insuficiente para abarcar la majestad de los tres picos nevados. El que pisan es argentino; en el medio, el que nos separa de Chile y entre la bruma, el chileno nevado. Hondonadas riesgosas y laderas de ripio que se desliza bajo el pie del caminante para hacerlo trastabillar. Al resguardo, tímidos, asoman los taiques reventando en flores amarillas y rojas. Valentina toma la mano de su amante buscando compartir la emoción. Vladimir mira a lo lejos, suspira y la abraza tan fuerte, que la sombra que proyectan se unifica. Ella rebusca dentro de su vocabulario la palabra exacta de su sensación de personaje mínimo ante tamaña grandiosidad, sin hallarlo. El tiempo escasea. Deben regresar, endulzados por el chocolate restaurador de energías que convida Vladimir. El descenso entraña peligros: resbalones sobre cantos rodados, o echarse al suelo boca abajo, los brazos cubriendo la cabeza para escapar al enojo de los cóndores que chillan furiosos y los empujan girando bajito, para alejarlos de los nidos con huevos o polluelos implumes.
— En el año 1934, un wanderer…
— ¿Qué significa wanderer? — Valentina hace rato se consiguió una libretita. Anota con su letra pareja lo que le interesa. Se la pasa anotando. Todo le interesa. Aprende que un hombre de montaña no es igual a un hombre de agua o a uno de bosque o de pradera. Pertenecen al género humano, pero la captación sensorial los hace absolutamente diferentes.
— En alemán, quiere decir caminante…yo soy un wanderer…y si sigues al lado mío, también serás una wanderer…El año próximo te haré trepar el Cerro López…— Como te decía. En ese año, Hermann Claussen trepó por primera vez esta montaña…Cuando volvamos a casa, te leeré toda la historia. —Me faltan los datos sobre los habitantes primitivos. — Acampados a orillas del Río Manso, han dejado atrás la Cascada de Los Alerces, donde el agua que baja de la cima se arrulla a si misma con el compás saltarín de la caída. La joven, divertida, dinámica nueva Valentina busca ramitas para encender un fuego armado entre grandes piedras.
— Tendrás que vencer la haraganería…En la biblioteca de la quinta hallarás libros de todas las montañas del mundo…De los temerarios que no caminan como nosotros. Trepan, pelean con el clima, soportan nevadas, fríos intensos, aludes inesperados que los obligan a cambiar de ruta, en el afán de “poderle” a la montaña. Y ella, querida, es como una mujer. Una mujer alabada, abre los brazos y te permite que la invadas. Si la atropellas o la desafías, puedes no regresar. Caes en una grieta y amorosamente, ella te irá cubriendo hasta que dejes de respirar.
— ¿No te resulta ana amante cruel?
— No es cruel. Aprendió a defenderse, que no es lo mismo… ¿Acaso es malvada la mujer que es capaz de matar si lastiman a su hijo?— Abraza a Valentina. La besa…como él sabe hacerlo. Valentina se acuesta de espaldas persiguiendo una nube. Inclinado sobre ella, Vladimir recorre el contorno de los párpados, donde deposita besos pequeñitos.
Ella se deja llevar. En verdad, es tan grande su entrega que no le importaría morir en esos brazos, en ese lugar y en ese mismo instante.

CARMEN ROSA BARRERE

9.1.11

MILAGRO EN "EL CANGREJAL"

MILAGRO EN “EL CANGREJAL”.

El año empieza a escapar del almanaque en un noviembre que avanza. Y como en estos parajes ese mes viste ropaje veraniego, el calor del mediodía es bienvenido al mundillo de las iguanas; livianas arañas tiemblan sobre sus frágiles extremidades y sisean viboritas bífidas dispuestas a la defensa. Como rey indiscutido el sol se adueña del entorno. Tibio al amanecer, calentito a las diez e insoportable cuando sus rayos caen a plomo pasado el medio día. Su fuerza también es festejada por semillas que ambicionan brotar, por cultivos y frondas donde el verde se confunde entre brillos y coloretes que él besa atrevidamente, para desplazarse raudo y entibiar ligeramente la superficie del arroyo, regodearse enlazado a las copas altas de los árboles instando a las chicharras al enamoramiento en medio de un chillar desaforado. ¡Ah pregonar, bichitos, que mañana hará más calor que hoy y es momento de aparearse!

Dentro de la cocina de la casa principal la ayudante seca y guarda la vajilla tratando de no hacer ruido. El amo José descansa. Y si llegara a perder el hilo del sueño por culpa suya, el mal humor desatará protestas de distinto calibre. Que el mate que le presenta o está frío o demasiado caliente, o que la toalla del baño está sucia, o que descubrió una telaraña en el techo. Un hombre raro, el patrón. Generoso y atento a las necesidades de su personal, pero rápido de genio. De repente cambia, como si descubriera sombras; se le vuelve áspera la voz, fruncido el ceño, cerrado el puño, parece otra persona: La muchacha su turba, miedosa ante la explosión. Pero es buen pagador, ella es muy pobre y de algo hay que morir en esta vida.

Doña Belcha Urrutia, la esposa, no duerme. Durante las siestas elige en la galería el sillón que la pone a resguardo de insolaciones, pero con el portón de acceso a la casa bien visible. El camino arbolado dormita solitario. La calle, más atrás, es un revoltijo de tierra revuelta por una perra alzada a la que persiguen candidatos sin suerte. La señora mira y espera. Cuando los ojos de la dama se cansan y los párpados se apoyan uno sobre otro, la visión interior le regala la imagen perseguida. Su hijo Mario jugando a la bolita, trepado a la higuera, cazando bichitos de luz al anochecer o haciendo los deberes, panza abajo sobre el mosaico rojo de la misma galería, convertida por ella en lugar de descanso y de puesto de observación. Mario era un chiquilín movedizo e inquieto. En tiempos de vacaciones o feriados, iba y venía del campo donde vigilaba rebaños de ovejas, o recorría los alambrados pasando datos al padre si había algo roto. Dentro de la casa era bullanguero y juguetón. Armaba grescas con su hermana Belén para limpiar las pajareras, o se zambullía entre alaridos de frío dentro del tanque australiano donde la hermana mayor le hacía burlas porque llegaba primero, no tenía miedo y podía moverse dentro del líquido segura como pato.

La dama que mira obsesionada el camino suspira. ¿Dónde estarás, hijo del alma? ¿Por qué te lo llevaste, Padre? La respuesta no llega. Lleva ambas palmas de la mano a la cara y friega sus ojos…Pero la imagen del hijo perdido no desaparece. Inhala profundo y el olfato da paso al perfume de las glicinas pero le niega el suave hedor a traspiración que traía su niño al volver de la escuela. Belcha es una mujer de creencias sólidas. No acusa a Su Creador por la pérdida de su hijo. Entiende que el horrible suceso y la tenacidad de su dolor responden a un plan fuera del alcance de su comprensión, tal vez destinado a ayudarla a crecer. Cuando niña, cobrar estatura era doloroso porque los músculos no tenían la prisa de los huesos para alargarse. Este dolor es otro. Dolor de soledad, de incertidumbres, rasgaduras del alma.

— Doña Belcha es una verdadera santa…Mire que llevan años juntos…Él siempre enojado por algo y ella que lo mira con esa tristeza que la hace parecer mayor. — Rómulo es peoncito de patios. Nunca aprendió a leer y menos a entender porqué dos más dos deben sumar cuatro. Nació enfermo de la vista y esa disminución lo hizo crecer analfabeto. Suple airosamente el percance haciendo gala de un permanente buen humor y de una perspicacia especial, que lo introduce en hechos minúsculos, de esos que pasan desapercibidos a la gente ilustrada.

Ramona, la cocinera lo mira de reojo. Tiene dos tareas especiales para esa hora de calma. Pelar un gran paquete con arvejas frescas y vigilar que Rómulo junte hojas y flores del patio, aceite la rueda de la carretilla para que no haga ruido y quite la ropa lavada a la mañana de las sogas porque ya está seca.
— Antes la vida en la casa era muy distinta, muchacho…Cuando nuestros patrones llegaron no eran pobres…Venían de una gran ciudad y al campo lo conocían por ilustraciones de las revistas…Compraron alguna tierra barata…hasta que se dieron cuenta que habían varias hectáreas inútiles…con bañados…llenas de cangrejos…Las que ahora quedan bien al fondo, hacia el sur, donde nadie va.
Rómulo se da cuenta que en ese “donde nadie va” hay algo escondido. Reacciona y enfrenta a Ramona sin titubeos: — ¿Y porque nadie va?... ¿Hay fantasmas, o qué?
— Si hubieran fantasmas la señora Belcha los hubiera espantado con misas y agua bendita…Es un historia de familia. — Y poniendo la cara de piedra que usa para Intimidar, agrega: — Y te falta tomar mucha sopa para enterarte de los porqués y los por cuantos de esta casa.

Rómulo acusa recibo. Toma su rastrillo, silba como si lloviera, desentendido y camina hacia el fondo a recoger la ropa. Detesta recoger la ropa porque la considera trabajo para mujeres, pero a Ramona o se la obedece o lo alcaza la varita que tiene a mano para espantar cualquier alimaña que aparezca cercana a sus pies. Pero la imaginación del joven tiene cuerda para rato. Un asesinato. Una violación…Una bolsa con dinero que se tragaron los cangrejos…O el mismo diablo — palabra prohibida de pronunciar delante de Doña Belcha — que se revuelca con diablas en ese confín a la hora de la siesta.

Cuando Belcha y su marido decidieron cambiar de país, estaban recién casados y el mutuo conocimiento era un estreno incorporado día a día. Eran tiempos de fotografías en sepia, de una América con campos más extensos que su país, donde la tierra prometía un buen vivir, los animales crecían saludables y a los hijos que tuvieran no los alcanzaría ninguna guerra. No los impulsaba la angurria del dinero, porque plata no les faltaba. Les sobraba juventud y coraje y la tenaz idea de una independencia exitosa. Las familias respectivas no tenían entre ellas un trato fácil. Las madres estaban celosas de las parejas de los hijos y los padres en permanente enfrentamiento por ideas religiosas distintas y pensamientos políticos que generaban discusiones de nunca acabar.

José era un compañero perfecto. Hombre de trabajo, honesto y crédulo. Ingenuidad que lo hizo equivocarse con la compra de la primera tierra, con bajíos poblados de cangrejos. En ese tiempo, decidieron llamar a su parcela “El Cangrejal”, nombre borrado años más tarde, cuando bautizaron su pequeña estancia con el nuevo nombre, elegido por Doña Belcha sin titubeo alguno: “La Esperanza”.

Ese año Mario cumplía doce años. Lo anotaron en el pueblo para cursar el secundario en el colegio de sacerdotes conocidos, que a veces llegaban a la casa a tomarse un vinito fresco con Don José, previa mateada con bizcochitos de grasa amasados por Ramona. Belén ya cursaba el segundo año, había desarrollado un gentil cuerpito de futura señorita y cuando la madre se distraía, se colaba dentro del cuarto con baúles llenos de ropa de la Europa lejana, disfrazándose con collares largos, zapatos de tacón y vestidos de seda. Había visto en una revista de la capital como se vestían y fumaban con boquillas las actrices. Aunque la madre la matara, ella sería actriz cuando pudiera escaparse.

Esa mañana Mario se levantó temprano. Había un par de ovejas a punto de parir, el padre andaba en menesteres importantes y a él le llegaba la hora de hacerse cargo del evento de las pariciones. La mañana con un cielo sin nubes, el buen sol y la brisa en ráfagas eran una gloria. Mario ensanchó el tórax imberbe, examinó a las ovejas palpándoles la barriga como hacía el veterinario y sacó en conclusión que el momento de asistirlas no había llegado. Lejos de la ciudad, los ruidos del progreso se extravían en leguas de distancia, se puede gozar íntimamente de la naturaleza, dejarse llevar acostado debajo de un árbol cerca del arroyo y soñar. Así permanece el muchacho, hasta que unos gritos desesperados lo sacan del remoloneo. Se levanta rápido y corre hasta el sulky de Amelia, la esposa de un vecino que es la que pide auxilio.
— Mario…! Por favor, necesito ayuda!...Mi marido está en el otro pueblo…y mi hijo no espera, quiere nacer…!No tengo fuerza para sujetar este caballo!...
Mario no duda. Trepa al carruaje, toma las riendas y tranquiliza a la vecina imitando a su madre, con palabras que le brotan del susto y la piedad.
La espera dentro del hospital es interminable. Al caer la tarde, recién le permiten ingresar al cuarto donde la señora mira embobada a su retoño, una niña. Ambas saludables. Una que llora porque tiene hambre, la otra que ríe porque recibió el regalo esperado durante nueve meses.

Mario camina de regreso a su casa. Es noche cerrada, pero no tiene miedo. Lo conocen los perros y lo saludan las lechuzas. Atraviesa el portón contento. Se portó como un hombre. Su padre lo felicitará y sentirá en el pecho de su madre un latido amoroso. Los sucesos no terminan como piensa. Cuando no apareció a horario, el padre salió a buscarlo acompañado por un peón. Revisaron el predio, los pozos y el arroyo. Con el correr de las horas, del miedo Don José pasó velozmente a la furia. Rebenque en mano, sin dejarlo hablar, lo azotó en las piernas y los brazos, que sangraron. Doña Belcha se lo quitó de las manos cuando ya era tarde, porque el chico ni siquiera lloraba. Miraba al padre con extrañeza y rencor. Lo acostó en la cama, Ramona corrió a traer un tecito de tilo y gasas untadas con grasa de iguana para las heridas, mientras la madre lo arrullaba como a un recién nacido. Cuando el chico cerró los ojos, se miraron como se miran las mujeres fuertes cuando piensan lo mismo. Ramona, a rezar. Doña Belcha, a enfrentar al marido exaltado que no pudo esperar la explicación del hijo.

La mañana despertó agrisada. Ramona preparó el tazón de leche para el niño, con dos galletitas dulces. Al entrar y ver la cama vacía, soltó el grito: — ¡El niño Mario no está! ¡Señora Belcha…venga rápido!

En tropel, los padres, las empleadas y los peones dispusieron la búsqueda del chico.
— No avisemos todavía a la policía…Está enojado y debe haberse escondido en la tapera de Pedro. — Don José mira a Belcha. Ella llora tanto que no puede hablar. Ni para culparlo ni para opinar.
No lo encuentran ni ellos ni la policía. Pero se corre la voz que el chico, enceguecido de dolor y enojo, caminó hacia el cangrejal…y éste se lo tragó.

La rudeza del golpe sacudió los cimientos de la relación de la pareja y con el tiempo, colaboró para quitar de la cabeza de Belén las ideas alocadas de la adolescencia. Todos maduraron, todos cambiaron por dentro. El padre supo que tenía gastada la risa, Belén que debía casarse y traer nietos a la casa, Ramona que debía silenciar los chismes de cocina y Doña Belcha, que sin perder la fe, coloca un plato para el ausente en cada noche navideña y no duerme la siesta mirando fijamente hacia el portón.

Pasan veinte años y la navidad se acerca. Belén arremete contra las empleadas para conseguir la perfección. El pesebre está armado, el comedor reluce con la platería peruana abrillantada con dentífrico, las cortinas caen hasta el piso y la pianola suelta un valsecito criollo que resuena en los pasillos. Belén no halla qué objetar. Todo perfecto, para que sus padres no deban ocuparse de nada y su madre disfrute de sus nietos. Sobre todo del mayor, que se llama Mario y se parece al ausente en gestos, pillerías y tozudez.

Dos horas más tarde, la familia vuelve de la iglesia y se ubica alrededor de la mesa para celebrar el nacimiento del Niño. Unen las manos como lo hizo Doña Belcha durante todas sus navidades y en silencio, se agradece el buen año y se pide un deseo. Este es un instante que los niños nunca olvidarán. Belén y la abuela lagrimean, el abuelo respira fuerte, con angustia y ellos se codean como si intuyeran que el momento es mágico.
La joven que ayuda a Ramona sirve la entrada primero a los niños por orden del abuelo. Imperan los buenos modales. Las criaturas tienen hambre y están aburridas. La misa demasiado larga, el estómago chilla, pero madre les enseñó a esperar.
Un golpe firme dado contra la puerta despabila a todos.
— Qué raro…Qué raro que los perros no ladraron…— Belén se pone de pié. Doña Belcha la detiene. — Voy yo, hija…— Silabea llevándose la mano al corazón y tanteando el aparador para no tropezar.
Con la puerta abierta, enfrenta a un hombre que la toma entre sus brazos, que la besa, que la vuelve a besar. La joven que lo acompaña tironea a dos mellizos varones que intentan entrar al galope y un Don José reconciliado con su conciencia, abraza al hijo implorando un perdón sin palabras, mientras los nietos gritan sin entender nada, a Ramona se le cae la fuente con comida y todos lloran y hablan al mismo tiempo.
— Me recibí de médico, padre. — Mario tose, sonríe irónicamente y agrega: y por esas cosas que rondaban mis recuerdos, soy obstetra…Alicia, mi mujer…no lo van a creer ¡es veterinaria!
Cuando termina la cena nadie se quiere despedir. El marido de Belén conversa en el mismo idioma que Alicia, porque también es veterinario. Los hijos de Belén secuestran a los mellizos y se arremolinan dentro de la carpa de indios que el abuelo les instaló en un cuarto de juegos. Belcha, recuperada con una de sus pastillitas recetadas, sigue abrazada a sus hijos, riendo y llorando a la vez. Don José ordena feriado para el día siguiente y la organización de un asado donde entrará el que es invitado y cualquier caminante solitario.
Se detiene frente al pesebre, toca al Niño Bendito que le trajo de regreso a su Mario y mira a lo lejos, a la zona de los cangrejales. Nunca se lo contó a nadie. Pero todas las noches, desde hace veinte años, sigue en silencio el rosario con el que ruega Belcha.
Carmen Rosa Barrere.

2.12.10

CUANDO DIOS APRIETA

CUANDO DIOS APRIETA


— La metrorragia es habitual en la edad crítica. — La doctora, que es amiga de Iván tiene aspecto caballuno. Me observa con amable inteligencia, compenetrada en una fracción de segundo con lo lamentable de la situación. Como mujer y por oficio conoce los mecanismos del miedo; mi bochorno, que aprieta un muslo contra otro como virgen inviolada, rígida como trozo de hielo. Su leve gesto de cabeza señala la camilla:— ¡Faldas arriba! — Sonríe para tranquilizarme. (Dientes pequeños y parejos. Ninguna semejanza con cuadrúpedos). Mis manos están húmedas cuando estrujo mi camisa. Se vapulea mi cordura como gelatina y suelto a la loca de la casa por territorios embarrados. Examino el techo buscando huellas, rastros dejados por víctimas anteriores. La superficie es blanca y por más que investigo no hallo rinconcitos que refugien arañas ni telas exhibiendo su laboriosidad. Así, vagando por techos y ventanas voy soltando la terca tensión que atenaza mis hombros. El tambor batiente de mi corazón se desacelera y mi pulso se aquieta.
Como odontóloga juzgo la salud y la higiene de mis pacientes explorando sus fauces. La doctora es absuelta. Aprieto los párpados. Si investigan mis partes pudendas pretendo que mis ojos a oscuras me aíslen. ”Si no miro, no me ven”. La tocadora de entrañas introduce dos dedos delgados en mi centro; palpa zonas hostiles y se aparta sin dañarme. En ese instante advierto que mantuve las manos aferradas a la camilla como una náufraga al salvavidas. Las libero. ¡Cuántas veces compadecí a mis pacientes de sillón ateridos por el fragor del torno! Ahora la víctima soy yo. Mi cabeza y mi ombligo en corto circuito vibran a destiempo, desmadrados. No me pertenecen. Bloqueo la fracción de tiempo con la cautela perversa del que espera una sentencia letal. La tranquila voz de la doctora entra a mis oídos espantando nubarrones.
— Cuando regresen de sus vacaciones si es necesario, haré algún examen…Por ahora las pastillas que indico detendrán la hemorragia. Escribe la receta que deposita en manos de Iván agregando una recomendación para pacientes cobardes: — Las precauciones son absolutamente necesarias. Pero el miedo no sirve. Es un aliado de la enfermedad no de la salud. Palmea mi hombro. Tan segura del diagnóstico como de llamarse Ingrid.
Iván me observa socarronamente. Conoce los aciertos de su amiga y se relame complacido.
Iván. El desgarbado señor que ambiciono convertir en el último hombre de mi vida. La horma perfecta de mi pié. Mi pié que tropezó con infinitas piedras para acabar enyesado, con ojos adicionales para avistar al enemigo, ahora estira confiado los dedos. Serpentinas que comulgan con la esperanza.
Este flacuchento es un mago. Un ilusionista que desentierra del páramo las plumas del pájaro alocado que dormía dentro de mis vísceras, para ordenar: “Levántate y anda, mujer. Soy la razón de tu momento”.
Provocada por sus estímulos visuales mi esqueleto, mi sangre, mis entrañas se desperezan del letargo. Mi gato de lomo arqueado maúlla idioteces. Quiero saber quién es. Como piensa. No acierto con la idea adecuada. Si sobrevive un restito de mi inteligencia, la sagacidad de su mirada la manda a dormir. Acabo hablando del tiempo, o del último asalto donde murieron tres personas. Quiero mover las manos despreocupadamente y termino derramando el té. El tipo me saca de caja con su sola presencia. No me reconozco. Por dentro, corretean los ratones. Las ondas del lago se mueven, alteradas. Brillante, salta el pez de mi otro yo. Ese otro yo que relampaguea y estalla en luces abiertas a sucesos imperdibles. El territorio privado mentiroso se relame gozando anticipadamente la gracia de ser descubierta a tiempo por su Cristóbal Colón.
La confitería donde bebo mi té fue el escenario del principio de esta historia. Esperaba a una amiga, a la que debo citar media hora antes. Su reloj padece de atrasos sin excusas. Entretanto, reviso la papelería que trae una propuesta para un congreso interesante nada menos que en Praga. Indignada, pego mis ojos a la puerta del local. De pronto el mozo, que me conoce hace mucho, carraspea llamando mi atención. Doblo mis hojas y lo miro. El hombre está francamente perturbado.
—Señora…Disculpe…— Otro titubeo. — Yo…bueno, nosotros no acostumbramos ocuparnos de estas cosas…Pero el señor es conocido…Es el arquitecto que tiene la oficina al fondo…Sí. — Arranca mas animado… Al fondo de su pasillo…
Alarga una tarjeta. Estoy pésima de humor. Tengo ganas de estrangular al mensajero. Miro el rectángulo blanco, donde leo: “Si los dos tomamos té, aburridamente, cada tarde a la misma hora, ¿No sería bueno conocernos? Me llamo Iván y me gustan sus manos”.
Abandono un dinero sobre la mesa y huyo sin mirar para ningún costado. Con la cabeza alta. Tomo el ascensor y me escabullo hacia mi refugio. Engreído de mierda. Debe creer que soy una vieja desesperada. Un espécimen abandonado a la buena de Dios…Una solterona ácida, buscadora de citas en un bar.
—Doctora. — Mi asistente abre la puerta. En una mano, agita la lista de pacientes de la mañana. En la otra sostiene un frasco con un ramo de rosas rojas.
— ¿Son para mí?— Murmuro señalando el ramo. Reconozco la tarjeta.
Mi ayudante se divierte a mi costilla. Aletea angélicamente, haciéndose cómplice de mi agitación.
— No sé quien las trajo… Abro la puerta y estaban ahí, paraditas dentro de este florero…Parecen el obsequio de un admirador ¿verdad?
No se atreve a más. Mi ceño está ásperamente fruncido, señal de retirada. Me abandona frente el mensaje: “Ayer salí antes que usted de la confitería. Parecía disgustada. ¿Hace mucho nadie le dice que hasta el enojo la vuelve interesante”? Iván, EL OBRADOR DE MILAGROS.
Mi doce de octubre no empezó en El Puerto de Palos. Sucedió en mi vecindario. El conquistador y el trofeo, lado a lado en un pasillo de color naranja. Diferentes desde la textura de la piel hasta la raza y la religión. Con un nexo: los respectivos desastres amorosos.
Iván es suizo. Alto y delgado. La cabeza remata en un mechón de cabellos grises que ralean, recubriendo un cráneo donde la materia gris es ágil, saltarina. Habla un castellano sin tropiezos, mientras yo equivoco los tiempos del verbo. No pretende dejarme con la boca abierta (como hago con mis pacientes) ni evidencia mi desventaja cultural. Escucha callado mis sandeces, sonriendo para sosegarme.
— La nuestra parece una historia inventada. — Dice dos tardes después, depositando en mi mano un ramito de violetas. — Dos dinosaurios huraños, oteando el horizonte para encontrar una pareja coincidente…— Suelta una risa y agrega: Tengo un nieto de doce años. Una tarde, veíamos una película con animales prehistóricos. Se voltea y pregunta:”Abu…Tú… ¿Eras amigo de los dinosaurios”?.. Imagínate: Para él soy un fósil acartonado, un personaje de cine de ciencia ficción.
Me encanta este hombre. Las manos con la palma ancha, el perfil y el porte, que lo hacen parecido a Jacques Cousteau. Con respetables diferencias: a mi galán no le gusta el agua. (En verdad, creo que lo asusta). Su pasión por la naturaleza está depositada en la montaña; el celeste desvaído de sus ojos, es copia de cielos enrarecidos por el fulgor del hielo, en las cumbres altas. Su humor es variable como el clima. Conversamos y de pronto, deja la caparazón frente a la taza de te y huye. El viaje dentro de sí mismo lo cambia. Trocitos del pasado aparecen flotando sobre lejanías. Paisajes que desconozco. Sufrimientos que me son ajenos. Aislada, sé que no me necesita. La enredadera de sus recuerdos lo secuestra de mi contacto y pierdo estabilidad.
Cuando reacciona hurguetea con visión desenfadada los altos y bajos de mi esqueleto. La recorrida es energizante. Rejuvenece mis estructuras. Recupero el vigoroso batir de mi sangre. Si toma mi mano, la electricidad actúa sobre mis dientes, que se aprietan. Mis pezones se insinúen maliciosos debajo de mi blusa. Hace siglos no me siento tan viva. Este señor no aprendió a cortejar por correspondencia. Me desnuda un hombre que roza mi piel tenuemente a través de una mesa de café bajo la mirada socarrona de un mozo gordezuelo, sin alitas ni flechas a la vista.
Pasé tantos años cavando mis trincheras, explorando el vaivén del mundo con mi periscopio, que disfrutar de lo real es una proeza. “Estoy bárbara”, leían mis amigos en mi batería de email. Mi realidad era frustrante. Esconder mis urgencias físicas y emocionales, escudarme en lo convencional, pensar sin atreverme en proyectar aventuras que resultaran en fiascos de tamaño mayúsculo, eran compañeros conocidos.
Cuando terminamos el te soy otra: una remozada ansiosa, entusiasta como una colegiala. Súbitamente capacitada para saltar vallas, trepar muros o volar con una escoba. Sin pasado y con un futuro con un enorme signo de interrogación. De común acuerdo, hacemos el pacto de la independencia y subrayamos la ausencia de promesas.
A veces — en mis escasos instantes de cordura — siento que está enamorado de la energía que brota de mi cuerpo, que tembloroso y tibio, lo anima, lo contiene y lo contagia. Para entender su lenguaje — más culto que el mío — compro libros que narran la historia de las montañas del planeta. Paso largas horas en la computadora, leyendo sobre su país. Anoto recetas de comidas que incluyan el rábano picante que le encanta y aprendo a preparar pepinos con crema de leche. Compro una colección de música tirolesa, alquilo la película de aquél viudo buen mozo, padre de unos niños increíblemente educados. Ese que enamora a la institutriz, que canta mientras suben la montaña. Cuando huyen bordeándola lloro como si la viera por primera vez.
— Sabes, querida, — Iván me alcanza un pañuelito de papel. — Tal vez el próximo año, cambiemos Bariloche por un viaje recorriendo estos lugares. Te van a encantar. Nací en al Cantón de Graubünden…Desde mi casa, en lo alto, veíamos Maienfeld, donde nació la famosa y querida Heidi. En ese lugar el Rin es apenas un hilo delgado de agua, que debe recorrer mucho camino para convertirse en la potencia que resulta al llegar a Alemania. Las laderas para ascender a Maienfeld son suaves…El aire es de una pureza increíble…A veces me parece escuchar el repique de las campanitas que cuelgan de los cuellos de las vacas…El corretear alocado de las cabras…La tersura del pasto, en primavera, salpicado por miles de florcitas cuyas raíces resisten bajo tierra, esperando el deshielo. Creo que uno ama mientras vive, esas sensaciones primarias, que llegan a través de los sentidos y se instalan para siempre en nuestra sangre… Hilachas viscerales que te siguen. Vayas donde vayas. Cuando me habla siento que me pertenece. Soy su confidente. ¡Qué tremenda mi lucha por pertenecer a este hombre!
Una vez — despectivamente — expresó que los criollos tomábamos mate para trabajar menos. Amar es renunciar o ceder. Escondí mi mate y mi bombilla.
No entiendo la velocidad con la que pasa el tiempo. Mi mente desborda sueños. Juguetea, baila, trepa hasta una rama, hace sonar la flauta de Pan y desciende al llano leve como pluma. Tobogán que no conjuga para nada con nuestros calendarios. Abrazados debajo de uno de los árboles del parque de su casa quinta, una tarde, mientras preparamos las vacaciones, se quejó: — ¿No te parece que la vida es injusta? Pasé gran parte de ella buscándote…Nos encontramos casi al final…con el tiempo escaso.
Lo abrazo tan, pero tan fuerte que consigo apretar el aire entre nuestras ropas.
Iván desarrolló — no obstante sus fracasos — ese desvarío llamado sensualidad que muchos hombres mueren sin haberlo aprendido. Y es con ella y su hilado de araña con la que me atrapa.
Conversaciones interminables que no sacian los interrogantes. Silencios preciosos, donde cada uno recrea en los ojos del otro las fantasías que vendrán acompañando el anochecer. “La hora de la ternura”, la llama él.
El fantasma de mi enfermedad no existe. Promesas tácitas, sin palabras expresas. Encuentros desde el que ambos salemos sorprendidos y gozosos. La ternura del ocio compartido. Mantener unidos los pies, luego del sexo, como continuidad física de un acto donde nos habíamos aproximado a la excelsitud de un clímax vigoroso y paralelamente, espiritual en grado sumo. Cuando los sentidos dejan de ser físicos para elevarnos hasta entrever el cielo.

Como mis hemorragias persisten, decido hacer otra consulta. Esta vez, en un hospital. Dentro del consultorio acomodo mi ropa y simulo una calma inexistente. Me enredo en palabrejas terminadas en rragia. Cada una asociada a enfermedades vergonzosas o graves: blenorragia, hemorragia. De golpe, esta desconocida: Metrorragia. Debe querer decir sangre por metro. En realidad es:”Hemorragia Uterina producida por un mecanismo distinto al de la menstruación”. Bendigo mi Diccionario Quillet. El alivio es momentáneo, pero devuelve el aire a los pulmones. No menciona al cáncer ni a otras maldades al acecho. Abro las ventanas del balcón y abrazo al aire. Ni siquiera regar mis plantas, o mirar el ocaso, logra quitar de mi panza esa rara sensación de hecatombe. Las mujeres somos intuitivas. Soy mujer y desde que conozco a Iván estoy plantada en la vida, con deseos de salud y permanencia.
Al día siguiente floto como un barrilete colgada de su brazo. Compramos camperas de dos grosores. Echarpes y botas de montaña. Nací en una bella zona boscosa. Las vacaciones con mi familia de niños traviesos, fueron junto al mar. No tengo equipo montañés. Acepté encantada la propuesta de visitar el sur donde él pasa tres meses cada año. La cordillera es dueña y señora del paisaje. Mi caballero otoñal es alto, delgado, con un par de piernas que parecen tener su raíz cerca del cuello. Sus largas zancadas, si intento seguirlo, me ridiculizan. Parezco una damita de kimono, enredada en mis pies para seguir su trote. El verano se aproxima. El invierno pasado a su lado, me transformó en un abeto azucarado por nieves prematuras. Enamórate de uno diferente, para entender y conocer lo que yo sentía.
Descubrir la montaña con este conocedor centrado, es una tentación con ribetes de aventura. Máxime cuando el guía es este seductor sigiloso, manipulador de caricias detenidas, expertas. Mi amante. ¡Cuánto me enerva la palabrita esta! Es dura. Siniestra. Pecaminosa para una burguesa doméstica, buena madre y ejemplo parroquial.
— Recorrer la montaña es como descubrir el cuerpo de una mujer hermosa. — Iván guía mi dedo sobre un mapa: Hondonadas prometedoras, húmedas, expectantes...Cimas que puedes acariciar con la mirada o rozar con el pié... Suavidad en cada curva del camino. Recodos que aparecen de súbito. Escondites ideales para descansar…Besarnos dentro de un remolino hecho de viento, como partes indivisibles con el todo que conforma el universo. Cuando habla, vibra. Si él vibra yo me diluyo sin mirar atrás.
La voz se le hace recuerdo. Sus sensaciones — que fueran compartidas antes con otras mujeres — me revelan una parte ínfima de sus momentos mágicos. Deambulares por las orillas de los arroyos, observando el alto vuelo del águila…la caprichosa entrega de las nubes a la brisa…O deteniéndose en la boca de otra mujer. En la mano o la boca de muchas otras, que tuvo antes que apareciera yo. Creo que me conoce mejor que lo que supongo. Me sustrae de la caída como quien pesca un pez en aguas claras, acariciando mi mano.
Neutraliza su interior, para seguir: — La montaña es una belleza desafiante…A cada instante, te enfrenta con tu mísera realidad. Un mortal pequeñito, al que puede extraviar, hundir en un pantano que no figura en los mapas, o sonreír si te quiebras una pierna y no tienes a ningún socorrista cerca. Iván endereza la curva de la espalda y besa mis dedos: — La montaña espera a los amantes intrépidos, preparados para verla y escalarla con respeto, degustando el sabor de su maravillosa oferta.
. El hechicero concluye de susurrar en mi oído. Sigue aprisionando mi cuerpo contra el suyo. Embobada, miro el cielo. Me conmociona vivir este milagro. Ya no sé dónde encontrar a la de antaño, infectada de emociones pálidas, de consuelos pobres.
Antes de continuar necesito aclarar algunas cosas. Tengo cuarenta y ocho años. Soy viuda, con hijos grandes. Hasta el día que tropecé casualmente con este Houdini, era una señora común, caserita y sin misterios. Irrumpe en mi vida como un huracán. Convierte mis huesos en agua. Mi sangre en fuego. Mi metódica y rutinaria mente se dispara como una bengala al aire. Instalado en mi corazón, es el comandante al mando de una nave obediente. Cambia los puntos cardinales que me orientaron desde la infancia, como quien derriba el castillo de arena de un niño jugueteando en la playa.
Mis momentos de cordura escasean. En ellos, caigo en la cuenta que enamorarme de este modo no condice con nada de lo ya vivido. Desmenuzo que la experiencia es el almacén de los fracasos. Por lo tanto, debo soltar mis velas.
Cuando el hombre inventó el almanaque, robó parte del futuro glorioso a la salvadora de ancianos pretenciosos: La esperanza. Que no tiene precio y que no se vuelve inalcanzable aún cuando los agiotistas violan las leyes de comercio. A veces no la vemos o desconfiamos, pero está.
— Eres miedosa, como buena criolla observa críticamente. Revuelve su té distraído. No cae en la cuenta que me estoy ofendiendo.
— Soy criolla...es cierto...pero conozco muchos de pura raza, como la tuya, famosos por sus actos de cobardía.
Di en el blanco. Un empate verbal. Me acaricia con su mirada azul. Cubre mi mano con la suya, me sonríe con mimo de payaso con bandera blanca. El clarín del aquí no pasó nada resuena. Corremos apretados hacia los muros, en festejo pluvial. Mojados y felices, disfrutamos la lluvia rumbo a casa.
Eso de que soy criolla es un puro eufemismo. Soy hija de vascos. Y los que me conocen bien, murmuran que soy terca.
Mis hemorragias reaparecen. Sin alertar a nadie, hago una cola solitaria en un hospital público. La mañana que paso a retirar los análisis, los que fueran mis miedos se transforman en certezas.
— ¿Tiene hijos? — El médico rellena una planilla con una seriedad que asusta.
— Sí. Cinco. —De pronto este fulano me disgusta. Es hostil.
— Imagino que son suficientes. — Afirmación categórica, sin levantar la vista del papel.
— Siiiiiii — me alargo en la mentira. Como explicar que sí. Que en estos tiempos desearía un niño flaco con manos huesudas y pelo algodonoso.
— Señora — me llama al orden. — Señora… Le haremos una histerectomía total. Tiene severamente dañados los ovarios...el útero... y la matriz comprometidos.
En mi hogar, la noticia cae como un bombazo. Mis hijos me piden disculpas. Cuando saqué a la luz mi relación con Iván, me convertí en un segundo en una vulgar transgresora. Hoy esta enfermedad los toma por sorpresa. Soy una veterana enferma. El perdón se instala como perentorio.
Cenamos en un silencio que se puede cortar con un cuchillo. Mis dos nueras son jóvenes, inexpertas como mis amados hijos. Al salir me acarician la cara. Ninguno tiene una brújula mágica que los aproxime a mi pánico.
Al otro día las chicas me regalan un silbato y una cantimplora.
— Por si te perdés entre esos vericuetos cerriles. — Se burlan para disimular mi crisis.
Esa noche de insomnio, escalofríos y dolor no se termina nunca.
El Iván que me escucha, el que recibe la noticia de mi amputación es un desconocido. Un hombre tallado en piedra. Endurecido. Resuelto a viajar solo ya que me empecino en una operación innecesaria, que tiene fecha ya fijada. Fecha que desgraciadamente coincide con sus planeadas vacaciones.
— Eres muy porfiada, querida, Viajaré después de tu operación. —Y con un tono más acorde al instante, asegura: —Te pondrás bien enseguida...Estaré esperando...
No reconozco la voz. No reconozco al hombre. Me habla tranquilamente, sin sobresaltos. Distante. (Fantasma dentro de paisajes que añora.) Sin ternura. Y sin rastros de compasión. El miedo tiene un olor definido. Ese olor emana de su piel, proclama a gritos que no se hace cargo. Que abandona la barca que se hunde como una vieja rata astuta.
El confortable sentimiento de pertenencia mutua se esfuma, No me atrevo a la gran pregunta... ¿Me habrá querido de verdad en algún momento de nuestra relación? ¿O me fui conformando porque apareció justo cuando creí que ser abuelita era mi último rol?
Al fin llega el día. Me castran en nombre de la bendita salud.
La Dama Rosada de la Beneficencia me asiste. Cachetea con dulzura mi cara. Intenta sacarme del efecto de la anestesia.
— Señora...ya la operaron...salió todo bien...
Retorno a una conciencia que desaparece en nubes y globos de color.
— Señora...si abre los ojos la llevo a la habitación...
La Dama Rosada pasa su mano entre mis cabellos. Me da un beso en la frente. No puedo agradecer. Agonizo. ! Qué tremenda mi soledad de mujer hueca! De mujer que jamás calentará otro huevo. De hembra entrenada en una sensualidad perturbadora y fugaz...conducida por un delicioso actor de amoríos casuales.
La habitación donde me depositan tiene cuatro camas. El edificio es antiguo, de estilo afrancesado. Desde lo alto del techo, un angelote de yeso envuelto en gasas, pide a gritos una mano de pintura. Divago para no pensar.
— Señora...estoy en la cama junto a la suya...si precisa algo, llámeme.
Me hago la sorda. Aprieto los ojos. No preciso nada. Lo que me falta no tiene supletorios. Mi único contenedor se borró de mi mapa. Yace cautivo del pasado en la montaña.
Antes entreví sombras de las mujeres de mi familia espiando detrás de los vidrios de la puerta. Una enfermera rigurosa no permite el acceso a las visitas.
Aparece la bendición del sueño. Con él arrastro el olor a mertiolate, el peso sobre mi abdomen, un amasijo de gasas sanguinolentas y el sentimiento de invalidez.
El médico que me atendió es cirujano, no psiquiatra. No me explicó que el clítoris es la zona erógena por excelencia. Si yo lo hubiera sabido de antemano, hubiera llorado menos. ¿Habrá muchas analfabetas sobre las funciones vitales del cuerpo en nuestra tierra? ¿Cuántas de ellas ignoran la sensación de plenitud que deja un orgasmo?
Cuando despierto, una larga cola de mujeres a las que permiten salir de la cama, conversan en voz baja con mi vecina. Solidarias. Caritativas con lo poco que poseen. Arrastran problemones enormes; abandonos; traiciones; incertidumbres. Con su carga en la mochila del alma, se asoman para alentarme. La vergüenza me sonroja la cara.
— Estos son mis nenes...
Mi vecina sostiene en una mano las fotos. En la otra, el rosario del que no se separa.
Los chiquilines son pequeños. La niña sonríe, adornada con dos trenzas tiesas, rematadas en moños. El varón serio, con rasgos araucanos.
— En marzo empiezan las clases...antes de internarme les compré la ropita...no sé si me darán el alta...me tienen que hacer rayos...Se extravía la voz con la tristeza.
La historia de esta mujer con hijos chicos y marido nuevo me conmueve. Me retorna al mundo real.
En las fotografías de su casa sureña las cortinas de la cocina eran de cuadros azules y blancos. Casi pude oler la miel impregnando el ambiente en las tardes de repostería casera. Mi historia personal se minimiza .Mis hijos son adultos. Eso creo. Mi enamoramiento cicatrizará algún día. Algún remoto día despertaré como nueva.
— ¿Vio? — Dice mi compañera — Dios nos aprieta sin ahogarnos.
— Cierto, — corroboro yo. — Cierto. Dios aprieta pero jamás ahoga.

CARMEN ROSA BARRERE